UNIVERSO 2 Antología de ciencia-ficción seleccionada por Terry Carr
Título original: Universe 2. Traducción: Graciela ...
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UNIVERSO 2 Antología de ciencia-ficción seleccionada por Terry Carr
Título original: Universe 2. Traducción: Graciela Montes. © 1971 by Terry Carr. © 1977 Ediciones Andrómeda, Buenos Aires. Edición Digital: Sadrac (salvo «Mecenas» y «Cuando fuimos a ver... » edición de Electronic Sapiens) Compaginación y revisión: Sadrac.
ÍNDICE Retroactivo, (Retroactive) Bob Shaw. Cuando fuimos a ver el fin del mundo, (When We Went to See the End of the World) Robert Silverberg. Servicio fúnebre, (Funeral Service) Gerard F. Conway. Una situación especial en la ciudad de Summit, (A Special Condition in Summit City) R. A Lafferty. Mecenas, (Patron of the Arts) William Rotsler. Frases útiles para el turista, (Useful Phrases for the Tourist) Joanna Russ. Sobre la pendiente, (On the Downhill Side) Harlan Ellison. Una nueva percepción, (The Other Perceiver) Pamela Sargent. Ahora tengo la cabeza en otro lugar, (My Head's in a Different Place, Now) Grania Davis. A la caza del sol, (Stalking the Sun) Gordon Eklund. El hombre que saludaba con la mano, (The Man Who Waved Hello) Gardner R. Dozois. El hombre sin cabeza, (The Headless Man) Gene Wolfe. Joven tigre, (Tiger Boy) Edgar Pangborn. Notas biográficas, por J.A. Sánchez y R. Lima. Bibliografía recomendada, por J.A. Sánchez y R. Lima.
RETROACTIVO Bob Shaw Muy a su pesar, Surgenor fue designado como conductor del grupo encargado de capturar a la palodariana... Se quedó allí sin hablar mientras retiraban parte del equipo de reconocimiento del Módulo Cinco para hacer lugar para dos asientos más, después hizo descender el pesado vehículo por la rampa del Sarafand a una velocidad innecesaria. Había muy poca distancia entre la nave de exploración y la mole de la nave militar, el Admiral Carpenter, pero Surgenor utilizó el colchón de aire e hizo el trayecto en medio de nubes de arena
polvorienta sumamente espectaculares. Su paso quedó señalado por un tajo rojo sangre en el desierto blanco, que cicatrizó lentamente a medida que la arena fototrópica recuperaba su color de superficie. Uno de los guardias que había al pie de la rampa del Admiral Carpenter le indicó a Surgenor donde debía estacionar y dijo algo por su intercomunicador pulsera. Surgenor deslizó el Módulo Cinco hasta la pista señalada y desconectó los elevadores, permitiendo que el vehículo se apoyara en sus ancas como un gran escarabajo. Abrió la puerta y una ráfaga del aire caliente y seco de Palador entró en la cabina. —El comandante Giyani y su gente llegarán en un par de minutos —le gritó el guardia. Surgenor hizo una parodia muda de un saludo militar y se estiró más en su asiento. Sabía que se estaba comportando como un chico, pero ya hacía veintiséis días que el Sarafand estaba anclado en ese mundo, y Surgenor jamás había estado quieto tanto tiempo desde que formaba parte del Servicio Cartográfico. Eso de esperar en un mismo lugar, dilapidando la magra ración de tiempo que se le otorgaba a los mortales, lo ponía de un humor pesimista y moroso. Se quedó mirando con resentimiento el reverberante desierto blanco, que se extendía hasta el horizonte, y se preguntó por qué le había parecido hermoso la primera mañana que lo vio. Había un poco de viento ese día, claro está, y sus movimientos rápidos trazaban un enjambre de tonalidades entre rojas y blancas que barrían las dunas a medida que las capas sepultadas quedaban expuestas al sol y elaboraban su respuesta fototrópica a la luz. El Sarafand había descendido con el propósito de llevar a cabo un operativo de exploración rutinario: bajar en el polo norte del planeta, regresar al espacio para hacer un medio circuito y aterrizar en el polo sur, en tanto seis módulos de exploración, que se habían desprendido de él completaban su trayecto y volvían a unírsele. No había dificultades manifiestas en el terreno, lo cual implicaba que los módulos podían viajar a la velocidad máxima y que el reconocimiento debería completarse en menos de tres días. Pero sucedió lo que nadie esperaba. Tres de los tripulantes de los módulos informaron haber visto fantasmas. Las apariciones eran de dos tipos —gente y edificios—; brillaban con un resplandor tenue y transparente y se desvanecían de un modo que habría impulsado a los observadores a describir el fenómeno como un espejismo, de no ser porque los espejismos tienen que tener un referente físico en alguna parte. Y una exploración orbital anterior de Palador había determinado que era un mundo muerto, que no contenía vida inteligente ni rastros de su presencia en el pasado. —Despiértese, conductor —dijo el comandante Giyani con voz tensa—. Estamos listos para partir. Surgenor levantó la cabeza con deliberada lentitud y echó una ojeada al oficial moreno y de bigotes negros que estaba de pie junto a la entrada del módulo, ingeniándoselas de algún modo para parecer gallardo en su equipo de fajina. Detrás de él había un teniente de cara sonrosada y ojos azules que parecían pedir perdón, y un sargento de contextura robusta, que llevaba un rifle. —No podemos salir antes de que se hayan instalado todos —dijo Surgenor muy razonablemente, pero de un modo que manifestaba bien a las claras el disgusto que sentía al verse tratado como un chofer. Esperó impasiblemente a que el teniente y el sargento se instalaran en los asientos extra que habían colocado atrás y que el comandante se sentara en el que quedaba libre adelante. El sargento, cuyo nombre, según recordaba Surgenor, era McErlain, no dejó el rifle sino que siguió acunándolo en sus brazos. —Este es nuestro destino —dijo Giyani, entregándole a Surgenor una hoja de papel donde había una red de coordenadas—. La distancia desde aquí en línea recta es de alrededor de...
—Cinco kilómetros cincuenta —completó Surgenor después de un rápido cálculo mental. Giyani levantó sus cejas negras y miró con atención a Surgenor. —Su nombre es... Dave Surgenor ¿verdad? —Sí. —Entonces, Dave —dijo Giyani con una amplia sonrisa que parecía decir «¿Ves cómo me río de los civiles susceptibles?», mientras señalaba las coordenadas—, ¿crees que podrás hacer el trayecto en unas ochocientas horas, según el tiempo de a bordo? Surgenor llegó a la conclusión, ya demasiado tarde, de que lo prefería a Giyani cuando se mostraba oficioso. Puso el módulo en movimiento, giró el control para marchar sobre colchón de aire y se dirigió casi en línea recta hacia el sur. Se habló poco en ese viaje de dos horas, pero Surgenor pudo notar que Giyani se dirigía al sargento McErlain con manifiesto desagrado, en tanto el teniente —cuyo nombre era Kelvin— trataba no dirigirle la palabra al tipo grandote. El sargento le respondía a Giyani con monosílabos escuetos. Surgenor trató de recordar las murmuraciones acerca de McErlain que había escuchado en el comedor general, pero sólo podía pensar en el objetivo de esa expedición. Cuando le comunicaron los primeros informes acerca de la presencia de «fantasmas» al Capitán Esopo (así denominaban las tripulaciones de los módulos a la computadora principal del Sarajan) se hizo un control del mapa geodésico de Palador que se estaba elaborando en el tablero de la computadora. Revelaba que alrededor de trescientos mil años antes habían tenido lugar remodelaciones de los lechos rocosos en localidades que correspondían con bastante exactitud con aquellas en las que se habían producido esas visiones fantasmales. Al llegar a ese punto, Esopo retiró los módulos de exploración —el Servicio Cartográfico sólo le permitía ocuparse de mundos no habitados— y se envió una transmisión taquiónica al Cuartel General. Como resultado de ese informe, el crucero Admiral Carpenter, que había estado surcando ese sector del espacio, llegó dos días después y asumió el control. Una de las primeras órdenes que había dado el coronel Nietzel, comandante de las fuerzas de tierra, fue que Esopo debía considerar la información acerca de Palador como secreta y debía impedir que los civiles tuvieran acceso a ella. Esto habría significado una total ignorancia acerca de los acontecimientos siguientes por parte de la gente del Sarafand, pero había contacto humano entre las tripulaciones de ambas naves y Surgenor había oído rumores. Se decía que los satélites de reconocimiento que había puesto en órbita el Admiral Carpenter habían registrado miles de materializaciones parciales de edificios, vehículos extraños, animales y siluetas de individuos con amplias vestiduras sobre la superficie de Palador. También se decía que algunos edificios y algunas figuras se habían materializado casi totalmente, pero habían vuelto a desvanecerse antes de que ningún avión de la nave militar pudiese acercárseles. Era como si en Palador existiese otra civilización, una que tenía la propiedad de retirarse detrás de una barrera inexplicable a la llegada de los extranjeros, decidida a permanecer aislada. Surgenor, que no había visto ninguna de esas apariciones, no daba mucho crédito a los rumores, pero había visto a los aviones del Admiral Carpenter sobrevolando el desierto a una velocidad supersónica, y regresar luego con las manos vacías. Y también sabía que la computadora central del crucero estaba buscándole una vuelta al asunto, correlacionando y analizando la gran cantidad de datos que suministraba la red de satélites de exploración. Y sabía, además, que la grilla de coordenadas que le había mostrado Giyani correspondía a una de las excavaciones de lecho rocoso muy viejo que se había descubierto en uno de los primeros reconocimientos del terreno. —¿Cuánto le parece que falta? —preguntó Giyani cuando el sol ya alcanzaba el cordón de colinas bajas que había en el horizonte occidental. Surgenor echó una ojeada a su mapascopio, que empezaba a brillar a medida que avanzaba la oscuridad, y respondió:
—Un poco menos de treinta kilómetros. —Muy bien. Estamos bien de tiempo —respondió Giyani dejando caer la mano sobre la culata de su pistola. —¿Piensa cazar algún fantasma? —preguntó Surgenor con aire distraído. Giyani se miró la mano y después lo miró a Surgenor: —Disculpe pero tengo órdenes de no discutir el operativo con usted. Para decir la verdad, si tuviésemos nuestro propio vehículo terrestre adecuado usted no estaría aquí. —Pero estoy aquí, y voy a ver lo que pase. —Eso le da las de ganar ¿no es cierto? —No lo había pensado. Surgenor fijó los ojos en las extensiones de arena que se desplegaban en las pantallas del módulo con aire sombrío, las veía cambiar su color blanco por otro rojo sangre a medida que desaparecían los últimos restos de luz del cielo. En pocos minutos más habría una noche paladoriana típica, con un desierto aparentemente negro y un cielo claro, tan tachonado de estrellas que parecía invertirse el orden normal de las cosas y la tierra, se veía muerta y el cielo que la cubría semejaba la sede de toda la vida. De pronto sintió muchos deseos de estar de vuelta en el Sarafand viajando hacia soles distantes. El teniente Kelvin se inclinó hacia adelante y le dijo suavemente a Giyani: —¿Cuándo se supone que podremos ver algo? —En cualquier momento a partir de ahora, siempre y cuando la computadora no se haya equivocado. Giyani se interrumpió y fijó los ojos en Surgenor por un momento; era evidente que estaba considerando si correspondía dejar trascender información en su presencia. Después se alzó de hombros y continuó: —Hay ciertas pruebas geodésicas de que hace alrededor de trescientos mil años hubo una remodelación del lecho rocoso en este área, precisamente en la época en la que, según creemos, los paladorianos estaban en su etapa de construcción de ciudades. Los satélites de exploración pudieron captar la imagen de una ciudad en este lugar en siete oportunidades distintas en los últimos diez días, pero no hay ninguna garantía de que el orden que la computadora parece ver en todas esas apariciones no sea sino pura casualidad, y en ese caso no vamos a encontrar más que desierto. —¿Qué tiene de particular este lugar? —inquirió Kelvin, haciendo eco a la pregunta que se le había cruzado a Surgenor por la cabeza. —Si los paladorianos pueden moverse libremente en el tiempo, como creemos, la cuasimaterialización de los edificios podría ser simplemente un efecto lateral de la presencia de los nativos mismos en el presente. Es algo parecido, según me han dicho, a lo que sucede cuando uno sale de un edificio con calefacción: se lleva parte del calor con uno cuando ingresa a otro ambiente. Cada vez que nuestros satélites registraron estas apariciones también registraron la presencia de lo que pareciera ser una mujer. —¿Y ella sí era sólida? Al escuchar las palabras del comandante, Surgenor sentía que la cabina del Módulo Cinco, que le era tan familiar y donde había pasado tantas horas de su vida, se volvía ajena y hostil. Se mostraba reticente a admitir sus propios temores de que el Hombre, el perfeccionador de un tipo de pensamiento que le otorgaba el dominio sobre las tres dimensiones del espacio, se había topado por fin con una cultura más sensata y más juiciosa, que había establecido su dominio sobre los dilatados y grises estuarios del tiempo. Pero al parecer otros hombres habían tenido el mismo tipo de pensamientos. —Hay algo allí adelante, señor —dijo Kelvin. Giyani miró al frente nuevamente y todos fijaron los ojos en silencio. En las pantallas de la cabina comenzaban a insinuarse los contornos de una ciudad sobre el horizonte. Donde unos pocos segundos antes no había habido más que arena y estrellas, brillaban focos alineados en forma regular. Los rectángulos transparentes de la ciudad eran
sorprendentemente semejantes en diseño a los de la Tierra, salvo una incongruencia: las hileras verticales de luces, que parecían ser ventanas, no siempre estaban superpuestas a las siluetas de los edificios. Era como si la ciudad no se viera tal como existió en un momento determinado sino a través de un foco de profundidad temporal que cubriese un espectro de miles de años en los cuales había tenido lugar un corrimiento de los continentes en varios metros, lo cual producía una «imagen» doble. Eso fue lo que pensó Surgenor. A pesar de la explicación simplista que había dado Giyani de lo que estaban viendo, o tal vez a causa de ella, Surgenor empezó a sentir que le corría frío al cobrar conciencia de lo que se proponía lograr esa pequeña expedición. —Reduzca la velocidad y continúe sobre terreno firme —dijo Giyani—. Queremos avanzar lentamente de ahora en adelante. Apague las luces, también. Surgenor hizo bajar los elevadores y disminuyó la velocidad de superficie a cincuenta. A ese ritmo, y careciendo de referentes espaciales, el módulo de exploración parecía detenido. Los únicos sonidos de la cabina eran la ruidosa respiración de Kelvin y el leve golpeteo que producía el rifle de McErlain a medida que el sargento ajustaba trabas y controles. Giyani le echó una ojeada a McErlain por encima de su hombro: —¿Cuánto hace que estuvo en servicio en el Georgetown, sargento? —Ocho años, señor. —Hace bastante. —Sí, señor. —McErlain se quedó en silencio por un rato y luego agregó—: No voy a disparar sobre nadie a no ser que me ordenen hacerlo, si es eso lo que quiere insinuar. —¡Sargento! —La voz de Kelvin sonaba escandalizada—. Tendrá que reportarse a... —Está bien —dijo Giyani con soltura—. El sargento, y yo nos entendemos. Surgenor se distrajo por un instante de la increíble escena que había allí adelante. Ahora recordaba por qué se había hablado de McErlain en el comedor de la tripulación. Hacía diez u once años el Georgetown había tomado contacto por primera vez con una especie inteligente, que respiraba aire, en el Tercer Cuadrante y, en una catástrofe espantosa, cuyos detalles nunca se revelaron oficialmente, había aniquilado a todos los machos funcionales en una única acción militar. A partir de entonces el planeta había quedado sellado para permitir que la última generación de hembras y machos no funcionales pudiesen recorrer en paz su camino hacia la extinción. El comandante del Georgetown tuvo que responder por eso ante una corte marcial, pero el «incidente» había pasado a integrar el catálogo de autosumarios que la humanidad conservaba en lugar de la conciencia racial. —Siga a esa velocidad hasta que lleguemos al flanco sur de la ciudad —ordenó Giyani. —Necesitaremos las luces. —No, no las vamos a necesitar. Esos edificios no existen más que en una forma muy atenuada. Siga de largo a través de ellos. Surgenor dejó al vehículo continuar su curso original y la ciudad insustancial se desvaneció delante de él como una fina neblina. Cuando consideró que estarían en el centro de ella todo lo que podía ver era una que otra insinuación de un farol callejero de un diseño trapezoidal muy peculiar, tan leve que podría parecer el reflejo sobre un vidrio transparente. —Los edificios no se desmaterializaron —dijo Kelvin—. Nadie había llegado tan cerca antes. —Nadie había procesado la suficiente cantidad de datos antes —lo corrigió Giyani con aire ausente—. Tengo la sensación de que el pronóstico de la computadora va a corroborarse hasta en el más mínimo detalle. —¿Quiere decir que...?
—Si tuviese la costumbre de apostar, apostaría el sueldo de un año a que nuestra paladoriana es una hembra preñada. La grilla de coordenadas que se le había proporcionado a Surgenor era tan precisa que podría haber colocado el módulo en el lugar indicado al milímetro, pero Giyani le dijo que se detuviese cuando faltaban doscientos metros. Abrió la puerta y esperó a que los tres soldados bajasen a la arena oscura. El aire del desierto era frío, ya que el descenso de la temperatura en Palador durante la noche se acentuaba por el hecho de que la superficie se volvía blanca durante su tiempo de exposición al sol y de ese modo rechazaba gran parte del calor diurno. —Se supone que no tardaremos más que algunos minutos —le dijo Giyani a Surgenor—. Vamos a partir de inmediato en cuanto yo esté de vuelta, de modo que quiero que se quede aquí. Deje el motor en marcha y apréstese para marchar rumbo al norte en cuanto yo le dé la orden. —Como usted diga. Giyani se puso sus antiparras para ver de noche y le entregó otro par a Surgenor. —Póngaselas y no deje de observarnos. Si llega a ver algo que anda muy mal, mande un mensaje por radio a la nave y váyase de este lugar. Surgenor se puso el visor y parpadeó al ver la cara de Giyani como si fuera un aguafuerte bañado en una luz rojiza poco natural. —¿Espera que haya problemas? —No, simplemente me prevengo contra ellos. —Mayor ¿es o no verdad que hay una misión diplomática de primera agua en viaje a este planeta? —¿Y qué hay con eso, Surgenor? —dijo Giyani con una voz que había perdido el tono amistoso. —Usted y el coronel no se verían muy bien con plumas en los birretes. —El coronel no se excede en su autoridad, conductor... pero usted sí. Los tres soldados se alejaron silenciosamente del módulo y Surgenor miró por primera vez el lugar hacia donde se encaminaban. Le resultaba extrañamente difícil enfocar la vista —tenía la sensación de estar espiando a través de un visor tridimensional mal calibrado—, pero recogió la imagen de una figura erguida, tan inmóvil que bien podría haber sido un mástil de madera arrastrado hasta la arena. Surgenor tuvo una súbita sensación de asombro mezclada con respeto. Si las teorías eran correctas, estaba en presencia de una representante de la cultura más formidable que hubiesen encontrado jamás los hombres en sus ciegas embestidas a través de la galaxia, una raza que braceaba por el río del tiempo con tanta soltura como una nave surcaba las corrientes iónicas del espacio. Todos sus instintos le indicaban que seres como ésos debían ser abordados con reverencia, y sólo después de que ellos hubiesen manifestado desear el encuentro, pero era obvio que Giyani tenía otro modo de ver las cosas. Estaba listo para utilizar la fuerza contra una entidad que tenía el poder de escurrirse entre sus dedos como el humo. Frente a un fenómeno así el operativo estaba mal planeado desde el principio... y sin embargo Giyani era un hombre inteligente. Surgenor frunció el ceño al recordar el comentario del mayor acerca de la posibilidad de que esa paladoriana estuviese preñada. La figura de la forastera cobró movimiento de pronto y los pliegues grises del manto se arremolinaron cuando los tres hombres se le acercaron. Uno de los hombres hizo un movimiento brusco con la mano. La figura encapuchada se alejó a grandes trancos pero no había dado más que unos pasos cuando se dobló sobre las rodillas y cayó. Los ojos de Surgenor seguían intentando adaptarse al visor. Por un momento tuvo la sensación aterradora de que habían matado a la paladoriana; después escuchó el silbido tardío de una pistola de gas. Los tres soldados levantaron el cuerpo
inerte de la extranjera y lo llevaron hacia el módulo. Surgenor puso el vehículo en marcha y lo hizo girar para acercarse a ellos y orientarlo a la vez hacia el norte. Por un instante en el curso del giro el desierto pareció estar vivo con resplandores de luz y figuras envueltas en túnicas que se precipitaban; pero la ilusión se desvaneció de inmediato y cuando había detenido el vehículo ya no se veía más que a los tres hombres y su extraña carga. En pocos segundos más estaban todos dentro del vehículo. Surgenor se dio vuelta en su asiento para clavar los ojos en la forastera, que yacía inconsciente en el piso. Aun con el visor nocturno apenas si discernían un rostro oval muy pálido a través de un hueco que dejaban los pliegues de la vestidura. Es una hembra, pensó, y después se preguntó cómo podía saberlo. —Adelante —indicó Giyani bruscamente—. Y a toda marcha, civil. Surgenor puso en funcionamiento el colchón de aire y comenzó a avanzar antes de que el módulo se hubiese levantado lo suficiente de la superficie. Aceleró rumbo al norte con una oleada de ondulante y danzante potencia, arrastrando consigo una gran nube de arena. Giyani se recostó en su asiento con un suspiro. —Así va mejor. No disminuya la marcha hasta ver las naves. Surgenor tomó conciencia de que podía oler a la extranjera. La cabina del módulo estaba llena de un olor picante y almizclado, que le hacía recordar las uvas de Concord. —¿Cree que podemos ir lo bastante rápido? —preguntó. —¿Qué quiere decir con eso, David? —La voz de Giyani sonaba gutural por la excitación o por la satisfacción. —Si es cierto que los paladorianos pueden viajar por el tiempo no tiene ningún sentido que tratemos de sorprenderlos con nada. Ni que tratemos de escaparles. Todo lo que tienen que hacer es retroceder unas pocas horas y detenerlo a usted antes de salir siquiera. —No lo hicieron ¿verdad? —No... pero tal vez eso tenga algo que ver con evitar las paradojas... Surgenor se interrumpió cuando la forastera que estaba tirada en el suelo gimió suavemente. En ese mismo momento aparecieron y se desvanecieron en el desierto nuevos resplandores fantasmagóricos. —Deberíamos bajar la velocidad, mayor. A este ritmo necesitamos una distancia bastante larga para detenernos, y eso significa un tiempo bastante prolongado, lo cual nos convierte en blancos más fáciles. —¿Blancos? —Más fáciles de discernir. En el tiempo, quiero decir. Nos hace más predictibles. —Tengo una idea, David. —Giyani se dio vuelta en su asiento y le sonrió a Kelvin mientras hablaba—. ¿Por qué no se toma unos minutitos antes de cenar y nos escribe un manual de táctica? Estoy seguro de que el coronel Nietzel se sentiría agradecido por los consejos que pueda darle. Surgenor se encogió de hombros. —Es algo que se me ocurrió, nada más. —Podría llamarlo Tácticas para un encuentro temporal. —Giyani parecía decidido a no abandonar su chiste—. Por D. Surgenor, chofer. —De acuerdo, mayor —dijo Surgenor pacientemente—. Yo solamente... Su voz se apagó cuando, sin aviso previo, el Módulo Cinco quedó sumergido en una luz verdosa enceguecedora. El sol, pensó sin poder creerlo, y enseguida la mole del vehículo que cae. Imágenes de una vegetación verde lujurioso cruzaban las pantallas a medida que el módulo se inclinaba, chocaba contra la superficie en uno de sus flancos y rebotaba hacia atrás nuevamente. Hubo una serie de informes escuetos a medida que segaba un montecito de árboles bajos, dejando a ciegas casi todas las pantallas ya que los sensores perdieron su cubierta exterior en el proceso. Por fin el vehículo se deslizó un
trecho y se detuvo en una maraña de vegetación densa, y el sonido atronador de su avance fue reemplazado por el desagradable silbido que produjo el gas que se escapaba de un caño roto. Unos pocos segundos más y el insistente y agudo chirrido del circuito de alarma indicaba que la cabina comenzaba a contaminarse con sustancia radio activa. Surgenor se quitó las grampas que lo habían sujetado automáticamente al respaldo de su asiento en cuanto se sintió el primer impacto. Abrió de par en par la puerta más cercana para dar paso a una ráfaga de aire húmedo y cálido, de una especie que no había visto el planeta Palador —se lo decían sus instintos— desde hacía muchas eras geológicas. Retrocedieron siguiendo el precario sendero que había abierto el Módulo Cinco hasta que el dial polirradial que llevaba Surgenor en la muñeca les indicó que ya estaban a una distancia prudencial de la pérdida radioactiva que había en el interior del vehículo. Kelvin y McErlain depositaron a la forastera envuelta en la túnica en el suelo y le apoyaron la espalda contra un tronco caído. Aunque habían recorrido menos de dos metros tenían los uniformes empapados de sudor. Surgenor sentía cómo sus propias ropas se le pegaban a los brazos y a los muslos, pero la incomodidad física era insignificante comparada con la tensión mental que le producía la desubicación. La noche se había hecho día y a la vez se había hecho jungla. El sol amarillo y caliente —ese sol imposible— parecía clavarle dardos en los ojos y lo llenaba de temor. —Una de dos —dijo Giyani fríamente, sentándose sobre un tronco y masajeándose el tobillo—, o estamos en un lugar diferente en el mismo tiempo... o estamos en el mismo lugar pero en otro tiempo. —Lo miró a Surgenor de frente—. ¿Qué opina usted, David? —Yo opino que la regla número uno de ese libro de táctica escrito por D. Surgenor, chofer, va a ser «Maneje despacio»... tal como le dije antes. Casi nos... —Ya sé que eso es lo que opina, David, y admito que tenía razón allí, o entonces, pero ¿además de eso? —Parecería como si nos hubiésemos topado con el equivalente paladoriano de una mina enterrada. Me pareció ver algo que se movía poco antes de chocar. —¿Una mina? —preguntó Kelvin mirando alrededor con ojos enceguecidos por la luz, y fue entonces cuando Surgenor se dio cuenta de que el teniente apenas superaba la adolescencia. —Pienso que tiene razón —asintió Giyani—. Tomamos una prisionera y los paladorianos no están dispuestos a soportarlo. En circunstancias similares nosotros podríamos haber utilizado una bomba que habría hecho retroceder el blanco en el espacio, pero parece que los nativos del lugar piensan de otro modo... Usted recibió instrucción geológica, David... ¿Qué tan lejos en el pasado nos habrán arrojado? —No recibí un entrenamiento geológico formal y, además, las escalas temporales de evolución varían de planeta en planeta, pero... —Surgenor hizo un gesto que abarcó los muros de vegetación verde y lujuriosa que los rodeaban, el aire húmedo y silencioso y el sol enceguecedor. —...Para que se produzca un cambio climático de esta magnitud habría que hablar en términos de millones de años. Un millón, diez millones, cincuenta... elija usted. Escuchaba sus propias palabras fascinado, maravillándose de que su cuerpo tuviese la capacidad de seguir funcionando con toda normalidad, aparentemente, a pesar de lo que había sucedido. —¿Tanto? —Giyani seguía pareciendo tranquilo, pero un poco preocupado. —¿Habría alguna diferencia si dijese que son sólo mil años? Nos eliminaron, mayor. No hay regreso posible. Surgenor trataba de aceptar el hecho a medida que hablaba. Giyani asintió lentamente, Kelvin bajó la cabeza y se tomó la cara con las manos y McErlain se quedó allí parado, impasible, con los ojos fijos en la figura de la paladoriana. Surgenor registró en algún
rincón de su mente el hecho de que el robusto sargento seguía sosteniendo el rifle, que al parecer nunca se había alejado de sus manos. —Podría haber un camino de regreso —dijo McErlain tercamente—, si pudiésemos sacarle a ella alguna información. Señaló con el rifle hacia donde estaba la paladoriana. —Lo dudo, sargento. —Giyani parecía Impasible. —Se aseguraron bien de que no la llevásemos de vuelta a la nave ¿no? ¿Por qué hicieron eso? —No sé, sargento. Pero, sea como sea, deje de apuntarle a la prisionera con el rifle. No podemos permitirnos una masacre aquí. —¿Señor? —La cara de rasgos toscos de McErlain estaba pálida y resuelta. —¿Qué pasa, sargento? —La próxima vez que haga alguna alusión a mi servicio en el Georgetown —dijo McErlain con una voz monótona— le clavó la punta del rifle en la garganta. Giyani se puso de pie de un salto, con los ojos pardos desorbitados por la sorpresa. —¿Sabe lo que puedo hacerle por eso? —No, pero me encantaría saberlo, mayor. ¿Qué es lo que puede hacerme? El sargento sostenía el rifle con un aire tan indiferente como siempre, pero ahora lleno de significado. —Puedo empezar por quitarle ese arma. —¿Cree que sí? McErlain sonrió mostrando dos hileras de dientes desparejos pero muy blancos, y Surgenor tomó conciencia súbitamente de que no era una figurita militar sino un ser humano. Los dos hombres uniformados se enfrentaban en el silencio sofocante de la selva. Al contemplar ese cuadro iluminado con una luz tan brillante Surgenor sintió que había alguna irrelevancia peculiar que le distraía la atención. Había algo incongruente en alguna parte. Había algo que estaba fuera de lugar, o algo que faltaba en esa escena primitiva... La paladoriana emitió una especie de silbido y se enderezó con movimientos deliberados y penosos. McErlain fue hacia ella y con un movimiento brusco le quitó la capucha. Surgenor experimentó una rara sensación de asombro cuando vio el rostro de la extraña iluminado por la luz brillante, que no hacía concesiones. La rápida ojeada eme había podido echarle en la oscuridad del módulo le había dejado la impresión no de belleza, pero sí de cierto grado de compatibilidad con los patrones de belleza humanos. Bajo la despiadada luz solar no se disimulaba en lo más mínimo el hecho de que la nariz era un bulto informe, que los ojos eran considerablemente más pequeños que los de los humanos y que el cabello era tan grueso que cada pelo brillaba individualmente como alambre esmaltado en negro. Teniendo en cuenta todo eso no cabe duda de que es una hembra, pensó Surgenor. ¿Habrá acaso un principio femenino cósmico que se manifiesta a primera vista, aun cuando se es extraño? Surgenor se sintió momentáneamente incómodo al darse cuenta de que pensaba en sí mismo cómo de un extraño. La boca de labios secos de la paladoriana emitió nuevos sonidos quejumbrosos cuando la mujer movió la cabeza de un lado hacia el otro, mientras los ojos color ciruela vagaban por los cuatro hombres y el telón de fondo de la selva. —Adelante, sargento —dijo Giyani sardónicamente—. Interrogue a la prisionera y encuentre el modo de viajar un millón de años hacia el futuro. Surgenor se volvió hacia él: —¿Tenemos algún dato de la lengua de los paladorianos? —Ni la menor idea. En realidad, ni siquiera sabemos si emplean palabras... bien podría ser que utilizasen uno de esos zumbidos o susurros ininterrumpidos como los que usan en...
Se interrumpió cuando la extraña se puso de pie y se quedó allí tambaleando un poco, con la pálida piel untuosa y brillante. —No deja de mirar hacia atrás —dijo el teniente Kelvin en voz muy alta, señalando el rastro de vegetación destrozada y arrancada que se extendía por donde se había arrastrado el módulo. Corrió unos metros por ese sendero con zancadas ansiosas de adolescente. —¡Mayor! Aquí atrás hay algo. Un túnel o algo así. —Imposible —dijo Surgenor instintivamente, pero se paró sobre un tronco y se cubrió los ojos del sol. En el extremo más alejado del sendero pudo ver una círculo de negrura. Parecía la entrada de una cueva, salvo que no había ninguna ladera de colina a la vista. —Voy a echar una ojeada —dijo Kelvin y su silueta alta y enjuta se alejó de un salto del grupo. —¡Teniente! —La voz de Giyani sonaba crispada, como reasumiendo el comando después de su inconclusa riña con McErlain—. Vamos a ir juntos. Miró de frente a la paladoriana y después señaló el sendero. Ella pareció comprender de inmediato y empezó a caminar, recogiendo los pliegues de su falda exactamente del mismo modo como lo habría hecho una terrícola. McErlain se alineó detrás de ella con su rifle. Surgenor, que caminaba junto al sargento, notó que la paladoriana parecía moverse con cierta dificultad, casi como si estuviese enferma, pero con una sutil diferencia. —Mayor —gritó—, no necesitamos ningún tipo de secreto militar... ¿cómo sabía usted por adelantado que la prisionera estaba preñada? —Eso fue lo que concluyó nuestra unidad central de procesamiento de datos luego de analizar todas las observaciones registradas por los satélites de exploración. Los nativos suelen ser más delgados y más movedizos que la prisionera. —Ya entiendo. A Surgenor lo asaltó un pensamiento perturbador: en cualquier momento deberían enfrentarse con la intimidadora tarea de tener que ayudar a dar a luz un niño alienígena, sin ningún tipo de asistencia. —¿Y por qué se nos ocurrió buscar a una que estuviese preñada? —Cuando dije que eran menos movedizas usaba el término con todas las implicancias que tiene en este planeta. Giyani retrocedió hasta colocarse junto a Surgenor y le ofreció un cigarrillo, que Surgenor aceptó agradecido. —Los registros de exploración —continuó Giyani— demuestran que las nativas preñadas no viajan por el tiempo con tanta facilidad como los demás. Se materializan sólida y totalmente en el presente, y una vez hecho esto permanecen más tiempo en ese estado. Parece ser que les resulta más difícil desvanecerse. —¿Por qué será? Giyani se encogió de hombros y arrojó una voluta de humo: —Vaya uno a saber. Si es cierto, como parece, que todo se realiza por medio del control mental, tal vez la presencia de otra mente dentro de su propio cuerpo ata un poco a la hembra. De otro modo jamás habríamos atrapado a ésta. Surgenor sorteó cuidadosamente un tocón de árbol. —Esa es otra de las cosas que no comprendo. Si los paladorianos están tan ansiosos por evitar el contacto ¿por qué permiten que las hembras vulnerables ingresen al sector espacio-temporal ocupado por nosotros? —Esa también es una buena pregunta, David. Me gustaría conocer la respuesta. ¿Se le ocurrió la posibilidad de que su control sobre el tiempo no sea total, del mismo modo como no es perfecto nuestro manejo del espacio normal? Desde que descendimos en Palador algunos de nuestros intelectuales a bordo de la nave están afirmando que los nativos han demostrado que el pasado, el presente y el futuro coexisten. Bueno, puede ser, si se lo mira desde cierta perspectiva, pero supongamos que el «presente» sigue
siendo más importante que las otras dos dimensiones del tiempo de un modo u otro. Sería algo así como la cresta de una ola, que arrastraría con ella a las hembras parturientas. Tal vez el feto está ligado al «presente» porque todavía no ha aprendido cierta disciplina mental, o bien... Pero ¿Qué sentido tiene darle vueltas y vueltas a todo este material teórico? —se interrumpió Giyani controlando su propia expansividad—. No modifica nada. Surgenor asintió pensativamente, reconsiderando su juicio sobre Giyani. Se había imaginado que el mayor era un hombre inteligente que avanzaba hacia el peligro con los ojos abiertos, pero era culpable —como en el caso de McErlain— de haberlo considerado un estereotipo militar más con una mente rápida e inflexible. Su charla con Giyani había sido instructiva en más de un sentido. Surgenor tuvo una breve pero clara visión de lo que tenía adelante y dejó de pensar en el mayor. Había un disco negro como la noche, de unos tres metros de diámetro, flotando en el aire. Su borde inferior estaba a escasa distancia del suelo. Los bordes eran borrosos, resplandecientes y cuando Surgenor se acercó más vio que la negrura del disco estaba matizada por el intenso fulgor de las estrellas. La figura embozada de la paladoriana tambaleó un par de pasos y se detuvo. McErlain se colocó entre ella y el disco negro y la obligó a apartarse de él. —Reténgala allí, sargento. —La voz de Giyani era amable—. Tal vez estemos de vuelta para el desayuno al fin de cuentas. —Esto es lo que estaba buscando —dijo el teniente Kelvin—. Supongo que es algo así como una línea de vida. Del otro lado está nuestro tiempo. Surgenor se hizo visera con la mano y espió el disco. Las estrellas que había adentro parecían las mismas que habían visto por última vez mientras rodaban por el desierto de Palador en el siglo XXIII D.C. Tuvo un escalofrío y sólo entonces notó que había una tenue brisa soplando a sus espaldas. Las corrientes de aire parecían moverse en dirección al extraño disco. Empezó a abrirse camino a través de la capa de vegetación intacta que separaba el final del sendero de plantas arrancadas del círculo negro azabache. —¿Qué está usted haciendo, David? —dijo Giyani con voz de alerta. —Un pequeño experimento. Surgenor se acercó al disco, cuyo borde inferior estaba apenas por encima de su cabeza. Aspiró profundamente el humo de su cigarrillo y después lo sopló hacia arriba. Siguió una dirección vertical por un instante y luego fue absorbido por la negrura. Arrojó la colilla detrás. El cilindro blanco brilló momentáneamente al sol y luego se desvaneció, sin completar su trayectoria del otro lado del disco. —La presión es diferente —dijo, volviendo hacia el grupo—. El aire tibio flota hacia el agujero. Hacia el futuro, supongo. Él, Giyani y Kelvin se abrieron camino a través de la vegetación hasta alcanzar el área del otro lado del disco, pero, desde ese punto de vista, el disco era inexistente. Lo único que se veía era a McErlain ofreciéndole su rostro impasible a la paladoriana mientras el rifle reposaba sobre su brazo. Giyani sacó una moneda del bolsillo y la arrojó describiendo un arco titilante que debería haber pasado por el disco. La moneda cayó al suelo cerca del sargento. —Parece tentador —dijo Giyani mientras volvían hacia el punto de partida y veían cómo la negrura iba creciendo de una simple línea vertical a una elipse y luego a un círculo—. Es reconfortante pensar que lo único que tenemos que hacer es brincar por ese agujero para volver sano y salvos a nuestro propio tiempo... ¿pero cómo podemos estar seguros? Kelvin se golpeó la frente con la palma de la mano. —Es obvio, señor. Si no, ¿para qué estaría acá?
—Está actuando emotivamente, teniente. Está tan ansioso por volver a la nave que desdeña a los paladorianos considerándolos enemigos benévolos que lo dejan a uno seco jugando al poker y después, al terminar la partida, le devuelven a uno la plata. —¿Señor...? —¿Por qué golpearnos con una... bomba temporal y rescatarnos después? ¿Cómo sabemos que no hay un abismo de mil metros del otro lado del agujero? —Si fuera así tampoco podrían rescatar a su propia hembra. —¿Por qué no? Podrían esperar a que nosotros saltáramos y nos matáramos para después «enfocar» mejor el disco y permitirle a la prisionera pasar fácilmente por él. La cara sonrosada de Kelvin estaba ensombrecida por la duda. —Es un razonamiento demasiado tortuoso, señor. Nosotros podríamos empujar a la prisionera primero. —¿Y darles entonces la posibilidad de cerrar el agujero con nosotros de este lado? No trato de complicar las cosas, teniente. Es sólo que no podemos darnos el lujo de un error en una situación como ésta. Fue hacia donde estaba la silenciosa paladoriana, señaló el disco e hizo un movimiento de arco hacia él con su mano derecha. Ella lo miró fijo por un momento, emitió un leve silbido y repitió el gesto. Su mirada volvió a detenerse en el rostro de McErlain y los ojos del sargento se quedaron fijos en los de ella de un modo que a Surgenor le resultó vagamente perturbador. —Ya ve usted —dijo Kelvin—. Se supone que tenemos que pasar, señor. —¿Está usted seguro, teniente? ¿Puede usted garantizarme que cuando un paladoriano repite un gesto no quiere decir «negativo» o «anulado»? Surgenor sacó los ojos del sargento. —Tenemos que partir de alguna base, mayor. ¿Por qué no arrojamos algo bastante pesado a través del círculo para ver si hace ruido al caer al suelo? Giyani aprobó la idea. Surgenor se dirigió a un pequeño cráter provocado por el primer impacto del Módulo Cinco contra el suelo y recogió una piedra del tamaño de una pelota de fútbol. Se la trajo consigo y, utilizando ambas manos, la arrojó describiendo una parábola en dirección al círculo de negrura. Su desaparición estuvo seguida de un silencio absoluto. —Eso no prueba nada —dijo Surgenor—. Tal vez el sonido no pasa por esa abertura. —El sonido es vibración —dijo Giyani lentamente—. La luz de las estrellas también está formada por una serie de vibraciones, y podemos ver las estrellas del otro lado. —Pero... —Surgenor estaba empezando a perder la paciencia—. De cualquier modo estoy dispuesto a correr el riesgo. —Ya sé —interrumpió Kevin—. Podemos echar una ojeada desde arriba. Sin esperar a que el mayor le diera permiso se trepó por el tronco plateado de un árbol y avanzó cautelosamente por una rama horizontal que se extendía muy cerca del círculo negro. Cuando estuvo lo más cerca posible, se puso de pie, balanceándose y tratando de conservar el equilibrio al agarrarse de algunas ramas debiluchas, y se hizo visera sobre los ojos. —Todo en orden, señor —gritó—. Puedo ver el suelo del desierto allá abajo. —¿Muy abajo? —Un metro más o menos. Está a un nivel más alto que el suelo de este lado. —Eso fue lo que provocó el impacto cuando cruzamos —dijo Surgenor—. Tuvimos suerte de que el nivel del suelo se hubiese alterado tan poco en tantos años. Inesperadamente, Giyani sonrió. —Buen trabajo, teniente. Ahora baje que vamos a construir algún tipo de rampa para alcanzar el borde inferior. —¿Para qué molestarse? —La voz de Kelvin sonaba chillona y había una mueca tensa y desesperada en su rostro delicado—. Puedo arreglármelas desde aquí.
—¡Teniente! Venga... —La voz de Giyani se desvaneció al intentar Kelvin un salto desmañado a través del círculo. Pareció resbalarse en el momento de saltar, perdiendo así una altura considerable, pero se inclinó en el aire como si fuese a zambullirse en el agua. Mientras su cuerpo desaparecía por la mitad inferior del círculo una de sus piernas interceptó el borde de negrura, justo a la altura del tobillo. Un borceguí marrón cayó sobre la vegetación que había debajo del disco haciendo un ruido sordo y desagradable. Incluso antes de empezar a ver el rojo de la sangre, Surgenor estaba seguro de que el pie de Kelvin seguía estando en la bota. —¡Qué estúpido! —dijo Giyani con desagrado—. Es un tipo acabado. Surgenor le agarró el brazo. —Eso no importa tanto. ¡Mire el círculo! El negro disco de noche se estaba encogiendo. Surgenor se quedó mirando, estático y fascinado, cómo el círculo iba contrayéndose incesantemente, como el iris de un ojo cuando reacciona a la luz, hasta que su diámetro se redujo a escasos dos metros. Y aun cuando el movimiento centrípeto había terminado Surgenor se quedó con los ojos fijos en el borde para asegurarse de que esa puerta al futuro no iba a desvanecerse por completo. —Es un problema —murmuró Giyani—. Es un verdadero problema, David. Surgenor asintió. —Parecería ser que el poder que mantiene ese agujero abierto se deteriora de algún modo cuando algo lo atraviesa. Y si la disminución del diámetro es proporcional a la masa transmitida... ¿Qué diámetro diría usted que tenía el disco antes de que Kelvin pasara? —Unos tres metros. —Y ahora tiene alrededor de dos... lo que significa que la superficie se redujo a la mitad. Los tres hombres se miraron mientras hacían el cálculo mental sencillo que los convertía en enemigos mortales, y lenta, instintivamente, empezaron a apartarse. —Lo siento muchísimo —dijo el mayor Giyani sobriamente— pero no tiene ningún sentido seguir discutiendo. No cabe la menor duda acerca de quien es el que tiene que pasar antes. El tardío sol del crepúsculo, que se reflejaba a través del verde ininterrumpido de la vegetación selvática, lo hacía aparecer más pálido que de costumbre. —Eso significa que el próximo es usted, claro. —Surgenor se miró las manos, que tenían varios tajos debidos al trabajo de construir una rampa tosca hasta el borde inferior del círculo. —No, claro... pero sucede que yo soy el único aquí que recibió una instrucción completa acerca de la situación en Palador. Ese hecho, unido a mi entrenamiento especial, implica que mi testimonio sobre este asunto es de suma importancia para el Comando Expedicionario. —No estoy de acuerdo —dijo Surgenor—. ¿Cómo sabe usted que yo no tengo una memoria eidética? —¿Y quién le dice a usted que yo no poseo también memoria eidética? —La mano derecha de Giyani cayó, con aparente indiferencia, sobre la culata de su pistola—. De todos modos, considerando que disponemos de técnicas de hipnosis, no es tan importante lo que uno recuerde sino lo que uno se tomó el trabajo de observar. —En ese caso —intervino McErlain—. ¿Qué es lo que observó usted de esta jungla? —¿Qué me quiere decir, sargento? —replicó Giyani con impaciencia. —Pregunto, nada más. Hay algo muy particular en esta selva. Un observador de primera como usted ya tendría que haberlo notado... así que... ¿Qué hay de particular aquí... señor? Los ojos de Giyani recorrieron la escena por un momento.
—No es hora de juegos de salón. Las palabras del sargento habían pulsado cierta cuerda de la memoria de Surgenor, recordándole que él también había tenido la sensación de algo fuera de lugar en ese ambiente, de algo que diferenciaba a esa selva de todas las otras selvas en las que había estado. —Continúe —dijo Surgenor. McErlain miró a su alrededor con aire de triunfo, casi de conquista, antes de hablar. —No hay flores. —¿Y con eso qué? —Giyani parecía contrariado. —Las flores tienen el propósito de atraer insectos. Así es como se reproducen la mayor parte de las plantas... gracias a que los insectos voladores llevan el polen en sus patas y lo diseminan por todas partes. Todo esto —McErlain señaló con la mano las paredes densas de follaje— tuvo que haberse reproducido de alguna otra forma. De alguna forma que no depende de... —¡La vida animal! —dijo Surgenor bruscamente, preguntándose cómo no se había dado cuenta antes. Esa jungla, el antiguo mundo verde de Palador, era silenciosa. No había animales moviéndose por el suelo, no había pájaros que cantaran ni insectos que vibraran en el aire. Era un mundo sin vida móvil. —Una observación interesante —dijo Giyani fríamente— pero de poca importancia para el problema inmediato. —Eso es lo que usted cree. McErlain hablaba con una vehemencia salvaje que obligó a Surgenor a mirarlo con más detenimiento. El robusto sargento parecía estar tranquilo y en reposo, pero tenía los ojos clavados en Giyani. Se había ubicado asombrosamente cerca de la paladoriana silenciosa. Casi era como si (a Surgenor le resultaba perturbador pensarlo) McErlain y la alienígena hubiesen empezado a compartir algún tipo de vínculo. Desvió su atención hacia la rampa que habían construido con los árboles derribados por el módulo. La base estaba a pocos pasos de él, y podía treparse hasta alcanzar el disco en poco más de dos segundos... pero tenía la oscura certeza de que el sargento lo mataría en menos de ese tiempo. Su única esperanza parecía radicar en que Giyani y McErlain quedasen tan envueltos en su conflicto personal que olvidasen vigilarlo. Se acercó disimuladamente hacia la rampa tratando de pensar en el modo de llevar a los dos soldados a un choque frontal. —Mayor —dijo como al pasar—, usted dice que su preocupación fundamental es el Comando Expedicionario ¿verdad? —Correcto. —Bueno ¿se le ocurrió pensar que los paladorianos no colocaron este túnel, esta línea de vida o como quiera que se lo llame, para beneficio nuestro? Probablemente su única preocupación haya sido rescatar a la prisionera. —¿Y qué hay con eso? —En ese caso usted tiene la oportunidad de hacer un verdadero gesto de buena voluntad. Un gesto que podría hacer que los paladorianos empezasen a mostrarse más colaboradores con nuestras fuerzas. Si mandase a la prisionera a su propio tiempo le haría más bien a mayor cantidad posible de gente. ¿Qué valor pueden tener nuestras tres vidas frente a...? Giyani desató la correa de su cartuchera con un movimiento rápido. —No trate de hacerse el vivo conmigo, David. Y apártese de esa rampa. Surgenor sintió miedo, pero no se movió. —¿Y qué me dice de eso, mayor? La mente de los paladorianos es tan distinta a la nuestra que no tenemos la menor idea de lo que puede estar pensando esta mujer. No podemos intercambiar una sola palabra o un solo pensamiento con ella, pero no podría
haber ninguna posibilidad de malentendido con respecto a nuestras intenciones si la enviamos por ese agujero. Puso el pie en la base de la rampa. —¡Vuelva aquí! —gritó Giyani agarrando su arma y empezando a desenfundarla. El rifle de McErlain hizo un chasquido casi imperceptible. —Saque la mano del revólver —dijo con calma. Giyani se quedó duro. —No sea tonto, sargento. ¿No ve lo que está haciendo? —No se le ocurra sacar ese revólver. —¿Quién se cree que es, sargento? —La cara de Giyani se ensombreció con la furia contenida—. No estamos en el... —Adelante —lo ayudó McErlain con una amabilidad peligrosa—. ¿Por qué no hace alguna otra alusión a mi servicio en el Georgetown? ¿Por qué no vuelve a acusarme de genocidio? —Yo no estaba... —Sí, usted estaba acusándome. Se pasó el año haciéndolo, mayor. —Lo siento. —No lo sienta... fue verdad, así que ya ve. La mirada de McErlain pasó de Giyani a la silueta enigmática de la paladoriana y volvió al mayor. —Yo era uno de los fusileros de la partida. No sabíamos nada acerca de ese extraño sistema de reproducción que tenían los nativos; no teníamos la menor idea de que un puñado de machos tenía que preservar el honor de la raza haciendo un ataque ritual. Todo lo que veíamos era a una banda de gorilas que se nos acercaban con lanzas. Así que los quemamos a todos. Surgenor se inclinó preparándose para trepar a toda velocidad el tronco que servía de eje a la rampa. —No dejaron de avanzar —continuó McErlain con el rostro casi sacerdotal por la tristeza—. Y nosotros seguimos disparando... y eso fue todo. Pasó mucho tiempo antes de que supiéramos que habíamos exterminado a toda una especie de seres inteligentes. Giyani extendió los brazos. —Lo siento, McErlain. Yo no sabía cómo había sido el asunto, pero vamos a hablar de todo eso aquí mismo y ya mismo. —Pero precisamente de eso estaba hablando yo, mayor ¿no se había dado cuenta? — McErlain parecía confundido—. Yo creí que sabía. Giyani aspiró profundamente, avanzó hacia el sargento y cuando habló la voz era firme. —Usted es un hombre de treinta años, McErlain. Los dos sabemos lo que significa eso. Ahora, escúcheme bien. Le ordeno que me entregues ese rifle. —¿Me ordena? —Se lo ordeno, sargento. —¿En nombre de qué autoridad? —Usted ya lo sabe, sargento. Yo soy un oficial de las fuerzas armadas del planeta donde ambos nacimos. —¡Un oficial! —La expresión de contrariedad de McErlain se acentuó—. Pero usted no entiende. Usted no entiende nada... ¿Cuándo llegó a oficial de las fuerzas armadas del planeta en el que ambos nacimos? Giyani suspiró. —El 10 de junio de 2276. —Y usted está autorizado a darme órdenes porque es un oficial. —Usted es un hombre de treinta años, McErlain. —Y dígame... señor. ¿Habría estado usted autorizado a darme órdenes el 9 de junio de 2276?
—Claro que no —dijo Giyani suavemente. Extendió la mano y agarró el caño del rifle del sargento. McErlain no se movió. —¿Ahora en qué fecha estamos? —¿Cómo podemos saberlo? —Vamos a plantearlo así... ¿es antes o después del 10 de junio de 2276? Giyani empezaba a dar muestras de cansancio. —No sea ridículo, sargento. En una situación como ésta lo que cuenta es el tiempo subjetivo. —Eso sí que es nuevo —comentó McErlain—. ¿Es un artículo del Reglamento o lo sacó del libro que va a escribir su amigo, ese que está allí parado y cree que no me doy cuenta de que está acercándose disimuladamente a la rampa? Surgenor sacó el pie del tronco plateado y esperó con la sensación creciente de que se había agregado un elemento inexplicable y peligroso a la situación. La paladoriana se había colocado la capucha, pero los ojos parecían estar fijos en McErlain. Surgenor tuvo la extraña certeza de que comprendía lo que estaba diciendo el sargento. —Así es la cosa ¿verdad? —dijo Giyani encogiéndose de hombros. Se alejó de McErlain y se apoyó en la base de un enorme árbol de hojas amarillas. Desvió su atención hacia Surgenor. —¿Es mi imaginación, David, o ese círculo está encogiéndose un poco? Surgenor examinó el disco negro con su incongruente titilar de estrellas y sintió que se intensificaba su sensación de urgencia. El círculo parecía un poco más chico. —Tal vez se deba al aire que sopla desde aquí. El aire húmedo tiene mucha masa. Se interrumpió cuando Giyani se escondió rápidamente detrás del árbol en el que había estado apoyado. Desde su perspectiva excepcional Surgenor pudo ver que el mayor aferraba su arma. Se arrojó junto a la rampa en busca de protección pero simultáneamente el rifle de McErlain emitió un destello de muerte. Debía estar cargado con la máxima potencia, porque el rayo ultraláser atravesó el pecho de Giyani. Cayó envuelto en sangre y fuego. El árbol se balanceó unos segundos, mientras en el hueco ennegrecido se pulverizaban las cenizas, y después se inclinó y se desplomó ruidosamente en medio de otros árboles. Dándose cuenta demasiado tarde de que la rampa no le brindaba ninguna protección, Surgenor se puso de pie y lo enfrentó a McErlain. —Supongo que ahora me toca el turno a mi. —Mejor apúrese a treparse al agujero antes de que desaparezca —dijo. —Pero... —Surgenor se quedó mirando a esa extraña pareja, el robusto y rústico sargento McErlain y la figura pequeña y gris de la paladoriana, y se hizo mil conjeturas—. ¿Usted no se va? —preguntó torpemente. —Tengo que hacer. —Pero... —Hágame un favor —lo interrumpió McErlain—. Dígales que estoy rehabilitando mi foja de servicios. En una oportunidad ayudé a exterminar un planeta... ahora estoy ayudando a que nazca otro. —No veo cómo. McErlain le echó una ojeada a la extraña sin nombre. —Está por tener un hijo. No podrían sobrevivir sin ayuda. No hay tanta comida. Surgenor subió por la rampa y se quedó parado junto al círculo negro. —¿Y si no hay nada de comida? ¿Cómo cree que podrán sobrevivir? —Tenemos que sobrevivir —dijo McErlain con sencillez—. ¿De dónde, entonces, cree que provino toda la gente de este planeta? —Pueden haber venido de cualquier parte. Las probabilidades de que la raza de los paladorianos se haya originado aquí, en este preciso lugar, son tan remotas que... —Se
interrumpió, sintiéndose culpable, cuando vio que los ojos de McErlain lo miraban desesperados y menesterosos. Le echó una última mirada al sargento y a su enigmática compañera y después se zambulló limpiamente por el círculo negro. Tuvo un instante de pavor cuando cayó en la oscuridad, después rodó por la arena fría y se sentó, temblando. Allá arriba brillaban las conocidas estrellas del cielo paladoriano, pero su atención se desvió hacia el círculo por el que había salido. Ahora era un disco de luz brillante y verdosa —miraba desde la noche hacia el día— suspendido sobre el suelo del desierto. Se quedó mirándolo mientras se encogía con ritmo vacilante hasta alcanzar el tamaño de un plato de oro brillante de sol y reducirse finalmente a un diamante enceguecedor. El aire silbaba al pasar por el agujero con un sonido más y más agudo hasta que el disco se redujo a una estrella y luego se desvaneció. Cuando volvió a acostumbrarse a la oscuridad distinguió la silueta del teniente Kelvin que yacía sobre la arena a escasa distancia de donde él estaba. La venda provisoria que se había puesto en el tobillo se destacaba como una mancha blancuzca. —¿Necesita ayuda? —preguntó Surgenor. —Ya hice un llamado —dijo Kelvin débilmente, sin moverse—. Supongo que estarán por llegar. ¿Dónde están los demás? —Se quedaron allá. Algo le decía a Surgenor que McErlain y la paladoriana estaban muertos desde hacía millones de años, pero también había algo que le decía que seguían vivos, porque el pasado y el presente y el futuro eran una misma cosa. —No pueden salir —agregó. —Eso quiere decir... que están muertos desde hace mucho tiempo. —En cierto modo. —¡Dios mío! —murmuró Kelvin—. ¡Qué manera estúpida y absurda de morirse! Como si nunca hubiesen vivido. —No exactamente —dijo Surgenor. Tenía la leve e ilógica esperanza de que, de algún modo, los paladorianos se enterasen de lo que había hecho McErlain por un miembro de su raza. En ese caso, eso podría servir de base para establecer algún tipo de relación... Kelvin suspiró fatigosamente en la oscuridad. —Ya es hora de que nos vayamos de este planeta, de cualquier modo. Surgenor asintió. Podía imaginarse a bordo del Sarafand, viajando a toda velocidad hacia lugares distantes, pero la imagen del círculo brillante persistió en su memoria durante largo tiempo. McErlain se agitó lánguidamente en la penumbra de la cueva. Trató de gritar, pero la congestión pulmonar era tal que sólo pudo emitir un estertor débil y seco. La pequeña figura gris que estaba a la entrada de la cueva no se movió pero siguió contemplando pacientemente el follaje empapado de lluvia. No había forma, de saber, a pesar de tantos años, si lo había oído o no. Se volvió a acostar y, a medida que la fiebre crecía, trató de reconciliarse con la idea de morir. Haciendo un balance general, había sido afortunado. La paladoriana había seguido tan lejana e incomunicada como cualquier miembro extranjero de cualquier raza extraterrestre con la que se hubiese encontrado el hombre, pero se habla quedado con él, aceptando su ayuda. Podía jurar que había visto algo semejante a la gratitud en sus ojos cuando la ayudó en el difícil período del alumbramiento y en la recuperación posterior. Eso le había hecho bien. Después hubo también oportunidades en las que el había estado enfermo, envenenado por probar frutas o plantas o semillas inadecuadas en busca de comida apropiada para ella y para los chicos. Tenía la idea de que, en esas ocasiones, ella nunca se había alejado de su lado.
Lo más gratificante de todo era el hecho de que la paladoriana y su estirpe eran muy fértiles. Los retoños de ese primer parto cuádruple eran ahora jóvenes adultos y habían producido muchos chicos más. Al verlos multiplicarse, el cáncer de la culpa que lo había devorado desde el incidente del Georgetown dejó de dominar su vida. Seguía estando allí, claro está, pero al final había aprendido a olvidarlo durante horas enteras. Sí al menos hubiese podido enseñarles a los chicos su lenguaje, para poder hacer atravesar un solo pensamiento por la barrera de la estructura lógica, las cosas habrían ido mejor... pero había un límite para lo que un hombre podía pedir. Sí, era un hombre de treinta años, pensó McErlain a medida que el mundo consciente se iba desvaneciendo fatigosamente, y ya era bastante con que se le hubiese dado la oportunidad de rehabilitar su foja de servicios. Ya bien entrada la tarde, cuando la luz del sol huía a través de los árboles, la Familia se reunió alrededor de la cama en la que yacía el cuerpo de McErlain. Se quedaron allí en silencio mientras la Madre apoyaba una mano sobre la frente helada y cubierta de sudor. Este ser está muerto, les dijo silenciosamente. Y ahora que quedó saldada la deuda que teníamos con él y que terminó la necesidad que tenía él de nosotros, vamos a viajar hacia el gran hogar temporal de nuestra raza. Los chicos y los adultos unieron sus manos. Y la Familia se desvaneció.
CUANDO FUIMOS A VER EL FIN DEL MUNDO Robert Sllverberg Nick y Jane estaban contentos de haber ido a ver el fin del mundo porque eso les proporcionaba un tema especial de qué hablar en la fiesta de Mike y de Ruby. A uno siempre le gusta llegar a una fiesta armado con algo de qué conversar. Mike y Ruby dan unas fiestas maravillosas. Su casa es extraordinaria, una de las más elegantes del vecindario. Se trata realmente de una estación para todas las estaciones y estados de ánimo. Es su muy especial rincón del mundo. Con más espacio en su interior y en el exterior..., con más libertad abierta. La sala de estar, con su techo de rayos expuestos es un punto focal natural para el entretenimiento. Terminada a la moda, con una sala para conversar y una chimenea. También hay una habitación familiar con techo de rayos y paneles de madera..., además de un despacho. Y una magnífica suite con un guardarropa de cuatro metros y un baño privado. Su diseño exterior es sólidamente impresionante. Patio protegido. Un maravilloso terreno de quince áreas, lleno de árboles. Sus fiestas son momentos culminantes en cualquier mes. Nick y Jane esperaron hasta que creyeron que ya había llegado gente suficiente. Entonces, Jane dio un ligero codazo a Nick y éste dijo alegremente: —¿Sabéis lo que hicimos la semana pasada? Fuimos nada menos que a ver el fin del mundo. —¿El fin del mundo? —preguntó Henry. —¿Fuisteis a verlo? —preguntó Cynthia, la esposa de Henry. —¿Cómo os las arreglasteis? —quiso saber Paula. —Está disponible desde marzo —la informó Stan—. Creo que lo dirige un departamento de la American Express. Nick se encontró con que Stan ya lo sabía. Rápidamente, antes de que Stan pudiera decir cualquier otra cosa, dijo: —Sí, acaba de empezar. Nuestro agente de viajes nos lo encontró. Lo que hacen es situarle a uno en esa máquina, que tiene el aspecto de una pequeño submarino, ya sabéis, con manómetros y niveles situados detrás de una pared de plástico para impedir
que nadie toque nada, y le envían a uno al futuro. Se puede pagar con cualquiera de las tarjetas de crédito habituales. —Tiene que ser muy caro —comentó Marcia. —Están bajando los costes rápidamente —informó Jane—. El año pasado sólo se lo podían permitir los millonarios. ¿De veras no habéis oído hablar antes de esto? —¿Qué visteis? —preguntó Henry. —Durante un rato, sólo un paisaje grisáceo por la portilla —dijo Nick—. Y una especie de efecto parpadeante. Todo el mundo le estaba mirando y él disfrutaba con la atención de que era objeto. La expresión de Jane era amorosa. —Después, se fue aclarando el ambiente y, a través de un altavoz, una voz dijo que ahora habíamos llegado al verdadero final del tiempo, cuando la vida se había hecho ya imposible sobre la Tierra. Claro que nosotros estábamos herméticamente encerrados en aquella cosa que parecía un submarino. Sólo mirábamos hacia el exterior. Había una playa, que estaba vacía. El agua tenía un extraño color gris, con un brillo rosado. Y entonces, salió el Sol. Era rojo, como lo es a veces cuando sale el Sol, sólo que permaneció rojo mientras fue elevándose hacia el cenit y parecía desigual y desgarrado en los bordes. Como unos pocos de nosotros, ¡ja, ja! Desigual y desgarrado en los bordes. Sobre la playa soplaba un viento frío. —Si estabais encerrados herméticamente en el submarino, ¿cómo sabíais que soplaba un viento frío? —preguntó Cynthia. Jane se la quedó mirando, con los ojos brillantes. Nick contestó: —Podíamos ver cómo el viento levantaba la arena, arremolinándola. Y parecía hacer frío. El océano estaba gris. Como en el invierno. —Cuéntales lo del cangrejo —pidió Jane. —¡Ah, sí! Lo del cangrejo. La última forma vital de la Tierra. En realidad, no se trataba de un cangrejo, sino que era algo de aproximadamente sesenta centímetros de anchura y unos treinta de altura, con una brillante y gruesa armadura gris y quizás una docena de patas y una especie de cuernos doblados que se elevaban, y se movía lentamente de derecha a izquierda, frente a nosotros. Tardó todo el día en cruzar la playa. Y hacia la caída de la noche, murió. Sus cuernos descendieron, flácidos, y dejó de moverse. Llegó la marea y se lo llevó consigo. El Sol se puso. No había Luna alguna. Las estrellas no parecían estar en los lugares correctos. El altavoz nos informó que acabábamos de ver la muerte del último ser viviente de la Tierra. —¡Qué bonito! —exclamó Paula. —¿Estuvisteis fuera mucho tiempo? —preguntó Ruby. —Tres horas —contestó Jane—. Se pueden pasar semanas o días en el fin del mundo si quieres pagar extra, pero siempre le hacen regresar a uno, a un punto tres horas después de haber salido. Para solucionar los gastos de cuidados. Mike ofreció una copa a Nick. —Eso sí que es algo —comentó—. Haber ido al fin del mundo. ¡Eh, Ruby! Quizá hablemos con el agente de viajes sobre el asunto. Nick tomó un buen trago y le pasó la copa a Jane. Se sentía contento consigo mismo por la forma en que había contado la historia. Todos habían quedado muy impresionados. Aquel hinchado Sol rojo, aquel cangrejo que huía... El viaje les había costado más que pasar un mes en el Japón, pero había sido una buena inversión. Él y Jane eran los primeros en el vecindario que habían ido. Eso era importante. Paula le estaba mirando fijamente, con respeto. Nick sabía que ahora le miraría a una luz completamente distinta. Era posible que ella se encontrara con él en un motel, el jueves, a la hora de la comida. El mes pasado le había rechazado, pero ahora poseía un atractivo extra para ella. Nick le guiñó el ojo. Cynthia se había cogido las manos con Stan. Henry y Mike estaban
acurrucados a los pies de Jane. El hijo de 12 años de Mike y Ruby entró en la habitación y permaneció al borde de la sala de conversar. Dijo: —Acaban de dar un boletín en las noticias. Unas amibas mutadas han escapado de una instalación de investigación del gobierno y han llegado al lago Michigan. Están llevando allí un virus capaz de disolver el tejido y se supone que todo el mundo perteneciente a siete Estados debe hervir el agua hasta nuevo aviso. Mike miró al chico con el ceño fruncido y dijo: —Ya ha pasado la hora de irte a la cama, Timmy. El chico se marchó. Sonó entonces el timbre de la puerta. Ruby lo contestó y regresó con Eddie y Fran. —Nick y Jane fueron a ver el fin del mundo —informó Paula—. Acaban de contarnos lo que vieron. —¿De veras? —dijo Eddie—. Nosotros también lo hicimos, el miércoles por la noche. Nick se sintió alicaído. Jane se mordió un labio y preguntó rápidamente a Cynthia por qué Fran siempre llevaba aquellos vestidos tan ostentosos. Ruby preguntó: —¿Lo has visto todo? ¿Incluyendo el cangrejo y todo? —¿El cangrejo? —preguntó Eddie—. ¿Qué cangrejo? No vimos ningún cangrejo. —Tuvo que haber muerto antes de que vosotros lo vierais —dijo Paula—. Cuando Nick y Jane fueron estaba allí. —Acaba de llegar un nuevo cargamento de tequila Cuernavaca Lightning. Toma, prueba uno —dijo Mike. —¿Cuánto tiempo hace que fuiste? —preguntó Eddie a Nick. —El domingo por la tarde. Creo que fuimos de los primeros. —Un gran viaje, ¿verdad? —dijo Eddie—. Sin embargo, resultó un tanto sombrío. Me refiero a cuando la última colina se hunde en el mar. —Eso no es lo que nosotros vimos —dijo Jane—. ¿Y vosotros no visteis el cangrejo? Quizá estábamos en grupos diferentes. —¿Cómo hicisteis vosotros el viaje, Eddie? —preguntó Mike. Eddie rodeó a Cynthia con los brazos, desde atrás y contestó: —Nos pusieron dentro de esa cápsula, con una portilla, ya sabéis, con un montón de instrumentos y... —Esa parte ya la hemos oído —dijo Paula—. ¿Qué visteis? —El fin del mundo —contestó Eddie—. Cuando el agua lo cubre todo. El Sol y la Luna estaban en el cielo al mismo tiempo... —Nosotros, en cambio, no vimos ninguna luna —señaló Jane—. Sencillamente, no estaba allí. —Estaba a un lado, y el Sol estaba en el otro —siguió diciendo Eddie—. La Luna estaba más cerca de lo que debiera haber estado. Y tenía un color extraño, casi como de bronce. Y el océano estaba muy encrespado. Viajamos alrededor de medio mundo y todo lo que vimos fue océano. Excepto en un lugar, donde había un trozo de tierra, una pequeña colina que sobresalía del mar, y el guía nos dijo que se trataba del monte Everest —hizo oscilar una mano hacia Fran—. ¡Eso sí que fue una aventura! Flotando en nuestro pequeño bote cerca de la cumbre del Everest. Quizá sólo sobresalían unos pocos metros. Y el agua estaba elevándose todo el tiempo. Arriba, arriba, arriba, sobre la punta y glub. Ya no quedó nada de tierra. He de admitir que fue un poco desilusionante, excepto, claro está, la idea de la cosa. El que el ingenio humano pueda diseñar una máquina capaz de enviar a la gente a billones de años hacia el futuro, en el tiempo, y volverlos a traer al presente, ¡vaya! Eso sí que es algo. Pero allí sólo había océano. —¡Qué raro! —dijo Jane—. Nosotros también vimos un océano, pero había una playa, una especie de playa sucia, y aquella cosa parecida a un cangrejo moviéndose por ella, y la arena... era toda roja, ¿era el Sol rojo cuando lo visteis vosotros? —Tenía una especie de color verde pálido —contestó Fran.
—¿Estáis hablando todos del fin del mundo? —preguntó Tom. Él y Harriet estaban en la puerta, quitándose los abrigos. El hijo de Mike debía haberlos dejado entrar. Tom entregó su abrigo a Ruby y dijo: —¡Qué gran espectáculo! —Entonces, ¿vosotros también lo visteis? —preguntó Jane, un poco irónicamente. —Hace dos semanas —dijo Tom—. El agente de viajes llamó y nos dijo: figúrense lo que vamos a ofrecerles ahora, el fin del maldito mundo. Contando todos los extras no valía realmente mucho. Así que fuimos directamente a la oficina, el sábado. Creo que fue el sábado... ¿o fue un viernes? Bueno, en cualquier caso, fue el mismo día de la gran sublevación, cuando quemaron St. Louis... —Eso fue el sábado —observó Cynthia—. Recuerdo que regresaba del centro comercial cuando la radio dijo que estaban utilizando armamento nuclear... —Sí, el sábado —corroboró Tom—. Y les dijimos que estábamos dispuestos a ir, y nos enviaron de viaje. —¿Viste una playa con cangrejos, o era un mundo lleno de agua? —preguntó Stan. —Ni lo uno, ni lo otro. Era como una gran era glacial. Los glaciares lo cubrían todo. No había el menor rastro del océano. Ni tampoco montañas. Volamos alrededor del mundo y todo era una enorme pelota de nieve. Tenían focos en el vehículo, porque el Sol había desaparecido. —Estoy segura de que pude ver el Sol colgando allá arriba —señaló Harriet—. Como una bola de cenizas en el cielo. Pero el guía nos dijo que no, que nadie podía verlo. —¿Cómo es que cada cual visita un fin del mundo diferente? —preguntó Henry—. Se supone que sólo debería existir un fin del mundo. Quiero decir que termina y así es como termina y no puede haber ninguna otra forma más que ésa. —¿Podría ser una imitación? —preguntó Stan. Todo el mundo se volvió para mirarle. El rostro de Nick se puso muy rojo. Fran pareció sentirse tan mal que Eddie se desprendió de Cynthia y empezó a acariciar los hombros de Fran. Stan se encogió de hombros y dijo, a la defensiva: —No estoy sugiriendo que lo sea. Sólo lo preguntaba. —A mí me pareció bastante real —dijo Tom—. El Sol no estaba. Todo era una enorme bola de hielo. La atmósfera, ya sabes, estaba helada. Era el fin del maldito mundo. En aquel momento sonó el teléfono. Ruby acudió a contestar. Nick le preguntó a Paula si comerían juntos el martes y ella dijo que sí. —Será mejor que nos encontremos en el motel —dijo él, sonriendo burlonamente. Por su parte, Eddie volvía a arreglarse con Cynthia. Henry parecía estar bastante bebido y tenía problemas para permanecer despierto. Llegaron Phil e Isabel. Escucharon a Tom y a Fran hablando de sus viajes al fin del mundo e Isabel dijo que ella y Phil habían hecho el viaje anteayer. —¡Maldita sea! —exclamó Tom—. ¡Todo el mundo lo ha hecho! ¿Cómo fue tu viaje? Ruby regresó a la habitación. —Era mi hermana, llamando de Fresno para decir que está bien. Fresno no fue afectada por el terremoto. —¿Terremoto? —preguntó Paula. —En California —le informó Mike—. Esta misma tarde. ¿No lo sabías? Ha destruido la mayor parte de Los Angeles y corrió costa arriba, prácticamente hasta Monterrey. Creen que se debió a la prueba de la bomba subterránea que hicieron explotar en el desierto de Mohave. —California ha sufrido siempre tantos desastres terribles —comentó Marcia. —Menos mal que esas amebas se han lanzado hacia el este —dijo Nick—. Imaginaros lo complicado que sería si ahora las tuvieran también en Los Angeles. —Las tendrán —afirmó Tom—. Una de cada dos se reproduce por esporas llevadas por el aire.
—Como los gérmenes tifoides del pasado noviembre —dijo Jane. —Eso fue tifus —le corrigió Nick. —De todos modos —dijo Phil—, le estaba contando a Tom y a Fran lo que vimos al fin del mundo. Era el Sol convirtiéndose en nova. Nos lo mostraron de un modo muy ingenioso. Quiero decir que no puede uno sentarse por ahí y experimentarlo, debido al calor y a la fuerte radiación y todo eso. Pero te lo muestran de una forma periférica, muy elegante, en el sentido mcluhaniano de la palabra. Primero le llevan a uno a un punto situado aproximadamente a dos horas antes de la explosión, ¿comprendéis? Está de nosotros a no sé cuántos millones de años pero, en cualquier caso, muy, muy distante, porque todos los árboles son diferentes, tienen como escamas azules y ramas viscosas, y los animales son como cosas con una pata que saltan, apoyándose en bastones... —¡Oh! Eso no me lo creo —dijo Cynthia, con lentitud. Phil la ignoró con elegancia. —Y no vimos la menor señal de seres humanos, ni una casa, ni un poste de teléfonos, nada. Así es que supongo que ya debíamos estar extinguidos desde mucho antes. En cualquier caso, nos permitieron contemplar aquello durante un rato. No podíamos salir de nuestra máquina del tiempo, claro, porque nos dijeron que la atmósfera era malsana. Poco a poco, el Sol empezó a hincharse. Estábamos nerviosos... ¿verdad, Liz?... ¿Y si se equivocaban con los cálculos? Todo este viaje es un concepto bastante nuevo, y las cosas pueden salir mal. El Sol se iba haciendo más y más grande y entonces una cosa como si fuera un brazo pareció surgir de su lado izquierdo. Era como un brazo grande y feroz que se extendió por el espacio, acercándose más y más. Lo vimos a través de cristal ahumado, como se ve un eclipse. Nos ofrecieron más o menos dos minutos de la explosión, y ya podíamos sentir cómo todo iba calentándose. Entonces, saltamos como un par de años en el tiempo, hacia adelante. El Sol había recuperado su forma habitual, grande y amarilla. Y, en la Tierra, todo eran cenizas. —Cenizas —corroboró Isabel con énfasis. —Parecía como Detroit después de que la Unión derrotara a Ford —dijo Phil—. Sólo que mucho, muchísimo peor. Se fundieron montañas enteras. Los océanos quedaron secos. Todo quedó convertido en cenizas —se estremeció y aceptó una copa que le tendía Mike, añadiendo—: Isabel estaba llorando. —Aquellas cosas con una pata —dijo Isabel—, supongo que tuvieron que haber sido destrozadas por completo. El entrevistador le preguntó si su empresa ofrecería pronto algo más, además de los viajes al fin del mundo. —Más tarde, esperamos poder hacerlo —contestó el ejecutivo—. Tenemos la intención de solicitar la correspondiente aprobación del Congreso. Pero, mientras tanto, la demanda por nuestras ofertas actuales está siendo muy alta. No puede imaginárselo. Claro que se espera ver imágenes apocalípticas para mantener una popularidad tan inmensa en unos tiempos como estos. —¿Qué quiere decir con eso de unos tiempos como éstos? —preguntó el entrevistador. Pero cuando el hombre de la agencia de viajes del tiempo empezó a contestar, fue interrumpido por un anuncio comercial. Mike cerró el aparato. Nick descubrió que se sentía enormemente deprimido. Decidió que se debía al hecho de que muchos de sus amigos habían efectuado el viaje, mientras que él y Jane habían pensado que serían los únicos en haberlo hecho. Se encontró cerca de Marcia y trató de describir la forma en que se había movido el cangrejo, pero ella se limitó a encogerse de hombros. Ahora, ya nadie hablaba sobre viajes en el tiempo. La reunión se había deslizado más allá de ese punto. Nick y Jane se marcharon bastante temprano y se fueron directamente a dormir, sin hacer el amor. A la mañana siguiente no les llegó el periódico del domingo, debido a la huelga de la Autoridad de los Puentes, y la radio informó que las amebas mutantes estaban demostrando ser más difíciles de erradicar de lo que originalmente se había supuesto. Se
estaban extendiendo por todo el Lago Superior y todos los que vivían en la región tendrían que hervir el agua destinada a la bebida. Nick y Jane discutieron adonde irían a pasar sus próximas vacaciones. —¿Qué te parece si volvemos a ver el fin del mundo? —sugirió Jane. Y Nick se echó a reír durante un buen rato.
SERVICIO FÚNEBRE Gerard F. Conway Recibió el aviso de que tenía que pasar a buscar a su padre un poco antes del amanecer de un lunes monocromático. Tanteó en la oscuridad hasta encontrar el botón de ESPERE del video. Le llevó otros dos o tres minutos despertarse del todo (un proceso acelerado con un poco de agua fría) y después volvió a la pantalla para controlar la hora. Eran las 3.44. Cada vez más temprano. Pasó un rato antes de que las palabras cobrasen sentido. Se había pasado tres años esperando ese momento y ahora que había llegado era como si alguien lo hubiese sacudido de un sueño particularmente narcotizado. SU PADRE ESTARA LISTO EL MIÉRCOLES 18 DE MARZO A LAS SEIS DE LA MAÑANA, SEGÚN EL TIEMPO CENTRAL. POR FAVOR, SEA PUNTUAL, Y TRAIGA SU TARJETA AZUL. Jake borró la pantalla y se quedó un momento sentado en la oscuridad, dejando rezumar veinticuatro años de recuerdos. Levantó la vista hacia el holograma de su familia; las imágenes se estaban desvaneciendo un poco, pero todavía había una buena definición. Su madre, su hermana, él y su padre; el padre con la cara dirigida hacia los demás, ubicado en un ángulo del retrato, mirando algo que había del otro lado de la cámara. Seis años atrás había parecido más sencillo en cierto modo. Era una familia, y no tenían edad. Eso es lo que decía el holograma. Volvió a fijar la mirada en la pantalla. Todavía brillaba algo. Su padre estaba muerto desde hacía tres años y ahora regresaba a casa y tal vez, sólo tal vez, Jake sería capaz de decir lo que no había dicho antes. Y tal vez sólo tal vez, todo volvería a estar en paz. Una vez mas. Se pasó la mañana del martes limpiando, ordenando la casa y llamando a Anne. La hermana parecía un poco confundida. En realidad nunca había entendido bien ese proceso de las invocaciones y seguía sin entenderlo. —No pienses en eso —le dijo Jake—. Simplemente ven aquí mañana. Yo te recojo. Él va a volver y nos va a necesitar a los dos. Yo también te voy a necesitar, Anne. Sus rasgos suaves se alisaron aún más y las líneas de la frente desaparecieron cuando sonrió. —Nunca fuiste muy bueno con papá, Jake. De acuerdo; voy a ir. —Después agregó, frunciendo el ceño—. ¿Se acordará de nosotros? Tres años... —Hicieron un registro de sus recuerdos, hermanita. Va a ser tal como era el día en que murió. —¿Tal como era...? —Con algunas modificaciones, me imagino. No tan viejo, supongo. No tan enfermo. Ella asintió y el cabello le cayó sobre la oreja y un mechón bajó hasta la mejilla. —Tendrías que haber estado esa noche, Jake. Seguro que no era tan urgente lo del libro. Él hubiera querido que estuvieses. Estoy segura. —Ya sé. Ella se mordió el labio, se arregló el cabello con el dorso de la mano y dijo:
—Lo lamento... Ya sabes que... —Si —volvió a decir Jake—. Ya sé. Se pasó una hora frente al grabador, tratando de que se le ocurriera algo que decir. No pudo pensar en nada. Se sentía seco y vacío y se preguntó por milésima vez si algún día podría terminar ese libro. Y también se preguntó si realmente tenía ganas de terminarlo. El dinero no era un problema. El sistema de distribución de alimentos lo mantenía vivo y el dinero que había heredado de su padre le permitía darse ciertos lujos. Apagó el grabador y se recostó en el sofá. Sabía que ya no podría trabajar más por el momento. Abrió los ojos y vio el holograma junto al borde del video y por primera vez notó cuál era la dirección de la mirada del padre... Tal vez fuese una ilusión óptica o algo así, favorecida por la habitación en sombras, pero Jake se sintió seguro de que esos ojos estaban, y siempre habían estado, fijos en él. No sabía qué comprar. La circular que le habían enviado los de Invocaciones S.A. decía que la gente recién invocada era incapaz de comer alimentos orgánicos. Los líquidos estaban permitidos, aunque no eran necesarios. Jake no había pensado en eso antes. Quería darle de cenar a su padre pero ahora... Compró una botella de vino, con la esperanza de acertar. Hizo todo el camino de vuelta a su departamento con el paquete apretado contra el pecho, protegiéndolo, mentalmente, de la lluvia de esas diminutas láminas de ceniza. Se sentía furtivo, y no habría podido explicar por qué. El martes por la noche se sentó a escuchar música de flauta, sin pensar en nada, sin siquiera recordar. Estaba solo en su pequeño departamento, esperando que le sucediese algo, que lo asaltase alguna emoción que no fuera ese sentimiento de culpa cada vez más hondo. No sirvió de nada. No podía cambiar. Pasó una hora y se fue a la cama temprano. Puso la pantalla en hora para que lo despertase a las cinco. Se quedó acostado y despierto un rato con los ojos fijos en las sombras que cruzaban el cielorraso, escuchando el ruido distante del tráfico sobre las autopistas treinta y cuatro pisos más abajo. La recepción estaba llena de gente. Jake se sentía incómodo y se buscó una zona bastante despejada junto a la fuente, desde donde podía observar a los demás. La habitación estaba decorada con buen gusto en una gama de azules fríos y de marrones. Había palmas artificiales colgando sobre las cabezas de la gente que formaba fila junto a la pared del fondo, las hojas más altas apenas rozaban el cielorraso. La palmera estaba iluminada, brillaba con un fulgor verde claro que resaltaba, contrastando con la relativa oscuridad de la habitación, y daba la impresión de una planta fresca, casi viva. Toda la sala olía a nuevo, olía a plástico recién hecho. La gente que había allí fluctuaba entre la madurez y la ancianidad: había sólo otra persona que tenía obviamente una edad parecida a la de Jake, una chica de aspecto tímido, con pelo negro y lacio recogido en una trenza que le caía por la espalda. Cerca de donde él estaba había un grupito de cuatro mujeres mayores. Una de ellas, baja y con hoyuelos, vestida con un trajecito marrón muy formal, vio que Jake la miraba y se inclinó hacia él. —¿Usted también llegó demasiado temprano? —le preguntó. Tenía una voz fuerte, aguda. Parpadeó al mirarlo. La cabeza apenas le llegaba al pecho de Jake. Él se encogió de hombros. —El aviso decía a las seis y treinta. —Ya es casi la hora ¿no? Miró a su alrededor, después se inclinó en dirección a Jake y bajando un poco el tono de voz dijo:
—¡Cuántos que son! Jamás me habría imaginado que hubiera tantos. En los folletos no decía nada acerca de cuántos eran los que habían comprado un lugar en Invocaciones S.A. para sus seres queridos. Las últimas palabras las pronunció rápidamente, como si estuviese citando un aviso publicitario. Jake sonrió. —Supongo que hay como cien aquí. —¿Nada más? —Parpadeó—. Yo creí que serían muchos más. —No. —¿Es un pariente o un amigo? —preguntó de pronto la mujer. Jake se sobresaltó. —¿Quién? Ah, sí... Sí, un pariente. Mi padre. —El mío es mi esposo, Thomas. Él mismo firmó los papeles, dejó todo su dinero para esto. A mí apenas si me dejó una pensión. —Sacudió la cabeza—. Yo no veo qué sentido tiene todo esto. Parece un poco... indecente. —¿Qué cosa? —Eso de las Invocaciones, claro. Claro que sí. ¿Por qué habría de querer uno que volviesen? Fíjese, yo lo quiero a Thomas... pero ya no va a ser lo mismo ¿vio? Inclinó la cabeza para espiar a Jake desde otro ángulo. Él se sintió incómodo bajo esa mirada y desvió los ojos de ella fijándolos en otro punto de la habitación, tratando de comprender porqué ella lo habría elegido para pegársele como sanguijuela. —Es posible que no todos piensen así —dijo. —Pero ¿qué sentido tiene? No crecen. No están vivos. Están terminados y todo se acabó. Están muertos. —No, no lo están. Invocaciones S.A. los trae de vuelta. Ella sacudió la cabeza, apretando los labios. —No y no —dijo—. No crea ni una palabra de eso. Eso es lo que dicen en los folletos. No va a ser igual. Lo sé. Estuve hablando con unos amigos míos que trabajaron en el proyecto; ellos saben bien. Dicen que es sólo, bueno... como el último día. Thomas era un viejo muy cerrado... bueno, era bastante duro. No va a cambiar. Ni siquiera va a acordarse de que estuvo muerto. ¿Qué sentido tiene todo esto? Si uno tiene un retrato es más o menos lo mismo. Ya va a ver. —Sí, supongo que ya lo voy a ver —dijo Jake, cortante. Ella lo miró con aire extrañado. —Así que usted espera realmente que... —Se interrumpió, con una sonrisita, como si hablara consigo misma—. Lo siento —agregó—. Hablo demasiado. Lo siento mucho. En serio. Le tocó el brazo. Tenía los dedos secos y parecían quebradizos contra su muñeca. —¿Es su padre? Jake asintió. —Y usted lo quiere, y quiere que todo ande bien entre ustedes ¿no? Lo sé; mi hijo era igual, igualito. —Por favor, señora. ¿Cómo empezó todo esto? Ella dejó de aterrarlo pero no lo soltó del todo. Volvió a sonreír, ahora con un dejo de tristeza. —Cómo empezó Invocaciones S.A. debería preguntar. —Parpadeó—. Supongo que la gente simplemente trata de hacer lo mejor. Lo siento. Cometí un error. Hizo una pausa, dejó caer la mano y la pasó por su traje para aliviar las arrugas. —Creí que se sentía solo y que quería, hablar. Y eso porque yo misma me sentía sola, y tal vez un poco asustada. Lo siento —Se interrumpió y se rió un poco—. Digo eso demasiado a menudo. Eso dice Thomas... eso decía Thomas... lo digo demasiado a menudo. Tiene razón.
Sonriendo nuevamente, esta vez con aire distraído, se apartó de Jake y se tropezó con la muchacha de la trenza negra. La vieja saltó tomando a la muchacha por los brazos para no caerse. Estaba por decir «lo siento» pero se detuvo, se rió y fue a perderse nuevamente entre el gentío. Jake la miró irse, sintiendo que algo se deslizaba en su interior, que otro sentimiento surgía casi hasta la superficie pero se quebraba antes de aflorar. Lo asaltó el pensamiento de que debería tratar de charlar con la muchacha de pelo negro, pero entonces brotó el recuerdo de otra muchacha y cerró los ojos, se recostó contra la pared y esperó a que llamaran su número. Nunca parecía capaz de arrancar. Había deseado a esa muchacha, esa muchacha alta y delgaducha, de ojos azules y cabello castaño, había querido casarse con ella, había hecho planes para su vida, planes muy bien elaborados que darían pruebas de su valor como escritor y como hombre. La quería y se habría casado con ella, pero había algo que lo retenía; no sabía con seguridad, no podía estar seguro, de que ella lo aceptase. Y no quería preguntar, no mientras tuviese que volver junto a su padre para tratar de explicar un nuevo fracaso. Este recuerdo lo atormentaba. Todos los recuerdos lo atormentaban. Se sentía paralizado por los recuerdos; cada uno de ellos actuaba sobre él y le decía algo acerca de él mismo, y sentaba precedentes en su vida. Estaba atado, y se movía por simple inercia. Como se estaba moviendo ahora. Caminando y caminando por un sendero muy familiar. La chica negra detrás del estrecho escritorio levantó la vista hacia él y le sonrió, una sonrisa cuidadosamente profesional, y recibió la tarjeta azul que él le presentaba. La insertó en la terminal que había en su escritorio, controló los números que aparecieron en la pantallita azul, anotó algo en el tablero frente a ella con su lapicera. —El señor Grant llegará enseguida, señor —dijo y señaló la arcada—. Por allí y hacia la derecha. Se volvió hacia la persona siguiente. Jake se quedó un momento, esperando algo más. Ella no le prestó más atención y después de una pausa, durante la cual él trató de pensar en algo que decir, pasó de largo junto al escritorio en dirección al corredor y a la salita rosa pálido que había al final... Su padre estaba allí de pie, esperándolo. —¡Hola, papá! Y eso fue todo. No se le ocurrió nada más. «¿Cómo estás?» habría sonado horrible, y Jake habría deseado estar en cualquier otro lado menos allí. El padre se volvió hacia el hombre que estaba a su lado y al que Jake no había visto. —¿Voy con él? —le preguntó. A Jake lo sorprendió la mansedumbre de la voz. La recordaba más densa, más profunda. El otro hombre, cuidadosamente vestido de negro, apoyó su mano sobre el hombro del viejo empujándolo hacia adelante. —Sí, señor Grant. Vaya con su hijo. Después, volviéndose hacia Jake, agregó: —Va a necesitar paciencia. Las primeras horas son muy confusas para él. Está desorientado. El hombre atildado controló la hora en su reloj y volvió a guardarlo en el bolsillo. —Hace apenas una hora que se lo invocó; es uno de los primeros desde que se puso en práctica el proyecto. El hombre de negro sacó un pequeño objeto cilíndrico de su bolsillo y se lo entregó a Jake. —Este es su operador. Cuando se vaya a acostar esta noche dele una vueltita a la perilla.
Jake miró con curiosidad y el hombre le explicó. Empezó a sentir que se le agarrotaba el estómago. Miró a su padre tratando de ver el mecanismo de relojería y los engranajes que debería tener adentro. Se preguntó si lo qué parecía carne era realmente carne o nada más que cierta amalgama plástica especial. Se puso el cilindro en la manga y tomó al padre por el brazo, diciendo: —Vamos, papá. Vamos a casa. El padre guardó silencio durante el viaje. Jake miraba hacia adelante, a veces echándole una ojeada a la ruta, otras mirando los controles automáticos que tenía frente a él, sin deseos de desviar la mirada hacia el recuerdo que estaba sentado a su lado. No es un recuerdo, es algo más, pensó. Eso era su padre; en algún sitio de ese cuerpo habitaba su padre. Jake se concentró en el camino, entonces, y cuando súbitamente pensó de dónde venía el viejo que estaba sentado a su lado, le corrió frío por la columna y tuvo que aferrarse al volante fuerte, fuerte, hasta que el escalofrío pasó y pudo volver a relajarse. Anne se detuvo junto a la puerta del departamento, con la mano posada en el tablero de entrada. Jake, que estaba detrás de ella, dijo: —Adelante, Anne. Debe estar preguntándose qué nos está demorando. Ella le echó una mirada. No parecía expresar nada, aunque era más que evidente la tensión en todos sus movimientos, en la línea de los labios. —¿Por qué lo dejaste solo? Podría haber subido sola. —Quería hablar contigo antes de que lo vieras. Para que comprendas. Para decirte como son las cosas. —Entiendo cómo son las cosas, Jake. Tú eres el que no entiende. —No comencemos a revolver ese asunto, Anne. Entra de una vez. Por favor. Ella se retiró un paso, señalando la cerradura. —Adelante. Es tu departamento. Disgustado, Jake estiró la mano para presionar la combinación en el tablero y se deslizó por la puerta giratoria hasta el foyer vacío. Su padre estaba sentado en el sofá, mirando hacia la videoventana. El viejo se corrió, se dio vuelta al oír el ruido de la puerta que se abría. Esbozó una sonrisa tímida y titubeante; se estaba disipando la desorientación. Estaba empezando a comprender lo que sucedía, eso fue lo que pensó Jake, sabía que lo habían traído de vuelta. —Papá, esta es Anne. Te acuerdas de Anne ¿no? —Claro que sí —dijo el viejo, y el rostro se le iluminó con una nueva sonrisa a medida que ellos se acercaban—. ¿Cómo estás, Anne? ¿Cómo estás? Quedaron mirándose durante un rato y después Anne empezó a avanzar, pero se detuvo. Inclinó un poco la cabeza hacia un lado y después hacia el otro, estudiando la cara del viejo, y pareció decirse algo para sus adentros. Después volvió a mirar a Jake; tenía la cara blanca y la voz contenida. —Jake... —Anne está un poco cansada, papá —dijo Jake rápidamente—. ¿Por qué no te sientas un momento? Nosotros volvemos en seguida. Nos esperas un segundo ¿de acuerdo? —Claro, Jake. Apúrense —dijo el viejo asintiendo. El viejo volvió a doblarse sobre el sofá. Jake tomó la mano de Anne justo abajo de la muñeca y la sujetó con fuerza, después la arrastró al rincón de la cocina. —¿Qué estás tratando de hacer? ¿Quieres herirlo? —Jake se sacudió y la acercó un poco más a él—. ¿No puedes ni siquiera...? Pero ella estaba llorando. —Es igual que papá —dijo—, igual que él. Igualito, Jake. Yo no pensaba...
La voz se le quebró y empezó a temblar y trató de quitar su mano de la de Jake. Éste aflojó la mano que le sujetaba la muñeca, le pasó el otro brazo por los hombros y la atrajo más hacia él, dejándola apretarse contra su pecho. No había otra cosa que hacer. A través de la arcada, en la habitación principal, podía ver a su padre inclinado hacia adelante, con los ojos fijos en el trafico que circulaba por las autopistas, allá lejos, bien abajo, según podía verse en la videoventana. Lo había visto hacer eso tantas veces antes, que ahora verlo hacer lo mismo lo conmovió de un modo especial. Su padre se había pasado horas junto a la videoventana después de buscar el punto de máxima definición de la pantalla para que sus ojos ya viejos pudiesen ver a través del smog y discernir los detalles más lejanos. ¿Por qué lo perturbaba a Jake ahora? El recuerdo y la realidad eran una misma cosa ¿era por eso? —¿Por qué lo trajiste de vuelta? —le preguntó ella. La voz sonó abrupta. Habían estado en silencio durante algunos minutos. Jake volvió de sus ensoñaciones y soltó los hombros de Anne. Ella no se apartó. —¿Por qué? Porque lo quiero. Porque quiero... hablarle. Pensé que ahora podría. —¿Por qué habría de ser distinto ahora? Ustedes dos eran casi extraños hacia el final. ¿Por qué crees que...? Se detuvo, tomó aire, lo exhaló lentamente y se reclinó contra él. —Discúlpame, Jake. Todo está convulsionado y no sé qué es lo que se debe decir y qué es lo que no hay que decir. Durante todos estos años nunca pensé en cómo sería volver a verlo... bueno, vivo, así. Era algo de lo que hablabas siempre, algo en lo que habías invertido tu parte de la herencia, pero nunca pensé que sucedería, jamás. Y ahora él está allí y lo conozco y no lo conozco al mismo tiempo, y no sé qué decir. —Ya dijiste demasiado. —Sí ¿no es cierto? Anne se inclinó un poco alejándose de Jake para espiarlo por entre el flequillo. —Ya sé que estoy diciendo pavadas. Y también sé que no es eso lo que esperabas de mí. Supongo que te sientes muy mal, Jake. Lo lamento. Era ella la que lo abrazaba ahora, y Jake se sintió confundido y se preguntaba cómo podía ser que se hubiesen invertido los papeles y que ahora fuese ella la que lo consolaba a él. —No sé cómo me siento, Anne. En serio. —¿No? Él sacudió la cabeza. El padre había salido de su ángulo de visión, probablemente para acercarse más a la pantalla. —Supongo que esto es lo que quiero. Necesitaba verlo una vez más. Tal vez pueda... hacer algo. —Pero es que no puedes hacer nada —dijo ella, subiendo el tono de la voz al iniciar la frase y terminándola casi en un murmullo al darse cuenta de que estaba hablando demasiado alto—. No puedes. Está terminado. Eso no es papá, en realidad. No puedes cambiar nada. No puedes, Jake. Lo que tienes allí es una masa de recuerdos. No puedes hacerle el amor a un recuerdo. Él se apartó, molesto por la analogía, sin pensar en lo que había dicho sino en el modo en que lo había dicho. —Dejemos esto, Anne. ¿De acuerdo? Creo que debemos volver. —Vuelve tú Jake. Yo me tengo que ir. —Empezó a caminar y se detuvo—. Tengo una familia ¿no?; ya no lo necesito para eso. Y no le puedo pedir a él... no le puedo pedir a esa cosa... lo que no puede darme. Después se fue, saliendo por la puerta del departamento antes de que Jake pudiese llamarla para que volviese. El viejo, que miraba la pantalla de la ventana, no la vio irse. Jake pensó que así era mejor. Papá no podría comprender jamás.
Jake le alcanzó a su padre un vaso medio lleno de vino, con un solo cubito de hielo meneándose y girando en el líquido rojo oscuro. El viejo aceptó el vaso y lo sostuvo con ambas manos, apoyándolo en la falda. Observó a Jake mientras se sentaba frente a él y no le quitó los ojos de la cara. Jake no pudo leer en la expresión de su padre; era una expresión distante, no demasiado paternal, no demasiado real. Jake levantó su copa y su padre la suya, con apenas un dejo de torpeza. —¿Quieres hacer algún brindis? —preguntó Jake. —No, Jake. Al fin de cuentas es tu vino —y sonrió. Jake se sintió extraño. Se sintió manejado. Era una escena lejana, lo sabía bien. Existía sólo en virtud del impulso que lo había llevado a ella desde su juventud. No podía arrancar. Jake dijo «a la salud» y sorbió su vino, y el viejo sorbió el suyo. —¿Qué tal anda el libro? —Muy bien. Estoy trabajando en él. —¿Tienes editor? —Todavía no. El padre sacudió la cabeza, diciendo en voz baja algo que Jake no pudo oír. —Creo que se va a vender, papá. Estoy seguro. —Si tú lo crees, Jake... —¿No estás de acuerdo? —Eso no importa. Es tu trabajo, tu vida. Jake asintió sin decir nada. El padre tomó un trago y miró el departamento. Detuvo la mirada en el holograma; y movió los labios, los estiró: sonreía. —Ya veo que nada ha cambiado. Sigues teniendo el retrato. —Sí. (¿Qué otra cosa se puede decir?). —¿Cuánto hace? ¿Tres años? No, ya hace seis, ahora. ¿Tanto tiempo? Nada parece haber cambiado. Nada en absoluto. —Quise mantenerlo así. —Pero ¿por qué? ¿Por mí? No seas tonto, Jake. —Eso fue lo que hice. Lo mantuve así para... (¿Para qué? ¿Por qué así? Incómodo, extraño.) —Habla más alto, Jake. ¿Qué fue lo que dijiste? —Nada, papá. —Mmmmm. El viejo se cruzó de piernas y volvió a mirar hacia la videoventana. El gris se filtraba por los bordes de la pantalla y oscurecía casi toda la imagen. —Eso sí que cambió, sin embargo. No estaba tan mal la última vez que lo vi. ¿Empeoró mucho? —Muchísimo. Es difícil caminar por afuera. —Esos filtros ¿funcionan? —Más o menos. —Más o menos. —El padre suspiró—:. Vamos, Jake... ¿Qué quieres decir exactamente con «mas o menos»? Tienes que ser más explícito, muchacho. —Lo siento. Lo que quiero decir es que a veces funcionan bien y otras veces no tan bien. La gente se muere. El padre musitó un «ahhh» y siguió sorbiendo su vino, haciendo después girar el vaso entre las palmas de la mano. —¿Qué fue de esa chica...? ¿Cómo se llamaba? Susanne. —Susan. No nos volvimos a ver, papá. —No se volvieron a ver. ¿Quieres decir que dejaste morir la cosa?
—Algo así. —Jake ¿nunca terminas nada? Siempre estás atrapado entre los comienzos y los finales. ¿Qué pasó entre tú y esa chica? —Nada, papá. Nada en absoluto. —Vamos, Jake. Pronto tendrás veinticinco y los veinticinco son la mejor edad para que un hombre se case. No puedes seguir dejando escapar las cosas así. Llama a esa chica de inmediato y dile que venga. Vamos a ver qué se puede hacer. Si, eso es lo que vamos a hacer. Vamos a ver qué se puede hacer. Jake sacudió la cabeza. El padre no vio el movimiento, no estaba mirándolo. Estaba mirando lejos, tenía los ojos fijos en algún punto distante más allá de Jake; la misma mirada que tenía en el holograma que Jake conservaba sobre su escritorio. —No, papá. —¿Qué? ¿Por qué no? —Tengo veintisiete, papá. Pasaron tres años. —¿Cómo? ¡Ah, sí! Bueno, llama a esa chica de cualquier modo. No está bien, Jake, que un muchacho de tu edad deje escapar las oportunidades. Llámala, ahora mismo. —Papá, hace tres años que no la veo. —¿Qué quieres decir con eso? Ayer mismo... —Se interrumpió. Pareció tambalear por un momento—. Eso fue hace algún tiempo ¿no es cierto, Jake? —Sí, papá. Se quedaron sentados en silencio por un rato, tomando el vino; uno con los ojos fijos en el otro y el otro con la mirada perdida en el espacio. —Papá... —Jake —lo interrumpió el viejo—. Jake ¿no la habrás olvidado, no? —¿Si no habré olvidado a quién? El padre se puso colorado. —A tu madre, Jake. —Tomó aire y lo espiró lentamente. Jake podía sentir, confusamente, que algo se agitaba en el pecho de su padre. Algo que no parecía enteramente carnal—. ¿Te ocupaste de ella, Jake? —Murió un año después que tú, papá. Estaba enferma. —Deberías ocuparte de ella, Jake —continuó el padre, sin hacer ninguna pausa, sin haber oído lo que le dijera Jake, aparentemente—. Ella fue buena contigo. Y también conmigo, ya lo sé. No cualquier mujer se queda tanto tiempo como ella junto a un hombre. —Papá, está muerta. —Tienes que cuidarla, Jake. Ocúpate de que nunca sufra como yo. ¿Te ocuparás de eso, no es cierto? —Papá... Pero su padre no lo escuchaba. No, no era eso. Simplemente no comprendía. —Las cosas han cambiado, papá —dijo Jake suavemente. El padre lo miró. Tenía los ojos en blanco; podía ver la luz que centelleaba a sus espaldas. Algún tipo de plástico brillante. —Las cosas han cambiado —repitió. —Tonterías. Claro está, el smog está peor que nunca pero ¿y tú? ¿Y tu hermana Anne? No, ustedes siguen siendo los mismos. Los dos, igual que ayer, igual que siempre. —El viejo se rió, acercó el vaso a sus labios y bebió—. No, no. Ustedes no cambiaron. Nada cambió. —Papá ¿por qué anduvieron mal las cosas entre nosotros? —¿Qué? ¿Qué quieres decir con que anduvieron mal? —Tú nunca me prestaste atención, ya lo sabes; ahora mismo, no escuchaste ni una palabra de lo que dije.
—Eso no es verdad, Jake, no es verdad. Yo oí todo lo que dijiste, todo. Estás equivocado. —No estoy equivocado, papá. Todo ese discurso que acabas de hacer, fue el que pronunciaste antes de morir, cómo tenia que cuidar a mamá. Pero ella está muerta, papá. Ella está muerta. —Y tú deberías ocuparte de ella; lo sabes bien. —Ni una palabra de lo que dije. —Tonterías. Tonterías. —Ni una palabra. NI una palabra. No puedes oírme. —Oí todo. —Pero no puedes comprender, nunca vas a comprender, nunca más. —¿De qué estás hablando, Jake? —No puedo cambiarte. Tu recuerdo me hace daño y quise arreglarlo, quise transformarlo en un buen recuerdo... pero no puedo. No puedo cambiarte, como tampoco puedo cambiar ese recuerdo. Dios mío. —Jake, Jake. Eres tan joven. Ya verás, dentro de unos pocos años... —Tengo veintisiete, papá. Y no hice nada con mi vida mientras estuve en tus manos. —¿Cómo puedes tener veintisiete? ¿Cómo no voy a saber la edad de mi propio...? El viejo se interrumpió, parecía confuso. Jake suspiró y sacó el cilindro del bolsillo. —¿Jake? Todo anda mal ¿no es cierto, Jake? Miró a Jake con los ojos muy abiertos y asustados. No los ojos que Jake había temido cuando era más joven; esos ojos sólo existían en un lugar, y allí existirían siempre, siempre iguales, hasta que, ahora lo comprendía, meditase y reflexionase lo suficiente. —Sí, papá. Todo anda mal. No eres más que un recuerdo —dijo Jake mientras hacía los ajustes necesarios en la perillita del cilindro. La sala de espera no estaba tan llena como el día anterior. La muchacha negra no parecía demasiado atareada pero su expresión estaba lejos de manifestar alivio. Tenía el ceño fruncido y parecía preocupada y no alteró del todo la expresión cuando Jake se acercó a su escritorio con su padre atrás, arrastrándose con movimientos mecánicos y bruscos. Miró a Jake con aire de sospecha, como alguien que empezase a contemplar con cinismo a sus suplicantes, y señaló con la cabeza a ese simulacro de viejo. —¿Qué pasa con él? —Apagué el circuito de recuerdos. De acuerdo con las instrucciones, según creo. Ahora es sólo un robot. Le entregó a la chica el cilindro y ella lo colocó entre los dos, sobre el escritorio. —¿Qué les ocurrió a todos los demás? —preguntó Jake. —Se corre la voz rápidamente —contestó ella—. Creo que los vampiros volvieron a arrastrarse debajo de las rocas. —¿Qué? —No importa. Parece que Invocaciones S.A. está por cerrar. —Es una pena. Pero es un negocio que va al muere. Ella gruñó y trató de ignorarlo. Como no se iba, levantó la vista ceñudamente para mirarlo. —Bueno ¿qué más? —Una sola cosa más —dijo Jake, volviéndose para mirar a la cáscara que tenía a sus espaldas—. ¿A quién debo dirigirme para un servicio fúnebre?
UNA SITUACIÓN ESPECIAL EN LA CIUDAD DE SUMMIT R. A. Lafferty
—En una palabra ¿cómo nos comunicamos, Sumner? —preguntó Fenwick—. Esos dos casi parecen tener algo nuevo que decir acerca de la comunicación. —Sólo que son incapaces de comunicarlo —se burló Sumner—. Ese es el inconveniente de permitirles a los científicos y demás aficionados que tengan opiniones acerca de los procesos mentales. Nos comunicamos por medio de palabras, Fenwick, y no por medio de esas benditas ondas o lo que sea con que sueñan esos cerebros reblandecidos. Ahora andan diciendo que incluso los signos convencionales deben su significado a la telepatía. —Pero Hegeman y Bott-Grabman son tipos de buena reputación... no me acuerdo en qué campo exactamente... Dicen que las palabras no son más que conversación, un índice que utilizamos, y que no podríamos comunicarnos más que un cincuenta por ciento menos de lo que nos comunicamos si nos limitásemos a las palabras. —Que se ocupen de lo que saben —dijo Sumner—, que de comunicación por el lenguaje no saben nada. —No son sólo las palabras las que degradan —dijo Fenwick—. Lo mismo dicen de los signos, las convenciones, los supuestos, todo tipo de cosas... dicen que significan poco por sí mismos. Dicen que no tendríamos ningún modo de conocer nuestra propia cara en el espejo —aunque la mirásemos una docena de veces por día durante toda nuestra vida— si no fuese por esas ondas personales conocidas vulgarmente como telepatía. Hasta llegaron a decir que el paralelismo de los conceptos (que es lo que conocemos como conciencia) no seria posible sin la recepción del eco de nuestras propias ondas. —Yo lo que te digo es que esos tipos no saben nada, Fenwick. —Pero Bott-Grabman registró un caso sorprendente: una mujer que hablaba sólo italiano y que estuvo casada durante treinta años con un hombre que hablaba sólo armenio. Ninguno llegó a aprender la lengua del cónyuge, pero siempre se entendieron a la perfección. Fue entonces cuando sucedió, pero silenciosamente y sin ninguna señal de advertencia. El cambio alcanzó a todos los habitantes de la ciudad. Las propias ondas personales de Fenwick se habían enredado al seguir hablando, y se notó la diferencia. —La mujer... bueno, no estoy seguro de quién era la mujer... creo que uno de ellos era una mujer y el otro un armenio... los nombres de pila eran ambivalentes, mejor dicho, nunca supe cuáles eran los nombres de pila... ¿De qué género es Morvan? ¿Es muy armenio Renentlas? No sería nada raro que fuese el otro el que hablase árabe. —¡Árabe! Es una suerte que no se hayan entendido nunca, si no se habrían divorciado antes de un año. Tienes un lío espantociento en la cabeza, Fenwick. Te estas enredando. —El que se está degradando eres tú, Sumner, y no hablo temporalmente, bruto. Eso lo puso furioso a Sumner y ambos se enredaron en una pelea a puñetazos. —Deberíamos poder entendernos un poco —dijo Sumner mientras le escabechaba la oreja a Fenwick (pero no podían, no podían entenderse en absoluto). —Querrás decir que deberíamos poder entendernos algo —dijo Fenwick mientras le reventaba el riñón a Sumner—. Claro, claro que deberíamos poder entendernos y no ser Espartacos de la incomprensión. ¿O tal vez debería decir que tendríamos que entendernos para no ser siervos de la confusión? Claro, quiero decir siervo, que no es un mamífero con cuernos, Sumner. ¿Quién de nosotros es Sumner? Me gustaría verte embalsamado sobre la chimenea. —De Dios, siervo de, creo que es otra cosa —dijo Sumner, o tal vez Fenwick. En realidad el que hablaba era el hablante—. Y en mi humilde opinión, según lo que ven mis ojos de vidrio desde lo alto de la chimenea, eres un cornudo y un rumiante. Se pelearon, y habían sido amigos.
Esa misma noche, a unos pocos kilómetros, en otro sector de la ciudad, un armenio ya viejo le cortó la garganta a una italiana que había sido su mujer durante treinta años. —De pronto me pareció que hablaba sin sentido —dijo. A esa misma hora, aproximadamente, un gordo volvió corriendo y le dio una trompada al canillita. —Me has vendido un diario foranjero —lo acusó. —Es el mismo diario que compra todas las noches —burbujeó el muchacho entre la sangre—. Usté siga nomás dándole trompadas a la gente, va a ver cuando venga mi hermano, le va a aplastar el melón. Son las mismas letras. Las mismas palabras. —Sí, ya sé que son las mismas palabras. Pero ¿cómo puede ser que no pueda leerlas entonces? Debe ser una lengua foranjera. Le dio otra trompada al muchacho y se fue. ¿Qué se espera de uno cuando a uno le venden un diario que uno no puede leer? Había dos hombres sobre un andamiaje a treinta metros de altura. Este no es el chiste de los dos irlandeses en el andamio. Uno de ellos era irlandés y el otro dinamarqués. —Suelta un poco la cuerda —dijo el dinamarqués—. ¡Ah! ¿Dije «suelta»? Levanta esa exhortativa. Quise decir su.. —Sí, ya entendí, que suba la palanca que suelta la cuerda. Me imagino que la exhortativa es la palanca, aunque preferiría qua no usaras el dinamarqués cuando hablas conmigo. Soltó la cuerda. Cayó treinta pisos. Se mató. —¡Pobre tipo! No me entendió —dijo el dinamarqués—. Nunca antes había pasado. Lo que yo trataba de decirle era que... Pero la caída también mató al dinamarqués. Empezaban los embotellamientos. —¿Dígame usted no distingue el rojo del verde, amigo? —le preguntó un policía a un honrado automovilista. —Claro que sí, y su nariz no puede decirse que esté verde —dijo el ciudadano honrado, y su esposa se rió del chiste. —¿Por qué no obedece el semáforo, entonces? —preguntó el policía. —¡Ah! No sabía que habían empezado a dar órdenes ahora. —El rojo significa «¡Alto!». —El rojo no significa «¡Alto!» para mí —dijo el ciudadano honrado—. Hasta le diría que ni siquiera «¡Alto!» significa «¡Alto!» para mí. Empiecen nomás a obedecer las órdenes de los semáforos y dentro de poco van a obedecer a las cucarachas. ¿Por qué no hacen algo para que todos los autos no traten de cruzar la intersección al mismo tiempo? Es un merengue. —¿Por qué no tocas la bocina, John? —sugirió la esposa del ciudadano honrado—. Todos los demás están tocando su bocina. El ciudadano honrado tocó su bocina. Las cosas empezaron a ponerse bravas cuando se hizo de noche. La policía no podía hacer nada. Ahora no había forma de distinguir a un policía de cualquier otra persona. El magistrado no podía emitir órdenes de arresto. Y, en todo caso, ¿qué palabras hay que poner en una orden de arresto? ¿Y qué quieren decir si uno las pone allí? ¿Y cómo hacer para que quieran decir lo mismo para todos los demás? Hubo grandes apagones. Hubo confusión en las usinas y en las estaciones distribuidoras. ¿Quién podía acordarse de cuál era la diferencia entre enchufar y desenchufar?
—Salgamos de este motín y vayamos a cenar a casa —le dijo un hombre a su mujer. Ella le dio una bofetada que lo dejó tirado. —¿Por qué hiciste eso? —preguntó el hombre mirando hacia arriba desde la vereda. —Ningún hombre me habla de esa manera —dijo ella. —Pero lo que yo quería decir... —¿Cómo pretendes que sepa lo que querías decir? Deberían fusilarte. No puedes hablarme de esa manera. —Pero soy tu esposo. —No sé de qué estás hablando. No sé lo que significa. —Yo tampoco. Parece como si lo hubiese venido diciendo toda la vida. Partieron hacia direcciones opuestas. Después estalló en serio. Empezaron los incendios, hubo un brote de viruela. Siempre que se sacuden los cimientos de algo fundamental, las paredes de ladrillo más sólidas se prenden fuego y las personas inoculadas tres veces empiezan a morir de viruela antes de que uno cuente hasta mil. ¿Cómo puede uno hacer para apagar los incendios cuando no puede distinguirse un bombero de cualquier otro tipo ni un carro de incendios de los demás vehículos? ¿Cómo puede arreglárselas un bombero si no puede comprender las órdenes? ¿Por qué no se callan todos ya que nadie entiende lo que los demás dicen? —Soy el intendente —dijo un hombre en un matadero—. Tomemos al toro por las astas. —¿Y eso qué quiere decir? —preguntó un comisionado. —No sé —dijo el intendente—. Hace mucho tiempo que vengo diciendo eso. Fíjese en el diccionario. Puede ser que allí diga. —Ya pasó el momento de las palabras —dijo el jefe de policía—. Llegó la hora de la acción. A mí también me parece que hace mucho que digo esto mismo. —¿Qué quiere decir cuando habla de acción? —preguntó el comisionado de Parques, Paseos y Jardines. —Esto —respondió el jefe de policía y empezó a correr al comisionado de Parques, Paseos y Jardines a puñetazos. —Asumamos un espíritu de lucha —dijo el alcalde. —A éste parece sobrarle el espíritu de lucha —dijo el comisionado de Parques, Paseos y Jardines. La reunión se disolvió por tiempo indeterminado. No iban ni para atrás ni para adelante. —¿Para qué diario me dijo que trabajaba, Joven? —preguntó el profesor Hegeman al periodista. —Para el Sol de Summit. Escribo artículos de ciencia, como le estaba diciendo. Pero no pierdo el tiempo aquí. Ustedes dos largan suficiente información en el curso de la charla como para proporcionarme material para varios meses. —Hegeman, ese es el diario cuya edición de esta noche era algo extraña —dijo el profesor Bott-Grabman—. Lo estuvimos comentando. —Yo no lo vi —dijo el periodista—. ¿Es ése? —Hay poco que ver —dijo Hegeman—. Treinta y nueve páginas en blanco y sólo el nombre del diario y algunas palabras en cuerpo catástrofe en la primera plana: SI CREE QUE PUEDE MEJORARLO VENGA E INTÉNTELO - EL EDITOR. Éso es lo que dice. —Algo anda mal —aulló el periodista—. Mejor vuelvo. —Creí que buscaba una historia —dijo Bott-Grabman. —Así es. Es la noticia más importante que me toca en varios años, pero algo debe andar mal en el diario.
—Es probable que hoy haya habido muchas noticias, y que el editor no se haya sentido con ganas de sacar su diario —dijo Hegeman—. Hay días en que me siento desganado y no tengo ganas de hacer demasiadas cosas. —¡Mi radio! —gritó el periodista—. A ver si puedo oír si pasó algo raro en la ciudad. —No va a poder pescar nada desde aquí —dijo Bott-Grabman—. No tiene idea de lo bien protegidos que estamos. Era imprescindible para llevar a cabo nuestro experimento de esta noche. Ahora olvídese de todo lo demás. No estamos dispuestos a repetir dos veces lo mismo. Vamos a tratar de que usted haga una buena nota, pero me parece que usted no tiene una idea muy clara de lo que estamos investigando. —Todos dicen que trabajan con la telepatía —dijo el periodista. —Bueno, en realidad, en esta etapa estamos trabajando sin la telepatía, no con ella. Por favor, trate de entender bien esto: siempre fuimos telépatas. —¿Usted y el profesor Hegeman? —¡Claro, nosotros dos! ¿O cree que alguno de nosotros es un anormal? Últimamente estamos tan disgustados con la gente que no estoy muy dispuesto a dar más conferencias. «¿Llegaremos alguna vez a ser telépatas?» nos preguntan... qué burros. «Ustedes ya son telépatas» les digo pacientemente. «¿Y cómo puede ser que no lo sepamos?» rebuznan. «Me pregunto si acaso saben en qué extremo del cuerpo tienen que ponerse el sombrero» les digo, y a veces esta manera de hablar los despista. «La telepatía es pensamiento a la distancia, pero es Imposible que piensen a la distancia si no son capaces de pensar en absoluto. La mayor parte de ustedes ni siquiera pueden llevar un pensamiento de un lugar a otro de su propio cerebro», les explico; «no pueden proyectar lo que no tienen, manada de ovejas», les digo, «y, a pesar de todo, algo logran». «Les digo esto pero no puedo hacer que lo comprendan. No soy un buen orador.» —No, eso es muy cierto, profesor Bott-Grabman —dijo el periodista—. Es por eso que estoy tan interesado en poder interpretarlo. Si no me equivoco, ciertas personas dotadas ya poseen la capacidad telepática... hasta cierto punto. Lo que usted debería hacer es ofrecerle una demostración al público. —Ya lo intentamos, joven —dijo el profesor Hegeman—. La existencia de la telepatía debería poder demostrarse tan fácilmente como la existencia de un árbol. Pero ¿cómo puede uno demostrarle la existencia de algo a gente que cierra sus ojos y se tapa los oídos con las manos? Estamos hartos de tratar de demostrar una cosa tan elemental, afónicos de repetir lo mismo... Bueno, en rigor, yo me puse afónico y a Bott-Grabman se le puso la voz atiplada. Ya en el límite de nuestra desesperación preparamos esta pequeña demostración para esta tarde y esta noche. Debería resultar bastante entretenida. Tal vez convenga a algunos, además. Cuando el público esté convencido de que existe ese sentido telepático estaremos en mejores condiciones para trabajar en favor de su desarrollo. —Así que ahora están emitiendo ondas... —empezó a decir el periodista. —No. Estamos inhibiendo las ondas —dijo el profesor Hegeman con firmeza—. Estamos embrollando todas las ondas personales a través de la ciudad. —¿Y eso pondrá de manifiesto la telepatía latente en la gente? —preguntó el periodista. —Muy por el contrario, joven —dijo Bott-Grabman—. Va a bloquear por completo todas las manifestaciones de telepatía en la ciudad. Estamos invirtiendo el proceso. Las primeras unidades de la Guardia Nacional llegaron a Summit a eso de las diez de la noche. Los informes que partían del lugar habían provocado la alarma del gobernador y de todos los demás. En ese clima de motines y asesinatos que estallaban por todas partes y sin poder contar con una policía, al parecer sorprendentemente inerte, el ejecutivo se puso en acción de inmediato.
Los guardias empezaron a poner orden, pero sólo durante un rato. Nunca lograron llegar al centro de la ciudad. Empezaron a dividirse. Los primeros informes a las centrales habían sido claros. Después se habían vuelto confusos. Y después totalmente incoherentes. —...no podemos avanzar. ¿Qué significa avanzar? ¿Cómo vamos a hacer para distinguir a los guardias del resto de la gente? Lo malo es que no dejamos de dispararnos entre nosotros. ¿Estamos desobedeciendo las órdenes impartidas? Dennos instrucciones acerca de cómo distinguir... —fue el último informe nocturno del coronel. —Este hombre está loco —le dijo el gobernador a su secretario—. ¿No llevaban uniforme los guardias? —Cuando se fueron de aquí estaban uniformados —dijo el secretario. El gobernador dejó de contar con sus guardias y apeló al ejército. Una hora más tarde los comandos del Área Central estaban camino a la ciudad de Summit. —Entonces lo que van a ofrecer esta noche no es una demostración de telepatía — preguntó el periodista—. ¿Y entonces qué es? No los entiendo. —Estamos tratando de demostrar la ausencia de la telepatía —dijo Hegeman—. Suponga usted que hay una tribu que ha vivido durante generaciones bajo el permanente retumbar del trueno, resonando siempre en el mismo tono y sin ninguna pausa. ¿Podrían oírlo? —No sé —dijo el periodista—. Supongo que, en cierto modo, sí lo oirían. —Lo notarían. —Posiblemente no. —Pero si de pronto se interrumpiese ese ruido generalizado ¿lo notarían? —Notarían la diferencia sin duda. —Bueno, joven, las palabras comunican menos de lo que se cree. Son indicadores, pistas, señales, refinamientos. Pero no podemos comunicarnos sólo con palabras. Inténtelo y verá. Supongo que eso es lo que están haciendo ahora los habitantes de la ciudad de Summit... si es que no abandonaron el intento ya. Los uniformes, los signos, las convenciones han perdido significado para ellos. Están privados de la comprensión directa. Sólo les quedan las palabras y no pueden comunicarse con ellas. —Entonces ¿con qué se comunica la gente, profesor Hegeman? —¿Usted con qué huele? Con la nariz que tiene en medio de la cara. ¿Con qué ve? Con esas dos bolitas que giran en la zona delantera de su cabeza. ¿Con qué habla? Con la lengua amorfa que tiene en la boca y la cavidad bucal. Pero ¿con qué se comunica en realidad? Con su cerebro, pedazo de bobalicón sin ídem. Las palabras y los gestos sólo se intercalan para marcar el compás. El general Gestalt bajó en helicóptero en cuanto sus comandos empezaron a entrar en la ciudad. Era un hombre amargo, que prácticamente confiaba sólo en sí mismo. Tenía poco intercambio con otra gente. Eso hizo que se notara la diferencia. Vio desintegrarse sus comandos como antes se había desintegrado la Guardia. Descubrió que no podían comprender sus órdenes, y las respuestas que le daban no parecían tener sentido para él. —¿El gas de la locura? —se preguntaba—. ¿Redes subliminales de confusión? ¿Bacterias que ablandan el cerebro? No, es todo demasiado súbito. Esto viene de alguna parte. Tengo que ubicar de dónde. Y, si uno no puede hacer una buena triangulación, lo mejor que puede hacer es conseguirse un sabueso. Aquí está uno de los mejores. El general Gestalt tomó al cabo Cram del pescuezo y lo puso de pie. —Muchacho, tienes el mejor olfato para los líos de toda la compañía. —Me doy cuenta de que no comprendes mis palabras, pero no importa. Estáis en mejores condiciones para
encontrar el centro del lío antes que cualquiera de los demás hombres palmados que tengo. Así que... lléveme a él. »No, allí no, muchacho. Allí todo lo que están haciendo es romper ventanas y tirarse tiros. Llévame al lugar de origen del lío. No queremos un lío de segunda mano ¿no es cierto? Súbete al helicóptero conmigo. »Escúchame, muchacho, no queremos meternos en ese lío de morondanga que hay allá abajo. Es un lío secundario. Siempre tuviste un talento especial para lo genuino. Tenemos que llegar al Centro del lío. Mírame, muchacho, aunque no puedas entenderme. Vamos a donde está el lío en grande. Eso es lo que te gusta. ¡Husmea! Y después señálame la presa. El cabo no comprendía las palabras pero tenía sin lugar a dudas el mejor olfato de toda la compañía para encontrar el centro de un lío. Señaló la presa y el general enfiló hacia allí el helicóptero. Bajaron cerca de un laboratorio aislado en las afueras de la ciudad. Salieron del aparato. El cabo seguía su olfato. El general lo seguía al cabo. —Ya recuperé la calma, joven —dijo el profesor Hegeman—. Vea, es muy simple. Siempre tuvimos telepatía. Es una capacidad tan constante en nosotros que no la reconocemos. Pero preciso que todos admitan su existencia para poder desarrollarla más. Todo el mundo es telépata. Todos los hombres lo han sido. Así es como nos comunicamos con los demás. Claro que las palabras y otros agregados ayudan un poco. Según Bott-Grabman en un cincuenta por ciento. Yo opino que mucho menos. Después del experimento de esta noche vamos a poder hacernos una idea más clara. »Gracias a nuestros inhibidores, hemos creado una situación especial en la ciudad de Summit. Por un rato y bajo estas condiciones especiales, nadie será telépata. Ya deben de estar teniendo dificultades para comunicarse. Tal vez ya están experimentando cierto grado de frustración. El cabo entró en la habitación y el general lo siguió. El general captó de inmediato la situación con ojo clínico. —¡Apaguen esa cosa de mierda! —ordenó—. Está enloqueciendo a la gente. La apagaron. El experimento había terminado. La gente de la ciudad volvió a entenderse... al menos tanto como antes. Empezaron a apagar los incendios y a vendarse las heridas. Los casos de viruela se convirtieron en urticarias nerviosas, y la gente sacó el mejor partido posible de esta extraña situación. Pero los muertos no resucitaron. El profesor Hegeman se había puesto verde. El profesor Bott-Grabman tenía un tinte más bien grisáceo. Acababan de sentenciarlos a muerte por crímenes contra la humanidad y estaban molestos por la sentencia. —Pero el experimento fue un éxito —protestaba una y otra vez Bott-Grabman—. Fue un éxito insospechado. Ni siquiera soñábamos con que fuese tan total la dependencia de la gente en la telepatía. De otro modo habríamos usado un inhibidor más suave. Les pido que nos suelten así podremos seguir con nuestro trabajo. En cuanto hasta los más estúpidos admitan este asunto se va a abrir un amplio campo de experimentación. El panorama es muy promisorio. —Es verdad —dijo el juez—. Es muy promisorio para ustedes, ya que dentro de muy poco los dos van a iniciar eso que algún humorista mordaz denominó alguna vez el Viaje más Largo: la Muerte. Se los sentencia por las cuatrocientas muertes que provocaron y por los miles de casos de locura inducida.
—¡Pero funcionó! ¡Eso nos reivindica! ¡Todo el mundo es telépata! —gritó Hegeman—. Supongo que ahora lo comprenden. —Si yo fuese telépata en realidad, tal vez podría penetrar en las mentes retorcidas de ustedes dos y comprender de algún modo su inhumanidad —dijo el juez—. Pero, como soy sólo un hombre, no puedo hacerlo. Sólo ruego que la maldad y el método secreto de destrucción mueran con ustedes. ¡Llévenselos!
MECENAS William Rotsler Ella se te queda mirando desde su cubo casi negro, serena, tranquila, respirando con normalidad, limitándose a mirarte. Está desnuda hasta las caderas, rodeada por un cinturón enjoyado, y está sentada regiamente sobre un montón de lujosos almohadones. Su pelo largo y blanco cae en cascada sobre sus hombros del color del albaricoque y parece hecho para brillar ligeramente ante alguna luz oculta. A medida que te acercas al sensatrón de tamaño natural, las vibraciones llegan hasta ti. No se puede exagerar la asombrosa realidad de la imagen tridimensional, pues el retrato de una de las más grandes cortesanas de la historia, hecho por Michael Cuento, es una gran obra de arte. Mientras contemplas el cubo, la imagen de Diana Snowdragon deja de parecer tan tranquila y, de algún modo muy sutil, se convierte en algo ávido, dominante, atractivo. Está en cueros, no desnuda. Se escuchan... casi, los sonidos sueltos de campanas de músicos melora. El poder de su personalidad única es abrumador, tal y como es en persona, pero en la interpretación del artista, se exponen también otras muchas facetas. El cubo-retrato del sensatrón de Diana es universalmente reconocido como una obra maestra. El sujeto quedó encantado. El artista quedó disgustado y me dije que el ego del sujeto le impidió ver la realidad que él había construido. Pero fue este cubo el que proporcionó a Michael Benton Cilento la fama que deseaba, necesitaba y odiaba. Éste fue el primer gran sensatrón en un momento en que los cubos empezaban a ser utilizados por los artistas, en lugar de por los científicos. Se estaba poniendo «de moda» el trabajar con sensatrones y en todas partes se hablaba de comprar cepillos electrónicos, redes ciliares y espacios blancos. Los sensatrones son la última unión del arte y de la ciencia. Al menos por el momento. Las ciencias están suministrando constantemente herramientas a los artistas, ya se trate de pintura fija, que mantendrá su brillo durante mil años, o de un cepillo electrónico para producir meticulosos cambios en un modelo geométrico de ondas de radar. Los grupos estremecimiento ya están explorando los nuevos instrumentos de ondas cerebrales que sólo crean música en el interior del propio cerebro. Pero los sensatrones son la furia del momento. Del mismo modo que los modelos de ropas relucientes de la generación estremecimiento fueron adoptados y explotados por los medios de comunicación, el mundo de la publicidad espera con impaciencia la construcción de inmensos sensatrones que reproduzcan réplicas exactas de los productos, con anuncios que digan «¡cómprame!» y que penetren en el cerebro de uno. Lleno de ilusión, he hecho que uno de mis laboratorios de investigación empezara a trabajar en un instrumento de creación de espacios blancos para eliminar el supuesto ruido electrónico. Los cubos pueden adquirir una vida tan extraña, que se mantienen los rumores según los cuales ellos toman una parte del alma de uno mismo. Quizá tengan razón. El exterior
no sólo lo captan las cámaras, proporcionando la base a partir de la cual trabaja el artista del sensatrón, sino que los magnetofones alfa y beta, las máquinas EEG, los sutiles repetidores de los latidos del corazón, todo registra lo que está sucediendo en el interior. Muchos artistas utilizan una combinación de numerosos registros, tomados a lo largo de un período de sesiones. Algunos emplean momentos individuales específicos, o estados de ánimo, cada uno de ellos registrado proyectado por los conos sónicos diferenciados y por los proyectores alfa-beta. A estas proyecciones, el artista añade su propia interpretación, creando un concierto casi musical de ondas que actúan sobre cualquier cerebro humano que se encuentre dentro del ámbito de recepción. Sigue siendo prerrogativa del artista el seleccionar, eliminar, disminuir o hacer lo que él desee. Algunos artistas de sensatrones incluyen los desequilibrios emocionales, así como los aspectos fuertes, mientras que otros lo unifican y allanan todo. Algunos artistas están experimentando con grabaciones postizas, mujer por hombre, animal por sujeto, puras abstracciones en sustitución de la realidad. Cada uno de los que lo intentan, aporta un nuevo punto de vista. Todo lo que Mike Cilento quiso hacer fue proyectar la verdad, tal y como él la veía. Quizá llegó a poner al descubierto una capa del alma. Yo he estado cerca del modelo viviente de un retrato sensatrón y el cubo me ha parecido mucho más interesante que la persona, pero sólo cuando el artista era más grande que el sujeto. El retrato de Mike de la sociedad más infame —y más rica— le convirtió en famoso de la noche a la mañana. Hasta los cubos repro que se pueden comprar hoy son impresionantes, pero el original, con sus sutiles circuitos originales y sus emisiones debidamente enfocadas, es verdaderamente sorprendente. Un coleccionista de Roma me llamó la atención sobre Cilento y cuando vi el cubo de la Snowdragon, me las arreglé para que me lo presentaran. Nos encontramos en la villa de Santini, en Ostia y, al igual que la mayoría de los artistas jóvenes, él ya había oído hablar de mí. Nos encontramos junto a una piscina y sus primeras palabras fueron: —Patrocinó usted a Wiesenthal durante años, ¿no? Yo asentí con un gesto, sintiéndome tímido, pues por cada artista a quien uno ayuda, hay diez que lo piden. —Su ópera Moctezuma es una verdadera tontería. —Fue bien recibida —repliqué, sonriendo. —No comprendía a ese azteca, del mismo modo que no comprendió a Cortés —me observó, con una mirada de desafío. —Estoy de acuerdo, pero cuando escuché eso por primera vez, ya era demasiado tarde. Se relajó e introdujo el pie en el agua, guiñando el ojo hacia dos hijas casi desnudas de un barón de los minerales lunares que pasaban por allí. Parecía haber dejado bien clara su idea y no tener nada más que decir. Cilento me intrigó. Durante el transcurso de una serie de años en los que me dediqué a «descubrir» artistas, me había encontrado con toda clase de tipos, desde los tímidos que se ocultaban, hasta los fornidos que exigían mi patrocinio. Y también me había encontrado con esa clase que parecía ser indiferente a mí, como era el caso de Cilento. Pero otros muchos habían actuado de ese modo y yo había aprendido a despreciarlo todo excepto el trabajo terminado y el potencial de trabajo. —Su cubo de la Snowdragon es extraordinario —dije. Él asintió y miró en otra dirección. —Sí —admitió, y tras una breve pausa, añadió—: Gracias. Hablamos del cubo durante un rato y me dijo lo que pensaba de su tema. —Pero le hizo famoso —observé. Me miró de soslayo y, al cabo de un momento, preguntó:
—¿Acaso en el arte se trata sólo de eso? Me eché a reír. —La fama es muy útil. Abre puertas. Hace posibles las cosas. Hace que sea más fácil llegar a ser incluso más famoso. —Le pone a uno enfermo —dijo Cilento, con una sonrisa. —También le puede matar a uno —añadí. —Es una herramienta, Mr. Thorne, como los circuitos moleculares o la integración dinámica, o como un simple destornillador. Pero le puede dar a uno libertad. Yo quiero esa libertad; todo artista la necesita. —¿Es ésa la razón por la que escogió a Diana? Él sonrió burlonamente y asintió con un gesto. —Además, esa mujer era un gran desafío —dijo. —Me lo imagino —dije, sonriendo, pensando en Diana á los diecisiete años, hermosa y ávida, abriéndose camino con sus garras, subiendo con su ayuda los muros monolíticos de la sociedad. Bebimos una copa, después compartimos una escena psicodélica en las ruinas de un templo de Vesta, y nos convertimos en Mike y en Brian el uno para el otro. Nos sentamos en viejas piedras y nos reclinamos contra los restos de una columna, mirando las luces de la villa de Santini, allá abajo. —Un artista ama la libertad más que a la pintura, la electricidad, los diagramas cúbicos o la piedra —observó Mike—. O que la propia comida. Siempre puede uno conseguir los materiales, pero la libertad para utilizarlos es algo precioso. Siempre hay un tiempo determinado. —¿Qué me dices del dinero? Eso también es libertad —pregunté. —A veces. Puedes tener dinero y no tener libertad. Pero, normalmente, la fama trae dinero consigo. Asentí con un gesto, pensando que, en mi caso, había sido a la inversa. Contemplamos la luz de la media Luna sobre el Mar Tirreno, recreándonos en nuestros propios pensamientos. Yo pensé en Madelon. —Hay alguien a quien me gustaría que hicieras —le dije—. Una mujer. Una mujer muy especial. —Ahora no —se negó—. Quizá más tarde. Tengo algunos encargos que quiero hacer. —Tenme en cuenta cuando dispongas de tiempo. Ella es una mujer muy poco corriente. Él me miró y lanzó un guijarro colina abajo. —Estoy seguro de que lo es —dijo. —Te gusta hacer mujeres, ¿verdad? —pregunté. —¿Has llegado a esa conclusión después de haber visto un solo cubo? —preguntó, sonriendo a la luz de la Luna. —No. He comprado los tres más pequeños que hiciste antes. Me miró intensamente. —¿Cómo sabías que existían? No se lo había dicho a nadie. —Algo tan bueno como el cubo de la Snowdragon no podía proceder de la nada. Tenía que existir algo hecho con anterioridad. Fui rastreando a los propietarios y los compré. —La anciana es mi abuela —me dijo—. Siento un poco el haberla vendido, pero necesitaba dinero. Tomé nota mental para devolvérselo. —Sí, me gusta hacer mujeres —admitió con suavidad, reclinándose contra la columna—. A los artistas siempre les ha gustado hacer mujeres. Para... captar esa sombra elusiva de una mirada momentánea... en la pintura, en piedra, en arcilla, en madera, en película... o en construcciones moleculares.
—Rubens las vio rollizas y alegres —comenté—. Lautrec, en cambio, las vio depravadas y reales. —Para Da Vinci eran misteriosas —replicó él—. Matisse las vio haraganas y voluptuosas. Miguel Ángel apenas si las vio. Picasso las vio en las infinitas variedades de la locura. —Gauguin... sensualidad —comenté—. Henry Moore las vio como cosas abstractas, como punto inicial de la forma. Las mujeres de Van Gogh reflejaban su propio cerebro de loco genial. —Cézanne las contempló como vacas plácidas —dijo Mike, sonriendo—. Fellini las vio como criaturas multifacéticas que eran en parte ángeles y en parte bestias. En las fotografías de André de Dienes, las mujeres son fantasías realistas, eróticas y extrañas. —Tennessee Williams las vio como caníbales locos, fascinantemente repulsivos — dije—. Las mujeres de Sternberg eran irreales, duras, dramáticas. Las de Clayton eran demonios depredadores. —Jason las ve como ángeles, ligeramente confundidos —dijo Mike, encantado con el pequeño juego—. Coogan las vio como monstruos maternales. —¿Y tú? —pregunté. Se detuvo y la sonrisa desapareció. Contestó al cabo de un largo rato. —Como ilusiones, supongo. Hizo rodar entre sus dedos un fragmento de piedra de la época de César, y habló con suavidad, casi como si estuviera haciéndolo consigo mismo. —Ellas... no son del todo reales, de algún modo. Las críticas dicen que he creado una obra maestra de realismo erótico, un verdadero hito en las artes figurativas. Pero... ellas son... trozos. Son increíblemente reales sólo durante un instante... fantásticamente indefinidas en el momento siguiente. Las mujeres nunca son las mismas de un momento a otro. Quizá sea ésa la razón por la que me fascinan. Después de aquel encuentro, no vi a Mike durante algún tiempo, aunque nos mantuvimos en contacto. Hizo un retrato de la princesa Helga de Holanda, bastante modestamente vestida, con el cubo lleno con sus famosas esculturas doradas y con las vibraciones del amor y de la paz. Para los monjes de Welles, en Marte, Mike hizo un gran cubo de Buda, que se convirtió rápidamente en una atracción turística. Los cubos repro hicieron ganar al monasterio una pequeña fortuna. Cualquier cosa que Mike eligiera hacer era comprada rápidamente y los encargos fluían de individuos, de empresas y fundaciones, e incluso de movimientos. Lo que hizo fue un simple desnudo de su amante del momento. Era lo bastante erótico en cuanto a la pose, pero poderosamente pornográfico en las vibraciones y después de que Mike la dejara, recibió un contrato de la Universidad-Metro. El joven shah del Irán compró el cubo para instalarlo en sus Jardines de Babilonia, que se construían desde hacía tiempo. Por su utilización de los proyectores de ondas alfa, beta y gamma, así como por los progresos realizados en sónicos diferenciados, Mike fue sujeto de toda una edición de la revista Electrónica Moderna. Mike había cumplido sus deberes para con su arte, pues mientras estudiaba en el Instituto Tecnológico de California, trabajó en el proyecto Escudo Celeste, un sistema de defensa electrónica contra las partículas de baja energía, para ser utilizado en las estaciones espaciales. Después de graduarse, empezó a trabajar en el complejo de ondas cerebrales de Long Island, pertenecientes a los Laboratorios Bell. Dejó este trabajo cuando obtuvo una beca Guggenheim para practicar su arte. A partir de su cubo «Mujer-placer», la General Electric utilizó algunas de las modificaciones de Mike para sus nuevos proyectores e imágenes de multicapas y para sus generadores de ondas beta. La empresa Nakamura Ltd. produjo una nueva cámara con distribución de modelo circular, que contenía muchas de las sugerencias de Mike y
destinada a los artistas que utilizaban modelos de objetos tridimensionales, para registrar el ciclo básico de imágenes, tales como respiración, el correr del agua o la repetición de acontecimientos. Para los artistas que trabajaban en abstracciones originales, Mike construyó su propio cepillo electrónico ultrafino, así como un generador de imagen conectado con una computadora de gráficos, que producía un número casi infinito de variables. Mike Cilento estaba probándose a sí mismo como innovador e ingeniero, así como un artista, lo que resultaba una combinación poco corriente. Volví a encontrarme con Mike en la inauguración de sus series «Sistema Solar», en el Gran Museo de Atenas. Los diez cubos colgaban del techo, cada uno de ellos con su interpretación no literal del Sol y de los planetas, desde la poderosa bola del Sol hasta la brillante esfera de Plutón. Mike parecía enjaulado, como un tigre en una trampa, pero se sintió muy feliz de verme. Se dejó raptar cuando me lo llevé a mi apartamento, en la parte vieja de la ciudad. Suspiró cuando entramos, echó la chaqueta sobre un sillón estilo vida, y salió al balcón. Yo tomé dos copas y una botella de vino de Creta y me uní a él. Volvió a suspirar, se hundió en la silla y sorbió el vino. —¿Te está exigiendo demasiado la fama? —le pregunté. —¿Por qué siempre quieren a los artistas en las inauguraciones? —preguntó, lanzándome un gruñido—. El arte habla por sí solo. —Relaciones públicas. Tocar el borde de la creatividad. Quizá piensan que de ese modo algo les tocará a ellos. Él volvió a gruñir y permanecimos guardando un agradable silencio, mirando hacia el Partenón, más alto e iluminado en la noche. Finalmente, dijo: —Ser un artista es lo que he querido ser siempre, como los chicos que crecen para ser astronautas o jugadores de fútbol. Es un honor ser capaz de hacerlo, sea lo que sea. He pintado y hecho escultura. He hecho mosaicos ligeros y modelos de puntos brillantes. Hasta llegué a intentar la música durante algún tiempo. En realidad, nada de eso parecía ser lo que quería. Pero creo que lo que más se acerca son las construcciones moleculares. —¿Debido a su gran realismo? —Eso es una parte. Abstracción, realismo, expresionismo... eso sólo son etiquetas. Lo que importa es lo que es, los pensamientos y las emociones que se transmiten. Las unidades sensatrón son herramientas bastante buenas. Puede uno trabajar casi directamente sobre las emociones. Cuando la General Electric tenga preparadas las nuevas unidades, creo que será posible conseguir matices aún más sutiles con las ondas alfa. Y, desde luego, con más unidades se pueden hacer cosas más complejas. —Eres tan buen ingeniero como artista —le dije. Sonrió y bebió un poco de vino. —Todo medio, toda técnica tiene para aquellos que encuentran en esa zona una especie de festín particular. Considera a los actores. Antes sólo estaba la obra, desde el principio hasta el final, sin retomar y con vida. Después llegaron la película y la grabadora y los acontecimientos empezaron a salirse de secuencia. Ninguna línea emocional que seguir desde el principio al fin. Se necesita una clase particular de actor que pueda disciplinarse a sí mismo para esas escenas retrospectivas y futuras. En los tiempos de la mímica, probablemente se perdieron actores estupendos porque su arte estaba en la voz. —¿Y hoy? —pregunté. —En la actualidad, el artista que no pueda dominar la electrónica se enfrenta a un período difícil en muchas de las artes. Leonardo da Vinci podría pasar, pero probablemente Miguel Ángel no. Hay muchos artistas buenos nacidos fuera de su tiempo, en ambas direcciones.
Le hice entonces una pregunta que solía hacer a los artistas que trabajaban con medios no tradicionales. —¿Por qué es el sensatrón un medio tan bueno para ti? —Es inmensamente versátil. Una línea sólo puede hacer un cierto número de cosas y apuntar otras. Una pintura al óleo es estática. Trata de ser real, pero es un momento congelado. No obstante, hay veces en que los momentos congelados son mejores que el movimiento. Una película, una cinta, una representación, toda ellas contienen una variedad de significados y emociones, y hasta de cambios de lugar y perspectiva. Como tales, son buenas herramientas. Cuanto más se pueda comunicar, tanto mejor. Con el poder del sensatrón se pueden transmitir al espectador tales emociones, tales sentimientos, que éste se convierte en un participante y no en un simple espectador. Implicación. Compromiso. Yo nunca haría un sensatrón para comunicar algunas cosas simplemente porque hay tanto trabajo y la comunicación es lo de menos. Pero las unidades sensatrón pueden hacer casi todo lo que hace cualquier otra forma de arte. Ésa es la razón por la que me gusta. No porque sea el arte de moda en estos momentos. —¿No has tenido ningún problema para conseguir tu primera licencia? —pregunté. —No, la gente del Guggenheim lo arregló —contestó, moviendo la cabeza—. La idea de tener que poseer una licencia para hacer una obra de arte parece estúpida —levantó su mano antes de que yo pudiera replicar—. Sí, ya sé. Si no vigilaban quiénes tenían control de los proyectores alfa a omega, nos apresuraríamos a votar a un dictador sin saber siquiera lo que estábamos haciendo. O eso es lo que piensan. —Es una fuerza poderosa, casi irresistible. Tu propio cerebro te está diciendo compra, compra, compra, usa, usa, usa y eso es algo muy difícil de contrarrestar. Piensa por ejemplo en las drogas con receta. Él hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y observó: —¿Pero es que no lo entiendes? Lo siento, Miguel Ángel, pero este fragmento del mármol de Carrara necesita una licencia de prioridad IX y tú sólo tienes una licencia IV. Y Miguel Ángel diría: «Pero si yo sólo quiero hacer esta estatua de David. Un joven alto, grande, con una honda y una especie de mirada taciturna. No será porque está desnudo, ¿verdad?» Deberá ir a la Comisión de Control Artístico de la bella ciudad de Florencia, signar Buonarrotti, y rellenar allí papeles por triplicado, poniendo primero su apellido y después su nombre de pila. Y recuerda que es importante la buena presentación. Habla con el papa Julio. Quizás él lo pueda arreglar. Nos echamos a reír suavemente en la noche. —Pero ahora —dije—, el arte y la tecnología coexisten más que nunca. —¡Oh, ya comprendo! —dijo Mike, suspirando—. Pero eso no tiene por qué gustarme. Pensé en el pornotrón que alguien me había dado y que ahora colgaba del techo de mi apartamento de Moscú. Una noche pasada con una saludable clarinetista rubia fue suficiente para convencerme de que no necesitaba ninguna clase de estímulos artificiales para aumentar mis placeres sexuales. Era como si a uno le obligaran a tomar su postre favorito. Volvimos a caer en el silencio. La ciudad antigua murmuraba. Pensé en Madelon. —Aún quiero que hagas ese retrato de alguien muy cercano a mí —le recordé. —Pronto. Primero quiero hacer un cubo de una chica que conozco. Pero tengo que encontrar un nuevo lugar donde trabajar. Ahora que han descubierto dónde estoy, me molestan continuamente. Le mencioné mi villa en Sikinos, en el Egeo, y Mike pareció interesado, de modo que se la ofrecí. —Hay allí un antiguo granero que puedes utilizar como estudio. Dispone de una planta controlada de fusión de plasma, de modo que tendrás toda la energía que necesites. Hay una casa, la pareja que cuida de ella y un pequeño pueblo cercano. Me sentiría honrado si la utilizaras.
Aceptó la oferta cortésmente y yo hablé durante un rato de Sikinos y de su historia. —Las civilizaciones más antiguas son las que más me interesan —dijo Mike—. Babilonia, Asiría, Sumeria, Egipto, el valle del Éufrates. Creta me parece como una recién llegada. Entonces, todo era nuevo. Todo estaba por inventar, por ver, por creer. Los dioses no estaban divididos en cristiandad y todo lo demás. Creo que había un dios para cada cual, grande pequeño. No se trataba de Dios y de los anti-dioses. Entonces, la vida era simple. —También era más desesperada —observé—. Reyes despóticos. Enfermedades. Ignorancia. Superstición. Estaba todo inventar, sí, porque hasta entonces no se habían inventado aún muchas cosas. —Estás confundiendo la tecnología con el progreso. En aquella época tenían aire limpio, tierras nuevas, frescura. El mundo aún no estaba usado. —Eres un pionero, Mike —le dije—. Estás trabajando en un medio totalmente nuevo. Se echó a reír y bebió un trago de vino. —En realidad, no es así. Todo arte comenzó como ciencia y toda ciencia empezó como arte. Los ingenieros utilizaron los sensatrones antes que los artistas. Antes de eso hubo una docena de líneas de pensamiento e invención que se cruzaron en un momento para convertirse en sensatrones. Lo que sucede es que los sensatrones resultan ser un medio mejor para decir ciertas cosas. Para decir otras, puede ser mejor dibujo a lápiz, o un poema o una película. O quizá sea mejor no decir nada. —El artista no ve cosas —le dije, sonriendo—. Se ve a sí mismo. Mike sonrió y se quedó mirando un largo rato la estructura de columnas de la colina. —Sí, sin duda lo hace así —dijo suavemente. —¿Por eso haces tan bien a las mujeres? —pregunté—. ¿Ves ellas lo que quieres ver, esas facetas de «tí» que te interesan a tí mismo? Volvió su peluda cabeza morena y me miró. —Pensé que eras una especie de gran hombre de negocios, Brian. Ahora, me estás pareciendo un artista. —Lo soy. Soy ambas cosas. Un hombre de negocios con talento para el dinero y un artista sin ningún talento. —Hay muchos artistas sin talento. Lo suplen con la persistencia. —A menudo desearía que no fuera así —refunfuñé—. Todo el mundo cree ser un artista. Si yo no tengo ningún talento, debería darme cuenta de que no lo tengo. Sin embargo, creo ser muy bueno cuando se trata de apreciar. Ésa es la razón por la que quiero que hagas un cubo de mi amiga. —Persistencia, ¿lo ves? —dijo, riendo—. Voy a hacer un desnudo muy erótico mientras esté en Sikinos. Después, quizá, querré hacer algo más tranquilo. Quizás entonces haga a tu amiga, si ella me interesa. —Puede que ella no sea tan tranquila. Es... un original. Lo dejamos así y le dije que se pusiera en contacto con mi oficina, en Atenas, cuando estuviera listo para marcharse a la isla, asegurándole que ellos se encargarían de solucionarlo todo. Más tarde, casi por accidente y a través de un amigo, me enteré de que Mike estaba «obligado» temporalmente a trabajar en algo llamado el Proyecto Guardián. Le puse una llamada de video y me encontré con una pared de cinta roja y de seguridad que me impedía hablar con él en la Estación Tres, el satélite espacial de investigación médica. Afortunadamente, conocía a un general del aire que compartía mi pasión por la escultura esquimal y por las viejas películas del Oeste de Louis L'Amour. Él lo arregló y vi a Mike, que había salido un momento fuera de servicio. —¿Qué te están obligando a hacer, un retrato del comandante? Sonrió débilmente y se dejó caer pesadamente de la litera donde estaba, apartando el tocadiscos con el pie para ponerse mejor en el centro de la imagen.
—Nada tan fácil como eso. Guardián es Escudo Celeste de nuevo, pero con prioridad uno. Han hecho girar a todo el mundo aquí arriba para observación y han traído sangre fresca. Al parecer, pensaron que yo podría ayudar. Tenía aspecto cansado y distraído. —¿Puedo hacer algo? ¿Quieres que vea si puedo sacarte de ahí? Conozco a unas cuantas personas. Sacudió la cabeza negativamente. —No. De todos modos, gracias. Me dieron a elegir entre una obligación de prioridad continua o un contrato. Sólo quiero pasarlo y volver a vivir mi vida. Se quedó mirando fijamente los papeles que tenía en la mano, con ojos que no veían. —¿Son las partículas de baja energía las que están planteándoles problemas? Asintió con un gesto. —El problema es la exposición durante un largo período de tiempo. Se produce una repentina transmutación metabólica que es desastrosa. A menos que podamos vencer ese problema, tendrá que limitarse el tiempo que el hombre puede estar en el espacio — mostró en la mano un módulo del tamaño de un dedo gordo—. Creo que esto lo puede conseguir, pero no estoy seguro. Se trata del prototipo de un sistema molecular a escala completa que he diseñado. —¿Puedes conseguir una patente? —pregunté automáticamente. Sacudió la cabeza negativamente y se rascó la cara con el módulo, diciendo: —Cualquier cosa que diseñe es de ellos. Así lo dice el contrato. Como ves, el problema no está en el sistema molecular escala completa, sino en los malditos sistemas sensores y de control. Primero hay que encontrar las partículas, después hay que atraer su atención. ¡Dios! Si pudiera relegarlas al subespacio y desembarazarme de ellas, podría... —su voz se Desvaneció y se quedó mirando fijamente el modulo. Al cabo de un rato pareció recuperarse y sonrió hacia mí. —Lo siento. Escucha, déjame que te llame más tarde. Se me acaba de ocurrir una idea. —¿Inspiración artística? —pregunté, burlón. —¿Eh? Sí, supongo que sí. Me perdonas, ¿eh? —Claro. Él cerró el control y yo me encontré mirando la estática. ¡No volví a verle durante cinco meses y entonces recibí una llamada de la base Sahara, que me encontró en mi hotel de Pekín. Me dijo que no podía hablarme del Proyecto Guardián, pero que estaba libre para aceptar mi oferta de Sikinos, si es que aún la mantenía. Le envié directamente a la isla y transcurrieron otros dos meses antes de tener alguna otra noticia de él. Recibí un dibujo a lápiz suyo de la vista que se podía contemplar desde la terraza de la villa, con una joven desnuda tomando baños de Sol. Después, a finales de agosto, recibí una llamada suya en mi despacho de Anomalías Generales. —He terminado el cubo de Sofía. Estoy en Atenas. ¿Dónde estás tú? Tu oficina se ha mostrado muy misteriosa y me ha comunicado directamente contigo. —Ése es su trabajo. Una parte del mío consiste en no permitir que ciertas personas sepan dónde estoy y qué hago. Pero estoy en Nueva York. El martes me marcho a Bombay, pero podría pasar por ahí. Estoy ansioso por ver el nuevo cubo. ¿Quién es Sofía? —Una chica. Ahora se ha marchado. —Y eso, ¿es bueno o malo? —Ni lo uno ni lo otro. Estoy con Nikki, de modo que puedes pasar por aquí. Me gustaría conocer tu opinión sobre lo nuevo. Me sentí repentinamente orgulloso. —El martes en casa de Nikki. Dale recuerdos a ella y a Barry —colgué y marqué para comunicar con Madelon.
Hermosa Madelon. Rica Madelon. Famosa Madelon. Madelon, la superlativa. Madelon, la elusiva. Madelon, la ilusión. La vi a los diecinueve años, delgada, pero voluptuosa, situada en el centro de un semicírculo de hombres que la admiraban en una aburrida fiesta de San Francisco. La deseé instantáneamente, con esa «impresión de reconocimiento» de que hablan algunos. Ella me miró por entre los hombros de un ejecutivo de comunicaciones y de un magnate de combustibles fósiles. Su mirada era firme y la expresión de su rostro serena. Me sentí ligeramente tonto de quedarme mirándola así, y se pusieron en acción muchos de los reflejos automáticos que desarrollaban los hombres ricos para ahorrarse dinero y ataques al corazón. Empecé a dar media vuelta y ella sonrió. Me detuve, mientras seguía mirándola, y ella pidió excusas al hombre que le hablaba y avanzó un poco. —¿Se marcha usted ahora? —preguntó. Asentí con un gesto, ligeramente confundido. Con un gran encanto, ella pidió perdón al semicírculo de hombres que la vio acercarse a mí, con expresiones de mala gana. —Estoy dispuesta —me dijo de aquella forma tan serena y tan suya. Sonreí, con todos mis circuitos protectores activados y alerta, pero mi ego se sintió tocado. Nos metimos en el ascensor de cristal que nos dejó fuera del complejo de la Torre Fairmont y contemplamos la neblina que se abalanzaba sobre las colinas, cerca de Picos Gemelos, para descender después sobre la ciudad. —¿Adonde vamos? —preguntó ella. —¿Adonde le gustaría ir? Me había encontrado con mil mujeres que se unieron a mí con todo el aparente gusto, encanto y casualidad naturales posibles entre una pobre chica y un hombre rico. Algunas habían sido atrevidas, otras sutiles, otras tan sutiles como podían serlo. Algunas habían ofrecido con toda franqueza acuerdos de negocios. Yo había aceptado algunos en mis tiempos. Pero ésta..., ésta o era diferente a todas, o más sutil que la mayoría. —Espera que le diga: «A donde quieras», ¿no es eso? —me dijo, con una sonrisa. —Sí. De una forma u otra, sí. Dejamos el ascensor y nos introdujimos directamente en el garaje vigilado. A veces, entrar en el coche de uno en una calle pública es algo peligroso para un hombre rico. —Bien, ¿adonde vamos? Ella me sonrió mientras Bowie nos abría la puerta. La puerta se cerró suavemente tras nosotros, como la puerta de seguridad que casi era. —He estado considerando dos posibilidades. Mi hotel y trabajar en algunos documentos... o Tierra, Fuego, Aire y Agua. —Hagamos las dos cosas. No he estado nunca en ninguno de los dos sitios. Tomé el intercomunicador. —Bowie, llévanos a Tierra, Fuego, Aire y Agua. —Sí, señor. Informaré a control. Ella se echó a reír y dijo: —¿Le está vigilando alguien? —Sí, mi control local. Han de saber dónde estoy en cada momento, aunque no quiera ser encontrado. Es el castigo por tener negocios en diversas zonas de tiempo. Y, a propósito, ¿empleamos nombres? —Claro, ¿por qué no? —dijo, sonriendo—. Usted es Brian Thorne y yo soy Madelon Morgana. Usted es rico y yo pobre. Me la quedé mirando, desde el pelo casualmente suelto hasta las frágiles sandalias. —No..., creo que puede usted estar sin dinero, pero en modo alguno es pobre. —Gracias —dijo ella.
San Francisco pasó ante nosotros y Bowie obturó las ventanillas cuando nos aproximamos a una pequeña algarada callejera, girando después hacia la orilla del agua. Cuando todo estuvo seguro, volvió a permitirnos contemplar el paisaje de la ciudad, mientras rodamos colina abajo y arriba. Cuando llegamos a Tierra, Fuego, Aire y Agua, Bowie me llamó, excusándose, cuando ya estaba a punto de cruzar la puerta. Le pedí a Madelon que me esperara y regresé al vehículo para escuchar el informe en el interfono. Cuando volví a reunirme con Madelon, en el interior del local, ella me sonrió, preguntándome: —¿Qué tal fue mi informe? Cuando puse expresión de inocencia, ella se echó a reír. —Me sentiría muy sorprendida si Bowie no tuviera ya un dossier completo sobre mí, entregado por su control o lo que sea. Dígame, ¿soy una persona peligrosa, una anarquista, una dinamitera o algo por el estilo? Sonreí, pues me gustaba la gente perceptiva. —Dice que es usted la hija ilegítima de madame Chiang Kai-Shek y de Johnny Potseed, con condenas por lampería, trabajos penosos y miseria. —¿Qué es lampería? —No tengo la menor idea. Mi equipo omnisciente me dice que tiene usted diecinueve años, que es una joven aldeana de Montana y una semi-huérfana que trabajó durante once meses en Great Falls, en una oficina de las empresas Blackfoot National. Abrió mucho los ojos y la boca. —¡Por fin lo han encontrado! ¡Mis desesperados secretos al descubierto! Me tomó por el brazo y me introdujo en el ascensor que nos bajaría a la caverna. Me miró con unos ojos grandes e inocentes, mientras estábamos en el abarrotado ascensor. —¡Eh, Mr. Thorne! Cuando estuve de acuerdo con usted y con Mrs. Thorne para cuidar de sus hijos, no me imaginé que me sacaría a dar una vuelta. Giré la cabeza con lentitud y la miré con una expresión granítica, ignorando las miradas curiosas y burlonas. —La próxima vez que la encuentre haciendo lamperías con mi afghana, la voy a dejar en casa. Sus ojos se pusieron húmedos y tristes. —No, por favor. Prometo ser buena. Puede volverme a dar de latigazos cuando regresemos a casa. —No —dije, elevando las cejas—, creo que será suficiente con llevar el collar —se abrió la puerta—. Vamos, querida. Perdóneme, por favor. —Sí, mi amo —dijo ella, humildemente. La parte de Tierra del club era el suelo tosco situado bajo una de las muchas colinas de San Francisco, pulverizado con un plástico estructural, de modo que tenía el mismo aspecto que una caverna, y parecía bastante fuerte. Bajamos por el pasillo, que seguía unas curvas, hacia la marea de ruido que producía un famoso equipo de estremecimiento y penetramos en la enorme caverna hemisférica. Sobre nosotros, un enrejado de hormigón armado sostenía una piscina transparente llena de nadadores desnudos y semidesnudos. Algunos eran clientes y otros profesionales dedicados a divertirlos. En una de las esquinas había una cascada de agua y las antorchas ardían en los contenedores colgados de la pared, mientras que una luz rojiza parpadeante se proyectaba sobre todo el escenario. El grupo de estremecimiento seguía actuando desde una cueva abierta en las paredes, a mitad de camino de la piscina, situada más arriba. Cuando la tomé por el brazo para guiarla hacia la multitud estremecida de la pista de baile, le dije: —Sabe muy bien que no existe una Mrs. Thorne. Ella me sonrió con una serena confianza. —En efecto.
La noche se arremolinaba a nuestro alrededor. Soplaban vientos, perfumados y cálidos, después fríos y bruscos. La gente se hundía en el agua, sobre nosotros, con galaxias de burbujas a su alrededor. Un grupo de estremecimiento daba paso a otro, animales curtidos con pieles de pseudo-león y pelos desmelenados, las mujeres con los pechos desnudos y lascivas. Madelon fue cien mujeres diferentes en cien mitos, pero al parecer sin esfuerzo alguno. Todo era ella misma, desde una malhumorada sirena, hasta una alegre adolescente. Debo confesar que sentí un inevitable encaprichamiento y que no me preocupé por averiguar si me estaba tendiendo una trampa o no. La decoración elemental era estimulante y me sentí más joven de lo que me había sentido en años. La gente se unió a nosotros, rió y bebió y tropezó y se marchó y otros llegaron. Madelon era como un imán que atraía la alegría y el encanto y yo me sentí muy orgulloso. Subimos a la superficie al amanecer y yo apreté un botón de un intercomunicador a distancia, para avisar a Bowie. Fuimos a contemplar la salida del Sol sobre la bahía y después nos dirigimos a mi hotel. En el ascensor, dije: —Tendré que arreglar esto con Bowie. No suelo salir de este modo. —¿De veras? La expresión de su rostro era traviesa. Después, se suavizó y nos besamos delante de mi puerta. En cuanto entramos, ella empezó a desnudarse, con gran naturalidad y, riéndose, me introdujo en la ducha, mientras yo apenas empezaba a aprenderme la belleza de su pequeña y hermosa figura. Enjabonamos y enjuagamos nuestros cuerpos el uno al otro y me sentí más joven y más vivo de lo que me había sentido en no sé cuánto tiempo. Hicimos el amor mientras sonaba la música. En el exterior, la ciudad se despertaba y comenzaba con sus asuntos. ¿Qué se puede decir sobre dos personas que hacen el amor por primera vez? A veces, resulta un verdadero desastre, pues ninguno de los dos conoce al otro, y ese desastre influye sobre los acontecimientos posteriores. Pero otras veces es algo realmente excitante y nuevo y maravilloso, y satisfactorio, impulsándole a uno a desear hacerlo una y otra vez. Aquello cambió mi vida. La llevé a Tritón, la ciudad de cúpulas situada bajo el Mediterráneo, cerca de Malta, donde contemplamos maravillados las branquias orgánicas de investigación y observamos los muelles de barrido de placton. Nos pusimos branquias membranosas artificiales y nos zambullimos entre las rocas y pescamos a grandes profundidades. Su pelo se extendía detrás de ella como el de una sirena, y descendimos muy al fondo y nos elevamos con un enjambre de rápidos peces fosforescentes. «Descubrimos» los restos llenos de costras de una galera de guerra fenicia, e hicimos el amor a treinta y seis metros de profundidad. Visitamos Naxos, donde Dionisos encontró a Ariadna, dormida junto a la orilla, abandonada por Teseo, y donde encontré a Madelon, desnuda y resplandeciente, jugando en una piscina de marea. En Kos, el lugar de nacimiento de Hipócrates, Hilary organizó una gran recepción en su villa y asistimos a una «premier» de Thea Simón en cinta, comimos fruta en la terraza y observamos cómo las naves salían al espacio desde la base Sahara. Volamos a San Salvador y rodamos por las altas hierbas de mi rancho de ganado, e hicimos el amor en una corriente de agua. Contemplamos la Gran Barrera Carolina en la reserva ecológica y paseamos por la playa de Bora Bora a la puesta del Sol, hablando de nuestra infancia. Vimos a los bailarines del templo de Angkor Wat, y sentí lo viejo y lo joven que era. Acudimos a una fiesta en el establecimiento de Li Wing, en Nanking, donde Madelon pareció sentirse infantilmente satisfecha por el hecho de que rechazara la oferta de tres alegres bellezas por pasar una noche más con ella.
El mundo era un lugar de juego, un juguete maravilloso. Podíamos deplorar los duros pero necesarios métodos que estaban utilizando para reducir la población en la India, incluso cuando volamos muy por encima, en dirección a París, para asistir a la féte de André, adonde acudían las mujeres más hermosas de Europa con sus cuerpos esculturales cubiertos de joyas y poco más. La llevé a las excavaciones arqueológicas de Ur, en el caluroso y polvoriento valle del Éufrates, pero permanecimos en una villa móvil, dotada de aire acondicionado. Navegamos por el Océano Indico con Karpolis, precisamente en la época en que las sublevaciones de Bombay estaban costando la vida a cientos de miles de personas. El resto del mundo parecía muy alejado y, en realidad, no me importaba mucho, pues estaba disfrutando de un verdadero festín amoroso. Mi ayudante Benedict se encargaba de solucionar las cuestiones de rutina y yo hice a un lado todo lo demás durante un tiempo. Fuimos a Estación Uno y «bailamos» en gravedad cero en el llamado «Salón de Baile Estelar», en la gran sala de la estructura central. Tomamos el vehículo a la Luna, para que Madelon hiciera su primera visita. Vi la base Tycho con ojos frescos y una sensación de aventura y maravilla que ella misma generaba. Subimos a la Cúpula Copérnico y después dimos una vuelta por el nuevo Joven Observatorio, situado en la cara oculta. Contemplamos juntos las estrellas, viéndolas con absoluta claridad, muy cercanas y sin parpadeos. Quise recorrer todo el camino y lo mismo quiso ella. Envueltos en nuestros gruesos trajes espaciales, dimos un paseo por la superficie, ligeramente molestos al ser discretamente observados por un guía turístico Lunar, que estaba allí para asegurarse de que los novatos no cometieran tonterías. Nos encantó cada uno de los minutos que pasamos allí. Por la noche, nos echábamos en nuestra cama, modelo cuchara, y hablábamos de las estrellas y de la vida de otros mundos y hacíamos planes de amantes para el futuro. Estaba enamorado. Me sentía ciego, inexperto, sensible, feliz, loco y alocadamente tonto. Gasté un verdadero tesoro emocional y calculé que había sido bien empleado. En efecto, estaba enamorado. Pero el amor no puede ser rígido, ni puede comprarse, ni siquiera con amor. El amor sólo puede ser un regalo, entregado libremente, tomado libremente. Utilicé mi dinero como una herramienta, tal y como Cilento podía utilizar un modelo de pantalla de radar, para conseguir con él tiempo y placer, no para «comprar» a Madelon. Todos aquellos viajes costaron una fortuna, pero ésa era una de las razones por las que tenía dinero. Podía haber dejado de trabajar para obtenerlo desde mucho antes, excepto por el hecho de que habría consumido seriamente mi capital en comisiones y proyectos y viajes de placer y mujeres. Ya estaba empezando a pensar en ir a Marte con Madelon, pero eso significaba un viaje de siete meses en una sola dirección y habría representado un gran zarpazo de tiempo a mi programa. En lugar de eso, la presenté a mi mundo. Asistimos a los acontecimientos públicos, a los conciertos, exposiciones y fiestas. Ella compartió mi entusiasmo para encontrar y ayudar a jóvenes artistas en todos los campos, desde el pobre campesino mexicano con un gran talento natural para la fabricación de esculturas de arcilla, hasta el eslavo peludo y malhumorado, con la casa llena de extraordinarias cintas sintetizadoras que muy pocos habían escuchado. Estaba, además, el mundo privado, las casas «seguras» existentes en diversas partes del globo, las playas privadas y los coches rápidos, los amigos valiosos, como Turner, el senador, y Dum, el percusionista; como Barbara y Carol y Greg y los demás. Ella tenía ropa interior de Queen Kong, en Shanghai, y vestidos recamados de joyas de Simpson. Tenía todo lo que deseaba, que fue, probablemente, mi primer error. Algunos habían dicho que Madelon Morgana era una bruja, una Circe, una perra, una cazadora de fortuna, una corruptora. Otros dijeron que se la entendía mal, que era un ángel, una santa, una criatura muy en contra del pecado. Yo la conocía muy bien y,
probablemente, era todas aquellas cosas en varios momentos y lugares. Fui el primero, último y único esposo legal de Madelon Morgana. La quería y la conseguí. El conseguir una mujer deseada no era tan difícil. Si me subía sobre mi dinero y mi fama, podía llegar a ser muy alto. A veces, me preguntaba qué tal sería como amante sin dinero, pero era demasiado perezoso para intentarlo. Quería a Madelon porque era la mujer más hermosa que había visto jamás y la menos aburrida. Tarde o temprano, todas las mujeres me aburrían, así como la mayoría de los hombres. Cuando no se producen sorpresas, hasta las personas más atractivas pasan de moda. A veces, Madelon podía despertar una gran variedad de emociones en mí, desde el amor al odio, pero nunca me aburrió, y el aburrimiento es el mayor de los pecados. Incluso aquellos que trabajan para no estar aburridos pueden llegar a sentirse aburridos de que se noten sus esfuerzos. Pero Madelon era maravillosa, tanto interior como exteriormente, y yo ya me había cansado de carne hermosa y mentes usuales. No fue tanto el hecho de que «consiguiera» a Madelon como el de casarme con ella. La atraje, nuestra vida sexual era extraordinaria y mi riqueza era precisamente lo que ella necesitaba. Mi dinero era su libertad. Me abrí a ella como no lo había hecho a nadie más. Traté mostrarle mi mundo, al menos en su vertiente artística. La parte de los negocios era la que correspondía al juego, una especie de ajedrez global, o de póquer interplanetario, insípido para la mayor parte de la gente. La llevé al concierto de un joven músico sintetizador, cuya carrera estaba patrocinando una de las instituciones creadas por mí. La observé manejar la atención y la fama instantánea que adquieren las bellezas desconocidas unidas al dinero y al poder. Más tarde, estábamos echados sobre la cama líquida cubierta de pieles, bajo la cúpula acristalada de mi apartamento de Nueva York, observando las luces de las torres y los puntos de los helicópteros, que parecían insectos voladores. —¿Son todos los músicos tan arrogantes como ese compositor de música electrónica que te acorraló en el vestíbulo? —me preguntó Madelon. —No, gracias a Dios. Pero cuando se ha concebido algo que no está convencido que debe experimentar el mundo entero, se |siente una gran ansiedad por presentarlo. —¡Pero te estaba exigiendo que lo patrocinaras! —exclamó, sacudiendo la cabeza con un gesto de enfado, extendiendo su pelo sobre mi pecho—. ¡Qué ego! —Todo el mundo tiene uno —le dije, con las puntas de mis dedos sobre su carne—. La gente está convencida de que yo poseo un ego muy grande debido a todos los acontecimientos artísticos a los que asisto. Pero quiero que el arte se convierta en existencia, y no estimular aún más mi fama o mi ego. —¡Oh, Brian! —exclamó, removiéndose y apretando su cuerpo voluptuoso contra el mío—. ¡A veces eres tan modesto como para salir por la puerta trasera! No le contesté. La gente nunca comprende. Esperaba, sin embargo, que ella llegara a comprender con el transcurso del tiempo. Yo deseaba ayudar al nacimiento de la creatividad, y no arañar mi ego en la base de la grandeza. —¿Por qué no nos casamos? —pregunté. Sus ojos se abrieron muy ampliamente. —¿Casarnos? —Se sentó y movió una mano hacia las torres enjoyadas—. ¿Quieres decir legalmente, frente a Dios y los hombres? Yo asentí con un gesto y ella contestó sobriamente: —No tienes por qué hacer eso. —Lo sé —dije—. Soy una persona muy autoindulgente. Sólo hago aquello que quiero hacer. Algún día, quiero ir a Marte, y algún día lo haré. Pero, en estos momentos, quiero que nos casemos. —¿Y qué querrás mañana? ¿No estar casados? La hice descender sobre la cama y la besé.
—Me parece que no comprendes que soy un hombre muy poderoso y que siempre consigo lo que quiero. Me miró a través de unos ojos entornados. —¡Oh! ¿De veras? —dijo, con lentitud—. ¿Qué se supone que debo contestar a eso? —¿Por qué me lo preguntas? Dilo. —En tal caso, digo que sí. Después de nuestro matrimonio, dejó de ser Madelon Morgana para convertirse, no en Madelon Thorne, sino en Madelon Morgana. Al principio, fui una ayuda conveniente y atractiva, un refugio, un apoyo, una puerta abierta, un defensor, un hombre más viejo y experimentado. A ella le gustaba lo que yo era y, más tarde, le gustó quién era yo. Nos hicimos amigos. Nos enamoramos. Pero no fui su único amante. Nadie era propietario de Madelon, ni siquiera yo. Sus otros amantes no fueron frecuentes, pero muy reales. Nunca mantuve la cuenta, aunque control podía proporcionarme la información a partir de las computadoras de vigilancia del sector. No es que yo la hiciera vigilar, sino que debía ser vigilada por su propia protección. Todo eso forma parte del ser rico y del cómo obtener mejor unos pocos millones de mí en lugar de utilizar los antiguos y deshonrosos medios del rapto. El protegerse contra un asesino era casi imposible si el hombre era inteligente y estaba decidido, pero los equipos de vigilancia me proporcionaban cierta tranquilidad cuando ella no estaba cerca de mí. Mientras tanto, estudié mazeru con Shigeta, haciéndolo cada vez que podía. Los reflejos propios son al mejor protección. En cuatro años, Madelon sólo tuvo dos amantes de los que pensé que estaban por debajo de ella. Uno fue un rudo minero que había pegado fuerte en las minas marcianas, cerca de Bradbury, y estaba gastando una cierta vitalidad animal, junto con su nueva riqueza. El otro fue una estrella de cinta, bastante encantador y hermoso, pero esencialmente vacío. Fueron asuntos momentáneos y cuando ella se dio cuenta de que yo me sentía tenso, rompió inmediatamente sus relaciones con ellos, algo que ninguno de los dos hombres pudo comprender. Pero Madelon y yo éramos amigos, así como esposos. Y uno nunca es rudo con los amigos, al menos conscientemente. Con frecuencia insulto a la gente, pero nunca me comporto con ella como un bruto. El gusto de Madelon era excelente y aquellas otras relaciones fueron fructíferas en cuanto aprendizaje y alegría, de modo que las únicas que me fueron desagradables estuvieron en franca minoría. Michael Cilento fue diferente. Hablé con Madelon y después volamos para ver a Mike en casa de Nikki. Nuestro encuentro fue cálido. —No te puedo agradecer bastante que me dejaras la villa —me dijo, abrazándome—. Fue maravilloso y Nikos y María fueron muy amables conmigo. Hice algunos dibujos de su hija. Pero la isla... ¡ah! Maravillosa... muy pacífica y, sin embargo... de algún modo excitante. —¿Dónde está el nuevo cubo? —En la Galería Atenas. Están haciendo una exposición de un solo hombre y un solo cubo. —Bien, vayamos. Estoy ansioso por verlo —me volví hacia mi ayudante Stamos y le dije—: Madelon no tardará en venir. Por favor, llévela inmediatamente al Atenas —y volviéndome hacia Mike, añadí—: Vamos... Me siento excitado. El cubo tenía tamaño natural, como sucedía con todas las obras de Mike. Sofía tenía una piel aceitunada y sus pechos eran pictóricos. Estaba echada sobre un diván, cubierta con espesas pieles, enroscada como una gata, pero completamente al descubierto. Había en la obra una gran riqueza, una reminiscencia opulenta de las odaliscas de Matisse. Pero el absoluto erotismo animal de la mujer lo superaba todo.
Era la Madre Tierra, Eva y Lili juntas. Era la princesa pagana, la alta sacerdotisa de Baal, la gran prostituta de Babilonia. Estaba desnuda, pero un ornamento solar brillaba opacamente entre sus pechos. Detrás de ella, a través de un antiguo arco de piedra gastada, se veía un mundo naciente, exuberante y verde, más allá de un elevado muro. Se percibía aquí una sensación de tiempo, un retroceso mucho más allá de la historia registrada, cuando los mitos eran hombres y cuando, quizá, los monstruos eran reales. Estaba cubierta de pieles de animales, con la débil sugerencia de un chal lascivo, sin que ninguna de sus partes apareciera oculta y con una manzana medio mordisqueada en la mano. La directa sugerencia de Eva habría sido ridícula de no haber mostrado un fuerte poder primitivo. De repente, el simbolismo de la Eva bíblica y de su manzana del conocimiento adquirieron una realidad, un significado. Aquí, en alguna parte del pasado, parecía estar diciendo Michael Cilento, se produjo un cambio. Desde la simplicidad hacia la complejidad, desde la inocencia al conocimiento y más allá, quizá hacia la sabiduría. Y siempre la íntima y secreta lujuria personal del cuerpo. Todo esto en un solo cubo y observándolo desde una sola cara. Me desplacé hacia un lado. La mujer no cambió, excepto por el hecho de que ahora la estaba mirando de lado, pero la vista que se podía contemplar antes a través del arco habla cambiado. Era el mar, extendiéndose bajo unas pesadas nubes hacia el incambiable horizonte. Las olas rodaban, tranquilas y casi en silencio. La vista posterior estaba por detrás del lugar hacia el que miraba la voluptuosa mujer: una habitación oscura, un pasillo que conducía a ella, débilmente iluminada con antorchas parpadeantes, perdiéndose en la oscuridad... ¿en el tiempo? ¿Hacia el tiempo? La Madre Tierra estaba esperando. La cuarta cara era una pared de piedra sólida más allá de la mujer que esperaba y en la pared había una anilla de la que colgaba una cadena. ¿Símbolo? ¿Decoración? Pero Mike era demasiado artista para colocar algo que no tuviera un significado concreto en su obra, puesto que la decoración era simplemente diseño sin contenido. Me volví hacia Mike para hablar, pero él estaba mirando hacia la puerta. Madelon estaba en la entrada, contemplando el cubo. Lentamente, se acercó a él, con una mirada intensa en sus ojos, una mirada secreta, investigadora. No dije nada, pero me hice a un lado. Miré a Mike y el corazón me dio un vuelco. Él la estaba contemplando fijamente, con la misma intensidad con que ella observaba el cubo sensatrón. Cuando Madelon se acercó más, Mike avanzó hacia mí. —¿Es tu amiga? —preguntó, y ante mi asentimiento, añadió—: Haré ese cubo que me pides. Esperamos en silencio, mientras Madelon caminaba lentamente alrededor del cubo. Podía ver que estaba excitada. Su piel era morena y su cuerpo delgado, fresco por la exploración submarina del Egeo con Markos. Finalmente, se apartó del cubo y vino directamente hacia mí, con una oscilación de su falda. Nos besamos y nos mantuvimos abrazados durante largo rato. Nos miramos a los ojos durante un buen rato. —¿Estás bien? —le pregunté. —Sí. Aún me observó un momento, con una suave sonrisa en su rostro, buscando mi mirada para tratar de descubrir cualquier daño que hubiera podido causarme. Utilizando ese lenguaje íntimo y mudo de los viejos amigos y amantes, me interrogó con su mirada. —Estoy perfectamente bien —le dije, sintiéndolo de verdad. Yo era siempre su amigo, pero no tan frecuentemente su amante. Sin embargo, seguía teniendo más que la mayoría de los hombres, y no me refiero precisamente a mis millones. Tenía su amor y su respeto, mientras que otros únicamente solían tener su interés.
Ella se volvió hacia Mike con una sonrisa. —Es usted Michael Cilento. ¿Hará mi retrato, o me utilizará como sujeto? Madelon era lo bastante perceptiva como para saber que existía más de una diferencia sutil. —Brian ya me ha hablado al respecto —dijo él. —¿Y? —ella no se sintió sorprendida. —Siempre necesito pasar algún tiempo con mi sujeto antes de hacer un cubo. Excepto con el cubo de Buda, pensé yo con una sonrisa. —Lo que necesite —dijo Madelon. Mike miró por encima de ella, hacia mí, elevando las cejas. Yo hice un gesto de aceptación. Lo que se necesitara. Me ufanaba de comprender el proceso creativo mejor que la mayoría de los no artistas. Lo que se necesitaba, se necesitaba; lo que no se necesitaba, no tenía la menor importancia. Con Mike, la tecnología había dejado de ser todo, excepto un mínimo obstáculo entre él y su arte. Ahora sólo necesitaba intimidad y comprensión de lo que intentaba hacer. Y eso significaba tiempo. —Utiliza el Transjet —dije—. Blake Masón ha terminado la casa de Malagasy. Utilizadla. O dar alguna vuelta por ahí durante algún tiempo. —¿Cuántas casas tienes? —preguntó Mike, sonriendo. —Me gusta cambiar de ambiente. Eso hace la vida mucho más interesante. Y por mucho que intento mantener el rostro fuera de las noticias, siguen persiguiéndome y no puedo ser yo mismo en muchos lugares en los que me gustaría serlo. Mike se encogió de hombros. —Pensé que un poco de fama sería útil, y lo ha sido, pero ahora sé lo que quieres decir. Después de las entrevistas en el Mundo Artístico y de la aparición en el espectáculo de Jimmy Brand, parece como si no pudiera ir a ningún sitio sin que alguien me reconozca. —Lo amargo con lo dulce —comenté. —Brian también utiliza una serie de personalidades —dijo Madelon, lo que hizo levantar nuevamente las cejas a Mike—. Las vidas secretas de Brian Thorne, completada con pasaportes y unitarjetas —y se echó a reír. Mike se me quedó mirando y le expliqué: —Es algo necesario cuando se es el centro de una estructura de poder. Hay veces en que uno necesita apartarse de todo, o, simplemente, no ser uno mismo durante algún tiempo. Se parece bastante a cuando un artista cambia de estilo. La casa de Malagasy pertenece a «Ben Ford», de Publitex... Aún no he estado allí, de modo que tú puedes ser Ben. La gente ha dicho que yo mismo me lo busqué. Pero no puede uno detener la marea; llega cuando quiere y se marcha cuando quiere. Madelon era una persona diferente a todas las que yo había conocido. Era dueña de sí misma. Pocas personas lo consiguen. Y así, muchas no son más que simples reflejos de otros, espejos de fama, de poder o de personalidad. Muchas permiten que otras piensen por ellas. Algunas ni siquiera son personas, sino simples estadísticas. Pero Madelon era diferente a las demás. Tomaba y entregaba sin consideración para con muchas cosas, exigiendo sólo la verdad. Era dura con sus amigos, pues hasta los amigos necesitan a veces un toque de no-verdad para ayudarles a salir. Se ajustaba a mi propia definición de la amistad: los amigos deben interesar, divertir, ayudar y protegerle a uno. No pueden hacer ninguna otra cosa. Hasta qué punto cumplen con este criterio, es lo que define el grado de amistad. Sin interés, no hay comunicación; sin diversión no hay entusiasmo; sin ayuda ni protección no hay confianza, ni verdad, ni seguridad, ni intimidad. La amistad es un camino de dos vías y Madelon era mi amiga.
Michael Cilento también era diferente a la mayoría de las personas. Era un ser original y estaba en camino de convertirse en una leyenda. En el nivel inferior, hay personas que son «interesantes» o «diferentes». Los que están por debajo son a los que no se les debe permitir malgastar el tiempo de uno. El siguiente escalafón hacia arriba es la persona única. Después vienen los originales y finalmente esas raras personas que se convierten en leyendas. Puedo ufanarme de mí mismo y decir que yo, sin duda alguna, era diferente, posiblemente incluso único en un buen día. Madelon era, sin el menor género de dudas, una persona original. Pero yo tenía la impresión de que Michael Cilento tenía ese algo de extra, el arte, el impulso, la visión, el talento que podía llegar a convertirle en una leyenda. (O destruirle.) Así pues, se marcharon juntos. A Malagasy, en la costa africana. A Capri. A Nueva York. Después, me enteré de que estaban en Argel. Hice que mi control mantuviera un ojo extra especial puesto sobre ellos, lo que iba más allá de la habitual vigilancia protectora que había mantenido hasta entones sobre Madelon. Pero no comprobé nada por mí mismo, eso era asunto suyo. Un informe video los mostró en la Estación Uno, bailando en gravedad cero en el gran salón esférico. Pero incluso sin necesidad del control, me enteraba de sus acciones y andanzas por ese cúmulo de personas que encontraban delicioso informarme sobre dónde estaba mi esposa y su amante. Y sobre lo que estaban haciendo. Y qué aspecto tenían. Y lo que decían, etcétera. De algún modo, nada de todo aquello me sorprendió. Conocía a Madelon y lo que le gustaba. Conocía a las mujeres hermosas. Sabía que los cubos sensatrón de Mike eran pasaportes hacia la inmortalidad para muchas mujeres. Mike no era el único artista que trabajaba en este medio, desde luego, Hayworth y Powers ya habían hecho sus exhibiciones y Coe ya había hecho su gran «Familia». Pero era Mike quien quería a las mujeres. Los presidentes y los reyes asediaban a Cinardo y a Lisa Araminta. Las estrellas de video creían que Hampton estaba de moda. Pero Mike era la primera elección para todas las grandes bellezas. Estaba decidido a que Mike dispusiera de todo el tiempo e intimidad que necesitara para hacer su cubo sensatrón de Madelon y ordené perentoriamente a todas mis casas, oficinas y sucursales que Mike y Madelon quedaran aislados de los noticieros de video, de los buscadores de noticias y de todos los que hacían perder el tiempo. Aquel afán de poseer un retrato sensatrón de Madelon correspondía al ego más puro por mi parte. Supongo que deseaba que el mundo supiera que ella era «mía», hasta el punto que ella podía pertenecer a alguien. Me di cuenta de que, en el fondo, todo mi patrocinio era puro ego. No había que cometer errores... Disfrutaba del arte que ayudaba a hacer posible, cometiendo unos pocos errores que me mantenían alerta. Pero disfrutaba de muchas clases y niveles y grados de arte. No me dedicaba a los que ya tenían popularidad, sino que prefería estimular a nuevos artistas. Como se puede comprender, soy un hombre de negocios. Muy rico y con mucho talento, y muy famoso, pero nadie me recordará más allá del recuerdo de mis pocos y buenos amigos. Ni siquiera merecería una nota en la historia, de no haber sido por mi asociación con el arte. Pero el arte que he ayudado a crear me permitirá seguir viviendo. No soy único en eso. Algunas personas promocionan y mantienen universidades, o crean becas, o construyen estadios. Éstos no siempre son actos de puro egotismo, pero el ego se ve a menudo mezclado en la cuestión, estoy seguro, especialmente si los gastos se pueden deducir de los impuestos. A través de los años, encargué a Vardi que hiciera las Parcas para la terraza-jardín del complejo General de Anomalías, mi base financiera y mi principal empresa. Presioné para que Darrin hiciera las esculturas de las Montañas
Rocosas para la United Motors. Convencí a Willoughby para que construyera sus doradas series de bestias en mi casa de Arizona. Caruthers hizo sus series del «Hombre», en forma de cubos, gracias a un encargo de mi empresa Manpower. Los paneles que ahora se encuentran en el Metropolitano fueron hechos por Elinor Ellington para mi propiedad de Tahití. Entregué a la Universidad de Pennsylvania el dinero necesario para impregnar aquellas pinturas rupestres de Marte y traerlas a la Tierra, donde se conservan rodeadas de grandes medidas de seguridad. Entregué subsidios a Eklundy durante cinco años antes de que compusiera su Sinfonía Marciana. Patrociné el primer concierto de música aérea en Sydney. Mi ego ha logrado excelentes resultados. Recibí una cinta de Madelon el mismo día en que me llamó el Papa, quien deseaba que le ayudara a convencer a Mike para que hiciera las esculturas de su tumba. La nueva Iglesia Reformada, estaba relacionada de nuevo con el mecenazgo del arte, una tradición que duraba ya 2.500 años. Pero el recibir una cinta de Madelon, en lugar de una llamada a la que pudiera responder, me dolió. Medio sospeché que había perdido a Madelon. Mis acorazadas capas de sofisticación me dijeron con no mucha sinceridad que yo mismo me lo había buscado, e incluso que había intrigado para llegar a ese resultado. Pero mis entrañas me decían que había sido un tonto. En esta ocasión, me había engañado Solapadamente a mí mismo. Pasé la cinta. Estaba registrada desde un jardín de líquenes marcianos, en Trumpet Valley, y los cantos rodados graníticos que había tras ella estaban cubiertos por el robín, y el verde oliva y el negro brillante de los trasplantes extraños. Conseguí que Ecolco diera a Tashura la garantía que hizo posible la transferencia desde Marte. Los sutiles y subyugantes colores parecían un fondo muy adecuado para su belleza y su mensaje. —Brian, él es fantástico. Nunca he encontrado a nadie como él. Morí un poco al escuchar esto, y me sentí triste. Otros la habían divertido o habían satisfecho su lascivo cuerpo dorado, o fueron momentáneamente misteriosos para ella, pero esta vez... esta vez sabía que era diferente. —Va a empezar el cubo la semana que viene, en Roma. Me siento muy excitada. Estaré en contacto contigo. La vi apretar el botón y la cinta terminó. Hice que mi ayudante Benedict la buscara y la encontrara en la Ciudad Eterna. Tenía un aspecto radiante en la emisión. —¿Cuánto pide por hacerlo? —pregunté. A veces, mi cerebro de hombre de negocios tiende a mantener las cosas ordenadamente y en su sitio, antes de que se pueda producir la confusión y el mal entendimiento. Pero, en esta ocasión, fui abrupto, rígido y bastante brutal, aunque pronuncié las palabras en un tono normal y ligero. Pero todo lo que podía ofrecer eran los recursos que podrían pagar el cubo sensatrón. —Nada —me contestó ella—. Lo va a hacer por nada. Porque quiere hacerlo, Brian. —Eso no tiene sentido. Yo se lo encargué. Los cubos cuestan mucho dinero. Y él no es tan rico. —Me ha dicho que te comunique que desea hacerlo sin ningún dinero de por medio. Ahora está fuera, consiguiendo nuevas redes ciliares. Me sentí engañado. Yo mismo había provocado la serie de acontecimientos que terminarían con la creación del retrato sensatrón de Madelon, pero iba a ser engañado en cuanto a mi única contribución, en cuanto a mi única conexión. Tenía que salvar algo. —Será..., será un cubo extraordinario. ¿Se opondría Mike a que yo construyera una estructura para contenerlo? —Creí que lo deseabas instalar en la nueva casa de Battle Mountain. —En efecto, pero pensé que podría construirle una cúpula pequeña y especial de piedra pulverizada. Quizás en el mismo lugar. Algo extra y hermoso para una obra maestra de Cilento.
—Parece como si estuvieras proponiendo la construcción de un sepulcro. Su rostro era sereno, y sus ojos me miraban directamente. —Sí —dije, con lentitud—, quizá sea así. Quizá la gente no debe conocerle nunca a uno hasta el punto de ser capaz de leer los pensamientos, mientras uno no puede hacer lo mismo. Cambié de tema y estuvimos hablando durante unos minutos sobre varios amigos. Steve, en la sonda de Venus. Un couturier de moda que estaba mostrando una nueva línea de modelos basada en los descubrimientos marcianos. Un nuevo escultor que trabajaba con plásticos magnéticos. Los diseños de Blake Masón para los Jardines de Babilonia. Un festival en Río, al que Jules y Gina nos habían invitado a ir. El deseo del Papa de que Mike hiciera su tumba. En resumen, hablamos de todas las trivialidades y cosas de importancia normales entre amigos. Yo hablé de todo, excepto de aquello sobre lo que más quería hablar. Cuando nos despedimos, Madelon me dijo con una sonrisa triste y orgullosa que nunca se había sentido tan feliz. Yo hice un gesto de asentimiento y corté la comunicación y después me quedé mirando fijamente, sin ver, la línea del cielo. Durante un largo rato, odié a Michael Cilento y, probablemente, nunca como en aquel momento estuvo él más cerca de la muerte. Pero yo amaba a Madelon y ella amaba a Mike, así es que él debía vivir y ser protegido. Sabía que ella también me amaba a mí, pero eso fue y siempre ha sido una clase diferente de amor. Me dirigí a un consejo científico que se celebraba en la Base Tycho y contemplé la Tierra verde-parda-azul-blanca «desde arriba», y sólo presté muy poca atención a los oradores. Acudí a una reunión petrolífera celebrada en Hargesisa, Somalia. Visité a una amante mía en Samarcanda, vendí una empresa, compré una serpiente electrónica para el Louvre, visité Armand y Nardonne, compré una empresa, encargué un concierto a un nuevo compositor que me gustó, en Ceilán, y doné uno de los primeros Caruthers al Prado. Vine y fui. Pensé en Madelon. Pensé en Mike. Después, regresé a aquello que hacía mejor: ganar dinero, hacer trabajar, conseguir que se hicieran las cosas, lograr que pasara el tiempo. Acababa de regresar de una reunión política del Consejo Ecológico del Continente Norteamericano cuando me llamó Madelon para comunicarme que el cubo estaba terminado y que sería instalado en la casa de Battle Mountain a finales de la semana. —¿Cómo es? —pregunté. —Míralo tú mismo —me contestó, sonriendo. —Perro presumido —gruñí. —Es el mejor, Brian. El mejor sensatrón del mundo. —Te veré el sábado. Corté la comunicación y me tomé libre el resto del día, cené pronto con dos rubias suecas e hice una pequeña purga de carne. En realidad, eso no me ayudó mucho. El sábado, pude ver a las dos pequeñas figuras saludándome con las manos desde el puente que ponía en comunicación la casa con la extensión de roca aplanada donde se había posado el helicóptero. Estaban cogidos de las manos. Madelon aparecía morena, elegante, brillante, vestida de blanco con un collar de tatuajes de Cartier Tempoimplant alrededor de los hombros y los pechos, que despedía deslumbradoras facetas de fuego líquido. Saludó con la mano a Bowie mientras se acercaba a mí, esforzándose por avanzar contra el viento que aún removían las palas del helicóptero. Mike estaba allí, vestido de negro, con el aspecto de quien ha sido cazado. ¿Te está afectando, muchacho?, pensé. Hubo un malvado escalofrío en este pensamiento y me avergoncé.
Madelon me abrazó y regresamos juntos sobre el alto puente, dirigiéndonos rectamente hacia la nueva cúpula de piedra pulverizada, situada en el jardín, al borde de un despeñadero de más de ciento cincuenta metros. El cubo era magnífico. No había existido aún una cosa así. Todavía no. Era el cubo más grande que yo había visto. Desde entonces, se han hecho otros más grandes, pero en aquella época resultaba bastante grande. Ninguno de los existentes era mejor. Su impacto resultaba asombroso. Madelon estaba sentada como una reina en lo que ha llegado desde entonces a ser conocido como el Trono Enjoyado, un gran bloque sólido, similar a un trono que parecía ser en parte templo, en parte joya y en parte sueño. Era inmensamente complejo, construido con modelos electrónicos de caras que producían el efecto de una joya excelentemente tallada y que, de algún modo, también parecía líquida. Aunque sólo fuera por aquel trono, Michael Cilento se habría ganado ya un lugar en la historia del arte. Pero sobre él estaba sentada Madelon. Su largo pelo le caía hasta la cintura en una cascada simple. Miraba directamente hacia uno, sentada en posición erecta, casi orgullosa, con una expresión casi triunfante. Me alejé de la puerta. Lo olvidé todo y a todos, incluyendo al original y a su creador. Para mí, sólo existía el cubo. Las vibraciones estaban llegando hasta mí, y el ritmo de mi pulso aumentó. Aún sabiendo que los generadores de pulso estaban actuando sobre mis ondas alfa y que los proyectores de emisión estaban haciendo esto y los sónicos estaban haciendo aquello y que mis propias ondas alfa estaban siendo sincronizadas y reproyectadas, eso no parecía afectarme. Únicamente el cubo me afectaba. Todo lo demás lo tenía olvidado. Allí sólo estábamos el cubo y yo, con Madelon en su interior, más real que la propia realidad. Caminé para situarme ante él. El cubo estaba ligeramente elevado, de modo que ella se encontraba sentada bastante por encima del suelo, como debía estarlo una reina. Detrás de ella, más allá de los ojos de color violeta oscuro, más allá de la increíble presencia de la mujer, había un fondo oscuro y neblinoso que podía o no podía haber estado moviéndose y cambiando. Permanecí allí durante largo rato, sólo contemplando, experimentando. —Es increíble —susurré. —Camina a su alrededor —dijo Madelon. Percibí el matiz de orgullo en su voz. Me moví hacia la derecha y fue como si Madelon me siguiera con sus ojos, sin moverlos, siguiendo mediante la sensación, alerta, viva, preparada para mí. La imagen electrónica de las superficies compuestas de multicapas ya era real. Los cepillos electrónicos de Mike habían transformado las imágenes básicas y directas de video de formas muy sutiles, emitiendo artísticas capas y frágiles sombreados sobre muchos niveles, revelando y resaltando de un modo muy delicado. La figura de Madelon estaba sentada allí, orgullosamente desnuda, respirando con normalidad, con ese movimiento fantásticamente similar a la vida que les era posible conseguir a ciertos hábiles constructores moleculares. La figura no tenía nada de la pomposa vistosidad que Caruthers o Raeburu daban a las suyas, tan encantados por su habilidad de dar «vida» a su trabajo, que no veían nada más. Pero Mike poseía control. Tenía poder en su trabajo, comprensión, y exigía que el espectador pusiera algo de su parte. Caminé alrededor del cubo, hacia la parte posterior. Madelon ya no estaba sentada en el trono. Éste aparecía vacío y más allá, extendiéndose hasta el horizonte, se veía un océano, con las estrellas sobre las olas. Brillaban nuevas constelaciones. Fulguraba un meteoro. Retrocedí hacia el lado. El trono permanecía igual, pero Madelon había vuelto a él. Estaba sentada allí, como una reina, esperando. Caminé alrededor del cubo. Ella también estaba al otro lado, esperando, respirando, siendo. Pero en la parte posterior, desaparecía. ¿Pero hacia dónde?
Miré largo rato en los ojos de la figura del cubo. Ella me devolvió una mirada fija. Me pareció como si pudiera sentir sus pensamientos. La expresión de su rostro cambió, pareció estar a punto de sonreír, se puso triste y volvió a adquirir gesto de reina. Yo volví en mí. Regresé junto a Mike para felicitarle. —Estoy asombrado. No hay palabras. Él pareció sentirse aliviado con mis palabras. —Es tuyo —me dijo. Asentí con un gesto. No había nada que decir. Era la mayor obra de arte que conocía. Era más que Madelon o que la suma de todas las Madelons cuya existencia conocía. Era la mujer, así como una mujer específica. Me sentí humilde en presencia de tan grande manifestación artística. Era «mía» sólo en el sentido de que yo podía guardarla. Pero no podía ocultarla. Porque pertenecía al mundo. Les miré a los dos. Había algo más. Percibí de qué se trataba y morí un poco más. A través de mi mente pasó un ramalazo de odio contra ambos y desapareció, dejando únicamente vacío. —Madelon viene conmigo —dijo Mike. Yo la miré. Ella hizo un ligero gesto de asentimiento, mirándome muy seriamente, con una profunda expresión de preocupación en sus ojos. —Lo siento, Brian. Asentí con un gesto, sintiendo cómo, de pronto, se me estrechaba el cuello. Se trataba, casi, de un intercambio comercial: la mayor obra de arte por Madelon; comercio puro. Me volví para mirar de nuevo el sensatrón y, en esta ocasión, la Madelon-imagen pareció triste, pero compasiva. Mis ojos estaban húmedos y el cubo se estremeció. Les oí marcharse y mucho después el ruido del helicóptero se había desvanecido, mientras yo permanecía allí, mirando al interior del cubo, al interior de Madelon, al interior de mí mismo. Se fueron a Atenas, según oí decir, después a Rusia durante algún tiempo. Cuando fueron a la India para que Mike pudiera hacer sus series de los Hombres Santos, llamé a los discretos monitores que control seguía manteniendo sobre ellos. Le vi durante una entrevista en un espectáculo y parecía muy reservado; habló sobre las presiones que la fama le imponía. Madelon no apareció en el espectáculo, y él tampoco habló de ella. Como parte de mi puesta al día tecnológica, se me pasó un artículo sobre Mike, publicado en Science News, en el que se hablaba de sus logros técnicos, antes que de los artísticos. Al parecer, el sistema molecular a escala completa había sido un éxito, una buena parte del cual se debía a él. El resto del artículo giraba alrededor de sus investigaciones básicas. Todo aquello me parecía muy remoto, pero los viejos hábitos tardan en morir. Al ver la nueva exhibición Dolan, mi primer pensamiento fue cuánto le habría gustado a Madelon verla. Compré un vestido enjoyado y completamente esculturizado de Cartier antes de recordar cuál era la situación, y terminé por regalárselo a mi compañera del momento, durante un fin de semana pasado en la ciudad de México, con el único propósito de desembarazarme de él. Compré empresas. Hice cosas. Encargué obras de arte. Vendí empresas. Fui a sitios. Cambié de amantes. Gané dinero. Participé en las luchas por el control de acciones. Perdí algunas. Arruiné a gente. Hice felices y ricas a otras personas. Y me sentí siempre muy solo. Regresaba a menudo a Battle Mountain. Allí es donde está el cubo. Su grandeza no me aburre nunca; es diferente cada vez que la contemplo, pues yo mismo soy diferente cada vez. Pero, por otro lado, Madelon nunca me aburrió, a diferencia de todas las demás mujeres, que tarde o temprano terminaban por revelar su frivolidad, o mi incapacidad para encontrar algo más profundo.
Sigo el trabajo de Michael Cilento y sé que es un artista de su tiempo y, sin embargo, al igual que sucede con muchos artistas, no es de su tiempo. Utiliza la tecnología de su tiempo, la actitud de un extraño y el mismo sujeto material básico que generaciones de artistas fascinados han utilizado. Michael Cilento es un artista de mujeres. Muchos han dicho que él es el artista que supo captar a las mujeres tal y como eran, como querían ser, y como él las veía, todo ello en una sola obra de arte. Cuando contemplo mi cubo sensatrón y todos los demás cubos de Cilento que he comprado, me siento orgulloso de haber ayudado a la causa de la creación de tal arte. Pero cuando contemplo el de Madelon, que es mi cubo favorito, veces me pregunto si valió la pena el intercambio comercial. El cubo es más que Madelon o que la suma de todas las Madelon que existieron alguna vez. Pero la realidad del arte no es la realidad de la realidad. Tras la exposición retrospectiva de las obras de Cilento en el Modern, las habladurías sociales no me dijeron nada de ellos durante varios meses. De mala gana, terminé por pedirle a control que comprobara. La comprobación reveló que ocupaban un estudio en Londres, pero las investigaciones hechas en el vecindario revelaron que no habían salido de allí desde hacía más de un mes y que nadie atendía las llamadas. Autoricé una discreta entrada ilegal. Al cabo de pocos minutos volvían a ponerse en comunicación conmigo, vía satélite, en Tokio. —Debería ver esto por sí mismo, señor —me dijo el hombre. —¿Están bien? —pregunté, doliéndome hacer aquella pregunta. No están aquí, señor. Ropas, papeles, efectos personales, pero no hay el menor rastro de ellos. —¿Ha comprobado en las aduanas? ¿Ha comprobado en el edificio? —Sí, señor. Fue lo primero que hice. Nadie sabe nada... Pero... —¿Sí? —Hay aquí algo que debería usted ver. El estudio era amplio, una combinación de patio con trastos viejos, tienda de maquinaria, loco laboratorio científico y galería de arte, muy parecido al estudio de cualquier otro artista de sensatrón en el que yo había estado. Más tarde, vería los detalles... las botellas de vino pintadas con caras alegres, los diminutos cubos sensatrón que le hacen a uno feliz por el simple hecho de tenerlos y verlos cambiar, los libros de arte, con nuevos bosquejos hechos sobre las antiguas reproducciones, los cajones, esquemas y diagramas. Más tarde, deambulé por entre los escombros y los desperdicios y el arte ya de calidad de museo y vi unas cuantas pinturas primitivas sobre lienzo que, sin duda alguna, eran de Madelon. Encontré las joyas bárbaras, las risibles trifotos, las cintas, el casco persa adornado con flores marchitas, la roca pintada envuelta en papel de aluminio y puesta en la nevera, la mariposa de permaplástico, el bocadillo sin terminar. Pero todo lo que vi cuando entré allí fueron los cubos. Compré el edificio y ordené efectuar algunos cambios estructurales. No quería mover ninguno de los cubos ni un solo milímetro. Cogí el que todos los entendidos y revisores dieron en llamar «Los Amantes». No podía escatimárselo al mundo, aún cuando me doliera mostrarlo. El otro cubo era más bien una herramienta, un trozo de equipo, toscamente terminado, pero completo; no se trataba realmente de una obra de arte, y no quise que lo movieran. Una vez lo contemplaron, la gente quiso poseer «Los Amantes» de una forma curiosamente ávida. Los museos pujaron, halagaron, rogaron, se comprometieron, se reagruparon en falanges para intentarlo, se traicionaron los unos a los otros, para reagruparse de nuevo y volver a intentarlo.
En cierto sentido, es todo lo que me queda de ellos. Seguí las líneas de una investigación evidente, pero no encontré el menor rastro de ellos, ni en la Tierra, ni en la Luna, ni en Marte. Ordené a control que dejara de buscar cuando se hizo evidente que ellos no deseaban ser encontrados. O que no podían serlo. Pero, en cierto sentido, aún están aquí. Vivos, en el cubo. Están de pie, el uno frente al otro. Desnudos. Mirándose en los ojos del otro, cogidos de la mano. Hay una hierba nueva y rica bajo sus pies y diminutas flores creciendo. La mano de Mike sostiene algo brillante que extiende hacia Madelon. Un punto estelar de energía. Un pequeño universo brillante. Se lo está ofreciendo a ella. Detrás de ellos está el cielo. Grandes y maravillosas nubes primaverales que se mueven majestuosamente a través del azul. Más abajo, mucho más lejos, se ven rocas antiguas y desgastadas, como las del Monument Valley de Arizona, o como las de la Corona de Marte, cerca de Burroughs. Ése fue el primer lado que vi del cubo. Caminé alrededor, hacia la derecha, con lentitud. Ellos no cambiaron. Seguían mirándose mutuamente a los ojos, con una ligera sonrisa de conocimiento propio en los labios. Pero en el lado de atrás no había más que estrellas. Un muro de estrellas más allá de la hierba que antes estaba a sus pies. Espacio. Un espacio profundo lleno de increíbles enanos rojos, de monstruosos gigantes azules, de brillantes puntos helados, de millones y millones de soles que configuraban una nebulosa estrellada que avanzaba a través de la oscuridad. La tercera parte mostraba otro paisaje, visto desde lo alto de una colina, con un mar violeta rojizo en la distancia, y dos Lunas. El cuarto lado era oscuridad. Una especie de oscuridad. Algo había allí, al fondo, tras ellos. Vagas figuras se formaban, desaparecían, se volvían a formar con matices ligeramente diferentes, cambiaban... Entonces, aparecí yo. Creo que soy yo. No sé por qué pienso que se trata de mí. No se lo he dicho nunca a nadie, pero creo que uno de los rostros débilmente distinguibles soy yo. Las vibraciones eran sutiles, casi no se daba uno cuenta de ellas hasta que se había mirado al cubo durante un largo rato. Se trataba de vibraciones pacíficas y, sin embargo, excitantes de algún modo, como si los registros de las ondas cerebrales sobre las que estaban basadas estuvieran anticipando algo maravillosamente diferente. Se han escrito libros sobre este cubo y cada autor tiene una interpretación distinta. Pero ninguno de ellos vio el otro cubo. Se trata de una vista escénica y es la misma que la tercera cara de «Los Amantes». Si se camina a su alrededor, se trata de una vista de 360 grados desde un pequeño montículo. En una dirección se puede ver la orilla que se curva alrededor de una bahía de agua violeta rojiza y más allá, débilmente distinguible, hay lo que podrían ser agujas de rocas o posiblemente torres. En la otra dirección, las ondas verde-azuladas se mueven, impulsadas por una suave brisa, hacia las montañas distantes. El ciclo es largo, varias veces más largo que cualquier sensatrón actual, con un total de unas treinta horas. Pero no sucede nada. El Sol sale y se pone y hay dos Lunas, una grande y otra pequeña. El viento sopla, la hierba se ondula, las mareas suben y bajan. Se trata de un Sol cálido, del tipo G. Luz de la Luna sobre el agua. Vibraciones pacíficas. Tranquilidad. Solo en el estudio, toqué la suave superficie de vidrita y la sentí inflexible; sin embargo, un mundo extraño parecía estar al alcance de la mano. ¿O lo estaba realmente? ¿Acaso la investigación de las partículas, realizada por Mike, había abierto alguna nueva puerta para él? Tenía miedo de hacer remover el cubo de allí porque quizá, de algún modo, estuviera fijo. Es que, además, se escuchaban pasos en el fondo. Dos juegos de pasos que empiezan en el cubo y se alejan hacia las distantes estrellas.
Hice que mi mejor equipo se hiciera cargo de la cuestión. Se marcharon con los diagramas y con las notas que encontraron en el espacio interdimensional. Hasta disponían de unas notas con algunas cifras garrapateadas sobre la parte superior de una mesa. A veces, acudo al monitor y contemplo el cubo, sentado en el estudio vacío y cerrado, y me pregunto. ¿Dónde están? ¿Dónde están?
FRASES UTILES PARA EL TURISTA Joanna Russ Locrinia: la península y sus alrededores. Lokrina D. C. X 437894 = H Considerablemente semejante a la Tierra (véanse las cintas grabadas y las transliteraciones adjuntas). Para fisiología, ecología, religión y costumbres (véase Wu y Fabricant, Locrinia, Información útil para el turista, Praga, 2355, Vol. 2) EN EL HOTEL: Esta es mi compañera. No se trata de una propina. Voy a llamar al gerente. Esta no puede ser mi habitación porque yo no puedo respirar amoníaco. Me voy a sentir muy cómodo con temperaturas que oscilen entre los 200 y 303 grados. Mozo, esta comida todavía está viva. EN LA REUNIÓN: ¿Eso es usted? ¿Eso es usted todo entero? ¿Cuánto (que cantidad) de usted (ustedes) hay allí? Encantado de conocer a su hermano clon. ¿Es usted tóxico? ¿Es usted comestible? Yo no soy comestible. Los humanos no nos regeneramos. Mi compañera no es comestible. Eso es mi oreja. Soy tóxico. ¿Es así como copulan ustedes? ¿Se supone que esto es erótico? Muchas gracias. Explíquese, por favor. ¿Cambia usted de color? ¿Está usted preñado? Me voy de esta habitación. ¿No podríamos ser sólo amigos? Llévenme de inmediato al Consulado Terrestre.
Me siento muy halagado por su amable propuesta, pero no puedo acompañarlo a los pozos de apareamiento, pues soy vivíparo. Según las reglas de la amistad interestelar punto deberíamos tener alguna relación física, ruego que me excuse. EN EL HOSPITAL: ¡No! Mi orificio de alimentación no está en ese extremo de mi cuerpo. Preferiría hacerlo yo solo. Por favor, no deje salir (entrar) la atmósfera, me resultaría muy poco confortable. No como plomo. Si me coloca el termómetro ahí va a obtener escasa o ninguna información. EXCURSIONES: Usted no es mi guía. Mi guía era bípedo. Nosotros, los de la Tierra, no acostumbramos a hacer eso. Eso es indemostrable. Eso es muy improbable. Eso es ridículo. He visto ejemplos mucho mejores que éste. Por favor, condúzcame hacia el mamífero inteligente más cercano. Lléveme de inmediato al Consulado Terrestre. ¡Oh, qué magnífico natatorio (percha de apareamiento, espectáculo preparado, fenómeno involuntario)! ¿A qué hora se arroja la princesa despechada al volcán en erupción? ¿Podemos participar? EN EL TEATRO: ¿Es esto divertido? Lo siento; no quise ofenderlo. ¿Puede usted deformarse un poquito más hacia abajo? ¿Estoy imaginando esto? ¿Se supone que debo imaginarlo? ¿Me debería preocupar el agua que hay en el suelo? ¿Dónde está la salida? ¡Auxilio! Es una obra de arte. Mis convicciones religiosas me impiden tomar parte en el espectáculo. No me siento bien. Me siento muy descompuesto. Yo no ingiero comida viva. ¿Se supone que esto es erótico? ¿Puedo llevarme esto a casa? ¿Es esto parte del espectáculo? Deje de tocarme. Señor o señora, esto es mío (extrínseco). Señor o señora, esto es mío (intrínseco). Querría visitar las unidades de recuperación de desperdicios. ¿Terminó usted?
¿Puedo empezar? Está usted en mi camino. Bajo ninguna circunstancia. Si no deja de hacer eso llamaré al acomodador. Esto está prohibido por mi religión. Señor o señora, esta en una localidad privada. Señor y señora, esta es una localidad privada. No fue mi intención sentarme encima de usted. No me di cuenta que este asiento ya estaba ocupado. Mis ojos sólo son sensibles a la luz cuya longitud de onda oscile entre los 3.000 y 7.000 Angstrons. CUMPLIDOS: Es usted más que antes. Su cabello es falso. Si se descubre los pies, me desmayaré. No hay lugar. Es seguro que usted estará aquí mañana. INSULTOS: Usted es siempre el mismo. Ustedes son cada vez más. Se le ven los dedos. ¡Qué limpio está usted! Usted es limpio, pero animado. GENERALIDADES: Lléveme al Consulado Terrestre. Guíeme al Consulado Terrestre. El Consulado Terrestre se enterará de esto. Este no es modo de tratar a un visitante. Por favor, indíqueme dónde está mi hotel. Algo anda mal con mi vehículo. Me estoy muriendo. ¿A qué hora sale la luna? ¿Hay luna? ¿Es esta la luna llena? Llévenme de inmediato al Consulado Terrestre. ¿Me podría dar el segundo volumen de Wu y Fabricant, llamado Fisiología, ecología, religión y costumbres de los locrinos? No importa el precio.
SOBRE LA PENDIENTE Harlan Ellison En el amor, siempre hay uno que besa y otro que ofrece la mejilla. (Proverbio francés) Supe que era virgen porque pudo despeinar la crin plateada de mi unicornio. Se llama
Lizette y era un templo griego en el que jamás se había celebrado un sacrificio. Virgen vestal de Nueva Orleans, hallada mientras paseaba sin sombra en la divina frescura de la noche que se arrastraba como una cucaracha sobre Louisiana. Mi unicornio relinchó e inclinó la cabeza, y ella le palmeó la espiral de marfil de su cuerno. Esto sucedió, en su mayor parte, en lo que se denomina el Canal Irlandés, una callecita en la parte vieja de Nueva Orleans donde se instalaron décadas atrás los irlandeses con sus cortinitas de encaje. Pero para entonces los irlandeses ya se habían ido y el canal había quedado en manos de los cubanos. En esos momentos los cubanos dormían recuperándose del sofocante hoy, que incluía en sus horas el déja vu del sofocante ayer y el déja revé del intolerable mañana. En esos momentos los desvencijados adoquines de las callecitas laterales de Magazine ya habían dejado salir sus espectros nocturnos, y uno de esos fantasmas se me había acercado, llamando a mi unicornio (era, pues, una virgen), y yo me había quedado esperando. Si hubiésemos estado en Sutton Place, si hubiésemos estado en un atardecer de Manhattan y nos hubiésemos encontrado, ella se habría arrodillado para acariciar a mi perro. Y yo habría esperado. Si hubiésemos estado en Puerto Vallarla, a 20° 36" de latitud norte y a 105° 18" de longitud oeste, y nos hubiésemos encontrado, ella se habría agachado para pasar las yemas de sus dedos por la untuosa piel de mi iguana. Y yo habría esperado. El encuentro callejero tiene sus rituales. Uno debe esperar y tratar de respirar sin hacer demasiado ruido para disfrutar del trato con los espectros de la noche. Me miró por encima de la esbelta cabeza de mi unicornio y me sonrió. Los ojos tenían una tonalidad gris entre ónix y un error de cálculo. —¿Hace demasiado frío para usted? —le pregunté. —Cuando tenía trece años —empezó a decir, tomándome del brazo y tanteando un par de pasitos que nos llevaban calle arriba—, o tal vez doce, bueno, no importa, cuando tenía aproximadamente esa edad, tenía una hermosa mantilla de encaje belga. Podía mirar a través de ella y ver los misterios del sol y de las demás estrellas desplegados ante mí. Estoy segura de que alguien muy importante y muy agradable compró esa mantilla en casa de algún anticuario y pagó mucho por ella. No parecía una respuesta muy adecuada a una pregunta sencilla. —Una reina del Baile de Carnaval no tiene frío —agregó, sin que yo preguntara nada. Caminaba junto a ella, ligados por la fresca evasividad de su brazo, y barajaba en mi mente mil respuestas, todas insatisfactorias. Mi unicornio nos seguía en silencio. Bueno, no exactamente: sus cascos de platino golpeteaban contra los adoquines. Temo que sentí el aguijón de los celos. La perfección me provoca eso. —¿Cuándo fue usted reina del baile? La fecha que me dio se remontaba a ciento trece años atrás. Debió haber sentido un frío atroz bajo la losa. Hay un librito que se vende, una guía sobre las costumbres y la comida en Nueva Orleans. Me fijé. En ningún lugar del libro indican cuáles son las respuestas adecuadas para un espectro. En realidad no dice nada acerca de los maravillosos cementerios que hay en la margen occidental de Nueva Orleans o en Metairie. Tampoco habla de la exquisita comida que puede consumirse en esos distritos. Uno busca en vano entre el universo mutable y efímero de esa guía total. Una guía para cualquier cosa. Y al no encontrar nada uno hace lo mejor que puede. Y soporta la frustración, soporta el ennui. La perfección me provoca esa sensación. Caminamos un poco y acabamos por conocernos tanto como admitimos que se nos conociera. Los que siguen son algunos de los momentos cumbre. No hay continuidad. No pido disculpas por eso. Simplemente lo señalo, y agrego, sin faltar a la verdad, según creo, que en la mayor parte de las liaisons hay una falta de continuidad. Nos encontramos en lugares extraños en oportunidades diversas y durante un breve lapso ligamos nuestra
vida con la de otros —del mismo modo en que Lizette había ligado su brazo con el mío— y después, una vez agotado el tiempo que teníamos reservado, volvemos a apartarnos. A veces a través de una neblina de dolor; por lo general a través del velo de recuerdos que se adhiere por un momento y después pasa; en ocasiones como si nunca hubiésemos tenido contacto. —Mi nombre es Paul Ordahl —le dije—. Y lo más horrible que me pasó nunca fue mi primer mujer, Bernice. No sé de qué otro modo decirlo, aunque suene melodramático, eso fue lo que pasó, sencillamente; resulta que ella se volvió loca, y yo me divorcié y la madre la internó en un manicomio privado. —Cuando tenía dieciocho años —dijo Lizette—, mi familia dio una fiesta para presentarme en sociedad. En aquel tiempo vivíamos en Garden District, en la calle Prytania. La casa era una preciosa hacienda blanca, de esas que ahora llaman de antes de la guerra, con columnas griegas. Teníamos una hermosa pérgola de nísperos en el jardín del fondo, justo debajo de un sauce llorón. Tenía seis lados. Era octogonal. ¿O era hexagonal? Fue la fiesta más linda del mundo. Y durante esa fiesta yo me escapé con un muchacho... no recuerdo como se llamaba... y fuimos a la pérgola y le dejé que me tocara los pechos. No me acuerdo cómo se llamaba. Estábamos en la calle Decatur y caminábamos hacia el Barrio Francés. A nuestra derecha corría el Mississippi, oscuro pero haciendo notar su presencia. —Fue su madre la que la internó ¿me comprende? Yo sólo supe algo de ella en dos oportunidades antes del divorcio. Habían sido cuatro años espantosos y yo no quería saber nada más. Una vez, cuando yo ya había empezado a hacer un poco de plata, llamó la madre y me dijo que Bernice tenía que pasar al manicomio estatal. No tenía más dinero para pagar el asilo privado. Mandé algo de plata; no mucho. Supongo que podría haber mandado más, pero me había vuelto a casar y mi mujer tenía un chico de su matrimonio anterior. No quise mandar más. Le dije a la madre que no volviese a llamarme. Hubo otra oportunidad, la última... fue lo más horrible que me pasó nunca. Caminábamos por la plaza Jackson, escudriñando el pasto negrísimo, leyendo las placas clavadas en la valla de puntas aguzadas, placas en las que se contaba que Nueva Orleans había pertenecido una vez a los franceses. Nos sentamos en uno de los bancos de la calle. Era una calle que había quedado cerrada al tránsito, y nos sentamos en uno de los bancos. —Nuestro apellido era Charbonnet. ¿Puede pronunciarlo? Lo pronuncié, con buen acento. —Me casé con un hombre muy rico. Era un potentado de verdad. Hubo un tiempo en que fue propietario de toda la manzana donde se levanta ahora el Vieux Carré, en la calle Bourbon. Me admiraba mucho. Vino a casa y pidió mi mano, y mi mamá tuvo que aceptar el negocio porque mi padre era demasiado débil, bebía. Recién ahora puedo entenderlo. Pero no tenía demasiada importancia. Yo ya había averiguado cuál era la situación financiera de mi pretendiente. No era un tipo del montón, aunque tampoco tenía clase. Pero era rico y me casé con él. Me hacía regalos. Hice lo que me correspondía. Pero me negué a que me hiciese el amor después de que se hizo amigo de ese espantoso judío que construyó el cementerio de Metairie sobre la pista de carreras de caballos porque no le dejaban correr sus caballos judíos. Mi esposo se llamaba Dunbar. Claude Dunbar, tal vez lo oyó nombrar. Nuestras fiestas eran de rigueur. —¿Le gustaría tomar un café con beignets en Du Monde? Se quedó mirándome fijo un momento, como si quisiese decirme algo más, después me hizo señal de que sí y sonrió. Dimos la vuelta a la plaza. Mi unicornio esperaba en el recodo. Le rasqué el flanco color arco iris y él arrancó algunos guijarros con su casco delantero. —Ya sé —le dije—, pronto vamos a entrar en la pendiente. Pero todavía no. Sé paciente. No voy a olvidarte.
Lizette y yo entramos al café Du Monde y ordené dos cafés con leche tibia y dos porciones de beignets. El mozo había nacido en Nueva Jersey, pero había vivido casi toda su vida a unos pocos kilómetros de College Station, Texas. Del lado del muelle llegaba un airecito fresco. —Yo estaba en Nueva York —le dije—, para recibir un premio en una convención de arquitectos (no sé si mencioné que soy arquitecto), porque en ese tiempo yo era arquitecto... bueno, y aparecí en un reportaje de televisión. La madre me vio en ese programa y buscó en los periódicos para ver en qué hotel se celebraba la convención. Averiguó el número de mi habitación y me llamó por teléfono. Era bastante tarde, esa noche me habían entregado el premio, era tarde, bastante tarde. Yo estaba sentado en el borde de la cama, sacándome los zapatos, con la corbata del smoking colgando del cuello, preparándome para tirar la ropa al piso y meterme en la cama cuanto antes. Sonó el teléfono. Era la madre. Era una persona espantosa, una de las peores personas que conocí jamás, un buitre, una persona horrible, espantosa. Empezó a hablarme de Bernice que estaba en el asilo. De cómo la tenían encerrada en esa piecita y cómo ella se pasaba la mayor parte del tiempo mirando por la ventana. Había hecho una regresión completa a la infancia, y casi nunca reconocía a su madre, pero cuando la reconoció le decía algo como «No dejes que me lastimen, mamita, no dejes que me lastimen». »Así que le pregunté qué quería que hiciese, si quería dinero para Bernice o qué... si quería que fuese a verla ya que estaba en Nueva York... y ella me contestó que de ningún modo, Dios la librara. Y después me hizo algo horrible. Me dijo que la última vez que había ido a ver a Bernice, mi ex mujer se había dado vuelta y había acercado el índice a los labios diciendo "Shh, no hagamos ruido. Paul está trabajando". »Y, puedo jurarlo, sentí que se me desenroscaba una víbora en el estómago. Fue lo más horrible que oí en mi vida. Por muy seguro que uno esté de encontrarse en paz con Dios y de no haber mandado a nadie al manicomio, siempre queda ese resto de duda y, diciéndome lo que me dijo, me mató. No podía pensar en eso, no podía siquiera oírlo porque me destruía. Así que me escondí detrás de una coraza de metal y seguí hablando como si nada. Después de un rato colgó. »Pasaron dos años antes de que me atreviese a pensar en eso, y cuando lo hice lloré. Hacía muchísimo que no lloraba. No porque estuviese convencido de esa estupidez de que los hombres no deben llorar, claro está, simplemente porque no había habido nada realmente importante para hacerme llorar, supongo. Pero cuando recordé lo que ella había dicho, empecé a llorar y no pude parar y al final fui al baño y me miré en el espejo y me pregunté cara a cara si yo había hecho eso, si yo alguna vez le había dicho que se callara para poder trabajar con mis croquis y mis dibujos... »Y después de un rato me vi sacudiendo la cabeza, no. Después todo fue más fácil. Eso sucedió unos tres años antes de que yo muriera. Ella lamía el azúcar impalpable de las beignets que se le había quedado pegado en los dedos y se sumergió en una larga historia acerca de un amante que había tenido. No recordaba su nombre. Era algo pasada la medianoche. Yo había pensado que la medianoche iba a ser la señal del comienzo de la pendiente, pero habían pasado las doce y ella no parecía estar por desvanecerse. Salimos del café Du Monde y caminamos hacia el Barrio Francés. Tengo un profundo desprecio por la calle Bourbon. Los puchos tirados, esos bultos carnosos en lugar de tetas, el olor a la miseria, las empequeñecidas almas de los hombres preocupados sólo por la carne. El ruido. Caminamos por ella como connaisseurs por una exposición de cuadros baratos. Ella siguió hablando acerca de su vida, de los hombres que había conocido, de cómo la habían amado, de cómo ella los había despreciado, de las cosas triviales de su pasado. Yo seguí hablando acerca de mis amores, de todas las mujeres que habían estado cerca de mi corazón durante el tiempo, más o menos largo, que habían durado nuestras
relaciones. Nos intercambiábamos charlas, las frases se cortaban en ángulo recto, los únicos puntos de encuentro eran los silencios que seguían al fin de cada historia. Ella quiso un julep y la llevé al hotel Royal Orleans. Nos quedamos sentados en silencio mientras ella bebía. Yo la contemplaba, estudiaba ese rostro de fantasma en busca del menor destello de luz en el hielo de sus ojos, con la esperanza de encontrar un indicio de que se acercaba el deshielo. Pero no había nada de eso y yo me quemaba tratando de decir las palabras adecuadas que provocasen calor. Ella bebía y recordaba otras veladas con jóvenes, en hoteles similares, cien años atrás. Fuimos a un club nocturno donde un bailarín de flamenco y sus dos partenaires actuaban sobre un tablado de madera rústica. Sus zapatos negros, refulgentes como estrellas, despertaban en mí resonancias que preferí ignorar. Después me di cuenta de que había sólo tres parejas en el club y que el extremadamente lindo bailarín de flamenco actuaba para Lizette. Se agarraba las solapas de su bolero y golpeteaba los talones contra el escenario como si estuviese clavando clavos. Ella lo miraba y recorrió con la punta de la lengua el borde de su vaso de licor, en un gesto manifiestamente provocativo. Había una consumición mínima de dos tragos y como a mí jamás me gustó el alcohol ella estaba más que dispuesta a evitar que se malgaste el dinero, de modo que bebió mi trago además del suyo. No sé si se estaba emborrachando o simplemente se entregaba al juego. Eso no tenía importancia. Me puse ciego de celos y los dragones se apoderaron de mis ojos. Cuando el bailarín terminó, al concluir su actuación de media hora, vino a nuestra mesa. El traje era ajustadísimo y del color de los lagos del Ártico. Tenía un pelo rizado, húmedo por el ejercicio, y su cara linda me ponía furioso. Hubo una escena. Él le preguntó cómo se llamaba. Yo acoté algo. Él trató de mostrarse amable al darse cuenta de mi pésimo humor. Ella pasó por alto lo que yo había dicho. Él intentó una vez más, en castellano, ceceando. Ella, respondió. Yo me levanté y le di un empujón. Hubo un forcejeo. Nos pidieron que nos retiráramos. Una vez afuera, ella se separó de mí. Mi unicornio estaba junto al cordón, comiendo flan de una fuente sopera de porcelana de Sévres. Yo la miré alejarse un poco tambaleante por la calle rumbo a la plaza Jackson. Rasqué el cuello de mi unicornio y él dejó de comer su flan. Me miró un rato largo. Tenía cristales de hielo brillando en la crin. Estábamos en la pendiente. —Ya falta poco, viejo amigo —le dije. Él bajó su esbelta cabeza hacia la fuente. —Veo que estuviste en Las Américas. Cuando devuelvas la fuente dale mis saludos al señor Pena. La seguí calle arriba. Caminaba rápidamente en dirección a la plaza. La llamé pero no quiso detenerse. Empezó a arrastrar la mano izquierda por los barrotes de acero de la valla de la plaza. Las yemas de los dedos hacían un ruido sordo al pasar de un barrote al otro y en una oportunidad pude oír el clac de una uña muy cuidada. —¡Lizette! ¡Maldición! No me sentía dispuesto a correr detrás de ella; no sé por qué pero me resultaba degradante. Pero ella se alejaba cada vez más. En el parque había vagos recostados sobre los bancos, con los brazos en la nuca. Trabajadores errantes, muchachos con barba y mochila. De pronto tuve miedo por ella. Imposible. Hacía cien años que estaba muerta. No había ninguna razón para temer. ¡Y tenía miedo por ella! Empecé a correr, mis pisadas resonaban por todo el parque. La alcancé en la esquina y la arrastré conmigo. Ella trató de abofetearme y le agarré la mano. Siguió intentando pegarme, arañarme con sus uñas cuidadas. La sostuve y la aparté de mí con un empujón, la hice girar alocadamente, tratando de impedirle tomar impulso. Ella se bamboleaba enloquecidamente, gritando y diciendo palabras desarticuladas. Finalmente se tropezó y yo la atraje hacia mí y la apreté contra mi cuerpo.
—¡Basta! ¡Basta, Lizette! Yo... ¡Basta! Ella se apretó contra mí sosteniendo en el aire el pie lastimado y sentí que lloraba contra mi pecho. La llevé hacia la sombra y mi unicornio bajó por la calle Decatur y se quedó de pie junto a un farol callejero, esperando. Se levantaron los vientos de la quimera. Los oí y me di cuenta de que ya estábamos en la pendiente, que nos quedaba poco tiempo. La abracé y sentí la fragancia selvática que despedía su cabello. —Escúchame —dije suavemente, muy cerca de ella—. Escúchame, Lizette. Casi no nos queda más tiempo. Es nuestra última oportunidad. Has vivido en la piedra durante cien años; te he escuchado llorar. Fui a visitarte a ese lugar noche tras noche y te oí llorar. Ya has saldado tu deuda, Dios sabe que la has saldado. Yo también. Podemos hacerlo. Tenemos una oportunidad más y podemos hacerlo, si lo intentas. Eso es todo lo que te pido, que lo intentes. Se apartó de mí bruscamente, sacudiendo la cabeza para apartarse el cabello cobrizo del rostro. Tenía los ojos secos. Los espectros pueden hacer eso, llorar sin lágrimas. Las lágrimas nos están negadas. También otras cosas, de las que no voy a hablar aquí. —Te mentí —dijo. Le toqué el rostro, el pómulo, cerca del nacimiento del cabello. —Ya lo sé. Mi unicornio jamás habría dejado que lo tocaras si no fueses pura. Yo no lo soy, pero no tiene más remedio conmigo. Me fue asignado. Es mi espíritu familiar, y me soporta. Somos amigos. —No. Otras mentiras. Mi vida fue una mentira. Te dije todas mentiras. No podemos hacerlo. Tienes que dejarme ir. No sabía exactamente dónde pero sabía cómo iba a suceder. Discutí con ella, tratando de convencerla de que había una salida. Ella no quería creerlo, no tenía la fuerza o la voluntad o la fe para creerlo. Finalmente la solté. Me echó los brazos al cuello, puso mi cara junto a la de ella y me tuvo así abrazado un rato. Después se levantaron los vientos y hubo sonidos en la noche, llamados, y ella me dejó abandonado en las sombras. Me senté en el cordón de la vereda y pensé en los años pasados desde mi muerte. Años sin mucha música. La luz se desangraba. Vagaba. Sólo los recuerdos y el paso del unicornio guiaban mi marcha. Estaba muy triste por él; me había sido asignado hasta que se me presentase la oportunidad. Y la oportunidad había llegado y yo había hecho mi mejor intento y había fallado. Lizette y yo éramos las dos caras de una misma moneda, una moneda sin valor y caduca. Prenda legal ofrecida por naciones desaparecidas desde hacía mucho, que ya ni siquiera conservaban sus nombres en el arrugado papiro de las cartografías. Nos habían arrancado de nuestro sueño final y se nos había mandado a vagar por nuestros crímenes; no tendríamos más que una única oportunidad entre la muerte y la eternidad. Esta noche... esta noche sin nada especial... esta había sido nuestra oportunidad. Entonces mi unicornio se me acercó y frotó su hocico contra mi hombro. Yo levanté el brazo y le rasqué la base de su cuerno en espiral, su lugar predilecto. Emitió un suspiro largo y plateado, y en ese sonido creí escuchar la sentencia que también le haría cumplir a él. Nos habíamos sentido muy unidos, además. El que había dispuesto la oportunidad de esta noche nos había asignado uno al otro. Pero, si yo había perdido, también había perdido mi unicornio, que había vagado conmigo todos esos años sin luz y silenciosos. Me puse de pie. No estaba de ningún modo preparado como para presentar batalla, pero al menos podía aguantar a completar el viaje... hasta el pie de la pendiente. —¿Sabes dónde están? Mi unicornio empezó a caminar calle abajo y yo lo seguí, entre la desesperanza y la frustración. Entre el crepúsculo y el amanecer se desarrolla la cabalgata final, la última oportunidad. Después de la medianoche comienza la pendiente. Quedaba poco tiempo y
en cuanto el tiempo se acabase ya no habría más que tiempo para Lizette, para mí y para mi unicornio. Para siempre. Cuando pasamos por el hotel Royal Orleans me di cuenta hacia dónde íbamos. Ya se había desvanecido el rumor del barrio. Se acercaba el amanecer. Los piojos humanos se habían arrastrado por fin hasta sus montoncitos de carne para dormir la noche de jarana. Aunque yo jamás había tenido una experiencia directa de la Nueva Orleans en la que había crecido Lizette, ansiaba tener el poder de borrar el cáncer inmundo en que se habían convertido la calle Bourbon y el Barrio, con la roña turística y las chillonas luces de neón, el poder de restaurar el colorido pero saludable aspecto de la época de su esplendor, cien años atrás. Pero yo no era más que un espectro, no uno de esos dioses con poderes, y en ese preciso momento estaba casi sobre el final de la cuerda que sostenía uno de esos dioses. Mi unicornio dobló por calles oscuras, manteniendo siempre la misma dirección, y cuando vi las primeras sombras negras de las tumbas contra el cielo nocturno, contra el relampagueante cielo nocturno, me di cuenta de que no me había equivocado con respecto a nuestro destino. El cementerio de Saint Louis. ¡Oh, cuanto lamento por el que no haya visto nunca el mundialmente famoso cementerio de Saint Louis en Nueva Orleans! Es el camposanto más perfecto, el más completo, el más hermoso del universo. (Hay cierta perfección en determinados detalles que invade por completo lo demás. Hay sillas danesas que no podrían ser ninguna otra cosa más que sillas, que son tan absoluta y definitivamente sillas que si el mundo, tal como lo conocemos, llegase a su fin y en un billón de años más las cucarachas tamaño caballo de Nueva Orleans se convirtiesen en la especie dominante, y cavaran el suelo hasta llegar a las capas aluvionales profundas y encontrasen una de esas sillas, aun cuando ellas mismas no las usasen, aun cuando no estuviesen diseñadas, estructuralmente, como para usarlas, aun cuando jamás hubiesen visto una silla, aun así sabrían cuál es el uso que hay que darle a ese objeto, sabrían que fue creado para ser eso: una silla. Porque sería un ejemplo de sillidad. Y, a partir de ella, serían capaces de reconstruir una réplica de la raza humana. Ese es el tipo de camposanto al que uno se refiere cuando habla del mundialmente famoso cementerio de Saint Louis.) El cementerio de Saint Louis es muy antiguo. Está impregnado de sombras y de huesos que se sienten cómodos y de imágenes post mortem de personajes que se hicieron famosos por el solo hecho de estar enterrados en el cementerio de Saint Louis. La napa de agua yace a escasos centímetros del suelo de Nueva Orleans. Es por eso que no hay tumbas en tierra. Los cuerpos son colocados en criptas, sepulcros, bóvedas y mausoleos construidos sobre la superficie. Las lápidas son todas distintas, no hay dos que sean iguales, y cada uno de ellas es testimonio del arte de algún lapidario. Y sólo en segunda instancia testimonio de los que yacen debajo de la piedra. Habíamos llegado al cénit de la noche. Ese punto extremo que precede al amanecer. El alba no había empezado aún a cubrir el horizonte del este, pero el tono de la noche se había tornado más cálido; era el último tramo de la pendiente de mi última oportunidad. También de la de Lizette. Nos acercamos al cementerio, mi unicornio y yo. Desde el profundo centro del horizonte de tumbas que se levantaban más allá del cerco pude ver el resplandor gélido de una luz azul vibrante. El tipo de luz que encuentra uno en la heladera, fría, chata, vidriosa. Me monté en mi unicornio y me incliné contra su cuello, aferrándome a su crin con ambas manos y apretando las rodillas contra sus flancos de seda, que ahora ondulaban con luz y con color, y emití un ligero silbido de aceptación, una leve señal de partida. Mi unicornio voló por encima de la cerca, penetrando en el mundo del famoso cementerio de Saint Louis.
Desmonté y le di las gracias. Empezamos a abrirnos camino entre las tumbas, los sepulcros, las criptas. El resplandor se hizo más evidente. Ya podía oír a los vientos de quimera que se levantaban, se arremolinaban, soplaban desde mares remotos. La luz que vibraba, los vientos que gemían, la noche que agonizaba. Mi unicornio se quedó cerca. Incluso nosotros, los habitantes del mundo espectral, sabemos cuándo tener miedo. Al fin de cuentas había perdido la última apuesta; no tenía la protección de ningún dios. Estaba más desnudo aún en la muerte. No hay niebla en Nueva Orleans. A nuestro alrededor empezó a levantarse la bruma. Salvo escasas oportunidades en el invierno no hay niebla en Nueva Orleans. Recuerdo el amanecer de la noche en que morí. Había bruma. El mío había sido un suicidio. Me había abandonado mi tercera mujer. Se había ido durante la noche, mientras yo estaba en una reunión de negocios con un cliente. Me habían contratado para construir una iglesia en Baton Rouge. Me había pasado el día despegando con vapor el empapelado viejo del departamento que habíamos alquilado. Iba a ser nuestro primer hogar y lo íbamos a pagar con la comisión. Me había ocupado personalmente de despegarlo, con una escalera alta y un condensador de vapor. Cerca del cielorraso el calor había sido tan intenso que casi me desmayo. Ella me había traído limonada recién exprimida. Después me había bañado, me había vestido y había ido a la reunión. Al volver, ella ya se había ido. Sin dejar ni una nota. Lizette y yo éramos las dos caras de una misma moneda, arrojada después de la muerte en castigo por los extremos opuestos de un mismo crimen. Ella no había amado jamás. Yo había amado demasiado. El abuso en algo tan delicado como el amor es monstruosamente pecaminoso a los ojos del Dios del Amor. Y algunos de nosotros —los que nunca comprendimos que la salvación estaba en la Dorada Medianía— somos arrojados a la deriva con una última oportunidad. Puede darse. Se levantó la bruma a nuestro alrededor, y mi unicornio se deslizó hasta quedar pegado a mí, parecía mas pequeño, casi tímido. Estábamos penetrando en reinos que él no comprendía, donde su limitada magia