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S E Ñ O R E L I E
M A I L L A R D
B E R T H E T
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E L
S E Ñ O R E L I E
M A I L L A R D
B E R T H E T
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2000 – Copyright www.elaleph.com Todos los Derechos Reservados
EL
SEÑOR MAILLARD
I EL GRAN MAILLARD La costa de más de treinta leguas de longitud, que se extiende desde el Havre hasta la desembocadura del Somma está formada por acantilados calizos, que alcanzan frecuentemente alturas de doscientos y trescientos pies; como si un genio protector hubiera elevado un muro titánico, para defender contra las furiosas embestidas del Océano una de las más hermosas provincias de Francia. Este muro natural presenta, sin embargo, buen número de soluciones de continuidad. Unas veces, es un río, o hasta un simple arroyuelo, que ha terminado por agrietar el terreno; otras es el mismo mar, que al encontrar partes débiles en el dique ha abierto en él anchas brechas. Pero el hombre ha sabido aprovechar, en su beneficio, hasta las roturas de esta barrera natural, que protege su campo y su hogar; el mar, a pesar de sus per3
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fidias, no es para él un enemigo, sino una nodriza un poco ruda que, gruñendo, le proporciona la abundancia y la riqueza. En todos los puntos en que desciende el acantilado, ha establecido un puerto, una ciudad, una aldea en la que prospera una laboriosa población de pescadores, de comerciantes o de marineros. Allí está Etretat, con sus rocas pintorescas, ese precioso burgo, del que un brillante y espiritual escritor hizo tal apología que la cohorte de bañistas elegantes ha acabado por hacer insoportable la estancia en él: más lejos se encuentra Fécamp, con sus largos muelles solitarios y su espléndida abadía gótica; algo más allá, Saint Valery-en Caux, rodeado de valles, verdes como esmeraldas. Al otro lado, se ve Dieppe, antigua gloria un poco eclipsada al presente, del comercio marítimo francés; al extremo, en fin, Tréport, sitio real en otros tiempos, lleno todavía de recuerdos históricos y principescos. A la otra parte de Tréport, las rocas disminuyen paulatinamente, hasta desaparecer, y la vista se pierde en las riberas desoladas del Somma en las playas estériles y en las dunas de Picardía. Merced a este murallón grandioso y uniformemente cortado a pico, parece que la vigilancia del fisco sólo debería ejercerse en los puertos y en los lugares de desembarco; pero no sucede así, mientras el libre cambio no logre imponer sus doctrinas. En todo el litoral, exis4
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ten ojos alertas, constantemente abiertos, escrutando la calma y la tempestad, siguiendo todos los movimientos de la pequeña embarcación, que se balancea cerca de la costa y del potente navío de vela o de vapor, que prosigue su carrera mar adentro, por la gran ruta de las naciones. A lo largo de la terraza que domina esta porción de la Mancha serpentea un sendero bastante semejante a los que practican las cabras montesas; este sendero, que se aproxima en ocasiones al precipicio de un modo alarmante, ha sido trazado por los guarda-costas, a quienes su deber obliga a ir y venir sin descanso, para impedir el fraude. El paseante puede contar con la seguridad de encontrar siempre por allí algún empleado de la aduana con su guerrera verde y su pantalón gris con anchas franjas rojas, que lanza sobre el transeúnte una mirada sospechosa. La existencia de estos infelices es bien ruda y el vulgo, en su odio hacia todo lo que atañe al fisco, ignora que semejante profesión exige paciencia energía y valor. El aduanero ha de resignarse muchas veces a vivir en un puesto solitario, con tres o cuatro camaradas que comparten sus penosos trabajos. Haga el tiempo que quiera en toda estación, de día como de noche ha de recorrer la parte de ribera confiada a su custodia. Fuera de los peligros con que los contrabandistas le amenazan, está ex5
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puesto a mil contingencias, debidas a la intemperie de climas inhospitalarios, a la situación de los lugares que frecuenta a los achaques que acarrea soportar el frío y el calor, la lluvia y el sol, dormir en tierra y al raso. Muchas veces, después de una tempestuosa noche de invierno, un aduanero no se presenta en el puesto a la lista de la mañana; sus compañeros le buscan, y acaban por encontrar su cuerpo destrozado al pie de las rocas. A esta clase de modestos funcionarios pertenecía un individuo de unos cincuenta años, que con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplaba el mar, desde lo alto de una escarpa situada a una media legua de Tréport. Dicho sujeto, que vestía el uniforme de aduanero, en el que ostentaba los galones de cabo, tenía ese cutis bronceado y curtido, propio de los que se hallan sometidos a diario a la acción de la brisa marina. Varias arrugas surcaban su frente y sus sienes, en las que se destacaban algunos mechones de cabellos grises. Su estatura alcanzaba casi a los seis pies; pero era seco, enjuto, sin que tal delgadez alterara en nada el vigor de su constitución. La dulzura de su fisonomía revelaba rectitud y bondad; era la fuerza ignorándose a sí misma. Sus ojos, de un azul claro, tenían una expresión soñadora y melancólica un destello de inteligencia por decirlo así, 6
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que contrastaba con los hábitos, bien poco poéticos, de su profesión. El cabo Maillard, o más bien el gran Maillard, como se le llamaba fuera del servicio, tenía una historia sencilla y conmovedora. Su padre, pescador bien acomodado, pereció en un naufragio, en las costas de Islandia con la embarcación que contenía todo su haber. Se encontró huérfano a la edad de quince años, y protector único de una hermana menor que él. Maillard, que se preparaba entonces para sufrir los exámenes de capitán de alto bordo, aceptó animosamente la misión de sacrificio que la Providencia parecía imponerle. Abandonó sus estudios, se embarcó en un navío mercante, y con el producto de su trabajo pudo sufragar la modesta pensión de su hermana en su pueblo natal. Más tarde pasó al servicio del Estado, pero sin cesar de dedicar la totalidad de sus ingresos al bienestar de aquella hermana querida. Así, toda su juventud se consumió en las privaciones y en las más rudas fatigas. Al llegar a edad conveniente, hizo casar a su hermana con uno de sus camaradas, timonel, como él, a bordo de un barco de guerra y creyó poder pensar, al fin, en sí mismo: pero estaba pronosticado que el pobre Maillard no había de ser feliz Jamás. Amaba desde mucho tiempo antes, a una joven, que le había prometido ser su esposa. 7
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Cuando regresó a su pueblo, para reclamar la fe jurada encontró a la infiel casada con otro y madre ya de una caterva de chiquillos. El golpe estuvo a punto de volverle loco; a partir de aquella época nadie podía jactarse de haber visto reír francamente al gran Maillard, y de entonces databa aquella serena melancolía que no le abandonaba nunca. Para colmo de infortunio, no repuesto aún de la terrible sacudida su cuñado, por quien experimentaba vivo afecto, murió a su lado, a consecuencia de un accidente, dejando a su hermana viuda y sin fortuna con una niña de corta edad. Esta doble catástrofe hastió a Maillard de la marina; por otra parte, la vida activa y turbulenta de a bordo, no había encajado nunca del todo en su naturaleza contemplativa. Terminado el tiempo de su servicio, el buen hombre renunció para siempre a su antigua profesión. Contaba no casarse jamás; quería dedicarse por entero a su hermana y a su sobrina doblemente queridas para él, por la proximidad de su parentesco y por ser la viuda y la hija de su mejor amigo. Se decidió, pues, a ingresar en aduanas, donde su buena conducta y sus intachables antecedentes le hicieron ser admitido sin dificultades, y al poco tiempo alcanzaba la graduación de cabo, de la que no debía pasar, a juzgar por todas las apariencias. 8
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Aquella existencia solitaria al aire libre, se encontraba en armonía con los instintos especiales de Maillard y con el estado de su alma secreta pero profundamente lacerada. En cuanto al enfadoso prejuicio que para el vulgo llevan aparejadas las funciones de aduanero, el antiguo marino no paraba mientes. Le bastaba saber que obedecía a la ley, que ejecutaba la orden de su superior jerárquico, y cumplía sus deberes con una exactitud verdaderamente militar. En suma estos deberes eran bien poco complicados, se limitaban a la vigilancia de una costa cuya sola situación parecía constituir suficiente defensa. Maillard formaba parte de un destacamento de cinco individuos, acantonados en un repliegue del acantilado, a una legua próximamente, de Tréport. Además de la caseta de la aduana existían en aquel sitio cinco o seis chozas aisladas, en una de las cuales habitaban la viuda de Rupert y su hija Juana hermana y sobrina respectivamente, de Maillard. Los ratos que tenía libres, los pasaba el cabo cerca de aquellas dos mujeres, que le colmaban de cuidados y de cariño. El resto del tiempo vivía casi solo, pensando a veces en el pasado, pero sosegadamente, resignado, sin ambicionar nada fuera del rinconcillo de tierra en el que se concentraban sus alegrías y sus modestas esperanzas. 9
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Tal era el observador que permanecía como en contemplación en lo alto de las rocas, desde las que se dominaba un panorama realmente digno de atención. Declinaba una tarde de agosto, cálida y nubosa. Por la parte de tierra se extendía una planicie, en suave pendiente, salpicada de hierbas, de árboles verdegueantes, de fértiles campos. La recolección estaba un poco retrasada en las inmediaciones del mar, y los trigos, ya sazonados, se mantenían enhiestos, formando sábanas doradas, que ondulaban a cada ráfaga de viento. Las granadas espigas, que prometían al cultivador una amplia recompensa Por sus trabajos del año, llegaban hasta el sendero de la aduana y una estrecha banda de verdura las separaba del abismo, en cuyo fondo bramaba el Océano. En lontananza se divisaba la iglesia de Tréport con su elevada torre, edificada sobre la cima de las rocas. El pueblo quedaba oculto tras un saliente del terreno; sólo se distinguían el extremo de su vetusta escollera y el pequeño faro que marca la entrada del puerto. En dirección opuesta y casi a igual distancia del espectador, una profunda cortadura de la costa impedía ver el caserío y la aduana de Plessis, donde habitaba Maillard; pero los albergues humanos se revelaban por ligeros penachos de humo, que ascendía en azules espirales hacia el cielo. Bajo los corpulentos árboles que limitaban el ho10
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rizonte, se esfumaban varios de esos espléndidos y productivos cortijos de Normandía que traen constantemente ala memoria el fortunatos agrícolas de los antiguos poetas. Por el lado del mar, el espectáculo era igualmente pintoresco y más majestuoso. El oleaje invadía gradualmente la arenosa playa y la línea de guijarros, que se extienden al pie del acantilado. La brisa marina impregnaba el ambiente de ese aroma salino y puro que refrigera los órganos respiratorios. El sol, próximo a su ocaso, revelaba su presencia a través de las nubes, por líneas de fuego, que coloreaban de una manera fantástica una parte del firmamento. Estas líneas resplandecientes se reflejaban en el mar, cuyos tintes verdosos iban obscureciendo, a medida que se alejaban del poniente, confundiéndose al Norte, con la bruma negruzca del horizonte. Numerosas lanchas pescadoras estaban a la vista. Esparcidas sobre la inmensa superficie líquida unas se perdían entre la niebla lejana mientras otras venían a tender sus redes a unos centenares de pasos de la playa evolucionando caprichosamente a porfía con las gaviotas, que revoloteaban alrededor. La soberbia escena causaba al cabo de aduaneros una satisfacción profunda aunque muda y mal definida. Se volvía sucesivamente hacia los diferentes puntos del 11
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vasto conjunto, como queriendo admirar, uno tras otro, los esplendores de la tierra del mar y del cielo. Sin embargo, la contemplación no parecía haber adormecido por completo sus instintos profesionales; porque la poesía en el sentido más amplio de la palabra es de todas las condiciones, y hay quien siente surgir de su cerebro visiones celestes, teniendo los pies en el fango. Así, Maillard, sin dejar de soñar y de admirar, seguía siendo aduanero, corno lo demostraron bien pronto las circunstancias. Entre las embarcaciones que aguardaban la subida de la marea para entrar en la dársena de Tréport, había una que se aproximó al peñasco en que Maillard estaba en observación. No difería en nada de las restantes barcazas pesqueras, y las grandes letras pintadas en sus velas atestiguaban su matrícula en el vecino puerto. Pero sus maniobras tenían algo de insólito, capaz de infundir sospechas. Pocas horas antes, se había internado en el mar, hasta perderse de vista. De pronto, viró con rapidez, emproando directamente hacia la costa de la que se encontraba tan cerca que podía temerse verla encallar en la arena. En realidad, el peligro no hubiera sido grande porque la marea subía y el cielo, aunque sombrío, no anunciaba tormenta próxima. Pero ¿qué podía hacer aquella embarcación en aquel sitio y a semejante hora? 12
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Llevaba las redes tendidas, como si fuera pescando; pero ¿qué había de cobrar allí, donde el agua era tan escasa que se veían los guijarros del fondo? Además, Maillard conocía la embarcación, y tenía sus motivos para observarla con particular interés. Le hubiera sido fácil descender a la playa y dar el alto a la lancha sospechosa. Pero, bien por la certidumbre de que todo fraude era imposible bien por haber caído de nuevo en sus meditaciones, pareció no pensar más en la misteriosa embarcación, y su mirada erró sobre todos los objetos que le rodeaban, sin fijarse detenidamente en ninguno. Maillard fue sacado de su cavilación por una voz fresca y argentina que se oyó a su espalda. -Por aquí, señorita -dijo, con pronunciado acento normando. -Ya sabía yo que acabaríamos por encontrar a mi tío. Aquí está. ¿Supongo que ya no tendrá usted miedo? En el mismo instante, dos jóvenes, bordeando la linde de un sembrado de trigo, salpicado de amapolas y de margaritas, se acercaron al aduanero. La que acababa de hablar, apenas contaba diez y siete años. Alta flexible ágil, fuerte y graciosa a la vez, era el tipo perfecto de la bella raza cauchesa cuya vistosa y coquetona indumentaria lucía. Una cofia de muselina 13
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encañonada en sus bordes, encuadraba su moreno rostro, de ojos vivos y picarescos y labios carminados y sonrientes. Sus negros cabellos alisados en bandas sobre la frente, se anudaban en voluminoso moño sobre la nuca. Un corpiño de paño, atado por delante, dejaba desnuda una parte de sus brazos, ligeramente tostados, pero de un modelo perfecto. Su falda roja algo corta exponía liberalmente a las miradas dos torneadas pantorrillas cubiertas por medias azules con listas encarnadas, y dos piececillos calzados con finos zapatos. Todo ello formaba un conjunto encantador; y la joven, a pesar de sus ademanes, un poco desenvueltos, tenía un aire de candor, que constituía un atractivo más. Su compañera de muy poca más edad, personificaba en sí la hermosura noble y delicada de las ciudades, como la cauchesa personificaba la hermosura vigorosa de los campos. Rubia esbelta de mediana talla sus ojos azules rebosaban dulzura. Largos bucles de cabellos castaños, rozaban sus sonrosadas mejillas. Su tocado, aunque sencillo, no carecía de elegancia; consistía en un vestido de seda y un sombrero de paja de Italia con velo flotante. Sus modales eran distinguidos, pero tímidos; un sentimiento particular parecía dar en aquel momento a su fisonomía una expresión de embarazo y de inquietud. Evidentemente, pertenecía a las clases elevadas de 14
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la sociedad. En efecto, era hija única del bizarro general Sergey, que se hizo célebre durante los últimos años del Imperio y durante la Restauración, y que, debilitado por la edad y por los achaques, residía en una preciosa quinta situada en medio de las plantaciones, a muy corta distancia de la costa. Parecía que el aduanero, ante una persona de tal condición, hubiera debido ocuparse de ella con preferencia a la vivaracha cauchesa; sin embargo, fue su sobrina quien atrajo su atención en' primer término. Al verla aparecer súbitamente entre las doradas espigas, con su típico traje, manifestó viva emoción y no pudo retener una exclamación de sorpresa. A su vez, la locuela no se reprimió para prorrumpir en una sonora carcajada. –¡Hola tío! -exclamó, -¿ no me ha conocido usted? Hoy me he puesto, por primera vez, los bonitos atavíos que usted me regaló. Quería sorprenderle y, además, como la bondadosa señorita de Sergey deseaba dar un paseo conmigo por entre las rocas, me ha parecido conveniente arreglarme un poco... Pero ¿por qué me mira usted así? Las facciones del aduanero se distendieron, y una triste sonrisa vagó por sus labios. 15
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-Es verdad -balbuceó. -¿Dónde tenía yo la cabeza? Al verte con ese ropaje, creí un momento... Sí, ya veo que eres tú, mi querida Juanita. -¡Claro! ¿quién he de ser? -replicó la joven. Pero, tío, ¿no ha reparado usted en la señorita Leona de Sergey? Tranquilícela usted, se lo ruego, porque hace un instante se asustaba de verse sola conmigo en este paraje desierto. Hasta entonces, Maillard no se había fijado en la persona que acompañaba a su sobrina. Se llevó la mano a la visera del ros, y dijo a la señorita en tono cariñoso, que podía pasear con Juana por el campo, en la seguridad absoluta de que nadie osaría inferirle la menor ofensa.. La señorita de Sergey aparentaba disputar al viento su gran velo blanco, pero, en realidad, había lanzado al mar una mirada rápida y ansiosa como si fuera otro motivo que el de pasear el que la hubiera conducido a aquel sitio. No obstante, contestó con tina inclinación de cabeza a la cortesía del aduanero. -Señor Maillard -le dijo -usted debe conocer el tiempo. ¿Cree, usted posible que se desencadene una tormenta esta noche?
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Maillard examinó durante largo rato el firmamento, porque siempre es cosa grave, para un marino, pronunciarse en semejante materia y respondió al fin: -No se puede afirmar de una manera categórica si vendrá la tempestad, ni de dónde; sin embargo, señorita, no veo ningún indicio que haga temerlo, aunque mañana debemos tener una de las mareas más vivas del año. La noche será lóbrega según creo, pero no hay nada por ahora que anuncie el huracán. Leona dio las gracias, con un movimiento de cabeza. -Así -añadió -¿podrán entrar apaciblemente en el puerto todas esas embarcaciones, cuando esté la pleamar? Entre ellas las habrá, indudablemente, que lleguen de países lejanos, y también... de Inglaterra. -No, señorita; todas pertenecen a Tréport. -¡Cómo! ¿No se ha presentado a la vista hoy, ningún barco extranjero? -Si acaso, habrá pasado de largo, sin acercarse a la costa. Tal afirmación pareció causar una viva contrariedad a Leona quien se puso a examinar sucesivamente las embarcaciones que se divisaban, quizá sin saber con exactitud lo que buscaba. Maillard prosiguió, después de un momento de silencio: 17
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–¿Es que la señorita espera a algún pasajero de Ultramar? -¿Yo? No; era curiosidad... simple curiosidad. Siempre complace ver entrar en el puerto un navío que viene de lejos y que ha podido correr peligros. -Es verdad; y el placer es mayor todavía para los que vuelven, aunque muchas veces, si se ha prolongado su ausencia suelen encontrar a su regreso cambios y cambios crueles. Maillard suspiró y recayó en una vaga meditación, su pecado habitual; pero no tardó en preguntar tímidamente: –¿Se serviría la señorita darme noticias del general, su esforzado padre? Le vi salir el otro día del castillo de Plessis, conducido en un sillón por dos criados; iba según creo, a tomar su baño en la playa; me pareció muy agobiado. -Más bien ha empeorado que mejorado, desde aquel día -contestó Leona con voz ahogada. -Ya no puede salir en carruaje ni en litera... ¡Pobre padre! Debería estar junto a él, pero ha exigido que me diera un paseo por la costa y como, además, esperaba... La joven calló súbitamente. -Tiene razón -repuso el aduanero tranquilamente. -El aire libre es necesario a la juventud; es lo que siem18
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pre aconsejo a mi querida Juana ¡y mire usted cómo está de fresca y robusta!.. Por otra parte, el general tiene a su lado, además de sus numerosos sirvientes, a esa hermosa dama que da la pauta a todos los bañistas de buen tono... ¿su madre de usted, sin duda?.. -¿Mi madre? -replicó Leona con vehemencia -¡no es mi madre!.. Debe usted referirse a la señora de Grandville que vive con nosotros; es una parienta una amiga. ¡Mi madre murió hace bastante tiempo! Y sus facciones se alteraron, como si un penoso recuerdo cruzase por su mente. -Ahora comprendo por qué la veía sola en fiestas y en diversiones, mientras usted se quedaba en el castillo con el general... Pero, ¡perdón, señorita! Estas son cosas de las que no debe ocuparse un pobre diablo como yo. Somos medio salvajes, y no estamos al tanto de las prácticas del gran mundo. Leona no contestó, y continuó explorando el mar, cuyos matices se iban obscureciendo gradualmente. Juana se cansó pronto de aquel silencio. -Tío -preguntó, -¿ está usted de servicio esta noche? -Sí, hija mía habrás de traerme la cena a las nueve, a la cabaña del Diente del Lobo. Ten cuidado, porque la noche será muy sombría y la roca se ha desmoronado por aquel sitio. 19
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-Bien, tío -replicó en tono despreocupado Juana que tenía el paso rápido y seguro como una gacela, -¿pasando usted, por qué no he pasar yo? La señorita de Sergey hizo un esfuerzo sobre sí misma para intervenir en la conversación. -Este género de vida me parece muy rudo y muy penoso -dijo al vigilante, distraídamente. -Al principio, sí; pero la costumbre... El cuerpo se aclimata a la fatiga y a los rigores de las estaciones, y ya no se piensa en ello. -Debe ser muy aburrido estar solo tantas horas, de día y de noche. –¡Ah! señorita ¿quién no tiene recuerdos que le acompañan en esos momentos de soledad? No se llega a mis años sin haber visto muchos acontecimientos, sin haber corrido toda suerte de aventuras, sin haber sufrido, sin haber dejado tras de sí personas queridas. Cuando se vaga por entre las peñas, se piensa en el pasado, en las alegrías y en las tristezas de los tiempos juveniles: se cree ver a las personas a quienes se ha amado, se habla con ellas se oye su respuesta... Precisamente, hace un instante, cuando Juana se me presentó súbitamente con ese traje, me pareció ver... ¡Pero era una locura! Maillard volvió la cabeza con azoramiento, y prosiguió, animándose un poco: 20
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-Además, señorita ¿no tenemos para distraernos, mientras ejercemos nuestra vigilancia el espectáculo siempre variado y siempre nuevo de la Naturaleza? Yo, sólo he recibido una instrucción rudimentaria y quizá sea un atrevimiento en mí, pensar en semejantes cosas; pero, a mi juicio, el hombre no está en el mundo para vivir encerrado constantemente en casas faltas de aire, y de luz, en las que sólo ve objetos creados por él, cuando no tiene más que salir para encontrarse en presencia de la creación de Dios. Los animales no están capacitados para apreciar la grandeza y las bellezas del Universo; pero, el hombre puede y debe, hacerlo. Yo encuentro, en el cumplimiento de ese deber, goces de que no me hastío jamás, porque son avivados continuamente por maravillas inesperadas. Así, por ejemplo, desde hace más de treinta años, no ha pasado ni un día sin que haya visto salir y ponerse el sol, ya en nuestros benignos climas, ya bajo el cielo abrasador de los trópicos, ya en el helado ambiente del polo. ¡Pues bien! nunca he visto una puesta como la de ahora nunca habré visto alborear como lo veré mañana; a cada momento se observan aspectos desconocidos y nuevos. Lo mismo sucede con el mar; he cruzado todas las latitudes, con todos los vientos, en todas las estaciones, a toda hora del día y de la noche sin verle igual dos veces... Le estudio sin cesar y 21
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encuentro placer en ello, porque estoy convencido de que estas investigaciones valen tanto como las que los sabios de las ciudades realizan en sus libros y en sus experimentos. Poco a poco, la señorita de Sergey, olvidando sus secretas preocupaciones, había ido concentrando su atención en las palabras de Maillard. Aunque en la época en que vivimos, no sea extraño encontrar en las clases más ínfimas ideas nobles, elevadas, expresadas a veces con sencilla grandiosidad, Leona no pudo menos de sorprenderse al comparar el lenguaje de aquel hombre con su profesión. En cuanto a Juana pareciéndole lo más natural del mundo, se limitaba a espiar en las facciones de su compañera la admiración que, a su entender, no podía dejar de inspirar su tío. -Con tales gustos y con semejantes sentimientos -preguntó Leona -¿debe usted ser muy religioso? -Si con ello quiere usted significar, señorita que me creo sin cesar en presencia de Dios y que se manifiesta constantemente a mí, tiene usted mucha razón. En el hogar, y hasta en la iglesia se podría dudar de él; pero cuando se ve a diario lo que yo veo, la incredulidad es imposible. -Me explico, señor Maillard, el placer que debe proporcionarle esta contemplación. Pero en las noches de 22
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tormenta cuando el viento se desencadena y las olas se agitan, cuando el cielo está encapotado, cuando la nieve, la lluvia o el granizo descargan furiosamente a su alrededor, ¿no echa usted de menos, alguna vez, el abrigo de un techo y el bienestar de la vida doméstica? Y, sin embargo, esos son los momentos, según creo, en que su deber le obliga a redoblar la vigilancia... -Así es, señorita; pero ¿qué importa eso? Una buena manta basta para preservar del viento y de la lluvia y queda uno resarcido con creces de los inconvenientes y de los riesgos a que se expone. ¿Hay algo más admirable que una tempestad? Yo las he visto de todos géneros, desde los huracanes de nieve, en las regiones polares, hasta los tifones de las Indias, las temibles marejadas de las Antillas los ciclones del Senegal; y no hay nada capaz, como estas perturbaciones, de recordar el poder de Dios y la debilidad humana. ¿Acaso no está siempre nuestra vida en manos de la Providencia?... Mire usted -agregó, señalando un punto poco distante en la línea del acantilado -allí abajo, practicando una ronda nocturna el año pasado, me sorprendió repentinamente un torbellino espantoso y me sentí arrastrado treinta o cuarenta pasos, sin que mis pies tocasen apenas la tierra. Levantando y cayendo, no estaba seguro de que la tromba no me lanzase hacia el mar; sin embargo, no ex23
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perimenté pavor en aquel instante de peligro, considerando que nada sucede sin la voluntad del que manda en los vientos y en las olas. Pero reflexionaba en mi interior: «Si yo fuera el monarca más poderoso del mundo, en lugar de un pobre aduanero, ¿hubiera tenido más fuerza para luchar aisladamente contra la tormenta y para resistirla? -Bien me acuerdo de aquella noche tío -exclamó Juana. -Cuando volvió usted a casa por la mañana llevaba usted la manta hecha jirones y el rostro ensangrentado. –¡Bah! unos arañazos... Dios sabía que aun podía ser útil a tu madre y a ti, y protegió milagrosamente mi vida en aquel trance. Juana oprimió entre las suyas la gruesa y callosa mano de su tío. -Por supuesto, señor Maillard -repuso la señorita de Sergey, con ligereza tal vez afectada ¿supongo que esos en sueños, esas contemplaciones, esas preferencias por las convulsiones de la Naturaleza que le confieso que a mí no me entusiasman, no le distraerán de su misión de impedir el contrabando? El aduanero no se mostró enojado ni sorprendido, al verse llamado bruscamente a lo prosaico de su posición, y contestó con naturalidad: 24
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-El contrabando es poco activo en estos sitios, señorita; si se hiciera en la comarca no podría efectuarse más que con objetos de pequeño volumen y únicamente en los puertos, donde la vigilancia es más rigurosa que en estos riscos infranqueables. Es cierto que suelen encontrarse a lo largo de la costa senderos como éste -y señaló una especie de escalera practicada en una hendidura de la roca -pero los conocemos, y sería difícil burlarnos. Este que ve usted, al que llamamos la Cuesta Verde ha dado ya bastante quehacer a mis camaradas de puesto y a mí. Se ha pensado varias veces en suprimirle lo cual no costaría gran trabajo, porque bastarían unos cuantos golpes de azada para imposibilitar en absoluto el acceso; pero yo me he opuesto siempre a reclamar la adopción de esta medida. Este camino evita un largo rodeo a las gentes del país, y, además, puede salvar la vida a cualquier imprudente que se deje sorprender por la marea alta. Leona se inclinó, para ver el sendero de que hablaba Maillard, y retrocedió espantada. -¿A eso llama usted camino? -preguntó. -¿Hay ser humano que se aventure a subir o bajar por esa escarpadura? -¡Ya lo creo, señorita! -replicó Juana riendo. -Yo misma la he subido muchas veces, y cargada con un 25
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cesto de almejas. ¡Eso sí! no hay que entretenerse en mirar cómo vuelan las gaviotas. -Tengo entendido, señor Maillard -dijo Leona después de una breve pausa -que sus funciones no se limitan a impedir el fraude sino que también está usted encargado de oponerse al desembarco de toda persona que no haya cumplido ciertas prescripciones legales. Y dado su carácter, tan franco y tan bondadoso, tales obligaciones deben ser a veces muy dolorosas para usted. -¿Qué quiere usted, señorita? Soy un infeliz, a quien sólo toca obedecer y callar, y procuro llenar mis deberes lo mejor que puedo. -Sin duda; pero existen desgraciados proscriptos que no han merecido su suerte, a quienes motivos respetables Podrían impulsar a volver secretamente a Francia. Si encontrara usted en la costa un delincuente de esa índole ¿tendría usted valor para detenerle? -Se desgarraría mi alma señorita pero no vacilaría... Si me convertía en instrumento de una injusticia la falta recaería sobre los que me obligasen a ejecutar órdenes injustas o demasiado rigurosas. Una nube de despecho y de inquietud pasó de nuevo por el gracioso rostro de lo, señorita de Sergey, que se volvió hacia el mar, con aire pensativo. 26
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La noche caía y salvo un rojizo resplandor al Poniente, la tierra y el agua iban tomando tintes sombríos y uniformes; únicamente se destacaban como manchas negras, en ciertos puntos del Océano, unos cuantos barcos de pesca. Cuando cesaba el rumor de la brisa se percibía el cadencioso murmullo de la resaca y el graznido de los cuervos, que buscaban refugio en las rocas de la ribera. En medio de aquella calina profunda resonó una voz sonora y varonil, que entonaba una canción Marina. Juana se estremeció y se puso roja. -¡Es Terranova! -exclamó. -Sólo él puede anunciarse de tal modo –dijo el aduanero sonriendo. -¡Terranova! -repitió la señorita de Sergey. ¿-No es un joven marinero que..? –¡Cómo! -preguntó Juana con asombro. -¿Conoce usted a Terranova, señorita? -Me parece haber oído ese nombre antes de ahora. -Habrá sido a mí; es posible, porque, sin darme cuenta siempre hablo de él. Leona guardó silencio; pero su agitación revelaba que conocía al personaje en cuestión, mucho mejor de lo que confesaba. En aquel instante, apareció Terranova en el recodo del sendero. 27
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Era un menudo y avispado marino de diez y ocho a veinte años, de rostro franco y alegre y mirada vivaracha y penetrante. Iba en el traje propio de los marineros, y su sombrero, inclinado gallardamente sobre la oreja cubría una espesa cabellera negra y rizosa que caía sobre su cuello desnudo, curtido por el sol. Sus ademanes eran desenvueltos, como su réplica pronta y atrevida. Aquel joven marinero, pescador de Tréport, se llamaba Luis Guignet; pero sus camaradas le habían aplicado el apodo con que se le conocía ya porque había hecho varios viajes a los grandes bancos de Terranova ya porque era el mejor nadador de toda la costa y hubiera podido disputar la palma en el arte a los renombrados perros de la hermosa raza de tal nombre. El simpático muchacho, al ver a las tres personas reunidas, se detuvo azorado, quedando con un pie en el aire y ahogando bruscamente en su garganta la nota de su cántico. Pero su estupefacción duró poco. En cuanto reconoció a Juana, prorrumpió en una exclamación de júbilo y corrió hacia ella. -¡Juana –gritó -qué linda estás con ese traje! Y estrechó la mano del aduanero; luego, volviéndose a Leona que había dejado caer su velo, se descubrió. -¡La hija del general! -dijo con respeto. 28
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Y lanzó una rápida ojeada al mar, como si la presencia de la señorita de Sergey le recordase que tenía un especial interés en aquel lado. -¡Bravo, muchacho! -repuso Maillard. -¿Dónde ibas tan contento? -¿Que dónde iba? No es difícil acertarlo, puesto que me quedo aquí, por haber encontrado lo que buscaba... En serio, señor Maillard; nunca he visto a Juana tan bonita. ¡Rediez! ¡y qué bien la sientan todos esos perifollos!.. Pero, dime, Juanita ¿por qué te has aparejado y empavesado como una fragata en día de fiesta? -Ten la seguridad de que no ha sido por ti -replicó la gentil cauchesa con cierto retintín impertinente, aunque sin poder ocultar por completo el orgullo y la alegría que la causaba la admiración de Terranova. -Creo que no hay mejor ocasión para lucir mis galas que cuando la señorita de Sergey me otorga el honor de pasear conmigo. Ya se disponía el joven marino a contestar Jocosamente, cuando Maillard le interrumpió diciendo: -¡Oye, muchacho! la noche pasada no fuiste a pescar. ¿Es así como piensas economizar dinero para... ir preparando la casa? -Nadie tiene más prisa que yo en ese asunto, señor Maillard; ¡paciencia! la pelota se va redondeando poco a poco, y mi madre conserva ya en una media vieja bue29
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nos escudos, que algún día relucirán al sol... Pero, ¿no es la barca de Cabillot, aquella que se distingue al pie de las rocas? Y señaló la barca que había llamado poco antes la atención del aduanero. -Sí, es tu patrón Cabillot, a cuyo bordo deberías estar, en vez de haraganear por la costa... Por más que, dicho sea sin ofenderte, preferiría que tuvieses otro patrón que ese viejo marrullero, cuya conducta me satisface muy poco. ¿Quieres decirme qué hace ahí, en un sitio donde no hay medio pie de agua bajo su quilla? -Ya lo ve usted, señor Maillard: está pescando. –¡Como no pesque cangrejos o camarones! Te repito que me da mala espina; y si no fuera por ti, que eres un buen chico... Pero le vigilo, y en cuanto caiga en falta le echo el guante. Sus maniobras no son francas y naturales, como las de los otros pescadores. Estas sospechas, tan claramente manifestadas, parecieron desconcertar algo a Terranova. –¡Vaya señor Maillard! –dijo -no tome usted entre ojos a ese pobre Cabillot. Es un hombre raro, convengo en ello, y le gusta diferenciarse de los demás; pero sin ninguna mala intención. En conciencia ¿qué tiene usted que reprocharle? -¡Qué sé yo! pero su proceder no es correcto. 30
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Tan pronto se interna en el mar, hasta perderse de vista como se acerca a la playa hasta rozar con los guijarros. Por la noche sus faroles van dispuestos de un modo extravagante; durante el día siempre lleva tendido algún pañuelo de color, en el aparejo en la borda. -Eso no prueba sino que los tripulantes de Cabillot tienen pañuelos lo cual, como sabe usted, es un lujo entre los pobres pescadores... ¡Vamos, señor Maillard! no se ocupe usted de tales pequeñeces. Al mismo tiempo, Terranova se acercó al borde del acantilado y comenzó a frotar el pedernal con el eslabón, haciendo saltar numerosas y brillantes chispas. -¿En qué estás pensando? -preguntó el aduanero -¿vas a encender tu pipa delante de..? Y designó, con un movimiento de hombro, a la señorita de Sergey inmóvil y silenciosa a pocos pasos. -Es verdad -replicó Terranova. Pero aun golpeó la piedra varias veces, como por distracción, antes de guardar el eslabón en su bolsillo. -Desearía volver al castillo -dijo la señorita de Sergey a Juana. -La noche avanza y mi padre se inquietará por mi ausencia. -A sus órdenes, señorita usted que puede venir sin temor a pasear por entre las rocas, porque no la faltarán defensores... ¡Luis! ¿irás esta noche a ver a mi madre? 31
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-Palabra que lo haría de buena gana porque hoy estás hecha un pimpollo, pero... -¡Bueno! ¡bueno! Si tienes algo mejor en que invertir el tiempo, no queremos molestarte... ¿Y usted, tío? -Ya es hora de servicio -contestó el interpelado. -Se prepara una de esas noches en que hay que estar alerta. Voy a buscar mi carabina a la caseta... ¡Nenita! no olvides mis recomendaciones. -¡Mire usted! -repuso Terranova que había permanecido en observación. -Parece que Cabillot se ha convencido de que no se puede bogar en seco, y se va mar adentro. Yo creo que ha penetrado las malas intenciones de usted, porque navega en dirección al puerto, corno si se propusiera pasar la noche próxima descansando en su cama. El aduanero, Juana y la señorita de también parecía interesarse por la pequeña nave, se inclinaron sobre el acantilado, para comprobar la exactitud de la observación. La barca de Cabillot se alejaba efectivamente, de tierra balanceándose a derecha e izquierda como un pájaro que intenta tender su vuelo. Mientras todos estaban atentos, siguiendo los movimientos de la embarcación, Terranova se acercó a Leona y la dijo muy quedo. -¡Animo, señorita! todo va bien. Leona sofocó un grito, bajo su velo; pero ya Terranova se había alejado 32
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de ella y se despedía cordialmente de Maillard y de Juana.
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II Cabillot, al apartarse de la costa no se fue muy lejos. Después de bordear unos instantes, para ganar fondo, se quedó al pairo. En esta posición le encontramos, unas dos horas después de los acontecimientos relatados. La noche como había previsto Maillard, era de las más sombrías, y el cielo, cubierto por densos nubarrones, no dejaba ver ni una estrella. Desde la embarcación, la tierra se divisaba como una extensa línea negra en cuyos extremos brillaban periódicamente dos faros giratorios; el de Lahitte, en una eminencia cercana a Dieppe, y el de Cayeux, que surge entre las arenas; pero no brillaba la torre de Tréport, prueba indudable de que los barcos no podían entrar en la bahía. El mar estaba también como boca de lobo; los pescadores habían encendido faroles, para no abordarse en la obscuridad, y las luceci34
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llas erraban de un lado para otro, como fuegos de San Telmo, en medio de las tinieblas. Las linternas de la barca de Cabillot no estaban dispuestas conforme al uso corriente, a pesar de la fuerza que la costumbre ejerce entre los marinos. Llevaba dos, una a popa y otra a proa; la de Proa colgada del bauprés, fuera del barco, y tan baja que las olas hubieran podido alcanzarla fácilmente; la de popa por el contrario, se balanceaba en la punta de una verga. El barco, cuyas velas estaban izadas de tal modo que su acción se neutralizaba mutuamente, tenía un Movimiento apenas perceptible y hubiérase dicho que su tripulación, agobiada por una fatigosa jornada dormía esperando la señal del regreso. Sin embargo, no todos dormían a bordo. Realmente, dos de los cuatro hombres que constituían la dotación ordinaria sin contar a nuestro conocido Terranova se habían tendido sobre las redes, húmedas todavía y se abandonaban a ese sopor que acomete constantemente a los marinos inactivos, pero los otros dos, instalados a popa sobre el cordaje, fumaban tranquilamente sus pipas, cambiando raras palabras. El propio Cabillot permanecía sentado en el timón, y mientras mascullaba un enorme taco de tabaco, conversaba a media voz con un personaje, que, a pesar de su traje de pescador, no parecía pertenecer a la tripulación. 35
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Cabillot era un viejo de mediana estatura, pero recio de hombros, que conservaba un notable vigor, a pesar de su edad. Su apergaminado rostro estaba surcado por profundas arrugas, cuya dureza aumentaba el reflejo de la linterna pendiente sobre su cabeza. Su fisonomía no era franca; por el contrario, sus ojillos rojos y rasgados, denunciaban doblez y avaricia; y a juzgar por las referencias, los indicios no mentían. Además, Cabillot gozaba fama de imperativo y brutal; sus dos hijos y sus dos sobrinos, que componían la tripulación, temblaban en su presencia y excepto Terranova a quien ciertas consideraciones daban privilegios, nadie hubiera osado inquirir los motivos de sus actos. Aun siendo uno de los pescadores más ricos de los contornos, Cabillot iba vestido de una manera sórdida y miserable. Llevaba sombrero, y traje de tela embreada; pero tan deteriorada tan llena de remiendos de lona que hubiera podido confundirse con un montón de harapos. El interlocutor del patrón permanecía casi oculto en la penumbra. Sólo podía apreciarse que era un hombre joven, de noble aspecto, facciones regulares y modales distinguidos. Su actitud denotaba temor y desconfianza; su voz grave, bien timbrada, tomaba frecuentemente inflexiones melancólicas. Pero reservemos para más adelante el hablar de este personaje, a quien el curso de esta 36
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historia nos dará a conocer y cuya estancia a bordo de la barca era puramente accidental. Ambos interrumpieron su conversación, para escuchar; pero no percibieron más ruidos que el del oleaje al chocar en los flancos de la nave, el del viento que agitaba las velas y el murmullo lejano de la resaca. -No viene -dijo al fin el desconocido. -¿Habrá habido alguna mala inteligencia? -Le digo a usted que vendrá -replicó el pescador nerviosamente, -pero hay que dar tiempo al tiempo, ¡voto a mil diablos! He visto perfectamente su señal, al anochecer; golpeaba la piedra con el eslabón, lo cual significaba que vendrá a bordo esta noche. A mi vez, he colocado los dos faroles en el bauprés y en la verga de popa para indicarle que le espero. Vendrá, se lo aseguro. ¡Buen avío me, haría si no viniera pardiez! ¿Dónde metería yo la mercancía el bote... y a usted mismo? Tendría que volver sobre mi ruta hasta las costas de Inglaterra lo cual me representaría una gran pérdida. -¿De modo que ese joven, que debe servirme de guía irá cargado también con objetos de contrabando? Piénselo usted bien; el bote es muy pequeño, y, además, podrían dificultar nuestra ascensión. –¿Acaso supone usted que las mercancías ocupan tanto volumen como una barrica de arenques? Mire us37
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ted lo que son -dijo, empujando con el pie un fardo, muy ligero en apariencia. -Ya sabe el otro lo que ha de hacer. Sí no hubiera usted traído bote, habría tenido que trasladar el paquete a tierra nadando. El desconocido examinó el fardo, que iba provisto de correajes, para la comodidad del transporte. -¿Y por esa miseria se expone usted a tan grandes riesgos? -preguntó. -Renuncie usted, por hoy, a introducir ese bulto y no repararé en unos luises más... –¡Recontra! -interrumpió Cabillot. -¿Ignora usted que contiene más de cincuenta mil francos en blondas? Pero, en el acto, se arrepintió de la confesión. -Al decir cincuenta mil francos –prosiguió -puedo equivocarme en la mitad; pero no por ello sentiría menos que los aduaneros echasen la garra a esas mercancías. ¡Nos vigilan tanto! Y arramblan con todo. Sin ir más lejos, esos pillastres se apoderarán mañana de esa monada de bote que ha de conducirle a tierra y que se verá usted precisado a abandonar en la playa. ¡Ira de Dios! Cuando pienso en eso... -¡Vaya patrón! ¿a qué vienen sus lamentos? Ese bote, que voy a sacrificar a mi seguridad, no le pertenece a usted... Pero dejemos eso... ¿Cree usted que habrá llegado a su destino la carta que envié a tierra esta mañana? 38
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-Esté usted tranquilo; Terranova es muy astuto y habrá cumplido la comisión; se lo garantizo. -Tengo mis razones para suponerlo así, porque me ha parecido ver una dama esta tarde en lo alto del acantilado. -Seguramente, habría más de una -observo Cabillot -bañistas, quizá... Según eso -prosiguió con malévola curiosidad, -¿se trata simplemente de faldas en el asunto que le trae a usted aquí? Ya me había imaginado que no abrigaba usted ninguna mala idea. –¿Qué le importa eso? -preguntó el desconocido, guareciéndose más en la sombra. -Bástele saber que soy desgraciado... muy desgraciado. –¿Usted? -repuso Cabillot, para quien desgracia era sinónimo de pobreza. -El oro se desliza entre sus dedos corno las olas en tiempo de tempestad. Ha dado usted veinticinco luises al capitán inglés que le ha conducido a bordo de mí barco; le ha pagado usted por su bote lo que ha querido, y de seguro queme entregará usted... antes de separarnos, una buena propina que distribuiré equitativamente entre la tripulación. Sí, ya se ve que no es usted un cualquiera... Y ¿por qué no decirlo? Apostaría cuanto poseo contra un vaso de aguardiente, a que, a pesar de sus manos blancas y de su rostro paliducho, ha sido usted marino. 39
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La observación pareció contrariar al desconocido. -¿Qué le ha sugerido a usted esa idea? -preguntó con embarazo. -¡Bah! no tengo los ojos a componer. Esta tarde mientras vagábamos en alta mar, se paseaba usted sobre cubierta con el aire de un almirante... Además, observó que, a pesar de su preocupación, ató usted maquinalmente el cabo de la vela de popa que esos gandules de muchachos habían dejado suelto, anudándolo en una forma que hubiera envidiado el más experto gaviero de la marina de guerra... En fin, su semblante denuncia que ha mantenido usted antiguas relaciones con el agua salada. -Vengo de Inglaterra patrón, y en ese país hay muy pocas personas extrañas a la vida de a bordo. -Es cierto que viene usted de Inglaterra; pero es usted francés, y estoy seguro... Felizmente para el desconocido, a quien aquella especie de examen iba importunando, uno de los tripulantes anunció a Cabillot que se percibía ruido en el mar, a poca distancia del barco. El patrón se levantó, escuchó atentamente y lanzó un ligero silbido, que fue repetido enseguida como por un eco. –¡Es él! -dijo el viejo pescador, con satisfacción. –¡Al fin! -suspiró el desconocido. 40
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En el mismo instante, apareció la cabeza de un nadador en el círculo luminoso que proyectaban los faroles de la embarcación. El nadador salvó la distancia en unas cuantas brazadas, asió una cuerda y trepó con gran presteza sobre el puente. Vestía un simple calzón de baño y el agua del mar se deslizaba por sus vigorosos miembros, formando brillantes perlas. Era Terranova. En cuanto saltó a bordo, dijo en tono gozoso, aunque sus dientes castañeteaban de frío: –¡Leonardo!.. ¡Juan!.. ¡Mi manta mi pipa y un vaso de aguardiente!.. ¡Vivo, porque no hay tiempo que perder esta noche! Uno de los marinos, se apresuró a echar una manta de lana sobre los hombros del joven, que se envolvió en ella tiritando; otro, le presentó una pipa encendida y el propio Cabillot escanció con parsimonia en un vaso desportillado, una ración de aguardiente de mala calidad. Todo ello de la manera más natural del mundo, como si cada cual estuviese habituado de antiguo a tales lances. -¡Arría el farol de popa! -gritó Cabillot. Y añadió por lo bajo, en forma de comentario: -No hay para qué llamar la atención de los vigilantes, ahora que ya estamos todos a bordo, y, además, es preciso economizar luz, en los tiempos que corren. 41
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Cuando la linterna descendió al nivel del puente, sus destellos iluminaron de lleno las facciones de Terranova, que, embozado en su manta se apoyaba en el cabestrante, y las del desconocido, que miraba con avidez a su futuro guía. La mutua observación no pareció desagradarles. -¿Es a usted, caballero -preguntó Terranova en tono respetuoso -a quien debo conducir a tierra? -El mismo -contestó el desconocido. -Espero no tener que arrepentirme de mi confianza en usted. -Yo también lo espero. ¡Pasaremos sin tropiezo, o dejaré de ser quien soy! El patrón fue a mezclarse en el diálogo, que ya iba tomando carácter amistoso. -¡Oye, Terranova! -dijo. -¿Cómo has tardado tanto en contestar a nuestras señales, esta tarde? Ya empezaba a sospechar que había ocurrido alguna peripecia. ¡Estabas bien acompañado por allá arriba! -¡Ah! ¿lo ha visto usted? -replicó el interpelado con alegría exhalando el humo a bocanadas. -Sí, estaba con unas damas, muy lindas, por cierto. -Una de ellas -repuso el desconocido, con viveza -la que llevaba el velo blanco, era... -Justo. -Así, pues, ¿consiguió usted entregarle mi carta? 42
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-Esta misma mañana; y por la tarde la encontré rondando por entre las rocas con Juana con, el pretexto de pasearse. -¡Bondadosa y amada Leona! -murmuró el desconocido con emoción. Cabillot no parecía muy satisfecho de la charla de Terranova. –¿Hasta cuándo van a durar -preguntó malhumorado -esas historias femeninas? Ya te he dicho, muchacho, que las mujeres te harán desgraciado. ¿Qué necesidad tenías de ir a malgastar el tiempo con esas rapazuelas? -Permítame usted que le diga patrón, que eso es cuenta mía -replicó Terranova en tono firme. –Mis obligaciones, respecto a usted, consisten en hacerme cargo de un fardo de blondas y transportarlo dondequiera que sea burlando a los aduaneros; pero fuera de aquí, soy libre de mis actos... Y a propósito, patrón; ya que ha visto usted a las señoritas que estaban conmigo, ha debido usted ver también al gran Maillard, que le acechaba y que lile habló largo y tendido de usted. -¿Qué diablos ha podido decirte? -Una porción de cosas. Comienza a desconfiar; se ha fijado en los pañuelos de color que utilizamos para señales; encuentra muy extrañas las maniobras del barco y la disposición de sus luces... En fin, yo, que única43
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mente le creía capaz de soñar mirando a las nubes y de pronosticar la dirección del viento, me he convencido de que anda muy escamado de nuestras tretas. –¡Pillastre! -exclamó el viejo pescador, montando en cólera. -Tú serás quien le haya puesto sobre aviso, con tu estúpida charla. -No se suba usted a la parra patrón, porque no he de consentirle que me trate como a sus hijos y a sus sobrinos. Usted no puede prescindir de mí para su negocio, y si nos enfadamos, le tocará la de perder... No he dicho nada a Maillard; he tratado, por el contrario, de disipar sus sospechas, pero tiene la mosca en la oreja y quizá llegue un día si no vivimos alerta en que acabe por atraparnos. -¡Votó a cien legiones de demonios! Si eso sucediera le tiraría de cabeza desde lo alto del acantilado. -Y yo, patrón -replicó Terranova con gran vehemencia –no toleraría que se causara el menor daño a Maillard, aunque me hicieran picadillo. Bajo su uniforme de aduanero, se oculta el hombre más bonachón que existe sobre la tierra y le quiero como a un padre... ¡No! nada de amenazas contra el gran Maillard, o ¡mil rayos! me pongo de su parte ¡y veremos quién lleva el gato al agua! 44
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Las tinieblas velaron las pasiones violentas que se reflejaban en el rostro del viejo contrabandista. -¡Granuja! -bramó, -¡tú amas a la sobrina del aduanero, y por obtener la mano de esa bribona negarás hasta vendernos! -¡Bribona Juana! -exclamó Terranova levantándose de un salto. -Si no fuera usted un anciano, le enseñaría... -¿Luego serías incapaz de hacer traición a los amigos? -¿Qué duda tiene? ¡voto a bríos! ¡Como que soy el más interesado en guardar el secreto! Si, por cualquier coincidencia descubriera la cosa el gran Maillard, tengo la certeza de que me negaría su sobrina aunque fuese más rico que un armador; y en ese caso, no me quedaría otro recurso que arrojarme al mar, con una piedra al cuello... Pero, basta de conversación -prosiguió en distinto tono. -Hay plea mar y acaba de brillar el faro de la escollera; ya es hora de partir. -SI, sí, ya es hora -repitió Cabillot. -Por nuestra parte, nos mezclaremos con las demás embarcaciones, para no infundir sospechas... Conque, caballero -añadió dirigiéndose al desconocido, que parecía sumido de nuevo en sus meditaciones, -¿ está usted dispuesto? -En absoluto. 45
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El misterioso pasajero se cubrió con un capotón de tela impermeable y tomó bajo el brazo un maletín, que contenía su equipaje. A su vez, Terranova se despojó de la manta quedando en su casi primitivo traje, y sujetó a sus hombros el fardo de contrabando. Así equipado, se preparó para saltar al bote, ya ocupado por el desconocido, mientras Cabillot, apoyado en la borda de su barca decía en tono meloso -Creo, caballero, que no tendrá usted queja de mí; si bien es verdad que me ha pagado usted generosamente, no lo es menos que yo he cumplido con toda fidelidad mis compromisos... Recuerde usted que me ha prometido, bajo palabra de honor, no revelar jamás el medio de que se ha valido para volver a Francia. -Tranquilícese usted, patrón -contestó el desconocido, con acento triste. -Aunque yo he sido engañado muchas veces, jamás engañé a nadie, Sucédame lo que quiera no le delataré. Esta seguridad fue acompañada de una espléndida gratificación para los tripulantes, gratificación a la cual Cabillot hizo tomar cazurramente el camino de su bolsillo. En aquel momento saltó al bote Terranova. -¡Adiós, muchacho! -dijo el viejo pescador, en el mismo tono hipocritón. -¿Suponlo que no me guardarás rencor? Ya hablaremos del gran Maillard y convendre46
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mos el modo de prevenir accidentes. En cuanto a tu boda con la sobrina del aduanero, la encuentro muy puesta en razón, tanto más, cuanto, que la chiquilla es muy apetitosa; y si por ese medio, Maillard acabase por entenderse con nosotros... Quedan hechas las paces, ¿verdad? Ya echaremos unas copas cuando nos veamos en tierra. -Como si nada hubiera pasado -contestó Terranova con su jovialidad habitual. -Las palabras se las lleva el viento. En cuanto a lo de catequizar al gran Maillard, no lo espere usted; sería tanto como intentar pescar la luna cuando se refleja en las aguas, en una noche serena... ¡Vaya! ¡buenas noches a todos! Y comenzó a desatar las amarras del bote. -¡Buena suerte! -dijo Cabillot. -¡Tú, muchacho, rema con precaución al acercarte a tierra porque los carabineros tienen el oído muy fino! Pero, ¡aguarda un momento!.. Llevas un par de remos flamantes, y es una tontería dejarlos abandonados a esos tunantes de aduaneros... -¡Leonardo! -gritó a uno de sus hijos -tráete esos dos remos viejos que utilizamos para atracar en el puerto, y quédate con los nuevos. Del agua vertida... El cambio se operó, no sin que Terranova maldijera entre dientes la sórdida avaricia del patrón. Al impulsar el bote, Cabillot volvió a retenerle diciendo en voz baja: 47
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-Cuida el fardo, hijo mío. Aunque abulta poco, vale un dineral, y son varias las damas de Tréport que esperan con impaciencia su llegada. -Descuide usted -contestó Terranova. Y dejando con la palabra en la boca al viejo pescador, imprimió un vigoroso empuje al bote, que se apartó veinte pasos de la barca. Cabillot pretendió seguirle con la vista; pero tuvo que renunciar a ello y dio bruscamente la orden de partir. Las velas que anulaban la acción del viento fueron replegadas en un instante, y la pequeña embarcación enfiló la boca del puerto, donde se agolpaba ya toda la flotilla de lanchas pescadoras.
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III LA CUESTA VERDE Terranova y su compañero quedaron solos en medio de las tinieblas expuestos a que su frágil embarcación zozobrase al menor golpe de mar. Pero el joven marino parecía seguro de su ruta porque remaba vigorosamente y avanzaba sin vacilación, tiritando bajo el soplo glacial del cierzo. El pasajero, sentado en silencio a popa del bote, acabó por observar su malestar. -¡Pobre muchacho! -dijo en tono solícito. -Está usted helado; tome usted mi manta yo no la necesito. -Gracias, caballero, no vale la pena; dentro de un momento encontraré mis ropas, que dejó ocultas entre las peñas... ¡Maldito viento! Creo que hubiera preferido volver a tierra nadando, según mi costumbre. 49
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-Sin embargo, un trayecto tan largo, a nado, debe tener sus peligros -dijo el desconocido, haciendo visibles esfuerzos para continuar la conversación. -No faltan, caballero; más de una vez, en noches tormentosas, he perdido la dirección de la barca de Cabillot y he corrido el riesgo de perecer... Pero siempre se llega con mayor o menor esfuerzo, y nadie se muere por tragar un poco de agua o por pegarse un porrazo con los guijarros. -¿Ganará usted mucho, verdad? -¡Ya lo creo que gano! Diez escudos de plata contantes y sonantes, por cada bulto que paso, y, además, una participación en la venta de la pesca como tripulante... ¡Qué diantre! ¡no va mal del todo! El desconocido calculó que cada viaje de Terranova debía beneficiar al patrón en varios miles de francos, mientras el pobre muchacho, exponiendo su vida, percibía una retribución mezquina. Pero se limitó a manifestar: -Es usted muy joven para tener tanto apego al, dinero. -¡Ah, caballero! si se tratara sólo de mí, me preocuparía tanto como de los primeros zapatos que me pusieron; pero he de mantener a mi anciana madre, a quien quisiera poner a cubierto de toda necesidad, en pago de 50
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los sacrificios que ha hecho para criarme. ¡Cuántas veces hemos carecido de un pedazo de pan que llevar a la boca!.. Uno de aquellos días, en que la despensa se obstinaba en permanecer vacía Cabillot, que me acechaba porque pasaba por el mejor nadador de la comarca fue a ver a mi madre ; y tanto y tanto me dijeron ambos, que acabaron por engatusarme. Re de advertir a usted, además, que amo a la sobrina del aduanero Maillard y que tengo la pretensión de no serle indiferente; pero ni Maillard ni la madre de Juana consentirían en la boda si yo fuera un pelagatos. Me precisa, por tanto, trabajar con Cabillot, hasta que reúna mucho dinero. -¿De modo que se dedica usted al contrabando, para obtener la mano de la sobrina de un aduanero? Es un juego bien expuesto. Si le sorprendieran, y la casualidad quisiera que se viese usted obligado a entablar una lucha con el tío de su prometida ¿no tiembla usted, al pensar en las posibles consecuencias de semejante acontecimiento? -Es verdad, caballero -contestó Terranova con abatimiento. -Varias veces ha torturado mi cerebro esa idea pero he procurado desecharla. Desde luego, no me defendería contra Maillard, aunque me hicieran trizas; sin embargo, me avergüenzo al pensar que le demuestro amistad, que le doy apretones de mano durante el día y 51
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que le engaño indignamente por la noche. Todo el mundo afirma, y mi madre la primera que no se causa ningún mal burlando a los aduaneros, porque no son ellos los perjudicados, sino el Estado, que es rico; pero ¡qué quiere usted! me repugna esto, y hubiera querido ahogarme al emprender tan vil oficio. Por otra parte, ¿qué partido adoptar? ¿cómo vivir? ¿con qué otro medio cuento, para ir constituyendo un hogar?.. Mire usted, caballero; no le conozco, pero su aspecto es de hombre, instruido y es usted amigo de la bondadosa hija del general; en fin, hay algo en usted que inspira confianza... Aconséjeme usted; ¿qué haría en mi lugar? Terranova cesó de bogar, esperando con ingenua ansiedad la respuesta del desconocido. -¡Aconsejar! -replicó éste, con acento melancólico. -¿Qué consejos puedo dar yo, en la situación angustiosa en que me encuentro? Pero me parece usted demasiado probo y demasiado leal para ser contrabandista, yo en su lugar, renunciaría inmediatamente a tan indigna profesión. –¡Y nos moriríamos de hambre mi madre y yo! -replicó Terranova con sorna. -Eso se dice muy pronto, pero es más fácil predicar que dar trigo. Y se puso a remar con viveza. Hubo una nueva pausa durante la cual no se oyó más ruido que el del viento 52
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y el del oleaje. Las observaciones del desconocido parecieron despertar en el espíritu recto, aunque ligero, de Terranova las penosas reflexiones que, según propia confesión, el joven marino había procurado desechar hasta entonces. El viajero rompió el silencio. -Debemos estar cerca de tierra –dijo -y todavía no he tratado de investigar un punto importante. Cuando esta mañana entregó usted mi carta a... la persona que se interesa por mi triste suerte, le encargaría sin duda que me buscara un alojamiento tranquilo y retirado. -Todo está prevenido, caballero -contestó Terranova con apresuramiento, como satisfecho de substraerse a ideas poco agradables. -Nuestra casa de Tréport es solitaria y pacífica tal como usted desea. Desde que gano algún dinero, aunque ya ve usted de qué manera mi madre ha decorado un cuarto que no utilizamos, porque lo reserva para cuando me case. Entretanto, lo alquila a los forasteros que, en esta estación, vienen a tomar baños de mar. Desgraciadamente, los forasteros prefieren hospedarse en los alegres hotelitos de la playa o en las fondas de la población, y nuestro cuarto queda vacío, como sucede ahora. Si le conviene, puede usted acomodarse en él. ¡Qué diablo! no es una preciosidad, pero todo está limpio y nuevecito... Además, si le interesa no ser obser53
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vado, no le molestarán los vecinos, por la sencilla razón de que no los hay. -Mi situación me impide ser exigente; sólo deseo saber si la casa está muy alejada del castillo de Plessis. -Un cuarto de legua escaso, que podrá usted recorrer por caminos solitarios. Por más que nadie se asombrará de verle ir y venir; le tomarán por uno de esos bañistas que se pasan la vida vagando por el campo, para matar el tiempo. -Conforme; me hospedaré en su casa. El joven marino se disponía a dar las gracias, cuando el bote chocó súbitamente, siendo invadido por una ola. -Hemos llegado –dijo Terranova. –Tome usted su equipaje y huyamos cuanto antes. Podrían vernos y esperarnos a la salida de la Cuesta Verde. El desconocido se puso en pie, con su maleta bajo el brazo, saltando a la orilla con una prontitud y una destreza que revelaban un gran hábito. Terranova le imitó, empujando luego el bote hacia el mar, con toda su fuerza y lanzando los remos en la misma dirección, con el menor ruido posible. -He aquí una embarcación que dará que hablar mañana -dijo sonriendo maliciosamente. -Pero lo que urge, 54
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por ahora es buscar mis ropas, porque hace un vientecillo que corta. Y tomando de la mano al desconocido, emprendió la marcha con precaución, por entre los montones de guijarros, que la mar acumula incesantemente a lo largo de las costas y que dispersa a cada borrasca. La obscuridad, aumentada por la proximidad del acantilado, no permitía distinguir ninguna forma; pero Terranova con un instinto casi milagroso, logró encontrar sus efectos y se vistió rápidamente. Terminado su atavío, sujetó de nuevo el fardo a sus hombros y dijo a su compañero: -Nos resta lo más difícil: escalar la Cuesta Verde... ¿Supongo que su paso será firme y que no le acometerá el vértigo ? El interpelado no respondió. -Le pregunto -insistió Terranova con cierta impaciencia -si se considera usted bastante fuerte para intentar el ascenso. El camino, hay que reconocerlo, no es de los más cómodos... Pero ¿ dónde está usted y en qué piensa? -Aquí estoy -contestó una voz vibrante, casi a su lado -y pienso que mi mísera existencia no merece que la defienda con tanto afán... Quizás sería mejor morir en este lugar desierto y convertirme en juguete de las olas 55
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que ir a buscar lo que me espera a la otra parte de las rocas. Terranova desconcertado por aquel arranque sentimental, guardó silencio. El desconocido prosiguió, variando de tono: -Pero es preciso... Apelaré a este último recurso, y si fracaso, ¡cúmplase mi suerte!... ¡Marchemos, joven! estoy dispuesto. No será la primera vez que trepe por una montaña y mi cuerpo está hecho a la fatiga. Además, mientras permanecía ocioso en la barca de Cabillot, he examinado cuidadosamente la dirección y las revueltas del sendero; guiado por usted, no desespero de llegar a la cúspide de las rocas. -Perfectamente; iré delante y usted no tendrá más que seguirme. Pero como en esta empresa es preciso contar con las manos más que con los pies, conviene descartar todo estorbo. Y sacando de su bolsillo uno de esos trozos de cuerda de que siempre va provisto un marino, ató la maleta a la espalda de su compañero, para dejar libres sus movimientos. -No es eso todo -prosiguió. -Al llegar a la meseta podríamos vernos obligados a separarnos. En ese caso, refúgiese usted ante todo entre los trigos luego, tome 56
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usted a la izquierda en dirección al pueblo, y espéreme al extremo del arrabal. -Me entrego a usted por completo, joven. No he visitado nunca estos parajes, y no conozco más que a una persona impotente, por desgracia para protegerme; pero Cabillot ha debido recomendarle... -¡Cabillot! -replicó Terranova con desdén. -¿Fía usted, acaso, en las promesas de ese viejo avaro? Lo último que me ha encargado, al separarnos, ha sido que, si por cualquier azar, fuéramos perseguidos y tuviera que decidir entre la salvación de usted y la pérdida de las mercancías que llevo, le sacrificara sin escrúpulo. ¡Juzgue usted por ahí de las buenas intenciones de Cabillot! Daría mi vida y la dé usted por un escudo. -¡Pues bien, muchacho! -repuso el desconocido en voz sorda -puesto que no me resta otra esperanza que la lealtad de usted, voy a revelarle francamente mi situación. Si llego a ser detenido, no se tratará para mí de una prisión temporal o de una simple expulsión del territorio francés, sino de la muerte, de una muerte cruel e infamante. Terranova se estremeció. –¡La muerte! -repitió con espanto. -Entonces, ¿es que ha cometido usted... algún crimen? 57
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-Si he vertido sangre, ha sido en legítima defensa; pero las apariencias me condenan y mis implacables enemigos han hecho lo demás... Ahora que conoce usted mi terrible posición, ¿estará menos dispuesto a servirme? Terranova reflexionó unos segundos. –¡No! ¡voto al infierno! -exclamó al fin con energía. -Oiga usted, caballero; en el poco rato que le conozco, me ha prodigado usted frases que no me ha dirigido nunca nadie, a n o ser el pobre Maillard. Por otra parte, la señorita de Sergey, a quien tanto quiere Juana parece interesarse por usted. Además, repito que hay en usted algo que atrae y que conmueve... Cuente, pues, conmigo, suceda lo que quiera. Su enojosa situación, me hará redoblar las precauciones y la vigilancia. El desconocido le estrechó la mano. –¡Gracias, amigo mío! -le dijo. -Confío en usted, y no creo necesario asegurarle que la recompensa será... -¡Bueno! ¡bueno! Cabillot me ha informado de su generosidad; pero aunque fuese usted pobre, como un marinero después de ocho días de descanso, le defendería con el mismo celo... Pero ya estamos en la Cuesta Verde y ha llegado la ocasión de substituir con obras las palabras. 58
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El desconocido levantó la cabeza. Estaban como en el fondo de un pozo, cuyo brocal se perdía en las alturas. En cuanto a los groseros peldaños que conducían a la cumbre del acantilado, eran completamente invisibles. Sin embargo, Terranova no vaciló; encontró sin trabajo el primer escalón de la temible pendiente y comenzó su ascenso. Al principio, avanzaba con suma lentitud, por atención a su compañero. Pero, aunque las dificultades del camino aumentaban por momentos, percibía constantemente una respiración tranquila y acompasada y un paso firme, tras del suyo. Picado en su amor propio, trepó con más rapidez; pero el desconocido se mantenía siempre a igual distancia, y un pie nervioso y ágil ocupaba el sitio que acababa de dejar vacío el joven guía. No obstante, cargados como iban ambos, no podían escalar una altura perpendicular de más de doscientos metros, sin detenerse a intervalos y cada uno de aquellos descansos, les ponía más de relieve lo peligroso de su situación. Suspendidos en la pared lisa y pérfida de un abismo, les precisaba muchas veces agarrarse a los salientes de la roca o a los hierbajos, para no rodar hasta el fondo. La obscuridad no les permitía apreciar el espacio salvado; pero se oían menos distintamente los bramidos del mar, que parecía querer socavar por la base el 59
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muro ciclópeo por el que gateaban. A cada instante, las aves de rapiña que anidaban en las grietas de la peña soliviantadas al paso de los expedicionarios, huían precipitadamente, lanzando agudos graznidos. Así llegaron a un sitio en el que el sendero quedaba cortado; un reciente desprendimiento había borrado las huellas de los pasos. Pero precisaba seguir; porque si el ascenso era peligroso, el descenso resultaba imposible. -¡Tiéndase usted boca abajo! -dijo Terranova. Y se arrastró sobre las rodillas y las manos, única postura que permitía conservar el equilibrio, en aquellas circunstancias. El desconocido le imitó, y ambos lograron franquear el temible obstáculo. El resto del trayecto, no presentaba dificultades serias, el sendero, aunque muy escarpado todavía seguía una especie de barranco lleno de maleza en el que los dos compañeros hicieron alto, para tomar aliento. -Ya llegarnos -dijo Terranova con precaución. -Estamos a veinte pies de la cresta del acantilado. -Eso quiere decir, que ahora es cuando corremos el mayor riesgo. -Sí; hay que tener buena vista y buenas piernas. Si la mala suerte hace que tropecemos con los aduaneros, parta usted, a todo correr, en dirección al pueblo. Quizá disparen contra usted; Pero no se inquiete; los aduane60
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ros no apuntan nunca porque, realmente, la introducción fraudulenta de un miserable fardo de mercancías no vale la vida de un hombre. Sobre todo, no se ocupe usted de mí; ya me las arreglaré, para salir del atolladero... Y ahora ¡atención! El éxito puede depender de nuestra sangre fría y de nuestra celeridad. Ambos ganaron, sin esfuerzo, la cima de la roca pero antes de salir del barranco, Terranova hizo una nueva parada escudriñando los alrededores. La obscuridad era menos densa en la planicie que al pie del rocoso muro, pero los objetos no se destacaban de una manera distinta en las tinieblas. A pesar de lo avanzado de la hora todavía brillaban algunas lucecillas denunciadoras de viviendas humanas; pero la costa parecía desierta y en el campo reinaba la más absoluta calma. -Todo marcha bien -dijo al fin Terranova; -creo que podemos aventurarnos. De seguro que no andará muy lejos el gran Maillard, pero estará entretenido en sus consideraciones filosóficas. Y se decidieron a abandonar su escondite. Pero apenas se habían incorporado, resonó, casi Junto a ellos una voz estentórea. -¿Quién vive? -gritó. 61
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El desconocido y Terranova aunque preparados para tal acontecimiento, quedaron sobrecogidos un instante. –¡Es Maillard! -murmuró el marinero. -¡que el diablo se le lleve! ¡Huyamos! Y ambos emprendieron la carrera. –¿Quién vive? -repitió la voz, acercándose rápidamente. –¡Alto, en nombre, de la ley, o hago fuego! Como se supondrá, los dos fugitivos no atendieron al requerimiento. De pronto, brilló un fogonazo y se oyó la detonación de una carabina a la que contestaron varias voces lejanas. -¡Rayos y truenos! -gruñó Terranova. -El buen Maillard no bromea. Felizmente, ha sido más el ruido que las nueces... ¡Sigamos avanzando! Maillard, porque él era corrió tras ellos con toda la velocidad de sus largas zancas, y las voces que surgían en distintas direcciones, anunciaban que los aduaneros se iban replegando. A pesar de todo, hubiera resultado difícil la captura del contrabandista y de su compañero, en aquel campo abierto, si un accidente inesperado no hubiera venido a complicar su situación.
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El desconocido, corriendo por aquel terreno, nuevo para él, dio un paso en falso y cayó pesadamente con su carga. Terranova que iba un poco delante, comprendió en el acto la inminencia del peligro. Incapaz de abandonar a un proscripto que había confiado en su lealtad, retrocedió y se apresuró a levantarle consiguiéndolo sin esfuerzo, porque el desconocido no estaba herido. -¡Largo! ¡largo!.. -le dijo con precipitación. -¡No se preocupe usted más que de sí mismo! El viajero obedeció maquinalmente, echando a correr hacia el poblado; pero Terranova no tuvo tiempo de seguirle. Maillard, guiado por el ruido, le dio alcance, y ambos rodaron sobre la hierba entablando una lucha cuerpo a cuerpo. Pero el contrabandista no podía llevar ventaja en aquel combate contra un hombre de la corpulencia y del vigor del aduanero, quien no tardó en reducir a la más absoluta impotencia a su adversario. Este, vencido y aterrado murmuró en voz ahogada: -¡Piedad! ¡piedad!.. La alteración producida por el espanto en aquella voz y las sombras de la noche impidieron a Maillard reconocer con quién se las había. Pero aquel acento suplicante conmovió su alma honrada y sencilla, y sus manazas, que comprimían los miembros de su enemigo, 63
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se aflojaron. Evidentemente, reflexionaba respecto al partido que debía tomar, en tanto que los demás aduaneros, atraídos por la detonación, acudían en su socorro. -¡Piedad! -repitió el pobre Terranova. Maillard adoptó bruscamente su determinación. –¡Oye! –dijo -no quiero saber quién eres. Quizá seas un infeliz padre de familia obligado por la miseria, y tendría que reprocharme haberte perdido. Pero, como el deber se impone, voy a incautarme de tu fardo: si contiene objetos no sometidos a impuesto, ven a reclamarle mañana a la aduana y te será devuelto; si, por el contrario, como supongo, encierra mercancías de contrabando, su pérdida constituirá castigo suficiente para ti y para tus compinches... Y ahora levanta el campo, porque mis camaradas podrían ser menos acomodaticios que yo; sobre todo, no vuelvas por aquí, ¡porque te aso! Mientras hablaba desató el saco de los hombros de Terranova; una vez en su poder el precioso fardo, soltó al desventurado contrabandista que, al sentirse dueño de sus movimientos, se levantó de un salto y escapó. Ya era tiempo; a los pocos minutos, varios aduaneros se reunieron con Maillard, comentando ruidosamente los acontecimientos que acababan de desarrollarse. 64
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Terranova a pesar de la rapidez de su carrera no fue muy lejos. A unos cuantos centenares de pasos del sitio en que había tenido efecto la lucha se detuvo para respirar y para pensar en lo que había de hacer. Pero aconsejado tan sólo por la humillación y por la cólera se borró de su espíritu todo sentimiento noble hacia el generoso Maillard. -¡Voto al infierno! -dijo en alta voz, cerrando los puños -¿he de dejarme despojar así? ¡Ah! ¡si tuviera un arma! Una especie de sombra apareció súbitamente a su lado. Completamente olvidado de su compañero, su primer impulso fue ponerse a la defensiva; pero se tranquilizó, al reconocer al pasajero de Cabillot. -¡Qué desgracia caballero! ¡qué perdida tan irreparable! -exclamó con desesperación. -¿Qué le sucede a usted? -preguntó el desconocido, asombrado. -Le creía en poder de los aduaneros; pero una vez libre, ¿a qué obedecen esos lamentos? Terranova le relató en pocas palabras la captura operada por Maillard. -¡Es una ruina completa para todos! -prosiguió. -Además, ¿qué se pensará de mí? ¿No se me acusará de imprudencia de cobardía? Cabillot se pondrá furioso, mi propia madre me censurará... ¡Caballero! usted es un 65
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hombre de corazón; ayúdeme a recuperar el fardo, y respondo del éxito. De todos esos individuos, no hay más que uno de cuidado, Maillard; los demás, a quienes conozco de antiguo, huirán en cuanto se vean atacados. Por otra parte, cada cual regresará a su puesto, y es seguro que Maillard irá completamente solo a entregar su botín a la aduana. Podríamos acecharle acometerle por sorpresa en las tinieblas y, entre los dos recobraríamos fácilmente las mercancías. -¡Ni pensarlo! ¿No comprende usted que al proceder así, cometería la más negra de las ingratitudes con ese buen hombre que le ha perdonado, cuando, según confesión de usted, le tenía en su poder? ¿Osaría usted emplear la violencia contra el tío de su prometida?.. ¡Vaya! no se ofusque usted. Ni Cabillot, ni los demás por cuya cuenta se dedica usted a tan odioso trabajo, se arruinarán como usted supone: seguramente han realizado ya beneficios enormes, y esta pérdida debería entrar en sus previsiones. En cuanto a mí, no sentiría este tropiezo, si diera por resultado apartarle del mal camino en que le veo metido. Terranova permaneció silencioso. -¡Sí! tiene usted razón -replicó al fin, suspirando. -Sería verdaderamente abominable atacar al pobre Maillard... Pero entonces, ¡Dios mío! ¿qué va a ser de mí? 66
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Las sombras ocultaron la amarga sonrisa que se dibujó en los labios del desconocido. -Se queja usted –dijo -porque ha fracasado en una empresa culpable. ¿Qué le sucedería si pesara sobre usted, como sobre mí, la acusación de un crimen detestable del que fuera inocente; si hubiera perdido a la vez consideración, rango elevado y honor, sin haberlo merecido; si se viera reducido a volver furtivamente a su patria en una noche sombría en compañía de gentes rebeldes a la ley, expuesto a recibir un balazo o a sufrir una muerte más afrentosa todavía... todo ello, por intentar una última probabilidad de justificación? Terranova no comprendió bien aquel lenguaje ambiguo; pero habla tal autoridad en el acento del desconocido, que el dolor del joven marino cedió ante el más grande y más noble de su compañero. Después de una pausa el pasajero prosiguió, en diferente tono: -No podemos permanecer aquí más tiempo: la alarma no tardará en extenderse por la costa y se destacarán patrullas en todas direcciones. ¡Vámonos! el mal ya no tiene remedio. -Tiene usted razón. Lo único que debo procurar ahora es que Maillard ignore quién ha sido el contrabandista que ha tenido bajo sus rodillas; porque si llega67
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ra a saberlo, ¡entonces sí que se habría perdido todo!... ¿Cómo esperar semejante cosa de parte de Maillard? ¡Fíese usted de su apariencia bonachona!.. Pero las lamentaciones son inútiles. Partamos, caballero, puesto que urge hacerlo. Usted, al menos, creo que no tendrá nada que temer. Y ambos se dirigieron, a paso largo, hacia el pueblo.
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IV EL ENCUENTRO Terranova y su compañero cruzaron un bosquecillo, y desembocaron en un camino vecinal encajado entre dos taludes y bordeado por añosos olmos, cuyo entrelazado ramaje formaba una verdadera bóveda. Una vez allí, el joven marinero se apresuró a desembarazar al desconocido del peso de su equipaje, y le ofreció galantemente su brazo. Ambos caminaban en silencio; las sombras podían ocultar un espía o un aduanero, y, además, bastaban sus reflexiones para ocupar su ánimo. Al cabo de un cuarto de hora de marcha el desconocido preguntó en voz baja: -¿Dónde estamos? -En la avenida de Plessis; pronto llegaremos a casa de mi madre. 69
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-¡La avenida de Plessis!.. Entonces, ¿estamos cerca de la residencia del general? -Acabamos de dejar atrás el castillo, si la noche fuera clara, todavía podría usted verle. -Retrocedamos, Terranova -dijo el desconocido, con agitación. -A pesar de lo avanzado de la hora experimentaría un placer infinito en pasear unos instantes alrededor de esa casa en la que se albergan personas que, por diversos títulos me interesan vivamente. -¿Para qué? Ahora todo el mundo reposará en el castillo. No cometamos nuevas imprudencias; es posible que los aduaneros vigilen estas cercanías, y si nos encontraran... ¡Bastantes contratiempos hemos sufrido esta noche! El desconocido cedió, suspirando. Al poco rato, los expedicionarios divisaron a distancia los oscilantes reflejos de una luz, que avanzaba rápidamente hacia ellos no tardando en comprobar que su portador era un hombre, acompañante de una dama. Terranova y su compañero se detuvieron bruscamente. -¿Quiénes son? -preguntó el desconocido. -Deben ser moradores del castillo de Plessis. Afortunadamente, su linterna no alumbra más que el centro 70
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del camino, y guareciéndonos en la sombra del talud, no nos verán. -Pero ¿no puede usted reconocerlos? -¡Espere usted! -dijo Terranova mirando fijamente a los nocturnos paseantes, cada vez más distintos. -¡Sí! no hay duda... es la dama del castillo; debe haber concurrido a alguna fiesta y ha tenido el capricho de volver a pie. -¡Cómo! –exclamó el viajero, emocionado –¿será posible que un venturoso azar, haga que la señorita de Sergey?.. -No; no es la señorita. Esta deja muy raras veces a su achacoso padre y no asiste a ninguna diversión. Es la otra la orgullosa señora de Grandville. La excitación del desconocido no disminuyó, si bien cambió de naturaleza. -¡La señora de Grandville! -repitió. -¡Ah! ¡la Providencia me la envía! -¿Qué intenta usted? Supongo que no tendrá usted la idea de abordar a esa dama a riesgo de asustarla y... -¡Apártese usted! Quiero aprovechar la ocasión con que me brinda el Cielo; hablaré a esa mujer, de quien depende mi suerte. Terranova se hizo atrás, mientras el desconocido esperó, inmóvil, al borde de la avenida. 71
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Las personas que se acercaban eran ya completamente visibles. El portador de la linterna tenía el aspecto de un antiguo criado de confianza. Junto a él, marchaba una dama elegante, envuelta en un albornoz de cachemira blanca. Parecía gozosa y satisfecha. Impresionada todavía por los recuerdos del baile a que acababa de asistir, contaba por el camino a su servidor los episodios de la velada salpicando su relato con alegres risotadas. Una voz triste y solemne surgió entre las sombras, haciéndola estremecer. –¡Señora de Grandville! –suplicó -¡dígnese usted otorgarme un momento de atención! La dama del albornoz interrumpió su charla detuvo. -¿Quién es usted? –balbuceó -¿qué quiere usted de mí?.. ¡Julián -prosiguió dirigiéndose al sirviente, -no te separes de mi lado! -No tema usted -replicó el incógnito personaje, con acento dolorido. -A pesar del daño que me ha causado, sólo deseo implorar su justicia ¡Quiera el cielo que no la implore en vano! Estas protestas, en lugar de tranquilizar a la dama parecieron aumentar la turbación de su espíritu. -Pero ¿quién es usted para hablarme así? -preguntó. -Un desgraciado en el colmo de la desesperación, cuyas miserias son obra de usted. 72
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Los destellos del farol iluminaron el noble rostro del desconocido, pálido y enflaquecido por el sufrimiento. La dama retrocedió, como a la vista de un espectro. -¡Listrac! –exclamó. -¿ Usted aquí, en este lugar solitario, y a tales horas de la noche?.. ¡No se acerque usted! ¡no me toque!.. ¿Trata usted de asesinarme? -¡Asesinarla! -repitió el llamado Listrac.-Bien sabe usted que nunca he asesinado a nadie. ¡Señora por piedad, cesen sus injustas persecuciones contra mí! Vengo a usted sin cólera sin ánimo de venganza dispuesto a perdonarla cuanto me ha hecho sufrir. Sé, positivamente, que posee usted la prueba de mi inocencia que una palabra de sus labios puede salvarme, devolverme, si no todos los bienes perdidos, aquellos al menos, que tengo en mayor estima: el honor y el afecto de las personas honradas... ¡Dios mío! ¿cómo desarmar ese odio ciego, inexplicable ? Listrac, al hablar así, violentaba visiblemente su natural altivo y varonil; pero la dama del albornoz, no estaba en la situación de oírle ni de comprenderlo. -¡No se acerque usted! -exclamó, medio enloquecida por el terror.-Sólo un avieso intento ha podido inducirle a salirme al paso... ¡Señor Listrac, un caballero, un oficial de marina como usted, no puede cometer la villanía de matar a una mujer! 73
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-¡Por favor, señora! cálmese usted. Le juro... -¡Déjeme usted! ¡déjeme! -¡Me escuchará usted! -dijo Listrac con energía avanzando un paso.-Pues qué, ¿acaso no ha dé serme permitido quejarme de sus arterías, después de haberlas soportado pacientemente? El caluroso arranque del proscripto acabó de atemorizar a la señora de Grandville que se refugió tras el viejo doméstico, más curioso que asustado de aquella singular escena. -¡Julián! ¡mi buen Julián! -le dijo -¡defiéndeme!.. ¡Socorro!.. ¡socorro!.. Y sin poder contenerse huyó en dirección al castillo y desapareció entre las tinieblas sin atender a Listrac y al mismo Julián, que la llamaban. El criado se dispuso a seguirla; pero, antes de alejarse, dijo precipitadamente a Listrac, a quien conocía de antiguo: -Ha hecho usted mal en presentarse a ella señor. Sabiendo que ha llegado usted, procurará jugarle una mala pasada. No se desanime usted, sin embargo; quizá... Pero voy a alumbrarla porque se va a estrellar contra un árbol.
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Y echó a correr e n el farolillo, impulsado aparentemente por el sentimiento del deber, más que por un verdadero afecto. Listrac, consternado por el mal éxito de su tentativa permaneció inmóvil en medio del camino. -Tiene razón ese hombre -murmuró. -He cometido una falta descubriéndome a mi perseguidora. Debí prever que su alma egoísta sería tan inaccesible a la piedad como a la razón. Tal vez sea más afortunado con otras personas... Una mano se apoyó en su hombro, y Terranova le dijo al oído: -Partamos, caballero; su encuentro con esa dama, que no peca de bondadosa, puede acarrearnos algún trastorno. Sería una imprudencia continuar aquí. Y tomando de nuevo el brazo de su compañero, que no opuso ninguna resistencia ambos reanudaron su marcha. Antes de un cuarto de hora se detenían ante una casita aislada al extremo de un arrabal de Tréport. La puerta principal daba a la vía pública; pero el huerto anexo tenía otra entrada por la parte del campo. La casa estaba silenciosa; no obstante, apenas el joven marino golpeó ligeramente la puerta trasera se abrió ésta y una mujer interrogó en tono áspero: 75
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-¿Eres tú, Luis? -Sí, madre. -¿Cómo has librado esta noche? -Ya se lo diré luego -replicó Terranova poco impaciente por referir un desastre. -No vengo solo; la traigo aquel señor... aquel viajero... ¡ya sabe usted! -¡Ah! ¿el caballero que debe ocupar nuestro cuartito amueblado? -dijo la viuda de Guignet, con acento placentero.-¿Te has convenido con él? ¿Supongo que ya le habrás prevenido que la habitación cuesta veinte francos mensuales? Terranova que había omitido esta circunstancia vaciló en declararlo así; pero Listrac se apresuró a intervenir. -Acepto todas sus condiciones, señora -manifestó con cierto dejo desdeñoso. -Esté usted tranquila de que sabré remunerar ampliamente sus servicios. -¡Gracias a Dios que doy con un arrendatario generoso! La hospedera encendió entonces una vela de sebo, colocada en una mohosa palmatoria de hojalata y los personajes de esta escena pudieron observarse mutuamente. La pieza en que se hallaban era miserable, estaba ennegrecida por el humo. Dos camas, cubiertas por vie76
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jas colchas de sarga se adosaban a los dos ángulos del fondo. Por todas partes se veían redes de pescar, remos, botas de marinero, en revuelta confusión con canastas deterioradas, una rueca y ropas de mujer. No era más seductor el aspecto de la dueña de la casa. Sus facciones vulgares denunciaban una extremada codicia. Sus cabellos grises, escapándose de una cofia mugrienta caían en crespos mechones alrededor de su cara. Vestía una chambra descolorida y una saya rayada que dejaba al descubierto sus pantorrillas desnudas y sus pies descalzos. Sus modales, rudos y groseros, no predisponían en su favor. Examinó a su nuevo arrendatario con impertinente curiosidad, quedando subyugada por la distinción de sus ademanes y la melancólica dignidad de sus facciones. No porque la conmoviera la expresión dolorosa y resignada pintada en aquel noble rostro, sino porque reconocía en ciertos signos indelebles, al hombre rico, habituado al bienestar, y se inclinaba ante aquella superioridad, única que comprendía y envidiaba. -Soy su servidora señor -dijo sonriendo. -Ahora ya veo qué clase de persona es usted. A juzgar por algunas palabras escapadas a mi hijo, parece que le trae aquí una intriga con una hermosa dama... Cuente usted con estar 77
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tan bien guardado como un bulto de contrabando, ¡se lo prometo! Listrac y Terranova no juzgaron oportuno rectificar las ideas de la viuda respecto a la verdadera posición de su alojado. Se acordaron las medidas conducentes a que nadie sospechara la presencia de un extraño en la casa y se convino asimismo todo lo concerniente a la alimentación y comodidades del arrendatario. Este aceptó sin dificultad las proposiciones de la viuda a quien acabó de encantar tal condescendencia. -Ya que vamos a bogar en compañía -indicó Terranova -quizá convendría saber el nombre... -¿En qué piensas, muchacho? -interrumpió su madre, en tono de reprimenda. -Es una descortesía preguntar así el nombre de las gentes; puede haber razones para... Dispénsele usted, señor-agregó dirigiéndose a Listrac. -Es un chiquillo. -Llámenme ustedes... Renato -dijo Listrac. El viajero ansiaba encontrarse solo, por lo que se le condujo al que llamaban «cuarto de respeto» de la casa. La habitación era si no más suntuosa cuando menos infinitamente más aseada que la del piso bajo. Unas cortinas de indiana blanca con franja de algodón, adornaban las ventanas y la cama de madera de abeto. Las sillas de paja la cómoda de nogal, la mesa parecían: no haberse 78
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estrenado. Sobre la chimenea campeaban dos recipientes de porcelana decorada coronados por flores artificiales, y una pequeña imagen de la Virgen, encerrada en un fanal. En uno de los ángulos del cuarto, se destacaba un baúl tallado, de los llamados «cofres de matrimonio», curioso ejemplar de aquellas antiguas y admirables esculturas en madera tan comunes aún en Normandía; pero como si se avergonzaran de poner en evidencia el artístico mueble a causa de su vetustez, aparecía cubierto con una esterilla y una hilera de sillas ocultaba los elegantes arabescos, la graciosa ornamentación, las finas labores de su cara más visible. El nuevo habitante del cuarto, se limitó a lanzar una ojeada distraída en su derredor y se dejó caer, aplanado, sobre tina silla mientras Terranova y su madre disponían lo necesario para la noche. Terminados los preparativos, iban a retirarse cuando Listrac se levantó. -Amigos míos -dijo, -no olviden ustedes que mi seguridad depende en primer término, de su discreción. Mañana tendré que hacerles algunos encargos... Entretanto, buena señora, como mi estancia producirá ciertos gastos, tome usted para cubrir las primeras atenciones. Y depositó varias monedas de oro en la callosa mano de la madre de Guignet. 79
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Solo ya Listrac creyó poder entregarse al reposo; pero se lo impidió una conversación entablada entre la madre y el hijo, en el piso bajo, separa o del suyo por un sencillo entarimado. Al principio, las palabras llegaban hasta él como un murmullo vago y confuso. Quizá la avariciosa mujer se esforzaba en hacer partícipe a Terranova del júbilo que le causaba la presencia de un huésped tan adinerado y tan pródigo, en tanto que el hijo, preocupado por otras ideas, permanecía triste y pensativo. Poco a poco se animó el diálogo, y la rapidez y viveza de las réplicas, el tono quejumbroso de las exclamaciones, los sollozos y los pataleos de cólera impotente, no dejaron duda a Listrac: el joven marinero acababa de informar a su madre de la catástrofe ocurrida en la costa. Cuando parecía irse calmando el dolor de la viuda llamaron suavemente a la puerta posterior de la casa. Después de cambiadas breves palabras, se franqueó la entrada al visitante, cuyo paso era tan pesado como poco armonioso el timbre de su voz. La conversación se mantuvo tranquila durante unos momentos; pero súbitamente, se repitieron con más fuerza las exclamaciones y demostraciones de furor. Una voz bronca en la que Listrac reconoció la del patrón Cabillot, rugió iracunda: 80
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-¡Ira del Cielo! ¡Permita Dios que nos parta un rayo! Perder en una noche el producto del trabajo de toda la vida... ¡No! ¡eso es intolerable! Robaré, incendiaré, asesinaré... ¡Lléveme, Satanás, si lo aguanto! Pasados los primeros transportes de dolor y de cólera la viuda que no se intimidaba fácilmente, trató de consolar al feroz contrabandista; pero éste la interrumpió con brusquedad. -¿Cómo es posible reparar semejante pérdida? ¡No! no podré sobrevivir a ella pero antes de morir, me vengaré. Si no rompo el cráneo al bragazas de su hijo, que se ha dejado robar, sin defenderse con uñas y dientes... -¡Eh! ¡poco a poco! ¡Se guardará usted de tocar al muchacho, viejo lobo! -gritó la marimacho, en tono autoritario. -¡Basta! ¡ya ajustaremos cuentas! Lo que urge ahora es dar una lección a ese bandido de Maillard. ¡Que me trague toda el agua del Océano, si antes de veinticuatro horas no le inutilizo para robar a los pobres! -¿Volvemos a las andadas? -gritó a su vez Terranova. -Ya le he dicho, patrón, que le prohibo tocar a Maillard. Haga usted cuanto quiera conmigo, por la desgracia de esta noche me importa poco. Pero si tiene usted la osadía de meterse con ese buen hombre, se arrepentirá usted, ¡se lo juro! 81
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Estas amenazas produjeron cierta impresión en el viejo contrabandista quien replicó: -Tienes muchas agallas pero yo te las cortaré, ¡te lo prometo! ... En cuanto a ese pasajero, causa primera de todo el mal, debe tocarle también algo. No es un cualquiera eso se ve de sobra y podría proporcionarme una compensación por el perjuicio que me ha irrogado. –¡Vaya patrón! -dijo la viuda interviniendo de nuevo. -Deje usted en paz a mi hijo y a mi huésped, o ¡voto al diablo! que también saldré yo de mis casillas. Mate usted, si quiere, a todos los aduaneros; pero, como se le ocurra hacer daño al muchacho o a ese generoso caballero, que siembra el oro a manos llenas, ¡le parto la cabeza con esta pala tan cierto como es usted el bribón más grande de la comarca! La viuda debió unir el ademán a las palabras, porque se percibieron pisadas y rumor de voces en la sala baja. Dominado el conflicto, se destacó la voz de Cabillot en medio del barullo. -Ni las bravatas de usted ni las de su hijo, me impedirán obrar a mi antojo -gritó, disponiéndose a salir. -He de vengarme de todos los que, de una manera o de otra, han contribuido a mi ruina... Me marcho, pero tomaré bien pronto el desquite. Entretanto ¡permita Dios que se hunda esta casa y les aplaste a todos ! 82
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Y salió, pegando un tremendo portazo. Listrac oyó lo bastante para comprender el nuevo peligro a que le exponía la enemistad. del contrabandista Cabillot. -¿Acaso no tenía bastantes enemigos? -murmuró con amarga sonrisa. -¡Sólo Dios, que conoce mi inocencia podrá salvarme de los innumerables riesgos que me acechan!
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V LA SEÑORA DE GRANDVILLE El castillo de Plessis, habitado por el general Sergey y su familia fue originariamente un soberbio cortijo, que se trocó poco a poco en mansión señorial. El edificio destinado al cortijero, se había convertido en castillo propiamente dicho; las granjas y los establos se habilitaron para cocheras, caballerizas y habitaciones para la servidumbre; el antiguo huerto se transformó en florido jardín, y el recinto murado, que abarcaba una extensión considerable presentaba el aspecto de verdadero parque, después de haber añadido abundantes árboles de adorno y arbustos exóticos a las primitivas plantaciones de frutales, y realizado importantes obras de mejora y embellecimiento. 84
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El castillo no era propiedad del general, quien residía en París ocho meses del año, pasando tan sólo en Normandía la temporada de bonanza. El antiguo soldado había escogido aquella localidad por lo saludable de su clima y por la proximidad del mar, cuyos baños le habían recetado los doctores. Además, Plessis estaba situado a menos de una legua del castillo de Eu, sitio de jornada de la Corte, y el general podía frecuentar los salones reales, donde se le acogía siempre con favor. Pero en la época a que nos referimos, Sergey no aprovechaba las ventajas de aquella vecindad, porque su quebrantada salud no le permitía trasladarse a la residencia real. A la mañana siguiente de los acontecimientos reseñados, la joven Leona de Sergey se paseaba por el jardín de Plessis, esperando que se levantara su padre. Llevaba en la mano una pequeña regadera con la que rociaba distraídamente los macizos de flores. Su aspecto era inquieto y triste; su frente virginal estaba surcada por ligeras arrugas, y ni aun los rayos ardientes del sol habían logrado colorear su rostro, pálido por el insomnio. De vez en cuando interrumpía su tarea mirando alternativamente a las ventanas de su padre, que permanecían obstinadamente cerradas, y a una terraza que se elevaba en el extremo del jardín. 85
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Por último, cediendo a una secreta tentación, abandonó la regadera y se dirigió hacia la terraza cuya gradería franqueó ligeramente. Una vez en la plataforma tendió una insistente ojeada en torno suyo; pero sin duda debió sentir defraudadas sus esperanzas, porque sus facciones reflejaron la más viva contrariedad. Después de unos instantes de examen, y cuando se disponía a descender de la terraza para volver al jardín, divisó a lo lejos a una campesina que avanzaba por la avenida del parque. Era Juana la sobrina del aduanero Maillard. Pocas palabras bastarán para explicar la especie de intimidad existente entre la linda cauchesa y la noble señorita. La viuda de Rupert, madre de Juana poseía una vaca reputada sin par en la comarca donde tanto renombre gozan sus vacas lecheras. La de que se trata, nutrida con hierbas salinas, ricas en iodo y en substancias aromáticas, daba una leche perfumada, conveniente al debilitado estómago del general, quien desde algún tiempo atrás, no podía soportar otro alimento. Así, por la mañana y por la tarde Juana iba personalmente al castillo, llevando el líquido bienhechor, y su gentileza su inocente charla y su afabilidad habían cautivado a Leona cuyo amante corazón encontraba muy raras ocasiones para expansionarse. La señorita de Sergey se complacía 86
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en conversar con ella; varias veces, aprovechando la libertad del campo, llegaba en sus paseos hasta la aduana de Plessis, donde vivía Juana y la misma víspera obedeciendo a un misterioso impulsó, no vaciló en aventurarse por la costa en compañía de la sobrina del aduanero. Juana no vestía el vistoso tocado de la víspera que sólo se puso por honrar a su opulenta compañera; pero en su modesta sencillez y deslizándose presurosamente a lo largo de las avenidas, recordaba por su gracia y por su viveza a la lechera de la fábula. En su precipitación, pasaba de largo al pie de la terraza sin alzar la vista cuando oyó que la llamaban. Al reconocer a Leona se paró en firme y dijo, alentando apenas: –¡Ah, señorita, no me riña usted!.. Es tarde ¿verdad? ¡Han ocurrido tantas cosas esta noche! -Tranquilízate, mi querida Juana -replicó la hija del general, en tono amistoso. -No hay ningún mal en ello, porque mi padre no se ha despertado.. Pero ¿a qué obedece tu agitación? -Si hubiera de contarlo todo, tendría para todo el día... ¿No oyó usted tiros anoche hacia la parte del mar? -Me pareció haber oído una detonación, pero no podía imaginar... 87
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-¡Pues bien, señorita! eran contrabandistas. Mi tío, que fue quien les cortó el paso, asegura que no vio más que dos; pero sus compañeros afirman que había más de una docena en la Cuesta Verde. Como quiera que fuese mi tío no se anduvo en contemplaciones y realizó una gran captura. –¡Una captura! -balbuceó la señorita de Sergey, palideciendo. -¿Han detenido algún... contrabandista? -Desgraciadamente, no, señorita; los pillos lograron escapar. La captura consiste en un fardo de magníficas blondas, encajes de Inglaterra y de Bruselas dignos de una reina. He tratado de catequizar a mi tío, para que me regalase media vara siquiera del peor de todos. Pero ¡ya! ¡ya! Se ha puesto hecho un basilisco, y me ha dicho que todas esas preciosidades pertenecen al Estado... ¡Bah! ¡como si el Estado tuviera mujeres o hijas a quienes adornar! Semejante candidez provocó una sonrisa en los labios de Leona quien preguntó: -¿De modo que, en definitiva no se conoce a los contrabandistas ni hay esperanza de dar con ellos? -Huyeron, pero se les encontrará. El sargento del puesto, mi tío y el jefe de la aduana de Tréport no dejan el asunto de la mano, y ya están sobre la pista... Por mi parte, me alegrarla que les encarcelaran a todos. 88
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-¡Gracias, Juana! -dijo burlonamente una voz, que partió de una espesura situada a quince o veinte pasos de la terraza. Pero ninguna de las dos jóvenes la oyeron. La hija del general miró a las habitaciones de su padre, cuyas ventanas acababan de abrirse. -Ya me lo contarás en otra ocasión, mi querida Juana -dijo, -porque se ha despertado mi padre; voy a llevarle la leche porque, si no, se impacientaría y se pondría peor. -Está bien, señorita. ¿ Saldremos a Pasear, como ayer tarde? No tema usted a los contrabandistas, porque antes de anochecer estarán en la cárcel. -Sí... no... ya veremos -contestó la señorita de Sergey, sin poder disimular su turbación. -Puede que pase luego por tu casa para que me des noticias de... de lo que sucede... ¡Adiós! Juana saludó con una ligera inclinación, y echó a correr hacia una puerta de servicio, que daba acceso al patio del castillo. Realmente, sobraban motivos de inquietud a Leona. Sin tener más que ideas vagas de la empresa desesperada en que se comprometió Listrac, la charla de Juana la hizo pensar que había fracasado la intentona del proscripto. Pero su ansiedad duró poco. Apenas se había 89
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recostado en el parapeto de la terraza Terranova salió de la espesura en que había estado escondido durante la conversación precedente, y se fue derecho hacia la joven, que le miró estupefacta. -Señorita -le dijo a media voz, cuando llegó al pie del muro -no haga usted caso a esa locuela de Juana. Ignora que si se realizaran sus deseos, también tendría ella que sentir... Pero los acontecimientos de la noche última no deben alarmar a usted respecto a la persona por quien se interesa que se encuentra cerca de aquí, y enseguida, al menos por ahora. -Gracias -contestó Leona suspirando. -Así, Pues, ha podido pasar la línea fiscal... -Hasta el momento, todo marcha bien y está entre amigos leales... Pero, ¡perdón, señorita! Juana podría volver y no hay necesidad de que me vea; voy a cumplir, sin tardanza el encargo que traigo para usted. Y cortando una rama practicó una hendidura en uno de sus extremos, colocó en ella un papel, y lo alargó a la señorita de Sergey, quien lo desdobló Sin vacilaciones y leyó con avidez. Terminada la lectura quedó pensativa. -Quiere ver al general hoy mismo -dijo al fin –y cuenta conmigo para que le facilite la entrevista. No puedo negarme a su pretensión; pero la empresa ofrece grandes dificultades, peligros quizá... ¡Bueno! ¡oiga us90
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ted! -prosiguió en tono más firme. -Desde la puertecilla excusada del jardín, se ven las ventanas del departamento de mi padre. Quédese usted allí, en observación, y si coloco unas macetas en las ventanas, vaya usted a escape a buscar a quien le envía. Dígale que aguarde tras esa puerta de la que conservo la llave, y que yo abriré personalmente. Si por el contrario, no pusiera las macetas, aconséjele usted la conveniencia de que permanezca cuidadosamente oculto, porque será prueba de que no he tenido ocasión de introducirle en el castillo sin riesgo para él... ¿Me ha entendido usted bien? –Perfectamente, señorita; yo estoy familiarizado con el lenguaje de las señales. --Esté usted atento, porque voy a ver a mi padre ahora mismo. -Y yo, voy a instalarme en mi atalaya; efectuaré la maniobra con toda rapidez, se lo prometo. Ese pobre señor se muestra tan impaciente y es tan digno de compasión... -Es verdad; ya puede usted decirlo -afirmó la señorita de Sergey, -tanto más, cuanto que tal vez vea desvanecerse sus últimas esperanzas... ¡Pero es imprescindible esta suprema tentativa! –¡Chitón! -interrumpió Terranova precipitadamente -ya vuelve Juana. 91
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Y se refugió nuevamente tras la enramada mientras Leona retrocedía hasta el otro extremo de la terraza desde donde no podía ver ni ser vista. Pero si Terranova se formó el propósito de substraerse a las miradas de Juana o varió de parecer o fracasó en su intento; porque a los pocos instantes se oyó una ligera exclamación de sorpresa seguida de dos voces, una regañona y otra suplicante, cuyos ecos se fueron debilitando, a medida que los interlocutores se internaban en las avenidas del parque. Leona encontró a su padre levantado, o mejor dicho, fuera del lecho, porque el general no abandonaba éste, desde hacía algún tiempo, sino para arrellanarse en una butaca. A pesar de lo benigno de la temperatura los cortinajes estaban medio corridos y la chimenea encendida. Sergey apuraba a sorbos un tazón de leche que acababa de servir el criado Julián, y tenía delante una bandeja de plata llena de cartas y de periódicos. Pero lo que sorprendió a Leona al entrar en el dormitorio de su padre fue ver a la señora de Grandville sentada junto al enfermo. El general frisaba en los setenta años, aunque sus achaques le hacían aparentar más edad. Su rostro anguloso, amarillento y arrugado, casi oculto por un enorme bigotazo, albo como la nieve, no denotaba energía ni 92
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vigor. Sus movimientos eran tardos y su mirada empañada y sin expresión. Si, como soldado, había dado constantes pruebas de arrojo temerario, demostró indecisión y apocamiento en su vida privada. Dispuesto siempre a someterse a una influencia exterior, había sido gobernado, por decirlo así, durante la mayor parte de su existencia; ya a la sazón, embotadas sus facultades por las dolencias y por la vejez, amenazado de muerte, parecía desprovisto en absoluto de independencia y de voluntad. Entre las personas que, durante los últimos años, habían ejercido más poderosa influencia en su ánimo, se contaba la señora de Grandville. Era viuda de un jefe del ejército, muerto en Argelia y parienta lejana de Sergey. Este viudo también, tuvo la idea de confiarla la dirección de su casa. Algunos rigoristas torcieron el gesto, al observar la juventud y la espléndida hermosura de la elegida; pero el mundo, tan severo para los desheredados, suele mostrarse indulgente y hasta excesivamente crédulo con los personajes de alto rango. Además, aunque frívola y coqueta en demasía la señora de Grandville tuvo el tino de no promover escándalo, y se acabó por aceptar su posición equívoca cerca del general. Hasta se llegó a elogiar a los dos; a él, por haber amparado a una parienta poco afortunada viuda de un antiguo compañe93
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ro de armas; a ella por haberse consagrado, siendo joven y hermosa a un anciano atrabiliario y enfermizo. A partir de su entrada en casa del general, la viuda del amigo disfrutó de atribuciones ilimitadas. El era rico, tanto por su patrimonio personal, como por los emolumentos de su empleo y por la dote de su difunta esposa madre de Leona. Ella hizo tal derroche de lujo, que Sergey, a pesar de su apatía hubo de amonestarla en diferentes ocasiones. Leona a quien su padre adoraba hubiera podido contrarrestar, en sus orígenes, la influencia avasalladora de aquella mujer dominante; pero era muy niña y el general accedió a que ingresara en calidad de interna en un colegio de religiosas. La usurpadora pudo, pues, extender a mansalva su autoridad, y cuando Leona terminada su educación, volvió a la casa paterna encontró hábitos creados, precedentes establecidos y amoldado al yugo el anciano. No carecía de ánimos ni de inteligencia para combatir el funesto influjo; pero resistirse abiertamente, hubiera equivalido a exacerbar con el disgusto la pertinaz dolencia de su padre. Se resignó, pues, aparentemente, a soportar aquel despotismo humillante, aunque conservando en realidad, frente a la rival que la debilidad del general le había proporcionado, completa libertad de acción. No se las veía juntas jamás, no existía ninguna 94
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intimidad entre ambas y sus cotidianas relaciones eran glaciales. Bien es verdad que habría sido imposible encontrar dos mujeres de gustos más distintos. A la señora de Grandville le deleitaba el lujo, la vida mundana las exhibiciones ruidosas. La señorita de Sergey, por el contrario, prefería la sencillez, la calma las dulces emociones del hogar doméstico. Sus juicios, sus impresiones, estaban en oposición constante. Mantenían entre sí una lucha sorda se albergaba en sus pechos un sentimiento de rivalidad latente, que había de convertirse en odio, a. consecuencia de ciertos acontecimientos, que no tardaremos en conocer. En el momento en que la presentamos, la señora de Grandville tendría unos cuarenta años, pero podía pasar por hermosa. Alta y esbelta poseía ese género de belleza modernista para el que parecen inventadas las modas y los recursos del tocador. A pesar de ser tan temprano, estaba primorosamente acicalada con un traje de seda perfectamente ajustado al busto y a la cintura de la que arrancaba una falda amplia y abullonada. Sus cabellos, de un castaño claro, flotaban en abundantes y bien combinados rizos a ambos lados de un rostro nacarado y sedoso, con ojos vivos y brillantes. Quizá la blancura de la piel fuera debida en gran parte a una ligera capa de polvos de arroz, y aun se aseguraba que la señora de 95
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Grandville había comprado a un egipcio, a quien conoció en París, el secreto de una pintura que, hábilmente aplicada a los párpados, daba a sus pupilas aquel brillo maravilloso. De todas suertes, la dama del castillo, como se la llamaba era diputada por hermosa y su altanera belleza realzada por la coquetería y la riqueza de su atavío, contrastaba con la gracia natural de la bata de vaporosa muselina y con el sencillo peinado de la hija de Sergey. En cuanto a carácter, la señora de Grandville era la personificación de la frivolidad. Pertenecía a esa clase de mujeres mimadas, cuyas peregrinas gracias excusan los defectos, y en las que el sentimiento de su personalidad acaba por convertirse en repugnante egoísmo. Adulada en su infancia por sus padres, y luego por su marido, por sus adoradores, por cuantos la rodeaban, llegó insensiblemente a considerar los homenajes como cosa que se la debía. Suponía de buena fe, que el honor, la virtud, el talento, el poder, habían de inclinarse a su paso: se creía una especie de divinidad, que nada debía a cambio del incienso y de la admiración que se la prodigaba. No se ocupaba de nadie y exigía que todo el mundo se ocupara de ella. En una palabra su excesivo amor propio ahogó todo sentimiento noble y generoso, si alguna vez llegó a germinar en su corazón. 96
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No obstante, cuando Leona entró en el cuarto de su padre, la señora de Grandville afectaba una gran tristeza. Recostada en un sillón, junto al general, hubiérase supuesto, por su aspecto abatido, que experimentaba crueles sufrimientos. Pero la señorita de Sergey pareció no advertirlo; después de dirigirla un ceremonioso saludo, corrió hacia el general y le abrazó con efusión, preguntándole por su estado. -Gracias, hija mía -contestó el anciano sonriendo. -No me encuentro mal del todo; he dormido mejor... ¿Y tú? tan fresca y tan rozagante, ¿verdad? En efecto, la rapidez de la carrera y una secreta emoción, habían teñido de un vivo carmín las mejillas de la joven. -Verdaderamente -dijo la Grandville con cierto desdén -esos colores son más propios de una pescadera que de una señorita... No podrá decirse lo mismo de mí, que debo estar pálida y ajada... ¿Verdad, Sergey, que estoy fea esta mañana? Y se volvió hacia el general, que respondió distraídamente, sin mirarla siquiera: -Sí... yo creo que sí. La enfatuada viuda se irguió, como impulsada por un resorte. 97
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-¡Gracias, amigo mío! -replicó, mordiéndose los labios -¡te vas haciendo de lo más galante! -Perdona Carolina; no había entendido bien... ¿Acaso puedes dejar de ser la más encantadora de las mujeres? Pero ¿a qué obedece tu aparente malestar? -¡Ah! ¿lo has observado al fin? He pasado una noche horrible y todavía tengo todos mis nervios en tensión. Pero ¿quién ha de inquietarse sin perder el tiempo, pensando en mí? Y alzó sus ojos al techo, suspirando. Leona se creyó obligada a inquirir la causa de la indisposición. -Un acento de tristeza, de miedo y de cólera –contestó la interpelada. -No es extraño, por supuesto, después de mi terrible aventura de anoche... ¿No sabes que estuve a punto de ser asesinada? -¿Asesinada? -¡Así, como suena! He aquí a lo que me expones, permitiendo que regrese sola y a pie, como una cualquiera... ¡Ay, Sergey, Sergey, cómo cambian los tiempos! -¡Bah! -objetó el general, malhumorado. -Ya sabes que yo no puedo acompañarte... ¿Qué has de venir a pie? ¡Tampoco utilizamos el carruaje mi hija ni yo, las pocas veces que salimos! -¿Es reproche? ¡Vaya un modo de recompensar mis sacrificios y mi abnegación!... ¡qué ingratitud! 98
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Y fingió enjugar una lágrima imaginaria. -¿Tus sacrificios? -arguyó el general enardeciéndose. Pero se reprimió en el acto, y prosiguió en tono suave: –¡Vamos, Carolina! te ruego que no demos espectáculos. Ya que me siento aliviado esta mañana no me atormentes... ¿Qué significa esa ridícula historia de asesinato? ¡Apostaría que te has asustado de tu sombra! -De ser así, mi sombra tenía la forma de un malhechor brutal y amenazador, que me interceptó el paso y me habría matado, si yo no hubiera tenido la suerte de poder huir. Sergey, sin saber qué pensar de semejante relato, miró a su hija. -¡Calla! -dijo Leona un tanto agitada. -Precisamente a esa hora según dicen, unos contrabandistas forzaron la línea fiscal, muy cerca de aquí. ¿No sería posible que alguno de ellos al encontrar a Carolina en su camino..? -No se trata de ningún contrabandista. Esas gentes sólo se meten con los aduaneros, pero serían incapaces de ofender a una dama... ¡No! no era un contrabandista. Si he de hablar con franqueza dirá que reconocí perfectamente al miserable que atentó contra mi vida. -¿Que le reconociste? -preguntó Sergey. 99
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-Sin titubear; y por cierto que su tentativa no es el primer crimen que comete... ¡Era Listrac! -¡Listrac! -exclamó Leona fuera de sí -¡se equivoca usted, señora! ¡eso es imposible! Carolina se asombró de la inesperada vehemencia que acababa de demostrar la joven, siempre tan reservada. El general repuso fríamente: -Debes estar en un error, Carolina. La persona de quien hablas abandonó el territorio francés, y no podría volver a él, sin correr toda clase de peligros. -¡Vaya! será preciso suministrar pruebas, puesto que no se me cree por mi palabra. Ahí está Julián, que me acompañaba; él dirá si he alterado la verdad. El viejo criado de confianza del general, que se ocupaba en arreglar el cuarto, aparentando indiferencia manifestó respetuosamente, al ser interpelado: -El hombre a quien encontramos anoche en la avenida era en efecto, el conde de Listrac, antiguo teniente de navío en la marina real. Le reconocí sin vacilar, porque no trató de ocultarse. -¿Eh? ¿qué tal? -exclamó Carolina con aire de triunfo. -Pero, a mi juicio -continuó Julián, con gran aplomo -la señora se asustó sin razón. El señor Listrac no in100
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tentaba causarla ningún daño; por el contrario, su acento era suplicante y, conmovedor. -¡Ya decía yo! -exclamó a su vez Leona. Carolina frunció el entrecejo. -¿Tenías a componer los ojos y los oídos, viejo chocho? -preguntó con acritud. -Por eso, sin duda tu actitud no fue la correspondiente a las circunstancias. En lugar de defenderme, de rechazar al malhechor, permaneciste inactivo; no sé si hasta te quedarías conversando tranquilamente con él, después de mi precipitada huída... Pero ya volveremos sobre tu singular conducta. Ahora vete y di que enganchen, porque quiero salir. Julián miró a Sergey. Afecto al servicio particular del general desde hacía más de veinte años, sólo acostumbraba recibir sus órdenes. Pero Sergey, cohibido por el tono perentorio de la directora de la casa no se atrevió a consolar con un signo amistoso a su sirviente favorito, y éste, después de inclinarse salió de la estancia. -Amigo mío -prosiguió Carolina después de una pausa-la tentativa criminal de que por fortuna he salido ilesa puede renovarse: estando Listrac por estos contornos, debo esperarlo todo. ¿Quieres decirme lo que piensas hacer, para ponerme a cubierto del peligro? -¿Qué quieres que yo haga? 101
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-¡Cómo! ¿permanecerás indiferente, viendo amenazados mi reposo y mi vida? ¡Ah! ¡si se tratara de tu hija ya tomarías la cosa con más calor!.. Pero yo, una pobre mujer abandonada ¿qué te importa que se me ultraje, que se me maltrate, que se me asesine? -¡Vamos a ver! explícate. ¿Qué puedo hacer yo por ti, dada la precaria situación a que mi dolencia me tiene reducido? -¿Acaso dejas de ser por ello el bizarro general Sergey, el íntimo del rey, de los príncipes, de los ministros? ¿Carecerás de influencia para proteger a una parienta a una amiga que mereció siempre tu consideración y tu afecto? ¿Permitirás que se me asesine, como se asesinó a tu pupilo, Leopoldo Granget?.. El criminal está oculto por estos contornos, tengo la certeza. Una denuncia de tu puño y letra pondrá en movimiento a todas las autoridades, y cualquiera que sea su refugio, será descubierto seguramente. -No debo, en efecto, dejarte a merced de las asechanzas de Listrac -replicó el general. -Trae papel y pluma y formulará la denuncia. -¡Padre mío! -exclamó Leona con una especie de desesperación -¿no has sido ya bastante cruel con ese infeliz muchacho, por un delito que no ha cometido, o que, en último término, tendría excusa? Has truncado su 102
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carrera militar, le has deshonrado, le has obligado a expatriarse; y ahora que vuelve secretamente, según parece, para procurarse medios de justificación, ¿vas a descargar sobre él nuevos rigores? ¡Por amor de Dios! apiádate y piensa que puede ser inocente... Los temores de Carolina son infundados, se ha ofuscado; Julián acaba de afirmarlo rotundamente. El conde de Listrac es inca paz de insultar a una mujer, de amenazarla de ofenderla. ¡Lo creo, lo aseguro... pongo a Dios por testigo! El general, completamente cambiado por este conjuro de su adorada hija dijo a Carolina sin atreverse a mirarla: -Realmente, amiga mía es posible que Leona tenga razón. Hemos obrado muy de ligero con Listrac: el crimen no está probado, después de todo, y reflexionándolo bien... Carolina interrumpió al débil anciano, con un gesto de menosprecio: -¡Soberbio! –exclamó -me admira la fijeza de tus juicios. Es verdad, que no hay manera de resistir a la arrebatadora elocuencia de tu hija. ¡Qué firmeza de expresión para una joven modesta y tímida! ¡y cómo parece conocer a fondo las intenciones de Listrac! En fin, eres libre de dar por vengada la muerte de tu pupilo y de perdonar a su odioso asesino, aunque mi opinión sea 103
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contraria. Pero ya no se trata de hacer justicia sino de proveer a mi segundad personal; y como nadie se preocupa de protegerme, será preciso que lo baga por mi cuenta. ¡Yo también tengo amigos, y amigos de valimiento! Anoche mismo, el señor Castries, uno de nuestros más eminentes magistrados, no me dejó a sol ni a sombra en el balneario. ¡Ya verás cómo me basto para ,encontrar ayuda y protección! El general, consternado, no replicó siquiera; pero Leona sabiendo de lo que aquella mujer era capaz, suplicó, alarmada: -Por favor, reflexione usted en las terribles consecuencias que podrían acarrear sus actos. Repito que nada tiene usted que temer. -¿Qué sabes tú? -preguntó la orgullosa dama en tono sarcástico. -Lo garantiza la reconocida corrección de señor Listrac. Carolina se levantó. -¡Está bien! -dijo. –¡Esta bien! –dijo. –Eres dueña de tus opiniones, y puesto que tu padre asiente a ellas nada tengo que oponer. Por mi parte, seguiré mis inspiraciones... Pero como es posible que, durante mi ausencia Listrac tenga la desfachatez de presentarse aquí, solicitando amistad y apo104
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yo, he de recomendar al general Sergey que no olvide lo que debe a la memoria de su pupilo y lo que se debe a sí mismo. -¡Vaya Carolina! no es creíble que Listrac intente semejante paso. En todo caso, no le recibiría. -No basta eso; es preciso, si se atreve a venir esta casa detenerle y entregarle a la justicia. Voy dar las órdenes oportunas... ¡Sergey! -prosiguió, en tono zalamero y melancólico -si se repitiera la espantosa escena de anoche no podría sobrevivir a ella; y deseo conservarme para ti, amigo mío, que tanto necesitas de mis cuidados y de mi afecto. -¡Bueno! ¡bueno! ¡haz lo que quieras! -contestó el enfermo, abatido. Carolina sonrió y presentó su frente al general, quien depositó en ella un ósculo, con frialdad; luego saludó a Leona; y salió. La joven experimentó gran inquietud. -Esa mujer es muy sagaz y conseguirá su propósito -pensó. -Si la entrevista que pide Listrac no se verifica en el acto, quizá sea imposible después. Y miró al general, completamente aplanado en su butaca.
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-¿Qué esperanzas podemos fundar en este pobre anciano, que carece de toda energía? –se interrogó. -Sin embargo, debo cumplir mi promesa. En aquel momento, se oyó el ruido de un carruaje se alejaba. -¡Ya se marcha Carolina! -dijo Sergey, como quien se alivia de un peso. -Abrázame, hija mía y léeme los periódicos y la correspondencia; eso me calmará, porque tengo los nervios crispados. -Voy enseguida papá -contestó Leona. –Pero antes, permíteme que saque a la ventana estas flores, cuyo aroma me trastorna la cabeza. Y depositó, en la repisa de la ventana las macetas colocadas sobre la chimenea. Luego, suponiendo que un momento de distracción dispondría convenientemente a su padre para la próxima entrevista tomó asiento junto a él y comenzó la lectura como tenía por costumbre. Sin embargo, Sergey observó que aquel día su hija estaba distraída y agitada y que volvía la vista frecuentemente hacia la entornada ventana.
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VI OJEADA RETROSPECTIVA Antes de continuar, vamos a exponer los acontecimientos que hacían necesaria la entrevista de Listrac con el general. Tres años atrás, Sergey, su hija y Carolina fueron a pasar a Dieppe la temporada de baños de mar. Sergey, a quien aun no había privado de frecuentar la sociedad su estado de salud, alquiló un hotel, en el que recibía lo más aristocrático de la colonia veraniega y de los habitantes de la localidad. La provocadora coquetería de Carolina la sencilla gracia de Leona que, recientemente salida del colegio, se entregaba sin desconfianza aunque con reserva a las seducciones de aquella vida de fausto y de placer, agregaban nuevos atractivos a la residencia del general. 107
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Entre los íntimos de la familia figuraban dos jóvenes oficiales. Uno de ellos Leopoldo Granget, capitán de caballería e hijo de un antiguo compañero de armas del general, era pupilo de éste, que quiso alojarle en su casa. Leopoldo pasaba por bravo y leal, pero, a la vez, se le reprochaba una desenfrenada violencia de carácter, que ya le había puesto en más de un serio compromiso. El otro, Renato de Listrac, teniente de navío, pertenecía a una linajuda y opulenta familia del Mediodía de Francia y había conquistado sus grados honrosamente, al servicio de la marina real. Aunque más tranquilo y reposado que el agresivo capitán de caballería tenía la vehemencia propia de los temperamentos meridionales, lo cual hacía temer un choque, tarde o temprano, entre aquellas naturalezas impetuosas. Sin embargo, los dos jóvenes parecían vivir, en un principio, en la mayor armonía. Granget fue quien presentó a Listrac en casa de Sergey, y el oficial de marina demostraba por él, en todas ocasiones singular deferencia. Pero bien pronto surgió una rivalidad entre ellos sorda primero, más franca y acentuada después. Aunque, aparentemente, Carolina era quien acaparaba la admiración de cuantos la rodeaban, Listrac estimó en más los sencillos encantos y las sólidas cualidades de Leona. 108
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El propio Granget, seducido al comienzo por la altiva Carolina no tardó en manifestar marcada preferencia por la hija del general. Así, ambos dedicaban sus atenciones a la misma persona y ni uno ni otro eran de carácter apropiado para ceder en su empeño. Carolina con ese delicadísimo instinto de las coquetas, se hizo cargo inmediatamente de la realidad. Habituada a considerar como un insulto para ella cualquier homenaje tributado a otra mujer, apeló a todos los medios par rescatar a los dos tránsfugas. Ella la diosa de los salones, el objeto de tantas pasiones, secretas o confesadas, no comprendía que se la pudiera desdeñar por una insignificante colegiala, como calificaba a la hija del general en sus momentos de despecho. Pero fracasó, a pesar de sus tretas, no consiguiendo reducir a su dominación a los dos rebeldes. Entonces, ya por ligereza ya por rencor, ya como se vio después, porque amaba a Leopoldo, en la medida que ella era capaz de amar, comenzó a hostigar a los admiradores de Leona y a la propia joven, con esa locuacidad fría burlona mordaz, que proporciona el trato social. Tuvo la habilidad de excitar mutuamente a los pretendientes, so capa de interponerse como confidente y amiga; y como la señorita de Sergey dejara entrever su inclinación a Listrac, no economizó los sarcasmos para 109
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el vencido ni las felicitaciones irónicas para el vencedor. En una palabra encendió en sus almas una cólera tanto más terrible cuanto más tardara en estallar. Ya los jóvenes, sin llegar a una franca ruptura habían cambiado varias veces frases acres, cuando una tarde en el balneario, se repitió imprudentemente a Listrac una conversación de Granget, ofensiva para la dignidad del marino. Este tuvo motivos para considerar exacta la referencia que concordaba con ciertas pérfidas alusiones del Carolina. Así, pues, resolvió ir en busca de Granget, para exigirle una explicación, de todo punto inevitable; pero, conociendo el genio arisco del capitán, se le ocurrió la malhadada idea de armarse de un par de pistolas para hacerse respetar, en caso necesario. Granget ocupaba un departamento de dos habitaciones, en un pabellón situado en el fondo del jardín del hotel de Sergey. Cuando Listrac se presentó, declinaba la tarde. El general acababa de salir con Leona para respirar el aire puro de la playa y Carolina permanecía encerrada en su cuarto, a causa o con el pretexto de una violenta jaqueca. Pero, como Listrac sólo preguntó por el capitán, y éste se encontraba en casa el criado Julián le franqueó la entrada. El capitán se paseaba fumando un cigarro, delante del pabellón, y Julián vio que los dos 110
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jóvenes discutían ; pero no sospechando siquiera que pudieran llegar a las manos, se retiró tranquilamente. ¿Qué sucedió entonces? Nadie lo supo de una manera positiva. El hecho fue que unos diez minutos después de la llegada de Listrac, se oyó, hacia la parte del pabellón, un pistoletazo seguido de penetrantes lamentos. La servidumbre del hotel, con Julián a la cabeza acudió presurosamente. Listrac pasó a su lado, presa de sombría desesperación. El pabellón estaba abierto, viéndose en su interior una bujía encendida. A. pocos pasos del edificio, yacía en el suelo, sin movimiento, el capitán Granget; junto a él, había dos pistolas de las que sólo una estaba descargada; el infeliz debió morir instantáneamente. Fácilmente se comprende la impresión que semejante acontecimiento produjo en el hotel y en la población entera. A los gritos de los criados, Carolina descendió al jardín, experimentando tremendas crisis nerviosas, a la vista del inanimado cuerpo. Leona a quien no se pudo anunciar la catástrofe sin las convenientes precauciones, estuvo enferma del susto, durante mucho tiempo. En cuanto al general Sergey, al enterarse de los detalles de la muerte del capitán, juró perseguir sin cuartel al matador de su pupilo, siendo el primero en 111
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reclamar la intervención de la justicia en el lúgubre y misterioso suceso. Todo inducía a creer que se trataba de un asesinato. Granget estaba tranquilo en su casa cuando fue a buscársele: Listrac iba armado, lo cual probaba evidentemente la premeditación; de las dos pistolas encontradas en el jardín, sólo una estaba descargada señal inequívoca de que la lucha tuvo efecto en condiciones desiguales. Según todas las apariencias, Listrac fue a casa de su adversario, con la intención de vengar una injuria y exasperado por una palabra insultante, hizo fuego contra él, sin darle tiempo a ponerse a la defensiva. Tal fue la opinión general, no sólo en Dieppe sino en el resto de Francia una vez divulgada por los periódicos la noticia del trágico suceso. Ciertamente, los amigos de Listrac sostuvieron que se trataba de una de tantas querellas tan frecuentes entre oficiales de distintas armas, que no hubo emboscada aunque circunstancias especiales no permitieran observar todas las formalidades prescritas para el duelo; que el conde de Listrac, bravo y pundonoroso marino, se justificaría fácilmente. Pero nada vino a confirmar tan halagüeños asertos, y la justicia instruyó el proceso. Listrac, después de la catástrofe, vagó al azar por las calles, enloquecido por el dolor. De madrugada volvió a 112
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su domicilio y escribió al general una carta que, a su juicio, debía ponerle al abrigo de toda persecución. Lleno de confianza esperaba el resultado de su gestión, cuando un amigo bien informado le notificó que Sergey había incoado el proceso criminal, que los cargos eran abrumadores, que se había dictado auto de prisión, y que seria inevitablemente detenido, si no apresuraba su fuga. Tanto le apremió, que Listrac acabó por ceder; y aunque protestando de su inocencia consintió en ocultarse hasta el día en que variaran las circunstancias. Pero el día no llegaba. El general, a quien Listrac escribió diferentes veces, no sólo no contestaba sus cartas sino que le perseguía con mayor encarnizamiento. Y como su condena era segura y por otra parte, la policía dio con sus huellas el oficial de marina hubo de resignarse a un partido extremo: presentó su dimisión y se trasladó a Inglaterra. Así transcurrieron tres años, durante los cuales no se modificó en nada la situación del expatriado. El general, a quien creía haber convencido, permanecía sordo a sus ruegos, con lo cual se veía amenazado de arrastrar indefinidamente una vida miserable y afrentosa fuera de su patria. En esto, llegó a su conocimiento que el general, quien después de la catástrofe arrendó el castillo de 113
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Plessis, declinaba de una manera sensible y que, a juzgar por las apariencias, la enfermedad no tardaría en dar al traste con él. La noticia era grave para el proscripto, porque, una vez muerto el general, no restaba la menor esperanza de que aquel deplorable asunto pudiera aclararse jamás. Así, Listrac, incapaz de soportar por más tiempo la ansiedad dolorosa en que vivía adoptó una enérgica resolución, dispuesto a triunfar o morir. Se trataba de volver secretamente a Francia y obtener una entrevista con el general. La corta distancia que separaba el castillo de Plessis del mar, hacía posible la empresa ya que no exenta de peligro. Listrac se convino con un negociante de Londres, que hacía el contrabando en las costas francesas, quien, mediante pago adelantado de una fuerte suma le prometió su ayuda. Pero no bastaba esto, sino que había que conocer las dificultades para llegar hasta el general, postrado por su dolencia. Pensó en la hija de Sergey, y a ella osó demandar protección. Leona jamás creyó culpable a Listrac del monstruoso crimen de que se le acusaba y hasta quizá encontró el medio de manifestarle aquella opinión favorable. Esto hizo que reinara entre ambos una especie de inteligencia a pesar de su separación y de las vicisitudes, y que la joven otorgara sin vacilar, la protección reclamada por el 114
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proscripto. Su auxilio era tanto más necesario, cuanto que la imprudencia cometida por Listrac, haciéndose visible la noche precedente, había puesto sobre aviso a Carolina y agravado los peligros de la situación. Expuestos los anteriores antecedentes, prosigamos nuestro relato. Como decíamos, Leona estaba tan distraída y preocupada que el general acabó por observar aquellas señales de turbación. -¿Qué te sucede hoy, hija mía? -preguntó bondadosamente. -No sé qué noto en ti... ¡Vaya! suspende la lectura y acércate... ¿Cuál es la causa de tu tristeza? -Si he de confesarte la verdad -contestó ruborizándose la joven, que comprendía la necesidad de precipitar los acontecimientos -pienso en lo que acaba de decirnos Carolina respecto al pobre Listrac. -¡Listrac! -repitió el general con impaciencia. -¿Otra vez Listrac? –¿Tanto le odias, papá? -¡Palabra que no lo sé! He cumplido mi deber en lo que atañe a mi pupilo, y no me arrepiento; pero ahora que mi espíritu está más calmado, veo, dudas y nebulosidades en este asunto... De todos modos ¿a qué insistir en ello, hija mía? Ya sabes que estos recuerdos excitan mis nervios y me producen fiebre. 115
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A pesar de tal alegación, Leona no cedió. -¡Oye, papá! -replicó, enardeciéndose. -¿No será que te remuerda vagamente la conciencia de haber cometido una injusticia? -¡Una injusticia! Creo que no... Sin embargo, ya he convenido en que quizá se ha procedido con excesivo rigor contra ese joven, y que tal vez hubiera sido preferible permitirle sincerarse. -Es verdad, papá. Debieron atenderse sus excusas; un acusado tiene siempre derecho a ser oído. Así, pues, si por cualquier azar se realizase la previsión de Carolina; si Listrac viniese a darte una explicación franca y leal, ¿no te negarías a recibirle? El general hizo un movimiento de terror. -¡Recibirle! ¿Has pensado en ello, Leona? Sería una escena horrible con... con Carolina. -No sabría nada. Y, además, ¿te impediría semejante consideración reparar un error? -¡No te complazcas en atormentarme, hija mía! Ese caso no llegará... No hablemos de ello, te lo ruego. Pero la gravedad de las circunstancias, había dado a Leona una energía insólita. -Papá –dijo -evidentemente, tu conciencia no está tranquila; ¿por qué, pues, has de vacilar en rectificar una falta? Todos tenemos los instantes contados, y el re116
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mordimiento de haber causado, por exceso de precipitación, la pérdida de un hombre honrado, podría perturbar los últimos días de tu existencia. Y apenada por lo doloroso de la alusión, rompió en amargo llanto. El general se estremeció a su vez pero, dominándose prontamente, contestó sonriendo: -¡No llores, hija mía! Reconozco lo atinado de tus observaciones; y aunque no espero que mi fin esté próximo, quiero vivir y morir tranquilo... Ahora dame un abrazo y respóndeme con franqueza; ¿verdad que sabes dónde está Listrac? –¡Papá!.. -Debe estar en la casa o en sus inmediaciones... ¡No te disculpes!.. ¡Si me alegro! Leona hizo un signo afirmativo con la cabeza. -Me lo figuraba... ¡Pues bien! que venga inmediatamente. -Es que temo... -No perdamos tiempo; ¿no comprendes que si volviera «la otra»?.. Introduce a Listrac al instante; le oiré pacientemente, porque siento ardientes deseos de saber la verdad. El acento de Sergey era sincero y firmé. Leona radiante de alegría tomó la mano del anciano, la besó efusivamente y salió corriendo. 117
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Cruzó el jardín y se dirigió a la puertecilla excusada del parque, abriéndola de par en par. Apenas apareció eh el umbral, salieron dos hombres de un bosquecillo inmediato; y mientras uno se mantuvo respetuosamente a distancia el otro avanzó a pasos precipitados. Eran el conde Renato de Listrac y Terranova. La joven se fijó en el primero de los personajes, y su corazón se oprimió, al observar el abatimiento y la demacración de las facciones del antiguo oficial de marina. -¡Listrac! -exclamó, sin poder contener su sorpresa -¿pero es usted? -Sí, señorita -contestó el interpelado, inclinándose profundamente; -soy yo; vea usted el estado a que me han reducido las persecuciones y la injusticia de los hombres... Pero usted también ha cambiado, Leona; ¡está usted más hermosa que antes! Leona incapaz de hablar, tendió su mano al recién llegado, que la cubrió de besos y de lágrimas. Después de un momento de silencio, la joven repuso, conteniendo a duras penas su emoción: -Los minutos son preciosos, por los muchos peligros que le rodean... ¡Venga usted! mi padre está prevenido y le espera.
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-Sólo a usted deberé la dicha de haber logrado justificarme. ¡Es usted un ángel, señorita cuya benevolencia compensa la maldad del mundo para conmigo! Al franquear la puerta Terranova se aproximó a Listrac. -¿Espero su regreso? -le preguntó. -No es preciso; ya volveré solo. -Entonces, me voy hacia la costa para ver de qué lado sopla el viento. Listrac le despidió con un gesto de impaciencia y entró con Leona en el jardín, cuya puerta se cerró tras ellos. Al desembocar en una de las avenidas, se encontraron con Julián, inmóvil en el centro del paseo. Leona palideció, temiendo que aquel hombre hubiera sido colocado allí, para impedir todo acceso al general, y previó una escena desagradable. Pensó alegar la orden expresa de su padre; pero Julián se apartó respetuosamente y dijo al antiguo oficial de marina moviendo la cabeza: -¡Quiera Dios que su tentativa obtenga mejor éxito que la de anoche señor conde! Yo, a pesar de la intervención de nuestra digna señorita no espero nada bueno de todo esto. 119
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Listrac se limitó a expresar, con un ademán, su reconocimiento al viejo doméstico, y ambos jóvenes siguieron su camino. Cerca ya de la casa la hija de Sergey se detuvo de nuevo y dijo tímidamente: -Es muy natural, caballero, que las ciegas e implacables persecuciones de que se le hace objeto, hayan agriado su carácter; yo le suplico que no olvide suceda lo que quiera las consideraciones debidas, a mi anciano padre, que se encuentra postrado, casi moribundo... -¡Leona! -replicó el joven, con acento de reproche. -¿Cómo he de olvidar, en ningún caso, que se trata de su padre? Y penetraron en el castillo, sin encontrar a nadie.
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VII LA ENTREVISTA Sumido en profunda meditación, Sergey no percibió el leve rumor producido por los pasos de sus visitantes sobre la alfombra. Pero un movimiento de su hija llamó su atención, y al levantar los ojos, vio a Listrac en pie, frente a él. Ambos cambiaron un saludo triste, pero que no tenía nada de hostil. -Acérquese usted, caballero -dijo el general, visiblemente conmovido. -Se me asegura que le he inferido agravios... Estoy presto a reconocerlos por más que temo que ha de serle muy difícil excusar los suyos. Leona ofreció una silla al visitante y fue a situarse al lado de su padre. Listrac balbuceó algunas palabras de 121
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cortesía respecto al lastimoso estado de su antiguo amigo, el bizarro -general Sergey. -He aquí a lo que venimos a parar -contestó el anciano resignadamente. -Pero entremos en materia cuanto antes, señor Listrac. Ha manifestado usted deseos de verme, y no he querido resistirme a su pretensión; a pesar de todo, ya comprenderá usted que su presencia no puede serme agradable y que mi estado de salud no me permite largas digresiones... Si le parece a usted que le retire, Leona... -Al contrario, mi general. Espero que de esta entrevista resultará mi justificación completa y la estimación de la señorita de Sergey es para mí tan cara como la de usted. -Perfectamente. Pues abrevie usted, porque podrían interrumpirnos... Para encauzar la conversación, le dirigiré ante todo una pregunta: ¿Atribuye usted la espantosa catástrofe de Dieppe a un accidente, como se ha pretendido, y no a un crimen? -Mi general ¿puede usted dudar respecto a este extremo, conociendo la lealtad de mi carácter? -Confieso que, en cierta época le tuve a usted por el más cumplido caballero. Le profesaba un afecto paternal, y si el Cielo me hubiera concedido un hijo, habría 122
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deseado que se le pareciera... ¡Qué decepción tan cruel, Listrac! –¿Y por qué no he de seguir mereciendo su estimación y su afecto? -preguntó Listrac, animándose. -¿Acaso no he puesto ante sus ojos pruebas claras y positivas de mi inocencia? -¿Qué pruebas? No le comprendo a usted. -Todas mis cartas, y especialmente, la que le dirigí al día siguiente del suceso. Aquella carta contenía un documento de capital importancia que bastaba por sí solo para exculparme. -¡Pero si yo no he recibido ninguna carta de usted! exclamó Sergey. -¿Es así como pretende usted zafarse de la horrible acusación? ¡Más le valiera confesar francamente su falta que quizá pudieran atenuar ciertas circunstancias! Listrac mostró más pena que asombro, al ver las denegaciones del general. -Ya lo recelaba –dijo -y mis sospechas se han confirmado. ¡Perdone usted, mi general! Si por un momento pude albergar la idea de que el cariño hacia su pupilo, un deseo de venganza o quizá una influencia enemiga le hicieran despreciar las pruebas decisivas confiadas a su honor; de que fuese usted capaz de perseguir a sabiendas a un inocente... ahora comprendo la verdadera causa 123
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de la aparente iniquidad, y estoy resuelto a afrontar todos los peligros, para sincerarme ante usted. Sergey reflexionó. -No puedo creerlo -repuso al fin. -Eso equivale a suponer que sus cartas han sido substraídas. Y en ese caso, ¿a cuál de mis familiares habría de imputarse la substracción? -A usted corresponde mi general, buscar al autor o autores de tan infame acción. Por mi parte, afirmo por mi honor que las cartas fueron enviadas oportunamente y por conducto seguro... Podría comprobarlo con testimonios irrecusables. -Y yo no admitiría fácilmente un aserto que tiende a recriminar a todas las personas de mi casa y hasta de mi familia... Sin ir más lejos, mi propia hija es quien recibe y abre mi correspondencia desde que yo estoy imposibilitado para realizarlo personalmente. ¿Se atreverá usted a tildarla de hostil o negligente hacia usted, cuando ella es quien me ha decidido, enfermo y quebrantado como estoy, a esta entrevista tan penosa para mí? -La señorita de Sergey es la más pura la más generosa la más santa de las mujeres -replicó Listrac -y tiene derecho a toda mi admiración, a toda mi gratitud. La joven inclinó la cabeza ruborizándose; pero arguyó al general con firmeza. 124
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-Te olvidas, papá, de que tus cartas pueden pasar por otras manos, antes de llegar a las mías. Además, cuando estuvimos en Dieppe, yo era muy niña y no ejercía ninguna influencia en la casa. Otras personas... -¡Bueno! ¡bueno! -interrumpió bruscamente Sergey, dirigiéndose a Listrac. -Háyanse o no, escrito esas cartas, háyanse traspapelado, extraviado o substraído, ¿no recuerda usted lo que contenían? -Desde luego, mi general; pero, desgraciadamente, ha desaparecido con una de ellas el principal justificante, y me serán precisos grandes esfuerzos para llevar el convencimiento a un ánimo predispuesto en contra mía. -¡Ya lo veremos! Explíquese usted. ¿Persiste usted en sostener que el capitán Granget no murió asesinado, sino en duelo? -Sí, mi general; en un duelo, en el que la justicia y la moderación estuvieron de mi parte; en un duelo, que no podía rehusar ni aplazar dignamente... ¡Oiga usted! «Al informarme de los conceptos injuriosos propalados por el capitán Granget, me apresuró a ir en su busca; pero, a pesar del legítimo resentimiento que la ofensa debía inspirarme, no llevaba el menor propósito de violencia. El respeto a la casa en que moraba y nuestra antigua amistad, me imponían el deber de guardar toda clase de consideraciones. Sólo pensaba en dejar a 125
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salvo mi honor, y si fui provisto de armas, lo hice para impedir cualquier imperdonable arrebato por parte de mi difamador. »Le encontré en el jardín y le abordó cortésmente. Al verme, palideció de cólera y se paró en firme, en actitud agresiva, sin contestar a mi saludo. No obstante, le pregunté con toda calma si había pronunciado efectivamente las frases que se le atribuían, cosa que aun dudaba teniendo en cuenta nuestras, hasta entonces, cordiales relaciones. Me replicó secamente que las referencias eran exactas y que no se retractaba. »-Hace mucho tiempo –añadió -que me molestan sus asiduas visitas a esta casa y celebro encontrar ocasión de acabar con usted... ¡Batámonos ahora mismo! »Yo le respondí, con aparente serenidad, que semejante asunto exigía determinadas formalidades; que no debíamos convertir en teatro de nuestras querellas el domicilio del general Sergey; que había que buscar otro pretexto para el duelo, sin mezclar en él ciertos nombres, dignos de todo respeto. Me interrumpió impetuosamente, diciendo que no había para qué enterar a nadie de la causa de nuestro altercado, y que lo más corto era batirnos en el acto y sin testigos, en el sitio mismo en que nos encontrábamos. Y como yo me resistiese alegando los motivos ya expuestos, me arrojó airadamente 126
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al rostro la colilla encendida del cigarro que tenía en la mano. »Necesité hacer un poderoso esfuerzo para contenerme. Retrocedí un paso, manifestando que aquel insulto era inútil, puesto que había aceptado el reto, y que sólo pretendía elegir otro sitio y otra hora. Y sacando las pistolas le invitó a mantenerse a distancia porque no estaba dispuesto a tolerar nuevas ofensas. »Y ahora pregunto a usted, mi general; a usted, que viste, como yo vestía un honroso uniforme; ¿pueden llevarse más allá la calma y la paciencia de un hombre? ¡Pues no pararon ahí las cosas! »La vista de las pistolas puso frenético al capitán, quien, sin darme tiempo para esquivar su acometida se abalanzó sobre mí. »-¿Ha pensado usted intimidarme con sus armas? -rugió. -¡Bellaco!... ¡veremos si se bate usted ahora!» Y me cruzó la cara de una bofetada» Al recordar el ultraje, Listrac se detuvo y un vivo carmín coloreó sus mejillas como si a pesar de los tres años transcurridos, conservasen la infamante huella. -Y vuelvo a preguntar, mi general -prosiguió en voz Opaca. -¿No me sobraba razón para descargar las dos pistolas sobre el insolente provocador? No lo hice; pero ya no pude dominarme. 127
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«-¡Vamos a batirnos -vociferé a mi vez, -aquí... ahora mismo! Tome usted una de mis pistolas si no quiere ir a buscar las suyas, Pero como el furor ha borrado en usted toda noción de prudencia será forzoso que yo la tenga por los dos. Hay que evitar que el que sobreviva a este duelo, tan contrario a las prácticas establecidas, pueda ser acusado de asesinato... Entremos en el pabellón; un minuto bastará para trazar unas cuantas líneas, que sirvan de salvaguardia al vencedor. »Granget, a pesar de su ira comprendió lo atinado de la proposición; se apoderó de una de mis pistolas y entramos en su departamento. »El interior estaba a obscuras, y fue preciso encender una bujía.. Ambos nos sentamos ante la mesa del capitán; y como él no pudiera coordinar sus ideas, le dicté una declaración, que yo extendí al mismo tiempo. Si no recuerdo mal, el escrito estaba redactado en estos términos: »Declaro que me bato en duelo leal con el teniente de navío Renato de Listrac. En el caso de que la suerte del combate me sea adversa mi muerte no deberá dar lugar a procedimiento alguno contra dicho señor. »Firmé un documento igual, con la única variación del nombre, y cambiamos en silencio nuestras declaraciones. Yo, guardé la mía en el bolsillo; el capitán dejó la 128
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suya sobre la mesa sujetándola con el candelabro que soportaba la bujía encendida. Recuerdo perfectamente este detalle. »-A sus órdenes -le dije. »-Salgamos -contestó él. -Nos colocaremos a diez pasos y tirará usted primero, puesto que usted es el ofendido. »–No puedo aceptar esa ventaja sería preferible... »–¡Salgamos! –repitió, interrumpiéndome. »Una vez en el jardín, me hizo senas para que me detuviera; luego, midió diez pasos y se volvió hacia mí, con la pistola en la mano. La obscuridad era ya tan profunda que apenas nos veíamos. »-¡Tire usted! –me dijo en tono destemplado. »-Tiremos a la vez; no quiero abusar de su generosidad. »-¡Ira de Dios! -gritó, rechinando los dientes. -¿Tendré que abofetearle otra vez, para obligarle a utilizar la ventaja que le corresponde? »La amenaza y el recuerdo de la reciente injuria ofuscaron por completo mi razón; extendí el brazo y disparé sin apuntar, casi al azar, y esperé a pie firme la respuesta de mi adversario. Pero como no percibiera el menor movimiento ni el más ligero ruido, miré hacia su sitio y vi un cuerpo tendido en tierra. 129
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»-¡Granget!.. ¡mi querido Granget! –grité desatinado, corriendo hacia él. »No me contestó. Estaba muerto; la bala le había atravesado el cráneo... Desesperado, loco, me incorporé y huí. »Al terminar su relato, la voz de Listrac era trémula y velada. Leona con la cabeza inclinada sobre el pecho, vertía abundantes lágrimas. El propio general, se agitaba en su asiento. -Convengo -dijo el anciano, después de una larga pausa -en que su versión no tiene nada de inverosímil, dado el carácter de mi pupilo. Tuve que reprenderle muchas veces por sus arrebatos, y es posible que los acontecimientos se desarrollaran en la forma relatada por usted. Sin embargo, en un asunto tan grave, no bastan afirmaciones ni simples indicios, sino que precisan pruebas materiales, de las que se carece en absoluto. La justicia no se personó hasta varias horas después de la catástrofe, y las gentes del hotel, en la turbación del primer momento, no pensaron en hacer observaciones, que hubieran sido de gran importancia para el esclarecimiento de la verdad. Pero, a falta de estos datos, ¿por qué no presenta usted esos dos documentos, que, a mi juicio, comprobarían plenamente sus manifestaciones? Uno de ellos sobre todo, el firmado por el capitán Granget... 130
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-Ese precisamente, mi general, es el que yo creía en poder de usted. Al día siguiente del suceso, supe las sospechas y las persecuciones de que era objeto; y no queriendo hacer público el secreto, ni atreviéndome a presentarme a usted, adoptó el partido de escribirle exponiéndole detalladamente los hechos. Incluí en mi carta la declaración del capitán Granget, confiado en su eficacia... Ni una ni otra llegaron a manos de usted, y esto explica su inflexible rigor para conmigo. -¡Y dale con la carta extraviada! -exclamó Sergey. -Pero, aun admitiendo esta misteriosa circunstancia la otra declaración, la escrita y firmada por usted, la que, según usted, dejó sobre la mesa Leopoldo, debió aparecer en su sitio. Pues bien; yo acompañé al magistrado que, aquella misma noche inspeccionó los papeles del muerto, y puedo asegurarle que no encontramos tal declaración. -Sin embargo, yo la vi por mis propios ojos, al salir del pabellón, y el papel no podía volar fácilmente, porque estaba sujeto por un pesado candelabro de bronce. Pero hay que tener en cuenta mi general, que pudieron entrar otras personas antes que usted... -Y usted sospecha que alguien, por odio o por venganza hizo desaparecer el documento, ¿no es eso? ¡Cuidado, caballero! Ese sistema de defensa no conduce a 131
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nada. ¿Quién había de ser suficientemente audaz o malvado, para realizar semejante latrocinio? -El mismo que, al día siguiente, secuestró una carta en la que yo cifraba tan lisonjeras esperanzas. Sergey, acometido por un indecible malestar, repuso en voz alterada: -¡Basta de reticencias vagas y de insinuaciones indirectas! Si acusa usted, tenga cuando menos el valor de hacerlo francamente... ¿De quién sospecha usted? ¿Es acaso, de mí? ¿Me considera usted capaz de quebrantar un depósito sagrado? -¡Líbreme Dios de semejante idea mi general! Profeso a usted tanto afecto como respeto, y estoy convencido de que habría sido el primero en procurar mi rehabilitación, si hubieran llegado hasta usted las pruebas dé mi inocencia. -Pues entonces, ¿a quién atribuye usted tan odiosas maquinaciones? -Mi general debe saber mejor que yo... –¡Vaya! -replicó el general, sacando fuerzas de flaqueza -¡me obligará usted a abordar la cuestión, como abordaba en otros tiempos un reducto!... Todos esos miramientos, responden a que inculpa usted a una dama que merece mi estimación y mi cariño; pero tal procedi132
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miento es menos noble que un ataque de frente; ¿no lo comprende usted así? Listrac bajó los ojos, sin responder. -¡Exijo una contestación categórica caballero! -prosiguió el general, animándose gradualmente. -¿Es a la señora de Grandville mi parienta y protegida a quien imputa usted semejantes hechos? Como Listrac permaneciese callado, Leona le dijo a media voz: -¡Hable usted, caballero, puesto que de ello dependen su vida y su honor! El joven miró melancólicamente a la hija de Sergey, como agradeciendo su intervención. -¡Pues bien, mi general! -contestó. -Ya que lo exige usted, no tengo para qué ocultarlo por más tiempo; a mi juicio, la persona que acaba usted de nombrar, es autora de las substracciones que me han sido tan funestas. Sergey se puso rojo, y asió convulsivamente los brazos de su butaca como para incorporarse; pero cayó aplomado, y su semblante adquirió de nuevo un tinte cadavérico. -¡Papá! -exclamó Leona alarmada. -La conversación te ha fatigado con exceso; quizá conviniera que el señor Listrac... Pero el anciano se irguió, con los ojos desencajados. 133
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-¡Calla hija mía! ¡déjame! -interrumpió con autoridad. -Quiero aclarar esto a toda costa. Luego, volviéndose hacia Listrac, prosiguió: -Caballero, el indigno acto de que se trata debe obedecer necesariamente a un móvil; ¿a qué motivo atribuye usted esas extrañas persecuciones? -La persona de quien hablamos... -¿Por qué no la cita usted por su nombre? –¡Pues bien! La señora de Grandville me odiaba desde mucho antes de la catástrofe. -¿De qué provenía ese odio? -Lo ignoro. Es posible que haya herido involuntariamente su vanidad, por no haberla tributado los homenajes de profunda y apasionada admiración que despierta de ordinario... -Eso puede ser una petulancia por parte de usted -interrumpió el general, con amargura. -Pero, aun así, ¿cree usted que por razones tan fútiles, había de desearle la ruina? -No existen razones fútiles para una mujer ofendida mi general; pero, en este caso, no ha sido impulsada tan sólo por el odio contra mí, sino por el vivo afecto que profesaba a mi adversario. -¿Qué quiere usted dar a entender con eso? 134
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-Absolutamente nada, mi general. ¿No era lógico que la señora de Grandville sintiera simpatía por un joven apuesto y de talento, que vivía bajo el mismo techo, y que al verle muerto tan miserablemente, experimentara un ardiente deseo de vengarle? El general guardó silencio un instante. -Así, pues -repuso al fin, -sostiene usted parienta una dama distinguida de morigeradas costumbres y carácter afable puede haber concebido y ejecutado uno de esos planes de insaciable persecución, que sólo se forjan en las novelas ¿no es cierto? -Mi general, quiero, seguir creyendo que la señora de Grandville no premeditó nada; que la pasión del momento, la ocasión, el aturdimiento, la lanzaron a un camino fatal, en el que no ha sido posible retroceder... Escúcheme usted, y si le aflijo, si le ofendo, tenga usted en cuenta que la necesidad me apremia. Sé positivamente que la dama en cuestión descendió al jardín, pocos instantes después del duelo, y sin duda fue la primera que penetró en el pabellón, donde el capitán dejó el documento subscrito por mí. Según todas las apariencias, en un transporte de indignación y de dolor, se apoderó de aquel papel y lo destruyó. Al día siguiente, la casualidad pudo poner ante sus ojos una carta mía cuya letra conocía de sobra: impaciente por saber el conte135
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nido de aquella carta la abrió; y al encontrar en ella la prueba de mi inculpabilidad, temió que renunciase usted a perseguir al homicida y destruyó también aquel importante escrito. La supresión de las demás cartas, ha sido consecuencia de estas dos primeras injusticias, realizadas en el paroxismo de la exaltación... ¿Cree usted, mi general, que una mujer irreflexiva apasionada no puede sin que por ello haya motivo para calificarla de perversa dejarse llevar a semejantes extremos? Era imposible dar un giro mas moderado y generoso a los hechos que acarrearon a Listrac consecuencias tan terribles. Pero el general hizo caso omiso de la reserva de su interlocutor. -No afecte usted aires de indulgencia -le dijo. -Si sus sospechas resultaran exactas, la acción sería infame... ¡Pero, no! ¡no puedo creerlo!.. La suposición es absurda y calumniosa... ¡Oh! ¡si me ha engañado usted, sabré castigar su audacia! La agitación del anciano se hizo convulsiva; sus facciones se alteraron y su voz se tornó sorda y ronca. –¡Papá! -dijo Leona levantándose bruscamente. Suspendamos esta entrevista estás muy fatigado... Señor Listrac -añadió juntando las manos -le suplico que se retire. 136
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-Sí, sí, déjeme usted -balbuceó el general. -Necesito reflexionar, antes de resolverme. Interrogaré a la mujer a quien usted acusa y la obligaré a contestar... ¡sí, la obligaré! aunque para ello tenga que apelar a mi rudeza de soldado veterano. La determinación impresionó a Leona a pesar de sus preocupaciones. -¡Mi querido papá! –suplicó -¿por qué no evitar escenas y emociones que te perjudican? ¿No sería mejor dar al olvido el pasado, desistiendo de la querella y utilizando tu influencia en rehabilitar a Listrac? -No sé lo que haré -replicó débilmente el anciano -pero quiero averiguar la verdad... ¡Y si he sido burlado... si fuera posible que la ingrata!.. El general pronunció algunas palabras ininteligibles y cayó hacia atrás en su sillón, quedando inmóvil. -¡Dios mío! -exclamó Leona trastornada. -¡Por favor, caballero! parta usted. Cuando mi padre vuelva en sí, necesitará de un reposo absoluto. -Obedezco –respondió Listrac. -¿Pero no me dará usted, antes de separarnos, la seguridad de que mis explicaciones..? -¿Acaso dudaba de usted antes de oírlas? La puerta se abrió con precaución y Julián asomó la cabeza. 137
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-La señora está de regreso –anunció. -¡Que no le vea! -dijo precipitadamente al oficial de marina. -Provocaría un escándalo, que podría ser fatal a mi padre... Salga usted, se lo ruego... Julián le acompañará. ¡Adiós! -¡Adiós! -repitió Listrac, envolviendo a la joven en una mirada apasionada. -¡Dios la bendiga! Y siguió a Julián, cruzando apresuradamente el jardín. Al llegar a la verja el antiguo criado rompió el silencio. -Ya veo, señor -dijo con tristeza -que no ha logrado usted su propósito... Lo esperaba. Decididamente, seré yo quien tenga que arreglar este malhadado asunto. -¿Qué dice usted, Julián? ¿Acaso sabe usted..? -Ahora no puedo entretenerme; pero, si le detuvieran a usted, haga que me citen a declarar... Quizá pueda favorecerle en algo. Y sin esperar las preguntas de Listrac, cerró la verja y volvió corriendo hacia el castillo. El proscripto se encaminó al pueblo, profundamente desalentado: el resultado negativo de su entrevista con el general le postró en un abatimiento rayano en la desesperación. Una nueva circunstancia vino a aumentar su inquietud. 138
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A los pocos pasos, encontró a su patrona la madre de Guignet, sofocada por la rapidez de su carrera. -Ya me figuraba que andaría usted por aquí –dijo, alentando apenas. -Vengo a participarle que los gendarmes han estado en casa fisgando todos los rincones. ¡Pero se han quedado con un palmo de narices! Suponiendo que le buscaban a usted, he ocultado su equipaje, antes de que llegaran. Les he jurado y perjurado que la habitación está desalquilada desde hace un mes. Sin embargo, ¡no hay que fiarse de esos cazurros!.. No vuelva usted tan pronto, porque serían capaces de acecharle... Si a la noche ve usted un pañuelo blanco, puesto a secar en la ventana vaya usted sin temor; si no, espéreme usted detrás de la tapia del cementerio y le llevaré a un sitio más seguro que mi casa. Listrac dejó caer los brazos, descorazonado. –¿Para qué? -murmuró. -Ya que todo me abandona ¿por qué no he de abandonarme yo a mi suerte? La viuda de Guignet experimentó más compasión de la que podía esperarse de su natural egoísta. -¡Vamos, joven! -replicó familiarmente -¿a qué viene dejarse dominar así por la pena? Cuando se tiene dinero, como usted, no hay que desesperar. ¡Animo! tras de la tempestad viene la calma, como dicen nuestros hombres. En resumidas cuentas, todo se reduce a dar un pa139
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seo un poco más largo que de ordinario. A la noche todo estará en orden y podrá usted... Pero ¡rediez! -se interrumpió, mirando azorada a lo lejos -no hay que bromear... ¡mire usted por dónde vienen los «esbirros»! En efecto; dos gendarmes aparecieron al extremo del camino. -Es preciso que sepan algo cierto -prosiguió la mujer -para dirigirse al castillo. ¿Habrán tenido «soplo»? El oficial de marina comprendió lo que ocurría esto es, que la autoridad, advertida por la señora de Grandville hacía vigilar las cercanías del castillo pero su patrona no le dio tiempo para reflexionar. -¡Venga usted! ¡venga! –dijo en tono imperativo, tirándole de un brazo. Y le arrastró hacia una hondonada sombría y tortuosa donde después de hacerla nuevas observaciones, la mujer trepó por un talud que bordeaba la carretera cruzó un sembrado lindante y desapareció, dejando al proscripto errante, casi a la ventura.
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VIII EL COMPLOT Al separarse de Listrac, Terranova experimentó deseos de paliquear y de informarse lo más exactamente posible de la impresión producida entre los habitantes de los contornos por los acontecimientos de la noche anterior. No tardó en encontrar ocasión de ejercitar su sagacidad de espíritu, que contrastaba con la frivolidad aparente de sus maneras. Cerca ya del poblado, divisó un elegante carruaje parado bajo los árboles, al borde del camino. Una dama esmeradamente tocada asomada a la portezuela conversaba con dos hombres de tosco aspecto, que se mantenían cuadrados respetuosamente, con la cabeza descubierta. ¡Júzguese del asombro de Terranova! Uno de aquellos hombres era su patrón, Cabillot, y el otro, un 141
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chamarilero llamado Conturier, asociado en concepto de armador a los contrabandistas: en cuanto a la dama del carruaje, el joven marino reconoció fácilmente a la señora de Grandville. -¡Recontra! -exclamó para sí, deteniéndose para observar el grupo. -¡Antes hubiera creído que una fragata de guerra arriase su pabellón ante el más miserable de los barcuchos, que suponer que la orgullosa dama del castillo consintiera en hablar con ese par de bribones! ¿Qué demonio tratarán? ¡Cualquiera diría que son los mejores amigos del mundo! -En efecto, la dama dirigía a sus interlocutores sonrisas alentadoras, gestos de protección, y Cabillot y su compañero revelaban el mayor contento en sus ademanes. Terminada la conferencia la señora de Grandville saludó ligeramente con la mano y el carruaje tomó la carretera de En, mientras los dos hombres se alejaban en dirección opuesta. -¡Hay que ver en qué para esto! -murmuró Terranova. Y continuó espiando a los dos amigos. Estos descendieron la rápida pendiente que conduce a Tréport; pero, al llegar a las primeras casas, se separaron. Terranova siguió a Cabillot por el laberinto de ca142
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llejuelas del barrio de pescadores, viendo entrar al patrón en su casucha. El joven vaciló un momento, pero se sobrepuso a su indecisión. -¡Bah! –pensó -¡después de todo, no me tragarán! Y levantando el picaporte de una desencajada puertecilla penetró en una pieza lóbrega y sucia, atestada de útiles de pesca y de navegación, en la que revoloteaba un enjambre de moscas, atraídas por las infectas emanaciones del pescado corrompido. Terranova saludó a la sobrina de Cabillot, tina muchacha feísima desarrapada y casi idiota, que, acurrucada ante el hogar, cuidaba de una enorme olla y se dirigió resueltamente a la segunda pieza mucho más grande y mejor iluminada que la primera. Cuatro o cinco miserables jergones se alineaban a lo largo de las paredes, viéndose hacinados, en los espacios libres, artefactos y cachivaches de toda especie. Era el almacén de Cabillot y el dormitorio de su tripulación, constituida como sabemos, por su propia familia. Patrón y marineros estaban sentados en barriles, en torno de una grasienta mesa sobre la que aparecían los restos de una comida ordinaria pero abundante, en la que el ajo y el vinagre parecían haber jugado el principal papel. Ya no comían, pero las botellas y los vasos, a medio vaciar, indicaban que se143
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guían bebiendo. Todos discutían con calor, pero sin acritud. El joven marino entró de rondón, con el sombrero calado y silbando. La conversación cesó, y los comensales, sin saludar al intruso, le lanzaron miradas sombrías y amenazadoras. Sin inmutarse Terranova tomó uno de los vasos, que vació de un sorbo, se sentó sobre un rollo de cable sacó su pipa y la llenó, con toda calma. -¡Bueno, patrón! -dijo. -¿Qué órdenes hay para esta noche? Me parece que tendremos marejada. Después de unos instantes de silencio, Cabillot contestó, en tono duro: -Por ahora no pensamos embarcar, y menos contigo... Tenemos otra cosa que hacer. Terranova comprendió que desconfiaban de él pero, poco dado a permanecer mucho, tiempo en una posición falsa precipitó la explicación. -¡Vaya patrón! -replicó, con acento de franqueza -¡no andemos por las ramas! Se han enfadado ustedes por el desastre de anoche y ¡qué demonio! todos los oficios tienen sus quiebras. He salido bien veinte veces; ¿hay razón para que me pongan cara de perro por haber fracasado a la veintiuna? ¿Cuál es el marino que no ha embarrancado alguna vez en la costa? 144
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Esta lógica de alta mar produjo cierta impresión en los hijos y sobrinos de Cabillot; pero no chistaron, limitándose a volver los ojos hacia el patrón, su jefe y su oráculo. -Puesto que lo quieres -contestó Cabillot, con moderación estudiada -te hablaré con el corazón en la mano. Tienes amigos que no nos convienen y, si hemos de trabajar juntos, es preciso que elijas entre ellos y nosotros... ¿Lo entiendes? –Sea usted razonable patrón. ¿Qué le ha hecho el pobre Maillard? Es un buen hombre; la noche pasada pudo aprovecharse de su ventajosa posición, colocándome en un aprieto, y en lugar de hacerlo, me dejó marchar, sin entrar en averiguaciones, contentándose con decomisar el contrabando... ¿Qué más se le puede pedir? El panegírico de Maillard. fue mal acogido por la hostil asamblea. -¡Sí, pero hemos quedado arruinados! -murmuré uno de los asistentes. –¡Nos ha quitado el pan! -añadió otro, apurando un vaso de vino. -¡Eso no puede quedar así! -bramó el primogénito de Cabillot, golpeando sobre la mesa. -Antes de que 145
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amanezca te juro que tu amigo Maillard no estará en condiciones de volver a importunar a nadie, porque... Un gesto imperativo del patrón le impuso silencio; pero su celo excesivo le había llevado demasiado lejos, y comprendió su falta al ver el efecto que sus palabras produjeron en Terranova. Este se levantó, lívido. -¡Ah! –exclamó -¿esas tenemos? ¿De modo que traman ustedes algo contra Maillard? -¡No, hombre! ¡no! -contestó Cabillot. -¡Este Juan es una bestia que ni ve, ni oye, ni entiende! Pero la negativa no satisfizo a Terranova lo cual observó el patrón. -¿Qué quieres que hagamos a Maillard? -prosiguió en tono bondadoso. -Después de todo, el que viniera sería peor... Además, ¿de qué nos serviría «suprimirle»? ¿Recuperaríamos con ello las mercancías? -Ya sé que usted no se arriesga sin provecho, patrón -contestó Terranova -pero también sé que no perdona usted fácilmente a quien hace algún daño... ¡Aquí hay gato encerrado! Pondría las manos en el fuego. -¡Qué testarudo eres, criatura! -dijo Cabillot, con una calma poco habitual en él. -Para que te convenzas, voy a decirte la verdad.
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La sorpresa se pintó en las facciones de los tripulantes, cuyas pipas y vasos cesaron de funcionar un momento. Cabillot prosiguió, con acento insinuante: -¡Vamos a ver, muchacho! Si existiera un medio de rescatar las mercancías que nos birlaron anoche ¿no sería natural que lo utilizáramos? -¡Claro que sí! -¡Pues bien! de eso es de lo que se trata. -¿Y cómo se arreglará usted, patrón? -preguntó Terranova. -Eso es cuenta nuestra ¡digo! a menos que tú quieras... -No digo que sí ni que no; pero para alistarme en la tripulación, necesito saber el destino del barco. -Hay muchos marinos que no hilarían tan delgado; pero tú nos mereces absoluta confianza. ¿Juras guardar el secreto, si no te agrada el proyecto? -¡Que me quede mudo! -contestó solemnemente Terranova. -¡Basta! A pesar de tus amores con la sobrina del aduanero, eres un buen chico, incapaz de delatar a los amigos. ¡Oye, pues! Ya sabes que a consecuencia de un conflicto entre las aduanas de Plessis y Tréport, nuestro fardo de blondas ha sido depositado en la primera hasta que regrese de su visita el jefe. 147
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-No sabía nada patrón; pero me informará ahora mismo. -¡Muy bien! Y vendrás a darme cuenta de tus gestiones... Había pensado ir personalmente al puerto; pero esto hubiera infundido sospechas. Estos estúpidos son tan torpes, que lo echarían a perder; de modo que más vale que te encargues tú, que eres vivo... Volvamos a nuestro asunto; la aduana de Plessis estará casi abandonada toda la noche porque cuatro, de los cinco aduaneros del puesto, prestarán servicio en la costa. Podremos, por tanto, asaltarla con facilidad, y terminar en un dos por tres. -¿Y si encuentran ustedes resistencia? -¡Bah! iremos prevenidos, y la cosa pasará como una seda. ¡Vaya! ¿vendrás con nosotros? Terranova reflexionó un instante. -¡No! -contestó al fin -no quiero volver a encontrarme con Maillard... Además, no me gustan esos negocios. Una cosa es burlar a los aduaneros, introduciendo fraudulentamente un paquete, y otra penetrar en un edificio habitado, para llevarse un objeto que no pertenece. Ande usted con pies de plomo, patrón, porque si les detuvieran... -No hay cuidado -replicó Cabillot. -¡ En fin! eres libre de hacer lo que te plazca en este asunto. En cuanto a 148
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las consecuencias, no te preocupes: contamos con protectores más poderosos de lo que te imaginas. -¿Protectores? ¿Quién diablos..? -¡Ah! permíteme que me lo reserve, puesto que no quieres ser de los nuestros. Realizaremos la empresa solos sin perjuicio de reanudar nuestros tratos, cuando se olvide la algarada de anoche... Ahora Terranova el mayor servicio que puedes hacernos es irte a merodear por el puerto; ¡no sé por qué, me parece que han de ocuparse de nosotros! -¡Voy, patrón! Pero antes, júreme usted que no trama nada contra el gran Maillard. -Te lo aseguro. Terranova se caló de nuevo el sombrero, y salió silbando, como al entrar. Apenas traspuso la puerta el joven marinero, cambió el aspecto del patrón, quien recobró el aire dominante y brutal, peculiar en él. Sus hijos y sus sobrinos parecían desear interrogarle; pero, contenidos por el temor, se limitaron a contemplarle con curiosidad. El más osado fue Juan. -Padre -dijo algo cohibido -aquí no hay más amo que usted, eso es indiscutible; pero ¿a qué contar a ese pillastre de Terranova..? 149
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-¡Calla! -interrumpió Cabillot. -¿Quién, sino tú, ha tenido la culpa? ¡No sé cómo no te pego veinte latigazos! Algo había que decirle ya que tú cometiste la necedad de ponerle en guardia. Y gracias a que se ha contentado con la historia de la aduana... ¡En fin! ¡basta de conversación! A beber hasta que llegue la hora pero ¡ cuidadito con emborracharse! ¿ eh? Por su parte, Terranova no se dejó engañar por las protestas de Cabillot. -Aunque pretendan hacerme ver lo contrario -dijo para sí al salir -apostaría cualquier cosa a que maquinan alguna trastada contra Maillard. ¡Estaré alerta! Y se encaminó hacia el muelle. Llegado al extremo de la escollera el joven marino escrutó sucesivamente el cielo y la tierra para deducir el cariz que presentaba el tiempo. La observación no debió complacerle porque torció el gesto, prorrumpiendo en una breve interjección. En efecto, se había operado un brusco cambio. El firmamento aparecía velado por negros nubarrones, el viento soplaba violentamente y las olas rompían con estrépito, saltando al paseo por encima del murallón y dispersando a las elegantes damas y a los burgueses desocupados, espectadores ordinarios de la subida de la marea. 150
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Terranova cambió algunas frases jocosas con los audaces tripulantes de las escasas embarcaciones que se alejaban, dando bandazos, olvidado por completo de los secretos motivos que le habían guiado hasta allí, cuando vino a recordárselos un nuevo incidente. Un bote de reducidas dimensiones, dobló el ángulo de una de las elevadas escarpaduras inmediatas a Plesis y avanzó lentamente hacia el puerto. Semejaba un ave acuática, que reposara sobre la superficie de las ondas, y desaparecía en ocasiones, momentáneamente, tras las monstruosas desigualdades del oleaje. Ganaba terreno, sin embargo, y bien pronto pudo reconocerse a los osados bateleros que maniobraban en el frágil cascarón de nuez. Uno de ellos notable por su extraordinaria estatura llevaba el uniforme de los aduaneros; el otro, vestía el de los marineros de la aduana. Aunque la embarcación iba medio llena de agua marchaba gallardamente a través de las olas como si estuviera segura de su impunidad, al desafiar los furores de aquel embravecido mar. -¡Calla! -murmuró Terranova -parecen Maillard y Grivot... ¡Sí! ellos son. Por cierto que, si no me engaño, también conozco el juguetito en que vienen bogando... ¡Me alegro! así sabremos algo. Y tomando un cable preparado sobre el parapeto, retuvo uno de sus extremos y lanzó el otro a los aduane151
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ros, que le alcanzaron y le amarraron a proa. Entonces, el joven marinero, con ayuda de otros, allí presentes, remolcó triunfalmente la embarcación. -¡Hola muchacho! -dijo Maillard, saludándole afectuosamente. -Has llegado a tiempo, porque ya no podíamos más... ¡Vaya una mar endiablada! Apenas atracó el barquichuelo, Terranova saltó a él, separando a los curiosos. -¿Pero qué ventolera le ha dado a usted, señor Maillard? –preguntó en tono de broma. -Según se dice, anoche hizo usted frente a un centenar de contrabandistas, poniéndolos en fuga y apresando un rico botín; hoy le veo a usted embarcado, a pesar del mal tiempo. ¿Es que se ha propuesto usted realizar capturas por tierra y por mar? -No hagas caso de lo que se dice, Luis -contestó el aduanero, con su bondad habitual. -Se ha exagerado mucho, respecto a lo sucedido anoche... En cuanto al bote, le vi esta mañana encallado en la playa; y como el mar lo hubiera destrozado, Grivot y yo hemos decidido traerle aquí, por si lo reclamaran. -¡Ah! ¿de modo que no tiene dueño? ¿No se ha podido averiguar..? El diálogo fue interrumpido por la Regada del ayudante de Marina. Este funcionario, prevenido del des152
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cubrimiento de Maillard, acudió para informarse detalladamente. Terranova -que se había ofrecido complacientemente a desaguar el barco, prosiguió su tarea después de saludar militarmente. -¡Bravo, Maillard! -dijo el ayudante con familiaridad -¡es usted el héroe de la jornada!.. ¿Supongo que será éste su hallazgo? Pues es una preciosidad, que vale unos cuantos centenares de francos... Por la hechura juraría que su construcción es inglesa. -Cuando menos lo parece. Lo que puede asegurarse es que no ha salido de un astillero francés. No hay más que ver las letras y los guarismos pintados a popa. La observación era bastante sutil, pero exacta. En la popa del bote campeaban una W y la cifra 735, estampadas, sin duda para despistar, porque tales caracteres no tenían ninguna significación. -¿Y cómo ha venido a encallar en nuestras costas? -Otros más hábiles que yo lo esclarecerán -contestó Maillard. -Provisionalmente, consideramos el barco como resto de un naufragio; si nadie le reclama se venderá, y percibirá usted la prima que le corresponde. -¡Bien nos la hemos ganado Grivot y yo!... Pero permítame que le diga señor ayudante, que no puede 153
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proceder de un naufragio; hace ya más de dos meses que no hay ningún temporal en la Mancha. -¿Si será de los contrabandistas de anoche? -No sería extraño -contestó Maillard, sonriendo. -¿En qué funda usted su creencia? El aduanero sonrió de nuevo y habló en voz baja con el ayudante. Terranova hubiera deseado enterarse porque le interesaba directamente; pero no pudo sorprender más que palabras, sueltas. Maillard recogió los remos del bote, haciendo notar sus exageradas proporciones y deduciendo del hecho conclusiones de relativa importancia. -¡Magnífico, Maillard! -repuso al fin el ayudante. -Es usted un hombre observador y sensato, que merece toda clase de elogios. Se tendrán en cuenta sus indicaciones, que quizá permitan dar con esos malditos contrabandistas... ¡Vaya! le dejo... El bote quedará en depósito, hasta nueva orden. Mañana regresará su jefe, y me pondré de acuerdo con él. -Me marcho también -dijo a su vez el aduanero -porque ya es hora de servicio. ¿Vienes, muchacho? -¡Allá voy! -gritó Terranova. Y ambos se despidieron del marinero de la aduana a quien se confió la custodia del barco, dirigiéndose hacia 154
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las rocas, sin contestar a las infinitas preguntas de los curiosos. -Va usted como una sopa -dijo Terranova. ¿Quiere usted que descansemos en la taberna de Fillon, para secarse un poco? -Gracias, Luis; no entro nunca en las tabernas. -Por una vez... -No insistas; estoy acostumbrado a las duchas de agua salada y a que se me seque la ropa encima. -Como usted quiera. ¿Pero me permitirá usted que le acompañe un rato? -Eso sí; con mucho gusto. Y embocaron el áspero sendero que serpentea el flanco del acantilado. Al llegar a medio camino, se detuvieron para respirar. A sus pies, se veía una compacta multitud, agolpada en el muelle. –¡Ya tiene de qué hablar la gente! -dijo el aduanero con sonrisa burlona. En efecto, se susurraba que varios barcos extranjeros habían intentado, la noche anterior, un golpe de mano contra el castillo de Eu; Fiero que la expedición había fracasado, gracias a la vigilancia de la aduana y especialmente del cabo Maillard. Como prueba de sus estupendos asertos, los comentaristas mostraban la pequeña embarcación depositada en el puerto. 155
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IX LA ADUANA DE PLESSIS A los pocos minutos, Terranova y Maillard llegaron a la explanada que corona la cumbre de la escarpadura y se detuvieron de nuevo. A lo lejos, los árboles se inclinaban bajo las ráfagas del viento, que soplaba con un mugido sólo comparable al mar. Este, continuaba encrespado y turbulento. Las escasas lanchas pescadoras expuestas a sus caprichos habían arriado sus velas y algunas maniobraban para empeorar al puerto, aprovechando el resto de la marea. El aduanero movió la cabeza contemplando el mar. -¡Hacen bien en regresar! -dijo. -¡Si no me engaño, la madrugada próxima será terrible! -¿Lo cree usted así? Parece que amaina el viento. 156
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-Es verdad; pero sigue soplando del mismo lado y volverá indudablemente con la marea que será una de las más vivas de la estación. ¡Plegue a Dios que la borrasca no sea funesta para tanto infeliz marinero! Y reanudó su camino, a buen paso. -¿De modo -preguntó Terranova -que a pesar de las fatigas de ayer y hoy, tiene usted que prestar servicio esta noche? -¡No hay más remedio, hijo mío! La última intentona demuestra que no debemos descuidar la vigilancia. Pasaremos la noche haciendo rondas, que dando el sargento al cuidado de la aduana. Estos detalles, que revelaban la exactitud de los informes de Cabillot, redoblaron las alarmas de Terranova con respecto al bondadoso aduanero. -¡Oiga usted, señor Maillard! -le dijo emocionado. -Es usted un hombre honrado a carta cabal, tío de Juana a quien tanto amo, y lamentaría que le ocurriera cualquier contratiempo. He oído decir que los contrabandistas sorprendidos anoche por usted eran numerosos, y que sería fácil que trataran de vengarse. ¿No teme usted que aprovechen la primera ocasión favorable que se les presente? -En primer lugar, hijo mío, los contrabandistas no eran más que dos, y el que yo capturé no tenía nada de 157
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temible... Además, es fácil que los pongan a buen recaudo antes de la noche. Terranova palideció a su pesar. -¡Cómo! –exclamó -¿los reconocería usted? -Tal vez. Si hubiera querido, ya sabría quién era el portador del paquete de blondas, porque le tuve completamente a mi discreción. -¿Pues si le dejó usted libre entonces, a qué descubrirle ahora? -Porque se han recibido confidencias que cambian la faz de las cosas. Según noticias, figura entre los contrabandistas un malhechor, un asesino reclamado por las autoridades, respecto al cual se nos han comunicado las más severas órdenes. Esto es lo que me ha determinado a revelar mis observaciones acerca del bote abandonado, y el ayudante de marina que, como sabes, no tiene pelo de tonto ha tomado a su cargo el asunto. -¡Ya pueden ir con tiento esos tunantes! –¿Pero podría usted decirme al menos..? -Mira Luis; estas son cosas de servicio, de las que no debo tratar más que con mis jefes... Agradezco en lo que vale tu consejo, pero estoy muy tranquilo. He arrostrado sin temor peligros y enfermedades durante mi época de navegación, y no han de amedrentarme ahora, que estoy 158
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adherido a esta roca, como una ostra las bravatas de esos pillastres. Terranova no se dio por vencido. -De todos modos -insistió con vehemencia -le ruego que no se exponga a tontas y a locas y que adopte precauciones, durante unas cuantas noches... ¡Hágalo usted por mí, señor Maillard, por sus amigos, por su bondadosa hermana por nuestra querida Juana! El aduanero advirtió la excitación de Terranova y le miró fijamente. -¡Tú sabes algo de esa gente, Luis! -le dijo. Apostaría para ganar. -Aseguro a usted... -¡Te digo que sabes algo! no trates de negarlo. Terranova dominó su emoción, haciendo un violento esfuerzo. -¡Que no, señor Maillard! -replicó. -Me limito a repetirle lo que se afirmaba esta mañana en todas partes; que los contrabandistas intentarán, infaliblemente, vengarse de usted. Y como quizá sean ellos mismos los que han esparcido el rumor, yo creo que debería usted prevenirse. Eso es todo lo que sé. Maillard se puso en marcha. -¿Nada más? –preguntó. -Me figuraba... Pues oye a tu vez, Luis -prosiguió en tono serio. -Te he prometido 159
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a mi sobrina Juana y no me arrepiento, porque espero que la harás dichosa; pero, si he de hablarte con franqueza tienes amistades que no me hacen gracia y esto es causa de que nuestras relaciones no sean todo lo estrechas que yo desearía. Esto mismo, poco más o menos, fue lo que dijo Cabillot a Terranova un momento antes, y el joven marino comenzó a penetrarse de lo odioso de su Papel entre el aduanero y el contrabandista. -¡Cómo! -exclamó con azoramiento -¿sospecha usted de mi patrón y de... los suyos? -¡Pues bien! ¡sí! ¿A qué andar con rodeos? Ya te dije ayer el concepto en que tengo a ese viejo zorro, y hoy he de añadirte que sospecho más que nunca. Anoche vi sus dobles faroles, y no debía estar muy lejos cuando los dos contrabandistas escalaron la Cuesta Verde. ¡En fin, no hay quien me quite de la cabeza que Cabillot y su maldita pandilla de hijos y nietos andan mezclados en estos belenes! Terranova tembló como un azogado. -¿De veras? -balbuceó. -¡Y tan de veras! Quizá no tarde en saberlo positivamente... Es más, hasta se me ha ocurrido una idea singular. Anoche como era natural, no pude hacer grandes observaciones; pero esta mañana reflexioné y concentré 160
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mis recuerdos. El individuo a quien detuve era un joven ágil, como tú, casi de tu estatura y cuando imploró compasión, se parecía tanto su voz a la tuya... -¿Reconoció usted mi voz? -exclamó Terranova desatinado. -¡Ah! Señor, Maillard, ¡qué opinión formará usted de mí! Y cediendo a los remordimientos de su conciencia se deshizo en lágrimas. El bondadoso aduanero no interpretó la verdadera causa de aquel pesar; y creyendo haber agraviado al joven marino con su ofensiva duda tomó su mano y la oprimió vigorosamente. -¡Perdóname, Luis! -le dijo con efusión -no me has comprendido. Bien sabe Dios que te juzgo incapaz de cometer un acto semejante. Mi necio error provino, sin duda de mí constante preocupación cuanto a ti se refiere, de mi turbación durante, la lucha de las circunstancias, de tus relaciones con gente de probidad dudosa ¿qué sé yo? Si sospechara de ti, ¿estarla conversando tranquilamente contigo? ¿Te trataría ya como de la familia? ¿Estrecharía tu mano entre las mías, como lo hago? ¡No! Te miraría como el más ingrato, como el más villano de los hombres; te prohibiría volver a mirar a Juana; y en mi justa indignación, tal vez llegara hasta entregarte a la justicia. 161
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Hubo un momento, en el que Terranova estuvo tentado de arrojarse en los brazos de Maillard y confesarle francamente su falta; pero las últimas frases del aduanero le hicieron comprender el peligro que entrañaba. Hubiera transigido con todo, menos con renunciar a Juana; era un sacrificio superior a sus fuerzas. Se reprimió, por tanto, y contestó con relativa calma: -No me comprenden sus recelos señor Maillard. Veo que la causa de todo el mal es mi trato con esos malditos Cabillot; así, pues, estoy decidido a observar cuidadosamente su conducta; y en cuanto note la más ligera incorrección, abandonaré su servicio... ¡Le juro a usted que lo haré, aunque tuviera que morirme de hambre! -Un marino inteligente y activo, como tú, no puede morirse de hambre, mí querido Luis. En cuanto a separarte de Cabillot, procura decidirte lo más pronto posible porque podrías verte comprometido por causa suya. En aquel momento, llegaron a una de esas cabañas de ramaje que sirven a los aduaneros de observatorio y de lugar de reposo. Maillard se detuvo, para esperar a uno de sus camaradas. Terranova permaneció inmóvil, con la vista clavada en tierra. -Siento haberte entristecido con mis tonterías -dijo Maillard. -Me quedo aquí, porque tengo que aguardar a 162
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mi compañero Blanchet. Ya que no te haces a la mar, ¿por qué no te vas paseando hasta Plessis? Allí encontrarás a Juana y a su madre y te distraerás; diles, al paso, que me tengan preparada la comida para las seis. -Puesto que usted me autoriza -contestó Terranova -voy hacia allá y cumpliré su encargo... -¡Hasta luego, y no se olvide usted de mis advertencias!... ¿Dormirá usted en casa esta noche? -¡Imposible! ante todo, el servicio. No pases cuidado, muchacho, que nadie se muere hasta que Dios quiere. Después de cambiar un nuevo apretón de manos, Terranova se alejó a paso rápido, mientras el aduanero se sentaba delante de su garita. -¡Qué hombre tan bueno! -murmuró el joven marino, enternecido; -es una indignidad engañarle... ¡Sí! tiene razón; es preciso romper cuanto antes con ese condenado Cabillot... Pero ¿cómo me las compongo ahora? Si advierto al patrón y a su prole de las sospechas de Maillard, precipitarán el golpe. Por otra parte, Maillard es muy astuto, y estando con la mosca a la oreja podría descubrir nuestra connivencia y entonces, ¡adiós mis ilusiones!.. ¿Qué hacer, Dios mío? Y se golpeó la frente con desesperación. 163
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-Lo mejor será –prosiguió -dejar que se desarrollen los acontecimientos esta noche. No diré nada a Cabillot, y mañana cuando haya recuperado sus mercancías, estaré en situación favorable para despedirme... ¡Sí! eso es, me callaré... ¡Por supuesto, que no intenten hacer daño a Maillard, porque entonces... ! Monologando así, Terranova llegó a la embocadura de un vallecillo cruzado por un riachuelo. Hacia la parte de tierra se divisaban entre los árboles varias viviendas rústicas. Al pie de la vertiente opuesta cuya negra cresta parecía confundirse con el cielo, se destacaba triste y solitario, un edificio de un solo piso, casi oculto por la sombra de la montaña; era la aduana de Plessis. Terranova frente a aquel cuadro tan familiar para él, sólo tuvo un pensamiento: ver a Juana. Y regocijado ante la perspectiva descendió la pendiente irregular que conduce a la cañada. Al ir a cruzar el puente de madera oyó una voz, que le dijo en tono jovial: –¡Eh, grumete! ¿dónde diablos vas tan deprisa? El interpelado se detuvo súbitamente y miró en su derredor. Resguardado del viento por una elevación del terreno y tendido sobre la hierba un corpulento aduanero fumaba tranquilamente su pipa contemplando el paisaje. Terranova reconoció enseguida al jefe del puesto de Plessis, superior inmediato de Maillard; y conociendo 164
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de antiguo la debilidad del personaje, a quien convenía tener contento, se descubrió y le abordó respetuosamente: -¡Ah! ¿es usted, sargento Martín? -le dijo. ¡Perdone usted! no le había visto... ¿Estaba usted descansando? Bien merecido lo tiene, porque, según se asegura trabajó usted de firme la noche pasada. Se necesita ser de hierro, como usted, sargento, porque hay momentos en que el cuerpo reclama lo suyo. -Eso no reza conmigo, muchacho -contestó el lisonjeado -engallándose. -Yo no me fatigo nunca; descanso cuando no hay que hacer, ¡y pare usted de contar!.. ¿De modo que se comentan mis hazañas de anoche? ¡Realmente, a no ser por mí, podrían haber ocurrido acontecimientos, que hubieran puesto en conmoción a Francia entera! -¿De qué acontecimientos habla usted, señor Martín? -preguntó Terranova con asombro. -Lo que me han dicho, es que la fuerza a sus órdenes realizó una importante aprehensión, pero... -Lo que hacen mis subordinados es como si lo hiciera yo, porque soy su jefe y tengo la responsabilidad del servicio. ¿Pero crees tú que se trata solamente de una aprehensión de contrabando?... ¡Mira! tú eres de casa como si dijéramos, puesto que has de casarte con la so165
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brina del cabo, y puedo confiarte que mi vigilancia ha desbaratado planes... ¿No viste anoche ciertas embarcaciones sospechosas, atisbando la costa? -Confieso que no, sargento. -Nadie las vio, y eso aumenta el mérito del autor del importante descubrimiento. Pues bien; anoche a la puesta del sol, se divisó un barco inglés en el horizonte. Terranova se estremeció, comprendido la posibilidad del hecho, y objetó, con cierto azoramiento: -¡Bah! algún bergantín carbonero, que costearía para practicar sondeos... -Nada de eso; era un barco de guerra. No estoy en Babia y, a pesar de la bruma distinguí perfectamente su artillado. Tranquilo ya, Terranova no pudo contener una carcajada. -¿Un barco de guerra para introducir blondas de contrabando? ¡Vaya señor Martín! Usted quiere mofarse de mí. -Yo no acostumbro mofarme de nadie y sé bien lo que digo -contestó el sargento en tono desdeñoso. -La prueba de que los ingleses han estado cerca es que han abandonado en la playa uno de sus botes. Quizá los supuestos contrabandistas tuvieran la misión de examinar la costa porque se asegura que iban mandados por un 166
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antiguo oficial de la marina francesa un pájaro de cuenta a quien se ha visto rondando las inmediaciones del castillo. Según los periódicos, nuestras actuales relaciones con Inglaterra son algo tirantes; y como está próximo el castillo de Eu, y las ruinosas baterías que protegen la entrada del puerto no sirven para nada... ¿quién te dice que esos ingleses no preparaban un atrevido golpe de mano?.. Afortunadamente, mientras yo esté aquí, el rey está bien guardado. Poco faltó para que Terranova prorrumpiera en una nueva y ruidosa carcajada al escuchar las ridículas pretensiones de su interlocutor; pero, como le interesaba no mal quistarse con el sargento, se contuvo y replicó, dando a su fisonomía una marcada expresión de candidez: -La verdad es que no hay nada de que asombrarse tratándose de usted, porque tiene usted una vista de águila... Sea como quiera supongo que los ingleses no volverán a la carga esta noche porque arrecia demasiado el viento. -Por si acaso, no descuidaré las precauciones. Mis hombres permanecerán en sus puestos, y yo mismo les acompañaría si no tuviera que substituir en sus funciones a nuestro oficial.
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-¡Bueno! -pensó Terranova -roncará toda la noche como una caldera de vapor, y los Cabillot, se despacharán a su gusto. El sargento, después de una pausa dijo, variando de tema: -Es inútil preguntarte dónde vas; pero si quieres ver a tu novia habrás de buscarla en la aduana. Allí la encontrarás con su madre, a quien he rogado que me arregle un poco el cuarto, porque, como buen soltero, soy un Adán. Terranova dio las gracias por su indicación al intrépido sargento, y después de prodigarle otras cuantas lisonjas, continuó su camino. -¡Presuntuoso! ¡gandul! -exclamó para sí. -¡Si todos los aduaneros fueran como tú, qué cómodo sería el contrabando! Al Regar a la aduana que conocía palmo a palmo, se dirigió al dormitorio de Martín, deteniéndose a la puerta para escuchar el animado diálogo que sostenían Juana y su madre. La joven decía en tono suplicante: -¡Sea usted razonable madre! ¿ Qué daño se puede causar al Estado por cortar unas e ras de este encaje? ¡Sentarían tan bien en mi traje de boda! –¡No, Juana! -contestó su madre -sería un robo. 168
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-¡Un robo! ¿A quién? ¡Si todo esto no tiene dueño! De fijo que si mi tío estuviese aquí, no tendría valor para negármelo. -Te lo negaría seguramente, hija mía. Mi hermano es muy formal en sus cosas... Tanto él como el sargento Martín, no nos perdonarían tal abuso de confianza. -No hay necesidad de que lo sepan; aun no han hecho el inventario de todas estas preciosidades. -No hablemos más. La coquetería te ha trastornado el juicio. En aquel momento se presentó Terranova, alarmando a las dos mujeres, que se volvieron lanzando un grito de espanto. -¡Ah! es Luis -repuso Juana trocando, al verle su terror en sonrisa. -Siempre llega cuando menos se le espera. -¡Valiente susto nos has dado! -agregó la viuda de Rupert, matrona de unos cincuenta años y vivo retrato de su hermano. -¡Anda hija mía! Recoge todas esas blondas y colócalas en su sitio. ¿Qué dirían tu tío y el señor Martín, si notaran que las habíamos revuelto? ¡Despáchate y vámonos! -Déjeme usted ver ésta madre. -¡He dicho que basta! Si en vez de Luis entra cualquier otra persona me habría muerto de vergüenza. 169
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Juana obedeció lentamente, suspirando con frecuencia. Terranova por su parte, al ver aquellas riquezas, sobre las que se atribuía ciertos derechos, experimentó vivos deseos de apropiárselas y sus ojos brillaron de codicia; pero logró resistirse a la tentación y transmitió a la viuda con toda calma el encargo de su hermano. -Ya lo oyes, Juana -dijo a ésta su madre -tu tío está de servicio esta noche y hay que prepararle la comida... ¡Vamos! ¡empaqueta esas chucherías! -Voy, madre. A pesar de su resolución, Juana continuó manoseando las blondas con placer, reintegrándolas a duras penas a su envoltorio. A cada instante, se detenía extendía de hombro a hombro una pieza de bordado y preguntaba zalameramente a Terranova: -¿Cómo me encuentras, Luis? ¿Te gustaría verme adornada así? -Estás bonita de todos modos -contestaba galantemente Terranova; -pero, por complacerte, desearía poder ofrecerte un montón. -Si, pero nos quedamos con las ganas -dijo al fin la joven, plegando con reconcomio la tira que tenía en la mano. -Me conformaría con una como ésta. 170
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-¿Como ésa? -preguntó Terranova señalando el codiciado adorno. La joven asintió con un movimiento de cabeza. En aquel instante, la viuda que acababa de poner en orden el cuarto, miró hacia la ventana y dijo precipitadamente: -Viene hacia aquí el sargento... ¡Vivo, hija mía o nos sorprenderá! Juana se apresuró a embalar los preciosos tejidos, ayudada por Terranova. En menos de un minuto, las blondas volvieron al fardo, que se dispuso como antes. Sólo una tira quedó sobre la mesa; la designada por Juana. Terranova la separó, y aprovechando la oportunidad de volverles la espalda la viuda la ofreció a la joven, que enrojeció y palideció alternativamente. -No temas nada –murmuró, –yo respondo. Ella titubeó; pero al resonar los pesados pasos en la escalera se echó a temblar, alargó el brazo y aceptó el obsequio con que se la brindaba. Quizá la asaltaba el propósito de deslizar la blonda en el paquete, cuando el sargento entró. Entonces ocultó la tira bajo el delantal, mientras Terranova sonreía.
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X EL PROTECTOR Cuando Listrac se separó de la madre de Guignet, se internó en el campo, buscando los parajes menos frecuentados, los caminos más solitarios. No temía morir, pero le aterraba la vergüenza de un arresto, las angustias y las humillaciones de un proceso. Agobiado por la fatiga se dirigió a un frondoso bosquecillo, rodeado de matorrales, donde se tendió sobre la hierba resolviendo esperar a que declinara el día para aventurarse a volver a su hospedaje. Al poco rato, le sacó de sus tristes meditaciones el acompasado trote de un caballo. Creyéndose perseguido, se levantó cautelosamente y se puso en observación tras la maleza reconociendo a primera vista que nada tenía que temer del jinete. 172
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Era un joven de fisonomía franca y leal, cuyo rostro regular, encuadrado por patillas negras, aparecía ligeramente bronceado por la acción de un sol tropical. Iba vestido con elegante sencillez y ostentaba en el ojal la roseta de la Legión de Honor. La elegante, desenvoltura de sus maneras revelaba la distinguida calidad del personaje. La montura merecía también especial mención; sus formas esbeltas, la finura de sus remos y la viveza de sus movimientos, denotaban la más pura raza árabe. Intentaba rebelarse contra su amo, que moderaba sus bríos en la pedregosa pendiente, y tascaba el bocado de plata pomo protestando del trato indigno a que se le sometía. El excelente jinete reprimía sin trabajo aquellos conatos de insubordinación; pero el fogoso árabe, asustado, sin duda de la proximidad de Listrac, todavía invisible enderezó las orejas, relinchó ruidosamente y dio' una arrancada. El incógnito personaje se mantuvo firme sobre la silla limitándose a lanzar una exclamación de impaciencia y a castigar la cobardía del animal; pero la brusca sacudida hizo caer su sombrero, que el viento arrastró hacia una heredad inmediata. El paseante llamó entonces a un lacayo montado, que le seguía a distancia; pero antes de que el servidor 173
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pudiese obedecer la indicación, Listrac se apresuró a reparar el accidente de que había sido causa involuntaria. Salió de su escondite, arrostrando las posibles consecuencias, recogió el sombrero y lo presentó a su propietario, quien renegaba y sonreía a la vez. -Gracias, caballero -dijo éste con afabilidad. Este maldito Solimán siempre hace de las suyas; ¡es tan espantadizo!.. Pero, sino estoy equivocado -añadió, mirando más atentamente a Listrac, -yo conozco a usted. Listrac, a su vez, se fijó en su interlocutor, palideciendo y descubriéndose respetuosamente. Acababa de reconocer a uno de los príncipes más populares de la familia real. -¡Monseñor! –balbuceó -¿no se ha olvidado Vuestra Alteza..? -Yo jamás olvido a mis compañeros de armas. Usted es el conde de Listrac, y mandaba un cañonero en la toma de N***, donde fui testigo presencial de su bravura... ¡Venga esa mano! ¡cuánto celebro verle! Y le tendió la mano derecha mientras con la izquierda sujetaba las riendas de su corcel, ya completamente dominado. Pero Listrac permaneció inmóvil, bajando la cabeza como avergonzado. 174
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-¡Perdón, señor! –contestó -la situación en que me encuentro... No quisiera deber a una sorpresa la señalada distinción que Vuestra Alteza se digna otorgarme. El príncipe retiró la mano, enrojeciendo ligeramente. -¿Qué significa esto? -interrogó, en tono de dignidad ofendida. -¡Sí! ahora recuerdo haber oído hablar algo de un desastroso duelo con un oficial del ejército... Por cierto que se asegura que no pecó usted de corrección; y realmente, las condiciones en que le veo, su actitud, su indumentaria darían que pensar a cualquiera. -¡Piense únicamente Vuestra Alteza que soy el más desventurado de los hombres! –exclamó Listrac con ardor. Y sus ojos se anegaron en lágrimas. Lo desusado de aquel dolor y su aparente sinceridad, conmovieron el alma generosa de príncipe. Listrac prosiguió: -Confieso, señor, que pesa sobre mí una acusación capital. Vuelto, apenas hace horas, a Francia estoy amenazado, acorralado por todas partes. No me atrevo a cobijarme bajo techado, y en el momento de llegar Vuestra Alteza me preguntaba si sería preferible estrellarme el cráneo contra esas rocas, a llevar por más tiempo esta mísera y penosa existencia. 175
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-¿Pero es merecido ese infortunio? -¡Ah! señor. Si lo fuera ¿hubiera tenido valor para soportarlo? ¡No! no lo es; ¡lo juro por lo más sagrado! Soy víctima de circunstancias funestas, quizá de pérfidos manejos; pero afirmo, por mi honor de marino, que no he cometido el crimen que se me imputa. -¡Es extraordinario! -repuso el príncipe. -Oiga usted, Listrac, tengo motivos para considerarle como un oficial meritísimo y no puedo ser indiferente a sus desdichas... ¿Tendría usted confianza para referirme todo lo acaecido? -¡Ah! señor. ¿Puedo ambicionar un confidente más noble y más generoso? Estoy a las órdenes de Vuestra Alteza. El príncipe echó pie a tierra y entregó al criado la brida de su caballo. -Adelántate -le dijo -y espera en la verja de la quinta. El servidor partió con los dos caballos no sin envolver en una mirada recelosa a aquel extraño, a quien dejaba en compañía de su señor. -Vamos a dar un paseo -añadió el príncipe, dirigiéndose a Listrac -y me pondrá usted al corriente de su triste aventura. Pero no me oculte usted nada porque quiero imponerme bien, lo mismo de lo que le favorezca que de lo que le perjudique; se lo prevengo. 176
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Listrac relató sucintamente la historia de sus relaciones con la familia Sergey y la escena del duelo, sin omitir su correspondido afecto por Leona ni el odio declarado de la señora de Grandville. Reseñó ligeramente su desembarco, porque no le pertenecía el secreto, concretándose a manifestar que había llegado en una lancha pesquera y terminó su narración con un rápido sumario de los peligros a que le tenía expuesto la persecución encarnizada de la protegida del general. El príncipe oyó a Listrac sin interrumpirle y, acabado el relato, permaneció callado y pensativo. Tan prolongado silencio alarmó al proscripto. -¡Señor! -preguntó con inquietud -¿duda todavía Vuestra Alteza? -No, mi querido Listrac -contestó el príncipe con viveza. -Ignoro qué valor darían a sus declaraciones los tribunales, pero a mí me inspiran absoluta confianza. Por desgracia mi opinión personal no es de gran peso, y no sé cómo salir del atolladero, dado el tiempo transcurrido y los incidentes surgidos. ¿Por qué, sabiendo mi afecto hacia usted, ha tardado tanto en invocar mi apoyo? -Vuestra Alteza estaba ausente; pero, aunque así no hubiera sucedido, ¿cómo era posible que un noble y un soldado, como yo, acusado de una villanía corriese a 177
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colocar su honor bajo la salvaguardia de Vuestra Alteza sin justificarse previamente? ¡Juro, señor, que si la Providencia no me hubiese proporcionado este feliz encuentro, no habría osado reclamar la protección de Vuestra Alteza! -Es una delicadeza exagerada pero respetable Veamos si hay algún medio de arreglo. Si el general Sergey no estuviera tan atropellado, intentaría visitarle y quizá le convenciera; pero el estado deplorable de su salud impide contar con él. Me informaré, sin embargo, y si mejora celebraremos una conferencia... En cuanto a la señora de Grandville no la conozco más que de vista pero me parece un mal enemigo. -No se preocupe Vuestra Alteza; me basta con que se haya dignado interesarse por mi triste suerte. -¡No, no basta! Es preciso arbitrar un recurso para poner a salvo el honor de un valiente oficial, que tan bien ha servido a su patria... ¡Ahora que pienso! podríamos valernos de Paul; es un hombre hábil y sagaz, y nadie como él para despejar la incógnita de esta intrincada ecuación. Afortunadamente, ahora está en el castillo; voy a verle y creo que no me negará su concurso para desenredar esta enmarañada madeja. Si, como espero, lo toma con empeño, está usted salvado. Es capaz de hacer hablar a una pared. 178
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-¿Cómo agradecer a Vuestra Alteza..? -No cantemos victoria Listrac. A pesar de su destreza Paúl tropezará seguramente con muchos obstáculos... pero ¡sea lo que Dios quiera!... Dígame usted dónde podrá verle para que se pongan de acuerdo. Listrac indicó el domicilio de la viuda de Guignet, que su protector anotó rápidamente. -¡Conformes! -dijo el príncipe. -Mañana le enviaré a Paúl, en quien puede usted confiar en absoluto; pero no le oculte usted ningún detalle porque es como los médicos: para combatir una enfermedad, necesita conocer todos los síntomas. Durante su conversación, los paseantes llegaron a una extensa verja que circundaba un bosque, cuyas tortuosas avenidas, cuidadosamente enarenadas, conducían a la pasarela que comunicaba con el parque del castillo de Eu. El lacayo esperaba con los dos caballos de la brida y un guarda sombrero en mano, se adelantó, saludando reverentemente al príncipe. Listrac se detuvo, y con los ojos impregnados en lágrimas, balbuceó algunas palabras de gratitud. -Aun no es tiempo -contestó el príncipe. -Espere usted a que anclemos, porque todavía podríamos zozobrar... No olvide usted mis recomendaciones y cuente conmigo... ¡Adiós, y ánimo! 179
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Y tendió su mano al oficial de marina que la cubrió de besos; pero el príncipe se desasió con presteza sonrió, y, montando a caballo, partió al galope. Listrac erró un rato por el campo; pero enardecido por la augusta protección suministrada por el azar, recobró sus energías y desechó todo temor, encaminándose resueltamente a su alojamiento, sin reparar en que el sol no tocaba a su ocaso y sin asegurarse de si aparecía en la ventana la señal convenida con su patrona. Esta que se ocupaba en el arreglo de la pieza del piso bajo, se mostró tan sorprendida como espantada al observar la presencia de su huésped. -¡Virgen Santa! -exclamó. -¿ Dónde va usted, señor Renato? ¿No ha visto usted que no está el pañuelo en la ventana? Ahora mismo zanganeaban los gendarmes en casa de mi vecina, la Guillermina; ¡si le hubieran visto entrar!.. -No me ha visto nadie -contestó Listrac. -Es muy tarde para hacer pesquisas... Además, me moría de hambre y de cansancio. -Pero, señor, ¡esto es meterse en la boca del lobo! Listrac logró tranquilizarla y en efecto, transcurrió el resto del día sin recibir ninguna de las visitas que tanto atemorizaban a la madre de Guignet. 180
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A la puesta del sol, se desencadenó con furia el huracán; ráfagas intermitentes azotaban la reducida vivienda amenazando llevársela y todo anunciaba que la noche sería una de las más borrascosas de que se guardaba memoria. Listrac se disponía a escribir, a la claridad de una humeante vela cuando llamaron suavemente a la puerta y entró Terranova. El marino iba envuelto en su impermeable y parecía dispuesto a salir, a pesar del mal tiempo. -¿Qué hay, joven? -preguntó Listrac con benevolencia. -¿Supongo que no pensará usted embarcar con este temporal? -No, señor -contestó Terranova pero tengo que salir para... un asunto. -¿De contrabando, tal vez? –replicó Listrac en tono severo. -¿Ha olvidado usted ya las angustias de anoche?.. ¡Oiga usted! -continuó afectuosamente. -Me ha inspirado usted un vivo interés, y si, como espero, cambia mi situación, he de procurar por todos los medios apartarle del mal camino que ha emprendido. No es ocasión de exponerle mis proyectos, que quizá pueda ver realizados algún día; pero, ante todo, exijo de usted que rompa inmediatamente con los contrabandistas. 181
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-Agradezco sus buenos propósitos -manifestó Terranova -y estoy resuelto a separarme de Cabillot, mañana mismo... pero esta noche necesito ir a la costa. -¿Con qué objeto? -He de cumplir un deber sagrado, y me dejaría despedazar antes que desistir. -¡Sea! pero yo creo que obraría usted más cuerdamente permaneciendo al lado de su madre. Le veo a usted soliviantado, como si temiese algún peligro... La noche será terrible y no, hay que bromear con el viento. –¡Bah! en tierra firme, ¡me río yo del viento!.. ¡Ah! tengo que comunicarle una noticia por lo que pueda interesarle. ¿A que no adivina usted a quién iba destinada la mayor parte de las blondas que intenté pasar anoche?... ¡Ya puede usted devanarse los sesos, que no lo acertará!.. Pues... a la dama del castillo, a la señora de Grandville. Lo he sabido por casualidad. Listrac no aparentó conceder al descubrimiento tanta importancia como Terranova. -No me asombra -contestó sonriendo amargamente. -Esa señora es capaz de cometer faltas mayores que la de proteger el contrabando. -¡No es eso, señor Renato! -replicó Terranova. -La dama en cuestión parece que le tiene a usted entre dientes, por el susto de anoche y quizá por otras causas... 182
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Hasta se dice que le ha denunciado a usted. Pues bien; si a ese tunante de Cabillot, que sabe donde vive usted, se le ocurre indicárselo, corremos el riesgo de que le detengan aquí. -Es verdad; ¿pero cómo evitar las indiscreciones de ese hombre? Afortunadamente, de aquí a mañana pueden ocurrir acontecimientos que cambien la faz de las cosas. -Me alegraría -dijo Terranova disponiéndose a partir. -Desde luego, Cabillot y su familia tienen otros asuntos en qué ocuparse esta noche y no es fácil que se acuerden de usted. En fin, ya está usted prevenido, y por si acaso no volviera... -¡Cómo! ¿no va usted a volver en toda la noche? -¡Quien sabe! hay que ser previsor. Podría entretenerme más de lo que pienso... ¡Mire usted, señor Renato! -prosiguió emocionado, dando vueltas en la mano a su sombrero -es usted muy bueno conmigo y no quiero engañarle... Le confieso francamente que hasta es posible que no vuelva más... En ese caso, si me ocurriese... algún accidente, le ruego que ampare a mi pobre madre. -Se lo prometo, Luis; pero deseo saber... -No puedo contestarle sino que usted mismo aprobaría mi proyecto. Gracias por su promesa y no la olvide usted. ¡Adiós! 183
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Listrac le retuvo. -Es usted un chiquillo -le dijo -y no puedo consentir que se aventure en una empresa peligrosa y desesperada. Si no quiere usted escuchar mis consejos, mis súplicas, piense al menos en su madre, a quien la pena desgarraría el corazón... -¡Mi madre! -repitió el joven marino con ironía. -¿Cómo ha de lamentarse cuando precisamente trato de reparar el mal producido por su culpa? Y huyó precipitadamente, sin atender las exhortaciones del ex oficial de marina. Sonó un portazo, y cuando descendió Listrac, encontró la casa vacía.
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XI ABNEGACIÓN A las diez, la tormenta estaba en el apogeo de su violencia, sin que se notara el menor indicio de que amainase antes de media noche hora de la pleamar. El vendaval soplaba con fuerza inaudita y el mar ofrecía un aspecto pavoroso. El faro permanecía apagado y unas cuantas lanchas, expuestas a los furiosos embates del oleaje, parecían esperar con viva impaciencia la aparición del foco protector. Terranova envuelto en su impermeable se acurrucó en un ángulo de la muralla cerca del muelle, con la vista clavada en una tortuosa callejuela y con el oído atento al más ligero rumor. Por allí debían pasar Cabillot y los suyos, y el joven, que había rehusado abiertamente acom185
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pañarles, se prometió vigilarlos en secreto, para intervenir en caso necesario. Después de largo rato de centinela creyó percibir pasos a cierta distancia. El ruido se acercó rápidamente, y dos hombres, en traje de marino, se deslizaron cautelosamente junto a él. A pesar de las tinieblas reconoció perfectamente a Cabillot y a su primogénito Juan. Ambos se dirigieron hacia el angosto sendero que remontaba lateralmente el acantilado. Terranova continuó en su puesto, esperando el resto de la partida; pero aguardó en vano, y suponiendo que se habrían adelantado, para espiar a los aduaneros, emprendió la subida del escarpado camino. Luchando con él viento, dando mil rodeos, para no ser visto, llegó a las inmediaciones de la aduana ocultándose tras un enorme peñasco desprendido de la montaña. En el interior del edificio no se advertían señales de vida; las ventanas estaban cerradas y por sus resquicios no pasaba el más tenue resplandor; si alguien había en la casa debía dormir profundamente. La misma quietud reinaba en el exterior, aunque Terranova sabía positivamente que no era el único que avizoraba. De pronto, un hombre descendió rápidamente la vertiente opuesta del valle precipitándose en el puente 186
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de madera cubierto a intervalos por las ondas. Era un aduanero de servicio; debía ser portador de una grave noticia porque no se preocupaba de la tempestad. Corrió a la aduana abrió la puerta cerrada sólo con el picaporte, y entró. A los pocos instantes, se oyó hablar en la casa luego, brilló una luz en el dormitorio del sargento por último, se abrió de nuevo la puerta y aparecieron en el umbral el aduanero recién llegado y el sargento Martín. Interrumpido en su apacible sueño, el corpulento sargento se frotaba los ojos y abotonaba su uniforme, gruñendo a su subordinado, que se excusaba en tono sumiso. -¡Que hay barcos en peligro! -decía Martín. –¿Y a mí qué me cuentan? ¿Qué socorros vamos a facilitarles desde donde estamos? ¡Tanto valdría tender la mano desde lo alto de un campanario a los que pasaran por la calle!.. No es a mí a quien ha debido prevenirse sino a los prácticos del puerto, si es que hay medio de fletar una embarcación con este maldito tiempo. El subordinado replicó que el cabo Maillard había enviado un compañero a Tréport, para comunicar la noticia quedando personalmente de vigilancia en la Cuesta Verde. 187
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-¡Maillard! ¡siempre Maillard! -refunfuñó el sargento, malhumorado. -Habrá que ir, porque si se salvara un solo náufrago, se diría que Maillard lo había hecho todo... ¡Vamos allá!.. ¡Vaya una nochecita! Ya iban a ponerse en marcha cuando su inferior le hizo observar que se dejaba la puerta abierta y la luz encendida. -¡No importa! -contestó el sargento -he de volver enseguida. La cuestión es dar fe de presencia. Terranova oyó lo bastante para deducir que la aduana quedaría sola más o menos tiempo, y vio alejarse a los aduaneros. En otras circunstancias, el joven marino se hubiera preocupado de los probables siniestros marítimos, pero, en aquel momento, estaba obsesionado por otra idea. -Maillard está en la Cuesta Verde –pensó -y ésos van a reunirse con él; no hay nada que temer, por tanto. Pero en el mismo instante, asaltó su mente otra reflexión menos consoladora. -¿Qué se ha hecho de los Cabillot? -se interrogó. -Si habrán aprovechado la ocasión de estar solo Maillard, para... Antes de terminar su frase, surgieron de las tinieblas varias formas vagas, que avanzaron hacia la aduana. Luis no pudo reprimir un movimiento de alegría. 188
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-¡Ah! –murmuró -ya sabía yo que Cabillot pensaría ante todo en sus mercancías... ¡Qué suerte tienen esos bribones!.. Esto se llama llegar y besar el santo. Los contrabandistas pasaron tan cerca de Terranova que éste hubiera podido tocarles extendiendo el brazo. Dos de ellos se situaron en la puerta del edificio, inmóviles como estatuas, y Cabillot, con los otros dos, penetró en el interior. La operación fue breve, y las exclamaciones de júbilo de la gente joven denotaron bien a las claras el éxito de la empresa; pero el patrón cortó de golpe aquellas expansiones. -¡Eh! Amiguitos -dijo en tono jovial -un poco de calma. Ya que Dios o el diablo Dos protegen esta noche hay que rematar la tarea. Hemos hecho lo principal; el resto será coser y cantar. Los marinos se detuvieron. Cabillot entregó el paquete a uno de sus hijos, diciéndole: -Toma Miguel, y llévalo donde sabes. Te esperamos en el sembrado de trigo, a la izquierda de la Cuesta Verde. Anda vivo, porque urge acabar y difícilmente se presentan ocasiones como la de hoy. Miguel se apresuró a obedecer y salió escapado con el fardo, mientras los otros tomaban una dirección contraria. 189
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Las últimas palabras de Cabillot estremecieron a Terranova. ¿A qué iban los contrabandistas a la Cuesta Verde? ¿Intentarían algo contra Maillard? El joven abandonó su escondrijo, tratando de alcanzar a los contrabandistas, sin inquietarse porque le vieran o le oyeran; pero al llegar al puente, observó que había sido arrastrado por las aguas. Ante la imposibilidad dé vadear el arroyuelo, convertido en un brazo de mar, hubo de dar un rodeo, que le hacía perder no poco tiempo; pero se consoló, pensando en que los que le precedían se habrían visto precisados a hacer lo mismo. Apenas embocó la pendiente del acantilado, divisó una sombra que avanzaba en dirección opuesta y se tendió en el suelo, para ver sin ser visto. Era el sargento Martín, que regresaba sin duda a la aduana. Terranova estuvo a punto de llamarle para advertirle del peligro que corría Maillard. Pero ¿cómo explicar al sargento lo preciso de sus informaciones? ¿No le sospecharía en complicidad con los contrabandistas, sobre todo, cuando notara la substracción operada durante su ausencia? Además, era dudoso que hubiera consideración capaz de hacer volver sobre sus pasos al galoneado egoísta. El joven marino le dejó pasar y no tardó en perderle de vista. 190
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Ya en la plataforma el avance se hizo más difícil. El impetuoso huracán barría la llanura y Terranova se vio precisado a marchar a gatas, para llegar a las inmediaciones de la Cuesta Verde. Por instinto, dirigió sus miradas hacia el mar, buscando los barcos en peligro. Había tres, cuya situación era gravísima. Dos de ellos capeaban el temporal con las velas hechas jirones, y maniobraban penosamente para ganar el puerto, cuyos destellos acababan de romper la densa bruma; pero la posición del tercero, hermoso bergantín de unas doscientas toneladas, parecía casi desesperada. Zozobraba a unos cuantos cables del acantilado, de proa al mar, y tenía echadas todas sus anclas para evitar que la corriente le arrastrara sin resistencia; pero cada bandazo le hacía sumergirse y las furiosas sacudidas, rompiendo las amarras, le ponían en inminente riesgo de estrellarse contra las rocas. Era un espectáculo apropiado para conmover a un marino, y Terranova sintió escalofríos, al apreciar la magnitud del peligro; pero, después de haber balbuceado una oración, rogando por los infelices tripulantes, apartó la vista del mar y buscó en torno suyo alguien a quien poder prestar servicios más positivos. Por fin, vislumbró a cierta distancia un hombre tendido boca abajo, que contemplaba el maltrecho barco. 191
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El aduanero no advirtió la presencia de Terranova y fue preciso que éste le tocara en el hombro, para llamar su atención. Su primer movimiento fue de desconfianza; pero al reconocer al prometido de su sobrina se pintó el asombro en su fisonomía. -¿Eres tú, muchacho? -preguntó. -¿Qué buscas por aquí a estas horas? -No podía dormir -contestó azorado el joven, y al saber que había barcos en peligro, he venido a enterarme. -¿Con la idea de auxiliarlos verdad? No me parece mal... Empiezo a tener esperanza de que se salvarán los dos faluchos, pero el bergantín... no lo veo tan claro. He mandado avisar a los prácticos, ¿pero quién se aventura con esta borrasca deshecha? -Dios es omnipotente, señor Maillard, y un cambio de viento podría variar todavía el curso de los acontecimientos, habiendo a bordo alguien que conozca la costa. -Lo creo imposible, hijo mío; el bergantín pierde sus anclas y deriva por momentos. De todos modos, no hay que desconfiar de la misericordia divina. Y ambos siguieron contemplando la embarcación, que se balanceaba a merced de las olas. Al fin, Terrano192
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va logró sobreponerse a la emoción causada por el terrible cuadro. -Lo que observo –dijo -es que se preocupa usted demasiado de los peligros de los demás, cuando sólo debía pensar en sí mismo. Alejémonos un poco y pongámonos en guardia porque andan por aquí gentes que no me inspiran confianza. -¿Otra vez la misma canción? -preguntó el aduanero sin moverse. -¿Quién ha de ocuparse de mí? -¡Cuando yo se lo digo, señor Maillard! Avisé a usted antes y no ha querido hacerme caso. ¡Pues bien! le prevengo que acabo de ver unos tipos, cuya catadura me da mala espina!.. Vámonos a la garita y si nos atacan, podremos defendernos. -Ya volvemos a los misterios -replicó sonriendo. -¡Tú sueñas, muchacho!.. Déjate de tonterías y veamos si hay medio de socorrer a esos infelices marinos... ¡Oye! ¿por qué no sales al encuentro de mi compañero Girean, que ha ido en busca de personal y útiles de salvamento, y le dices que se deprisa? Terranova permaneció inmóvil. -Ya esperaremos aquí -contestó. -No me separo de usted esta noche por nada del mundo. –¡Pero eso es absurdo! ¿Qué vas a hacer a mi lado? 193
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-Defenderle, si le atacan. ¡No me voy, aunque me aspen! -¿Pero quién ha de atacarme? Tú me ocultas algo, hijo mío. ¿Por qué no has de confesarme la verdad? Así, sabría si debo... -¡Pues bien! Señor, Maillard, voy a decírselo todo. Había prometido callar, pero me importa poco; me repugna seguir engañándole... ¡Venga usted! Cuando se levantaron del suelo, para elegir un sitio más adecuado para la entrevista confidencial, fueron arrollados por un torbellino, que les arrastró durante unos segundos. Afortunadamente, dieron con sus cuerpos en una hondonada en la que el viento infernal perdía un poco de su violencia y pudieron detenerse. Pero, cuando comenzaban a reponerse del aturdimiento causado por la furiosa ráfaga tropezaron de manos a boca con un grupo de cuatro o cinco hombres, que avanzaban tambaleándose. El aduanero no concibió la menor sospecha. –¡Ya están aquí los salvadores! -exclamó. ¡Por aquí, amigos míos! ¡por aquí! El timbre de su voz produjo un efecto singular en los desconocidos, que se agruparon, cuchicheando entre sí. 194
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-¡Sí! ¡es él!.. ¡el gran Maillard! -murmuró al fin uno de ellos -pero ¿y el otro? El cabo quedó perplejo ante la actitud de los recién llegados; pero Terranova reconoció a Cabillot y su familia. -Se equivoca usted, señor Maillard -gritó con energía. -¡Desenvaine su sable y apercíbase a la defensa!.. En cuanto a ustedes -dijo a los salteadores -sigan su camino, porque podría costarles caro. -¡Toma! -exclamó el mismo que había hablado antes -¡es el tunante de Terranova!.. Pues quieras o no, realizaremos nuestros propósitos... ¡Vaya muchachos! ¡manos a la obra! Y al propio tiempo, Cabillot, pues él era se abalanzó sobre el aduanero; los otros, excitados por el ejemplo, se apresuraron a imitarle. La prontitud y la impetuosidad de la acometida sorprendieron a Maillard. Cabillot, muy vigoroso a pesar de su edad, enlazó entre sus brazos al cabo, mientras otros dos de los contrabandistas dominaban sus movimientos. Los tres combinaban sus esfuerzos para arrastrarle hacia el precipicio y arrojarle al mar. Pero la fuerza poco común de Maillard hacía difícil la tarea; luchaba contra ellos sin desventaja repitiendo con indignación: -¿Quiénes sois? ¡granujas! ¿que queréis de mí? 195
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-¡No te resistas, porque será inútil! --contestó Cabillot, con acento de ferocidad. -¡Nos has arruinado y nos vengaremos! Por su parte, Terranova forcejeaba con los otros dos contrabandistas, lanzando a la vez fuertes gritos, para provocar alarma. Sus adversarios intentaban en vano imponerle silencio. -¡Cállate! -le decían en voz baja -tú eres amigo, y contigo no va nada. Pero Terranova redoblaba sus esfuerzos para desasirse. –¡Bandidos! ¡canallas! -bramó al fin, furioso –si no dejáis a Maillard, os denuncio a todos... ¡Y tú, Cabillot, me las pagarás! -¡Cabillot! -repitió el aduanero, al oír este nombre -¡me lo temía! -¡Sujetadle bien, muchachos! –ordenó el patrón. -Ahora ya nos conoce y no es posible retroceder. Aquella lucha tenaz en las tinieblas, en medio de una espantosa convulsión de la Naturaleza y al borde del abismo, tenía un carácter tétrico y solemne; pero era demasiado desigual para prolongarse. Terranova más ágil que robusto, acabó por ser derribado. Maillard resistió más tiempo; pero una traidora zancadilla le hizo rodar por tierra quedando sin sentido. 196
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Sus adversarios comprendieron la necesidad de aprovecharse de aquel momento de impotencia. Estaban a dos pasos del precipicio... Seis brazos fornidos elevaron el cuerpo casi inanimado de Maillard y le lanzaron al vacío. Terranova notó que le soltaban. Se levantó de un salto y paseó su mirada en derredor, viendo solos a Cabillot y a los cuatro marineros. -¡Maillard! ¡señor, Maillard! -exclamó con acento angustiado. Una sarcástica risotada respondió a su llama miento. -¿Dónde está Maillard? -interrogó el joven, medio enloquecido por el terror. -¡Asesinos! ¿qué habéis hecho de él? Cabillot se acercó a Terranova y le dijo, con afectada dulzura. -¡Calma muchacho! Ese pillastre ha llevado su merecido; ya no nos molestará... y podrás casarte con la chica cuando quieras. Terranova comprendió al fin. –¡Permita Dios que te trague la tierra! -contestó en voz ahogada -¡pero lo he prometido y lo cumpliré! Y antes de que nadie pudiese adivinar su intento, se precipitó hacia la Cuesta Verde y se dejó deslizar a lo largo de la pendiente. 197
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Los contrabandistas, espantados de la insensata determinación, se tendieron boca abajo y se inclinaron hacia el precipicio. Les pareció ver un bulto negro, que después de rodar vertiginosamente cayó al mar; pero escrutaron en vano entre los torbellinos de espuma las encrespadas olas y los desordenados remolinos que formaban un caos indescriptible al pie del acantilado. El patrón se incorporó. -¡A lo hecho, pecho! -dijo en tono adusto. Ese mozalbete nos había prestado servicios, pero su amistad con el otro nos hubiera sido funesta más tarde o más temprano... El se lo ha buscado, y quién sabe si será un bien... ¡Partamos! -¡Padre! -repuso emocionado Leonardo, el menor de los hijos de Cabillot -¿no podrá salvarse el pobre Terranova?... ¡Era un muchacho tan alegre! -¡Salvarse! -repitió el patrón con sorna. -Sería más difícil que secar el mar. Terranova y su amigo se habrán estrellado contra las rocas, y después de todo, más vale así. Mañana se creerá que esos dos imbéciles han perecido al intentar socorrer a los náufragos, y no recaerá ninguna sospecha sobre nosotros... ¡Vámonos a dormir, que ya no hay nada que hacer aquí! Y todos se alejaron presurosamente de la costa. Cuando pescadores y aduaneros llegaron a la Cuesta 198
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Verde había desaparecido el bergantín. Sus restos, diseminados, eran juguete de las embravecidas ondas.
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XII EL JURISCONSULTO Listrac pasó una noche agitadísima. Las inquietudes propias de su situación personal, unidas a la ansiedad producida por la ausencia de Terranova impidieron, hasta la madrugada que el cansancio, triunfara del insomnio. Al despertarse ya bien entrado el día llamó a su patrona para inquirir nuevas noticias, sin obtener respuesta; estaba solo en la casa. Después de proceder a su aseo, miró a través de los cristales de la ventana observando un movimiento desusado, sobre todo, en las cercanías del puerto. Hombres y mujeres formaban apiñados grupos, discutiendo animadamente, como si un nuevo siniestro hubiera puesto en conmoción a la barriada marítima. 200
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El recluso no se atrevió a ir a informarse aunque sospechaba de una manera vaga que había de interesarle directamente el suceso que ocasionaba la preocupación general; pero, a pesar de la imprudencia que significaba es probable que se hubiera decidido a salir, para preguntar a los transeúntes si no hubieran llamado a la puerta. Como es natural, Listrac no contestó. El intempestivo personaje repitió la llamada y en vista de su negativo resultado, alzó el picaporte, penetró en la casa y se coló de rondón en la escalera que conducía al primer piso. Listrac sintió no haber aprovechado aquellos momentos, que le hubieran permitido saltar al jardín y huir al campo; pero ya era tarde. Se armó de serenidad y se dirigió al encuentro del visitante. Desde luego, comprendió que no se las había con un funcionario subalterno. El recién llegado era un hombre de unos cincuenta años, de regular estatura y de apacible fisonomía. A primera vista no se observaba en él nada notable a no ser la correcta distinción de sus modales; pero, fijándose detenidamente, se descubría en sus ojos azules, en sus delgados labios, una perspicacia y una inteligencia de primera fuerza. Llevaba un sencillo gabán, abotonado hasta el cuello; pero la elegancia de su calzado y de sus guantes, revelaban al cortesano. 201
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Mientras Listrac le contemplaba con curiosidad, él envolvió a su vez al oficial de marina en su penetrante mirada. Enseguida saludó con desenvoltura y dijo, sonriendo: -Si mis indicaciones son exactas, creo hablar con un oficial del Sirena ¿no es así? -¿Y usted viene de parte del comandante del Thétis? -contestó Listrac, al reconocer el santo Y seña dado la víspera por el príncipe. -¡Sea usted bien venido, señor Paúl! No sé cómo agradecer sus bondades y las del generoso protector que se ha dignado interesarse por mi suerte. Paúl hizo una ligera reverencia y se sentó. -No está usted muy bien guardado, señor Listrac -repuso con cierto retintín -¡y eso que hay expedido contra usted un mandamiento de prisión! Como he llegado yo hasta aquí, puede hacerlo cualquiera. -En efecto, debería tomar algunas precauciones; pero los dueños de la casa están ausentes, temo que por una desgracia y habrán descuidado su ordinaria vigilancia. -Con todo, no debe usted vivir desprevenido. Afortunadamente, las autoridades están muy ocupadas, con motivo de los sucesos ocurridos en la costa y tal vez se olviden de usted con ese desbarajuste, a menos que se 202
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formule una nueva denuncia más precisa. Hemos de aprovechar, por tanto, los momentos... Ruego a usted que me explique su asunto, sin omitir el menor detalle porque, a veces, la particularidad más insignificante al parecer, puede abrir el camino de los descubrimientos. Y se arrellanó en la silla para poder estudiar a su gusto la fisonomía del oficial. Listrac hizo una nueva exposición de sus desventuras, interrumpido frecuentemente por Paúl, que pedía determinadas aclaraciones. Terminado el relato, el enviado del príncipe se apoyó en el respaldo de su asiento, se rascó la barbilla y reflexionó profundamente. -Coincide con lo que me ha manifestado Su Alteza -dijo al fin, cambiando de postura -y yo no pongo en duda la sinceridad de usted; pero es preciso sentar la verdad por medios legales. En este asunto anda mezclada una mujer, y la intervención de una mujer en un proceso aumenta desmesuradamente las dificultades. Un hombre, obedece invariablemente a sus pasiones, a sus intereses, y partiendo de un punto fijo, se le sigue paso a paso en todas las fases de su delito. Pero esas criaturas caprichosas y frívolas inconsecuentes consigo mismas, que ceden a impresiones súbitas, tan pronto buenas como malas desconciertan todas las previsiones, trastor203
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nan todos los razonamientos y desbaratan la más rigurosa lógica. Después de su declamación satírica contra la mujer, considerada desde el punto de vista de las investigaciones judiciales, Paúl se levantó y dio unas vueltas por el cuarto. -¡Diga usted! -prosiguió, parándose ante el oficial. -¿Tiene usted algún motivo para suponer que la señora de Grandville conserve las cartas y los documentos? -Ninguno, caballero -contestó Listrac, abatido, -más bien me inclino a creer que habrá destruido esos papeles, a medida que han ido cayendo en su poder. -¿Y si yo le dijera que opino de distinto modo? A mi juicio, esa señora debe ser tan inconstante en sus odios como en sus afectos. La conceptúo una mujer aturdida y veleidosa pero espontánea. Pues bien; dado su temperamento, ha podido no retroceder ante la infamia de interceptar las cartas, y arredrarse, sin embargo, ante el acto, menos censurable de destruirlas. Esas damas suelen tener tales escrúpulos y cometen imperdonables imprudencias. ¿Cuántas y cuántas conservan, en lugar casi visible correspondencias cuyo descubrimiento las acarrea su propio deshonor y el de toda su familia? Diariamente nos enteramos de semejantes temeridades, y las catástrofes que de ellas resultan no corrigen a nadie. 204
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Listrac no pudo menos de admirar la sagacidad de su interlocutor. -Es posible -manifestó; -¿pero cómo saberlo? -Esa es la cuestión-contestó Paúl, en actitud pensativa. Y tras una breve pausa preguntó, con aire de indecisión: –¿No me ha indicado usted que la hija del general le demuestra cierta simpatía? Quizá pudiera ser un valioso auxiliar. -Suplico a usted encarecidamente que no mezclemos el nombre de la señorita de Sergey en estos escándalos; ¡preferiría morir, antes que hacer intervenir a esa noble y generosa joven en este deplorable asunto! –¡Perfectamente! pero es preciso averiguar la verdad. ¡Lucidos estaríamos si anduviéramos con tales remilgos en las actuaciones judiciales!.. En fin, puesto que usted desea prescindir en absoluto de esa señorita ¿no hay otras personas en la casa que puedan suministrarnos los datos indispensables? -¡Espere usted! -exclamó Listrac, asaltado por un recuerdo. Y repitió a su protector las frases pronunciadas por Julián, al despedirle la víspera. 205
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-¡Acabáramos! -exclamó a su vez Paúl, entre impaciente y gozoso. -¿Qué aguardaba usted para decirlo?