APUESTAS Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
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APUESTAS Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
En la mañana del tercer día el mar se calmó. Hasta los pasajeros más delicados —los que no habían salido desde que el barco partió—, abandonaron sus camarotes y fueron al puente, donde el camarero les dio sillas y puso en sus piernas confortables mantas. Allí se sentaron frente al pálido y tibio sol de enero. El mar había estado bastante movido los dos primeros días y esta repentina calma y sensación de confort habían creado una agradable atmósfera en el barco. Al llegar la noche, los pasajeros, después de dos horas de calma, empezaron a sentirse comunicativos y a las ocho de aquella noche el comedor estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire seguro y complaciente de auténticos marineros. Hacia la mitad de la cena los pasajeros se dieron cuenta, por un ligero balanceo de sus cuerpos y sillas, de que el barco empezaba a moverse otra vez. Al principio fue muy suave, un ligero movimiento hacia un lado, luego hacia el otro, pero fue lo suficiente para causar un sutil e inmediato cambio de humor en la estancia. Algunos pasajeros levantaron la vista de su comida, dudando, esperando, casi oyendo el movimiento siguiente, sonriendo nerviosos y con una mirada de aprensión en los ojos. Algunos parecían despreocupados, otros estaban decididamente tranquilos, e incluso hacían chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que estaban asustados. El movimiento del barco se hizo de repente más y más violento y cinco o seis minutos después de que el primer movimiento se hiciera patente, el barco se tambaleaba de una parte a otra y los pasajeros se agarraban a sus sillas y a los tiradores como cuando un coche toma una curva. Finalmente el balanceo se hizo muy fuerte y el señor William Botibol, que estaba sentado a la mesa del sobrecargo, vio su plato de rodaballo con salsa holandesa deslizarse lejos de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación mientras todos buscaban platos y vasos. La señora Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, dio un pequeño grito y se agarró al brazo del caballero. —Va a ser una noche terrible —dijo el sobrecargo, mirando a la señora Renshaw—, me parece que nos espera una buena noche. Hubo un matiz raro en su modo de decirlo. Un camarero llegó corriendo y derramó agua en el mantel, entre los platos. La excitación creció. La mayoría de los pasajeros continuaron comiendo. Un pequeño número, que incluía a la señora Renshaw, se levantó y echó a andar con rapidez, dirigiéndose hacia la puerta. —Bueno —dijo el sobrecargo—, ya estamos otra vez igual. Echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en sus caras ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener, al ser reconocidos como buenos marineros.
Cuando terminó la comida y se sirvió el café, el señor Botibol, que tenía una expresión grave y pensativa desde que había empezado el movimiento del barco, se levantó y puso su taza de café en el sitio donde la señora Renshaw había estado sentada, junto al sobrecargo. Se sentó en su silla e inmediatamente se inclinó hacia él, susurrándole al oído: —Perdón, ¿me podría decir una cosa, por favor? El sobrecargo, hombre pelirrojo, pequeño y grueso, se inclinó para poder escucharle. —¿Qué ocurre, señor Botibol? —Lo que quiero saber es lo siguiente... Al observarlo, el sobrecargo vio la inquietud que se reflejaba en el rostro del hombre. —¿Sabe usted si el capitán ha hecho ya la estimación del recorrido para las apuestas del día? Quiero decir, antes de que empezara la tempestad. El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se echó hacia atrás, haciendo descansar su cuerpo. —Creo que sí, bueno... sí —contestó. No se molestó en decirlo en voz baja, aunque automáticamente bajó el tono de voz como siempre que se responde a un susurro. —¿Cuándo cree usted que la ha hecho? —Esta tarde. El siempre hace eso por la tarde. —Pero ¿a qué hora? —¡Oh, no lo sé! A las cuatro, supongo. —Bueno, ahora dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán cuál será el número? ¿Se lo toma en serio? El sobrecargo miró al inquieto rostro del señor Botibol y sonrió, adivinando lo que el hombre quería averiguar. —Bueno, el capitán celebra una pequeña. conferencia con el oficial de navegación, en la que estudian el tiempo y muchas otras cosas, y luego hacen el parte. El señor Botibol asintió con la cabeza, ponderando esta respuesta durante algunos momentos. Luego dijo: —¿Cree que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo hoy? —No tengo ni idea —replicó el sobrecargo. Miró los pequeños ojos del hombre, que tenían reflejos de excitación en el centro de sus pupilas. —No tengo ni idea, no se lo puedo decir porque no lo sé. —Si esto se pone peor, valdría la pena comprar algunos números bajos. ¿No cree? El susurro fue más rápido e inquieto. —Quizá sí —dijo el sobrecargo—. Dudo que el viejo apostara por una noche tempestuosa. Había mucha calma esta tarde, cuando ha hecho el parte.
Los otros en la mesa habían dejado de hablar y escuchaban al sobrecargo mirándolo con esa mirada intensa y curiosa que se observa en las carreras de caballos, cuando se trata de escuchar a un entrenador hablando de su suerte: los ojos medio cerrados, las cejas levantadas, la cabeza hacia adelante y un poco inclinada a un lado. Esa mirada medio hipnotizada que se da a una persona que habla de cosas que no conoce bien. —Bien, supongamos que a usted se le permitiera comprar un número. ¿Cuál escogería hoy? —susurró el señor Botibol. —Todavía no sé cuál es la clasificación —contestó pacientemente el sobrecargo—, no se anuncia hasta que empieza la apuesta después de la cena. De todas formas no soy un experto, soy sólo el sobrecargo. En este punto el señor Botibol se levantó. —Perdónenme —dijo, y se marchó abriéndose camino entre las mesas. Varias veces tuvo que cogerse al respaldo de una silla para no caerse, a causa de uno de los bandazos del barco. —Al puente, por favor —dijo al ascensorista. El viento le dio en pleno rostro cuando salió al puente. Se tambaleó y se agarró a la barandilla con ambas manos. Allí se quedó mirando al negro mar, las grandes olas que se curvaban ante el barco, llenándolo de espuma al chocar contra él. —Hace muy mal tiempo, ¿verdad, señor? —comentó el ascensorista cuando bajaban. El señor Botibol se estaba peinando con un pequeño peine rojo. —¿Cree que hemos disminuido la velocidad a causa del tiempo? —preguntó. —¡Oh, sí, señor! La velocidad ha disminuido considerablemente al empezar el temporal. Se debe reducir la velocidad cuando el tiempo es tan malo, porque los pasajeros caerían del barco. Abajo, en el salón, la gente empezó a reunirse para la subasta. Se agruparon en diversas mesas, los hombres un poco incómodos, enfundados en sus trajes de etiqueta, bien afeitados y al lado de sus mujeres, cuidadosamente arregladas. El señor Botibol se sentó a una mesa, cerca del que dirigía las apuestas. Cruzó las piernas y los brazos y se sentó en el asiento con el aire despreocupado del hombre que ha decidido algo muy importante y no quiere tener miedo. La apuesta, se dijo a sí mismo, sería aproximadamente de siete mil dólares, o al menos ésa había sido la cantidad de los dos días anteriores. Como el barco era inglés, esta cifra sería su equivalente en libras, pero le gustaba pensar en el dinero de su propio país, siete mil dólares era mucho dinero, mucho. Lo que haría sería cambiarlo en billetes de cien dólares, los llevaría en el bolsillo posterior de su chaqueta; no había problema. Inmediatamente compraría un Lincoln descapotable, lo recogería y lo llevaría a casa con la ilusión de ver la cara de Ethel cuando saliera a la puerta y lo viera. Sería maravilloso ver la cara que pondría cuando él saliera de un Lincoln descapotable último modelo, color verde claro. «¡Hola, Ethel, cariño! —diría, hablando, sin darle importancia a la cosa—, te he traído un pequeño regalo. Lo vi en el escaparate al pasar y pensé que tú siempre deseaste uno. ¿Te gusta el color, cariño?» Luego la miraría.
El subastador estaba de pie detrás de la mesa. —¡Señoras y señores! —gritó—, el capitán ha calculado el recorrido del día, que terminará mañana al mediodía; en total son quinientas quince millas. Como de costumbre, tomaremos los diez números que anteceden y siguen a esta cifra, para establecer la escala; por lo tanto serán entre quinientas cinco y quinientas veinticinco; y naturalmente, para aquellos que piensen que el verdadero número está más lejos, habrá un «punto bajo» y un «punto alto» que se venderán por separado. Ahora sacaré los primeros del sombrero..., aquí están... ¿Quinientos doce? No se oyó nada. La gente estaba sentada en sus sillas observando al subastador; había una cierta tensión en el aire y al ir subiendo las apuestas, la tensión fue aumentando. Esto no era un juego: la prueba estaba en las miradas que dirigía un hombre a otro cuando éste subía la apuesta que el primero había hecho; sólo los labios sonreían, los ojos estaban brillantes y un poco fríos. El número quinientos doce fue comprado por ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes alcanzaron cifras aproximadamente iguales. El barco se movía mucho y cada vez que daba un bandazo los paneles de madera crujían como si fueran a partirse. Los pasajeros se cogían a los brazos de las sillas, concentrándose al mismo tiempo en la subasta. —Punto bajo —gritó el subastador—, el próximo número es el punto más bajo. El señor Botibol tenía todos los músculos en tensión. Esperaría, decidió, hasta que los otros hubiesen acabado de apostar, luego se levantaría y haría la última apuesta. Se imaginaba que tendría por lo menos quinientos dólares en su cuenta bancaria, quizá seiscientos. Esto equivaldría a unas doscientas libras, más de doscientas. El próximo boleto no valdría más de esa cantidad. —Como ya saben todos ustedes —estaba diciendo el subastador—, el punto bajo incluye cualquier número por debajo de quinientos cinco. Si ustedes creen que el barco va a hacer menos de quinientas millas en veinticuatro horas, o sea hasta mañana al mediodía, compren este número. ¿Qué apuestan? Se subió hasta ciento treinta libras. Además del señor Botibol, había algunos que parecían haberse dado cuenta de que el tiempo era tormentoso. Ciento cincuenta... Ahí se paró. El subastador levantó el martillo. —Van ciento cincuenta... —¡Sesenta! —dijo el señor Botibol. Todas las caras se volvieron para mirarle. — ¡Setenta! —¡Ochenta! —gritó el señor Botibol. —¡Noventa! —¡Doscientas! —dijo el señor Botibol, que no estaba dispuesto a ceder. Hubo una pausa. —¿Hay alguien que suba a más de doscientas libras? «Quieto —se dijo a sí mismo—, no te muevas ni mires a nadie, eso da mala suerte. Contén la respiración. Nadie subirá la apuesta si contienes la respiración.» —Van doscientas libras...
El subastador era calvo y las gotas de sudor le resbalaban por su desnuda cabeza. —¡Uno...! El señor Botibol contuvo la respiración. —¡Dos...! ¡Tres! El hombre golpeó la mesa con el martillo. El señor Botibol firmó un cheque y se lo entregó al asistente del subastador, luego se sentó en una silla a esperar que todo terminara. No quería irse a la cama sin saber lo que se había recaudado. Cuando se hubo vendido el último número lo contaron todo y resultó que habían reunido unas mil cien libras, o sea, seis mil dólares. El noventa por ciento era para el ganador y el diez por ciento era para las instituciones de caridad de los marineros. El noventa por ciento de seis mil eran cinco mil cuatrocientas; bien, era suficiente. Compraría el Lincoln descapotable y aún le sobraría. Con estos gloriosos pensamientos se marchó a su camarote feliz y contento dispuesto a dormir toda la noche. Cuando el señor Botibol se despertó a la mañana siguiente, se quedó unos minutos con los ojos cerrados, escuchando el sonido del temporal, esperando el movimiento del barco. No había señal alguna de temporal y el barco no se movía lo más mínimo. Saltó de la cama y miró por el ojo de buey. ¡Dios mío! El mar estaba como una balsa de aceite, el barco avanzaba rápidamente, tratando de ganar el tiempo perdido durante la noche. El señor Botibol se sentó lentamente en el borde de su litera. Un relámpago de temor empezó a recorrerle la piel y a encogerle el estómago. Ya no había esperanza, un número alto ganaría la apuesta. —¡Oh, Dios mío! —dijo en voz alta—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué diría Ethel, por ejemplo? Era sencillamente imposible explicarle que se había gastado la casi totalidad de lo ahorrado durante los dos últimos años en comprar un ticket para la subasta. Decirle eso equivalía a exigirle que no siguiera firmando cheques. ¿Y qué pasaría con los plazos del televisor y de la Enciclopedia Británica'? Ya le parecía estar viendo la ira y el reproche en los ojos de la mujer, el azul deviniendo gris y los ojos mismos achicándosele como siempre les ocurría cuando se colmaban de ira. —¡Oh, Dios mío!, ¿qué puedo hacer? No cabía duda de que ya no tenía ninguna posibilidad, a menos que el maldito barco empezase a ir marcha atrás. Tendrían que volver y marchar a toda velocidad en sentido contrario, si no, no podía ganar. Bueno, quizá podría hablar con el capitán y ofrecerle el diez por ciento de los beneficios, o más si él accedía. El señor Botibol empezó a reírse, pero de repente se calló y sus ojos y su boca se abrieron en un gesto de sorpresa porque en aquel preciso momento le había llegado la idea. Dio un brinco de la cama, terriblemente excitado, fue hacia la ventanilla y miró hacia afuera. —Bien —pensó—. ¿Por qué no? El mar estaba en calma y no habría ningún problema en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien ya había hecho esto anteriormente, lo cual no impedía que lo repitiera. El barco tendría que parar y lanzar un bote y el bote tendría que retroceder quizá media milla para alcanzarlo. Luego tendría que volver al barco y ser izado a bordo, esto llevaría por lo menos una hora. Una hora eran unas treinta millas y así haría disminuir la estimación del día anterior. Entonces entrarían en el punto bajo y ganaría. Lo único importante sería que alguien le viera caer; pero esto era fácil de arreglar. Tendría que llevar un traje ligero, algo fácil para poder nadar. Un traje deportivo, eso es. Se vestiría como si fuera a jugar al frontón, una camisa, unos pantalones cortos y zapatos de tenis. ¡Ah!, y dejar su reloj.
¿Qué hora era? Las nueve y quince minutos. Cuanto más pronto mejor. Hazlo ahora y quítate ese peso de encima. Tienes que hacerlo pronto porque el tiempo límite es el mediodía. El señor Botibol estaba asustado y excitado cuando subió al puente vestido con su traje deportivo. Su cuerpo pequeño se ensanchaba en las caderas y los hombros eran extremadamente estrechos. El conjunto tenía la forma de una pera. Las piernas blancas y delgadas, estaban cubiertas de pelos muy negros. Salió cautelosamente al puente y miró en derredor. Sólo había una persona a la vista, una mujer de mediana edad, un poco gruesa, que estaba apoyada en la barandilla mirando al mar. Llevaba puesto un abrigo de cordero persa con el cuello subido de tal forma que era imposible distinguir su cara. La empezó a examinar concienzudamente desde lejos. Sí, se dijo a sí mismo, ésta, probablemente, servirá. Era casi seguro que daría la alarma en seguida. Pero espera un momento, tómate tiempo, William Botibol. ¿Recuerdas lo que pensabas hacer hace unos minutos en el camarote, cuando te estabas cambiando? ¿Lo recuerdas? El pensamiento de saltar del barco al océano, a mil millas del puerto más próximo, le había convertido en un hombre extremadamente cauto. No estaba en absoluto tranquilo, aunque era seguro que la mujer daría la alarma en cuanto él saltara. En su opinión había dos razones posibles por las cuales no lo haría. La primera: que fuese sorda o ciega. No era probable, pero por otra parte podía ser así y ¿por qué arriesgarse? Lo sabría hablando con ella unos instantes. Segundo, y esto demuestra lo suspicaz que puede llegar a ser un hombre cuando se trata de su propia conservación, se le ocurrió que la mujer podía ser la poseedora de uno de los números altos de la apuesta y por lo tanto tener una poderosa razón financiera para no querer hacer detener el barco. El señor Botibol recordaba que había gente que había matado a sus compañeros por mucho menos de seis dólares. Se leía todos los días en los periódicos. ¿Por qué arriesgarse entonces? Arréglalo bien y asegura tus actos. Averígualo con una pequeña conversación. Si además la mujer resultaba agradable y buena, ya estaba todo arreglado y podía saltar al agua tranquilo. El señor Botibol avanzó hacia la mujer y se puso a su lado, apoyándose en la barandilla. —¡Hola! —dijo galantemente. Ella se volvió y le correspondió con una sonrisa sorprendentemente maravillosa y angelical, aunque su cara no tenía en realidad nada especial. —¡Hola! —le contestó. Ya tienes la primera pregunta contestada, se dijo el señor Botibol, no es ciega ni sorda... —Dígame —dijo, yendo directamente al grano—. ¿Qué le pareció la apuesta de anoche? —¿Apuesta? —preguntó extrañada—. ¿Qué apuesta? —Es una tontería. Hay una reunión después de cenar en el salón y allí se hacen apuestas sobre el recorrido del barco. Sólo quería saber lo que piensa de ello. Ella movió negativamente la cabeza y sonrió agradablemente con una sonrisa que tenía algo de disculpa.
—Soy muy perezosa —dijo—. Siempre me voy pronto a la cama y allí ceno. Me gusta mucho cenar en la cama. El señor Botibol le sonrió y dio la vuelta para marcharse. —Ahora tengo que ir a hacer gimnasia, nunca perdono la gimnasia por la mañana. Ha sido un placer conocerla, un verdadero placer... Se retiró unos diez pasos. La mujer le dejó marchar sin mirarle. Todo estaba en orden. El mar estaba en calma, él se había vestido ligeramente para nadar, casi seguro que no había tiburones en esa parte del Atlántico, y también contaba con esa buena mujer para dar la alarma. Ahora era sólo cuestión de que el barco se retrasara lo suficiente a su favor. Era casi seguro que así ocurriría. De cualquier modo, él también ayudaría un poco. Podía poner algunas dificultades antes de subir al salvavidas, nadar un poco hacia atrás y alejarse subrepticiamente mientras trataban de ayudarle. Un minuto, un segundo ganado, eran preciosos para él. Se dirigió de nuevo hacia la barandilla, pero un nuevo temor le invadió. ¿Le atraparía la hélice? El sabía que les había ocurrido a algunas personas al caerse de grandes barcos. Pero no iba a caer, sino a saltar y esto era diferente, si saltaba a buena distancia, la hélice no le cogería. El señor Botibol avanzó lentamente hacia la barandilla a unos veinte metros de la mujer. Ella no le miraba en aquellos momentos. Mejor. No quería que le viera saltar. Si no lo veía nadie, podría decir luego que había resbalado y caído por accidente. Miró hacia abajo. Estaba bastante alto, ahora se daba cuenta de que podía herirse gravemente si no caía bien. ¿No había habido alguien que se había abierto el estómago de ese modo? Tenía que saltar de pie y entrar en el agua como un cuchillo. El agua parecía fría, profunda, gris. Sólo mirarla le daba escalofríos, pero había que hacerse el ánimo, ahora o nunca. «Sé un hombre, William Botibol, sé un hombre. Bien... ahora... vamos allá.» Subió a la barandilla y se balanceó durante tres terribles segundos antes de saltar, al mismo tiempo que gritaba: —¡Socorro! —¡Socorro! ¡Socorro! —siguió gritando al caer. Luego se hundió bajo el agua. Al oír el primer grito de socorro la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un salto de sorpresa. Miró a su alrededor y vio al hombrecillo vestido con pantalones cortos y zapatillas de tenis, gritando al caer. Por un momento no supo qué decisión tomar: hacer sonar la campanilla, correr a dar la voz de alarma, o simplemente gritar. Retrocedió un paso de la barandilla y miró por el puente, quedándose unos instantes quieta, indecisa. Luego, casi de repente, se tranquilizó y se inclinó de nuevo sobre la barandilla mirando al mar. Pronto apareció una cabeza entre la espuma y un brazo se movió una, dos veces, mientras una voz lejana gritaba algo difícil de entender. La mujer se quedó mirando aquel punto negro; pero pronto, muy pronto, fue quedando tan lejos, que ya no estaba segura de que estuviera allí. Después de un ratito apareció otra mujer en el puente. Era muy flaca y angulosa y llevaba gafas. Vio a la primera mujer y se dirigió a ella, atravesando el puente con ese andar peculiar de las solteronas. —¡Ah, estás aquí! La mujer se volvió y vio a la otra, pero no dijo nada.
—Te he estado buscando por todas partes —dijo la delgada. —Es extraño —dijo la primera mujer—, hace un momento un hombre ha saltado del barco completamente vestido. —¡Tonterías! —¡Oh, sí! Ha dicho que quería hacer ejercicio y se ha sumergido sin siquiera quitarse el traje. —Bueno, bajemos —dijo la mujer delgada. En su rostro había un gesto duro y hablaba menos amablemente que antes. —No salgas sola al puente otra vez. Sabes muy bien que tienes que esperarme. —Sí, Maggie —dijo la mujer gruesa, y sonrió otra vez con una sonrisa dulce y tierna. Cogió la mano de la otra y se dejó llevar por el puente. —¡Qué hombre tan amable! —dijo—. Me saludaba con la mano.
CORDERO ASADO Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979; existe una adaptación de Hitchcock para su serie televisiva)
La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente. Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo. De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes. Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura. Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara. —¡Hola, querido! —dijo ella. —¡Hola! —contestó él. Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco. —¿Cansado, querido? —Sí —respondió él—, estoy cansado.
Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar. Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso. —Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose. —Siéntate —dijo él secamente. Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino. —Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky. —Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella. El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal. —Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves. —No —dijo él. —Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla. Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto. —Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas. —No quiero —dijo él. Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos. —Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera. —No me apetece —dijo él. —¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece. Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara. —Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada. —Vamos —dijo él—, siéntate. Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos. —Tengo algo que decirte. —¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad. —Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado. Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra. —Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera. Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido. —Prepararé la cena —dijo con voz ahogada. Esta vez él no contestó. Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo. Era una pierna de cordero. Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella. Se detuvo. —Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir. En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra. La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento. Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle. «Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.» Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las
asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían? Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse. Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar. —Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también. —Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes. Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín. Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles. —Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador. —¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está? —Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes. El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes. —Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa. —¿Quiere carne, señora Maloney? —No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero. —¡Oh! —No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien? —Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho? —¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas. —¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego? —Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam? El hombre echó una mirada a la tienda. —¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick. —Magnífico —dijo ella—, le encanta. Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo: —Gracias, Sam. Buenas noches.
Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido. «Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.» Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo. —¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella. Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir. Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó: —¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto! —¿Quién habla? —La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney. —¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto? —Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto. —Iremos en seguida —dijo el hombre. El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil. —¿Está muerto? —preguntó ella. —Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido? Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono. Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad. Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto
la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo. —¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives. Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle. «..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...» Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría. —No —dijo ella. No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida. —Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan. —No —dijo ella. Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría. La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte. —Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal. Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado. —¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal? —No tenemos jarrones de metal —dijo ella. —¿Y un atizador? —No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje. La búsqueda continuó. Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida? —Sí, claro. ¿Quiere whisky? —Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso. —¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo. —Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando. Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras. El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo: —Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro? —¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad! —¿Quiere que vaya a apagarlo? —¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias. Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos. —Jack Nooan —dijo. —¿Sí? —¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros? —Si está en nuestras manos, señora Maloney... —Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado. —Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan. —Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo. Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida. —¿Quieres más, Charlie? —No, será mejor que no lo acabemos. —Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor. —Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas. —Por eso debería ser fácil de encontrar. —Eso es lo que a mí me parece. —Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó: —Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa. —Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack? En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.
EDWARD EL CONQUISTADOR Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
Louisa, sosteniendo un trapo de cocina, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre. —¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo! Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigió a paso lento hacia la superficie cubierta de césped, internóse en ella, seguida por la débil sombra que proyectaba su cuerpo, contorneó los rosales y, al cruzar frente a él, tocó con un dedo el reloj de sol. Su paso cadencioso y el suave balanceo de hombros y brazos le daban un porte bastante garboso para una mujer menuda y un poco metida en carnes. Pasó bajo la morera, ganó el caminillo enladrillado y lo siguió hasta el paraje desde donde podía dominar el declive que se formaba al fondo del vasto jardín. —¡Edward! ¡El almuerzo! Por fin lo había descubierto, a cosa de setenta metros de distancia, en el extremo del declive, donde empezaba el bosque. Espigado, pero de cuerpo estrecho, vestido con unos pantalones caqui y un suéter verde oscuro, dedicábase, plantado junto a una gran fogata, horca en mano, a amontonar zarzas sobre el fuego, que, voraz, levantaba llamas anaranjadas y enviaba hacia el jardín nubes de humo lechoso y un maravilloso aroma a hojas quemadas y a otoño. Louisa descendió la pendiente al encuentro de su marido. De haberlo deseado, le habría sido fácil repetir la llamada y hacerse oír; pero las grandes hogueras tenían algo que la impulsaba hacía ellas, hacia su inmediata vecindad, donde pudiera percibir su crepitar y su calor. —El almuerzo —repitió conforme se acercaba. —Ah, hola. Sí, está bien. En seguida voy. —¡Qué espléndido fuego! —He decidido limpiar esto de zarzas —comentó su esposo—. Me tienen harto y aburrido. Su alargado rostro estaba húmedo de sudor, cuyas golillas le moteaban todo el bigote, como rocío, y dos pequeños regueros le corrían garganta abajo hasta donde comenzaba el cuello alto del suéter. —Cuidado con excederte, Edward.
—De veras me gustaría, Louisa, que dejaras de tratarme como si fuera un octogenario. Un poco de ejercicio nunca ha perjudicado a nadie. —Sí, cariño, lo sé. ¡Oh, Edward! ¡Mira! ¡Mira! Se volvió el hombre y miró a Louisa, que señalaba hacia el otro extremo de la fogata. —¡Míralo, Edward! ¡El gato! Sentado en tierra, tan próximo al fuego que sus llamas parecían tocarlo a veces, un gatazo de color insólito por demás dedicábase, inmóvil por completo, la cabeza ladeada y la nariz al viento, a contemplar al matrimonio con sus ojos amarillos y apacibles. —¡Se va a quemar! —exclamó Louisa. Y, dejando caer el trapo, echó a correr hacia el animal, lo aferró con ambas manos y, levantándolo con viveza, volvió a dejarlo en la hierba, a prudente distancia de las llamas. —¡Gato loco! —apostrofó mientras se sacudía el polvo de las manos—. ¿Qué te ocurre a ti? —Los gatos saben lo que se hacen —observó su marido—. No verás a ninguno hacer algo que no le plazca. Los gatos, no. —¿De quién es? ¿Lo habías visto antes? —No, nunca. Tiene un color rarísimo. El gato se había sentado en la hierba y les miraba de soslayo. Tenían sus ojos una velada expresión introspectiva, algo curiosamente sabio y reflexivo, y en torno a la nariz mostraba un delicadísimo gesto de desdén, como si aquellos dos seres de edad madura — el uno menudo, regordete y rosado; flaco y sudoroso en extremo el otro— fuesen motivo de cierta sorpresa pero escaso interés. Muy largo y sedoso, de un gris puramente plateado y sin el menor matiz de azul, el pelaje del animal era, desde luego, inusitado en un gato. Louisa se inclinó y le acarició la cabeza. —Tienes que irte a casa —le dijo—. Sé un gato bueno y vuélvete a tu casa, que es donde debes estar. Marido y mujer acometieron despaciosos la cuesta en dirección a su vivienda. El gato, que se había levantado, los siguió, primero a cierta distancia y luego, conforme avanzaban, aproximándose más y más. Pronto estuvo a su lado y, rebasándoles, les precedió a través del césped camino de la casa con la cola enhiesta como un mástil, cual si fuera el dueño del lugar. —Márchate a tu casa —dijo el hombre—. A casa. No te queremos. Pero cuando alcanzaron ellos la suya les siguió al interior y Louisa le dio un poco de leche en la cocina. Durante el almuerzo saltó encima de la silla libre que quedaba entre ambos y, sentado allí, con la cabeza justo al ras de la mesa, asistió al resto de la comida observando su curso con aquellos ojos suyos, de un amarillo oscuro, que no dejaban de viajar despaciosos de la mujer al hombre y de éste nuevamente a ella. —No me gusta este gato —comentó Edward. —Oh, yo lo encuentro precioso. Confío en que se quede un rato más.
—Escúchame bien, Louisa. Este bicho no puede quedarse aquí de ninguna manera. Se ha perdido, pero tiene dueño. Y, si por la tarde continúa merodeando por aquí, harás bien en llevarlo a la policía. Ellos se encargarán de que vuelva a su casa. Terminado el almuerzo, Edward volvió a su trabajo de jardinería y Louisa se dirigió, como de costumbre, hacia el piano. Intérprete competente y melómana devota, casi todas las tardes pasaba cosa de una hora tocando para sí. El gato se había instalado ahora en el sofá; y como ella se detuviera al pasar y lo acariciara, abrió los ojos, la miró un instante y, cerrándolos de nuevo, se volvió a dormir. —Eres un gato encantador —dijo—. Y de un color divino. Ojalá pudieras quedarte conmigo. Recorrían sus dedos la piel de la cabeza cuando tropezaron con una hinchazón, una pequeña protuberancia situada justo encima del ojo derecho. —Pobre gato —continuó—, tienes bultitos en esa cara tan linda. Te estarás haciendo viejo. Siguió su camino y tomó asiento en la larga banqueta del piano, pero no se puso a tocar en seguida. Uno de sus pequeños placeres particulares estaba en elaborar cotidianamente una especie de concierto del día, con un programa elegido con esmero, que estudiaba punto por punto antes de empezar. Contraria desde siempre a interrumpir el gozo de la interpretación mientras discurría qué pieza atacar seguidamente, lo que buscaba era una breve pausa entre una y otra, en tanto el público, aplaudiendo enfervorizado, pedía más. Imaginar un auditorio embellecía el momento, y a veces, durante las interpretaciones —en los días afortunados, claro está—, la sala comenzaba a danzar, a desdibujarse y a oscurecerse hasta que ya no veía sino fila tras fila de butacas y todo un mar de blancos rostros vueltos hacia ella según escuchaban con arrobada y concentrada adoración. Unas veces tocaba de memoria; otras, con partitura. Hoy quería hacerlo de memoria, que era lo que más se acomodaba a su ánimo. ¿Y en qué consistiría el programa? Sentada al piano con sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo, la estampa que ofrecía era la de una mujer menudita, regordeta, sonrosada, de cara redonda y todavía muy bonita y pelo recogido en pulido moño sobre la nuca. Desviando un poco la vista hacia la derecha alcanzaba a ver al gato, que dormía ovillado en el sofá, y el bello contraste que ofrecía su piel gris plateado sobre el púrpura del cojín. ¿Qué tal algo de Bach, para empezar? O, mejor todavía, de Vivaldi. La adaptación que Bach hizo, para órgano, de su Concertó Grosso en re menor. Sí: eso en primer término. Luego, algo de Schumann, quizá. ¿El Carnaval? Eso sería agradable. ¿Y a continuación? Bueno... un poquitín de Liszt, para amenizar. Uno de sus Sánelos de Petrarca; el segundo, en mi mayor, que era el más bonito. Después, más Schumann, otra de sus piezas alegres, las Kinderscenen. Y finalmente, para el encoré, un vals de Brahms, o quizá dos, si se sentía predispuesta. Vivaldi, Schumann, Liszt, Schumann, Brahms. Un programa muy bonito y que podía interpretar fácilmente prescindiendo de partituras. Se acercó un poco más al piano y aguardó unos instantes a la espera de que alguien de entre el público —algo le decía ya que éste era uno de sus días afortunados— acabase de toser. Y entonces, con la pausada gracia que acompañaba la mayoría de sus movimientos, alzó las manos sobre el teclado y comenzó a tocar. Aunque en ese momento concreto no estaba, ni mucho menos, pendiente del gato —a decir verdad había olvidado su presencia—, en cuanto los primeros acordes graves de Vivaldi sonaron suaves en la habitación, por el rabillo del ojo percibió, en el sofá, a su derecha, un súbito revuelo, un instantáneo movimiento. Dejó de tocar en el acto.
—¿Qué tienes? —dijo vuelta hacia el gato—. ¿Qué te pasa? El animal, que unos segundos antes dormía apacible, se había erguido en el diván y enhiesto, muy tenso, trémulo todo él, las orejas de punta, miraba de hito en hito el piano. —¿Te he asustado? —indagó amable—. A lo mejor es que nunca habías oído música. No, dijo para sí. No creo que se trate de eso. Bien pensado, la reacción del gato no le parecía de temor. No había percibido en él ni amilanamiento ni intención de retroceder, sino antes bien lo contrario: una voluntad de adelantarse, una especie de avidez. La cara, por otra parte... bueno, mostraba una expresión singular, una mezcla de sorpresa y de conmoción. Claro está que la cara de un gato es una cosa pequeña y bastante inexpresiva; pero, aun así, si observaba uno con atención el juego combinado de ojos y orejas, y en especial la zona situada por debajo de éstas, donde la piel era tan móvil, a veces cabía captar el reflejo de emociones muy vivas. Muy atenta ahora a la cara del animal, y porque le intrigaba ver qué ocurriría esta segunda vez, Louisa avanzó las manos hacia el teclado y recomenzó la pieza de Vivaldi. Debido a que ahora el gato lo esperaba, sólo se produjo, por de pronto, una pequeña tensión adicional del cuerpo. Pero, según la música iba ganando rapidez y volumen camino de ese primer y emocionante movimiento que constituye la introducción de la fuga, una extraña expresión que frisaba casi en el éxtasis comenzó a invadir el rostro del animal. Las orejas, hasta ese momento enderezadas, fueron entrando poco a poco en reposo: cayeron los párpados; ¡a cabeza se ladeó; y Louisa hubiera podido jurar que el animal comprendía y estimaba su trabajo. Lo que vio (o creyó ver) era algo que había advertido muchas veces en el rostro de los que seguían con atento oído una pieza musical. Cuando el sonido se apodera por completo de un oyente y lo absorbe en sí, se hace patente en aquél una peculiar expresión, de intenso éxtasis, tan fácil de reconocer como pudiera serlo una sonrisa. Y, por lo que Louisa veía, era ésa, casi exactamente, la expresión que ahora mostraba el gato. Concluida la fuga, atacó la siciliana, todo ello sin perder de vista al animal que ocupaba el sofá. La prueba concluyente de que la escuchaba se produjo al final, cuando cesó la música: parpadeó el gato, se revolvió un poco, estiró una pata, buscó una postura más cómoda y, habiendo echado una rápida ojeada alrededor, volvió hacia ella, expectante, los ojos. Era aquélla, punto por punto, la reacción del asiduo seguidor de conciertos ante la momentánea liberación de la pausa que en una sinfonía separa dos movimientos. Tan netamente humana resultó esa conducta, que sintió Louisa una extraña oleada de emoción en el pecho. —¿Te ha gustado? —preguntó—. ¿Te gusta Vivaldi? Apenas dicho esto, le invadió un sentimiento de ridículo, pero no tan vivo —y eso es lo que la sobrecogió un poco— como hubiera correspondido. En fin, ya no quedaba sino continuar, como si tal cosa, con el programa, cuyo próximo punto era el Carnaval. Así que hubo empezado a tocar, el gato se atiesó de nuevo y enderezó su postura; luego, conforme la música iba penetrándole lenta y plácidamente, cayó de nuevo en aquel curioso estado de arrobo, en el que parecían mezclarse e! ensueño y la sensación de ser engullido. Resultaba en verdad extravagante —y cómico también— ver a aquel gato plateado aposentarse allí en el sofá y entregarse a semejantes transportes. Y lo que llevaba la cosa al puro absurdo, concluyó Louisa, era el hecho de que aquella música, en la que tanto placer parecí;' hallar el animal, era a todas luces demasiado difícil, demasiado clásica para ser apreciada por la mayoría de los humanos.
Quizá no sea cierto que disfrute, pensó. A lo mejor se trata de una especie de reacción hipnótica, como se da en las serpientes. Bien mirado, si a ellas se las puede encantar mediante la música, ¿por qué no a un gato? Sólo que se contaban por millones de ellos los que a diario oían la música de radios, gramófonos y pianos durante toda su vida, sin que hasta ahora, que ella supiera, se hubiese observado en ninguno semejante conducta. Y el que tenía delante se comportaba como si siguiese una a una las notas. Era ciertamente increíble. ¿Pero no resultaba, también, maravilloso? Desde luego que sí. A decir verdad, o mucho se equivocaba o era una especie de milagro, uno de esos milagros que se dan en los animales quizá una vez cada cien años. —Ya he visto que ésta te ha entusiasmado —dijo al terminar la pieza—. Si bien lamento no haberla interpretado hoy demasiado bien. ¿Cuál te ha complacido más, la de Vivaldi, o la de Schumann? Como el gato no respondiera, Louisa, temerosa de perder la atención de su oyente, pasó sin demora al siguiente tema del programa: el segundo Soneto de Petrarca, de Liszt. Y en ese punto ocurrió algo extraordinario: apenas interpretados los tres o cuatro primeros compases, los bigotes del animal comenzaron a agitarse de forma perceptible. Lentamente, tras enderezarse todavía un punto, inclinó la cabeza primero a un lado, luego al otro, y dejó flotar la mirada en el vacío con una especie de gesto de ceñuda concentración que parecía decir: «¿Qué es esto? No, no me lo digas. ¡Lo conozco tan bien...! Y, sin embargo, en este momento no acierto a identificarlo.» Fascinada, con la boca entreabierta y una media sonrisa, Louisa continuó tocando mientras se preguntaba qué iría a ocurrir a continuación. El gato se levantó, avanzó hacia un extremo del sofá, sentóse de nuevo y escuchó un rato más; y luego, inopinadamente, saltó al suelo, de ahí a la banqueta del piano, y allí se instaló, a su lado, atento al precioso soneto, ahora sin ensimismarse, sino muy tieso, sus ojazos amarillos fijos en los dedos de Louisa. —¡Vaya! —exclamó conforme hacía sonar el último acorde—. Conque has venido a sentarte junto a mí, ¿no? ¿Prefieres esto al sofá? Está bien, te dejaré quedarte, a condición de que te estés quieto y no empieces a dar saltos. —Alargó una mano y, en tanto acariciaba el lomo del animal desde la cabeza a la cola, agregó—: Esto era de Liszt. No creas, a veces puede resultar de una vulgaridad espantosa; pero, en piezas como ésta, es verdaderamente encantador. Porque empezaba a encontrar placer en esa extravagante pantomima animal, atacó directamente el próximo tema del programa, las Kinderscenen de Schumann. No llevaba más de un par de minutos de interpretación, cuando se dio cuenta de que el gato, de nuevo en movimiento, había vuelto a su antiguo acomodo del sofá. Estando pendiente sólo de sus propias manos en aquel instante, sin duda se debía a eso el que ni siquiera hubiese advertido su marcha; aunque, con todo, el movimiento tenía que haber sido rápido y silencioso en extremo. Pero, por mucho que el animal siguiera mirándola, en apariencia pendiente todavía de la música, Louisa tuvo la impresión de que no mostraba ahora el embelesado entusiasmo de antes, el que provocara la pieza de Liszt. Por si eso fuera poco, el acto de abandonar la banqueta y volver al sofá se hubiera dicho un moderado pero positivo gesto de desencanto. —¿Qué pasa? —indagó al terminar—. ¿Qué tiene Schumann de malo? ¿Y qué hay de tan maravilloso en Liszt?
El gato le devolvió la mirada de sus ojos ambarinos y de pupilas con pintas de un negro azabache. Esto empieza a ponerse interesante, se dijo la mujer; y también, según se mire, un tanto inquietante... Pero el simple hecho de ver al animal tendido en el sofá, tan vivaz y atento, tan a las claras deseoso de más música, le devolvió la confianza. —Está bien —dijo—. Te diré lo que voy a hacer. Voy a modificar, especialmente para ti, mi programa. Ya que Liszt parece gustarte tanto, te interpretaré otra de sus piezas. Tras un momento de vacilación conforme buscaba en la memoria algo bueno de Liszt, inició lentamente una de las doce pequeñas composiciones de Der Weihnachtsbaum. Muy atenta ahora al gato, lo primero que advirtió fue que otra vez volvía a mover los bigotes. Saltó a la alfombra, se quedó allí un instante, con la cabeza inclinada y trémulo de excitación, y seguidamente, el paso lento y cadencioso, contorneó el piano, saltó a la banqueta y se acomodó junto a Louisa. En eso estaban cuando apareció Edward procedente del jardín. —¡Edward! —exclamó la mujer en tanto se levantaba de un brinco—. ¡Oh, Edward, tesoro! ¡Atiende! ¡Escucha lo que ha ocurrido! —¿Qué pasa ahora? —replicó él—. Yo quisiera un poco de té. Era el suyo uno de esos rostros de nariz afilada, angostos y levemente purpúreos, que el sudor hacía brillar ahora como si fuera un alargado y húmedo grano de uva. —¡Es el gato! —continuó ella admirativa al tiempo que señalaba al animal plácidamente sentado en la banqueta—. ¡Cuando te enteres de lo que ha ocurrido...! —Creí haberte dicho que lo llevaras a la policía. —Pero escúchame, Edward. Esto es apasionante de verdad. Se trata de un gato melómano. —Oh, ¿de veras? —No sólo le gusta la música sino que, además, la entiende. —Vamos, Louisa, déjate ya de bobadas, y, por lo que más quieras, tomemos un poco de té. Estoy acalorado y rendido de tanto cortar zarzas y hacer fogatas. Se acomodó en una butaca, tomó un pitillo de una caja que tenía al lado y lo encendió con el enorme encendedor acharolado que había junto a aquélla. —Lo que tú no comprendes —continuó Louisa— es que aquí, en nuestra casa, ha estado sucediendo en tu ausencia algo por demás apasionante, algo que incluso podría ser... bueno... trascendental. —Seguro que sí. —¡Edward, por favor...! Estaba la mujer en pie junto al piano, su carita más sonrosada que nunca, y en las mejillas sendas rosetas de un encendido escarlata. —Si te interesa —agregó—, te diré lo que pienso. —Te escucho, cariño.
—Creo que en este momento podríamos encontrarnos en presencia de... —se interrumpió, como percatándose, súbitamente, de lo absurdo de la idea. —Continúa... —Quizá lo consideres una tontería, Edward; pero es lo que pienso en realidad... —¿En presencia de quién, por amor de Dios? —¡Del mismísimo Franz Liszt! Su marido dio una larga y lenta chupada al pitillo y expulsó el humo en dirección al techo. Sus mejillas, hundidas, de piel atirantada, eran las de quien lleva largos años usando dentadura postiza; y, cuando succionaba un cigarrillo, aún se le sumían más y hacían que los pómulos descollasen como los de una calavera. —No te sigo —respondió. —Edward, atiende, por favor. A juzgar por lo que he visto esta tarde con mis propios ojos, da toda la impresión de tratarse de una especie de reencarnación. —¿Te refieres a esa porquería de gato? —Por favor, cariño, no hables así. —No estarás enferma, ¿verdad, Louisa? —Me encuentro perfectamente, muchas gracias. Si acaso, un poco confusa, lo reconozco; pero ¿quién no se sentiría así después de lo que acaba de ocurrir? Edward, te juro que... —Pero ¿qué es lo que ha ocurrido, si puede saberse? Se lo expuso. El la escuchaba despatarrado en el sillón, dando chupadas al pitillo cuyo humo proyectaba hacia el techo con una tenue sonrisa cínica en los labios. —Yo no veo nada extraordinario en todo eso —dijo cuando su esposa hubo concluido—. Se trata, simplemente, de un gato adiestrado. Se lo han enseñado a hacer; eso es todo. —No digas tonterías, Edward. En cuanto me pongo a tocar algo de Liszt, se excita todo él y corre a sentarse en la banqueta, a mi lado. Pero sólo reacciona así con Liszt. Y nadie puede enseñarle a un gato a distinguir a Liszt de Schumann. Como que ni siquiera tú notas la diferencia. El, en cambio, ha acertado siempre. Y Liszt, por otra parte, no es nada conocido. —Han sido dos veces —observó él—. Sólo lo ha hecho dos veces. —Con eso basta. —Pues a ver, que lo repita. Vamos. —No. Decididamente, no. Porque si este gato es Liszt, como yo así lo creo, o cuando menos el alma de Liszt, o el elemento, como quiera que se llame, que sobrevive, está claro que no es justo, ni tampoco demasiado amable, someterle a toda una serie de pruebas humillantes.
—Pero, ¡querida mía!, esto no es más que un gato, un gato gris y bastante estúpido que esta mañana en el jardín ha estado a punto de chamuscarse la piel junto a la hoguera. Y, por otra parte, ¿qué sabes tú de reencarnaciones? —Si hay un alma en ese animal, para mí es bastante —replicó Louisa con firmeza—. Lo importante es el alma. —Pues nada: veámosle actuar. Veámosle distinguir entre su propia obra y la de otro. —No, Edward, ya te lo he dicho: me niego a hacerle pasar por nuevas y estúpidas pruebas circenses. Por hoy, basta y sobra. Pero te diré lo que voy a hacer. A eso sí estoy dispuesta. Voy a tocarle un poco- de su propia música. —Mucho vas a probar con eso. —Tú obsérvale. Algo puedes dar por seguro: en cuanto la reconozca, se negará a moverse de la banqueta donde ahora lo ves. Louisa se dirigió hacia el estante donde guardaba las partituras, tomó un libro con partituras de Liszt, lo hojeó con rapidez y eligió otra de sus más bellas composiciones: la Sonata en si menor. Aunque sólo se proponía interpretar su primera parte, una vez estuvo en ello, y como advirtiese la forma en que escuchaba el animal, literalmente trémulo de placer y observando sus manos con aquel aire de concentración embelesada, le faltó valor para interrumpirse y la tocó completa. Terminada la pieza, volvió los ojos hacia su esposo y dijo sonriente: —Ya lo has visto. No me negarás que le tenía encantado por completo. —Le gusta ese ruido, no es más que eso. —Estaba verdaderamente encantado. ¿No es cierto, precioso? —insistió, tomando en brazos al gato—. ¡Oh, si pudiera hablar...! ¿Te das cuenta? ¡En su juventud conoció a Beethoven! Y también a Schubert, a Mendelssohn, a Schumann; a Berlioz y a Grieg, a Delacroix y a Ingres, a Heine y a Balzac. Y aguarda un momento... ¡Cielo santo, si fue suegro de Wagner! ¡Tengo en los brazos al suegro de Wagner! —¡Louisa! —intervino incisivo su esposo según se enderezaba en el asiento—. ¡Reacciona! Lo había dicho en tono más alto, de pronto cortante. Ella alzó vivamente la mirada. —¡Tú estás celoso, Edward! —¿De un miserable gato gris? —Entonces ¿a qué esa aspereza, ese cinismo? Si es así como piensas comportarte, mejor será que vuelvas a tu trabajo en el jardín y nos dejes en paz, el uno con el otro. ¿Verdad que sí, tesoro? —añadió dirigiéndose al gato en tanto le acariciaba la cabeza—, ¿verdad que será lo mejor para todos? Y luego, esta noche, los dos, tú y yo, volveremos a disfrutar tu música. Oh, sí —prosiguió mientras besaba repetidamente al animal en el cuello—, y también podríamos obsequiarnos un poco de Chopin. Sí, no hace falta que me lo digas: sé bien que te entusiasmaba Chopin. Fuisteis grandes amigos, ¿verdad, encanto? Lo cierto es que en casa de Chopin fue donde conociste al gran amor de tu vida, Madame No Sé Cuántos. Tuviste con ella tres hijos naturales, ¿no es verdad? Claro que sí, tunante, no intentes negarlo. De manera que —lo besó de nuevo— te ofreceré un poco de Chopin, y eso te hará evocar toda suerte de bellos recuerdos, ¿a que sí? —¡Louisa, basta ya de esto!
—Oh, no seas pesado, Edward. —Te estás comportando como una perfecta idiota. Y, eso aparte, olvidas que esta noche vamos a jugar a la canasta a casa de Bill y Betty. —Oh, ahora me sería de todo punto imposible salir. Ni hablar de eso. Edward se puso en pie lentamente, se inclinó para apagar la colilla en el cenicero y, en tono apacible, dijo: —Una cosa: todas estas monsergas de que estás hablando no te las tomarás en serio, ¿verdad? —Pues claro que sí. Creo que ya no puede haber duda al respecto. Y lo que es más: considero que esto nos carga con una enorme responsabilidad... a los dos. A ti también, Edward. —¿Sabes qué pienso? Pienso que habrías de consultar con un médico. Y lo antes posible, por cierto. Dicho esto, dio media vuelta y salió a trancos de la habitación por la puerta encristalada, camino del jardín. Después de esperar a que hubiese cruzado la superficie plantada de césped, al reencuentro de sus zarzas y sus fogatas, y cuando por fin se hubo perdido de vista, Louisa se volvió y, con el gato todavía en brazos, corrió hacia la puerta principal. Momentos más tarde conducía el coche en dirección a la ciudad. Estacionó frente a la biblioteca pública, dejó el gato en el coche, cerró con llave, subió presurosa la escalinata que daba acceso al edificio y encaminóse derecho hacia la sala de información, donde se puso a consultar las fichas referentes a dos temas: LISZT y REENCARNACIÓN. En el apartado REENCARNACIÓN halló algo escrito por un tal F. Milton Willis y publicado en 1921 con el título de Repetición de las vidas terrenales: cómo y por qué. Sobre Liszt encontró dos biografías. Tomó en préstamo los tres volúmenes, volvió al coche y emprendió el regreso. Llegada a la casa, puso al gato en el sofá y sentóse a su lado con los tres libros, dispuesta para un rato de lectura seria. Decidió empezar por la obra de F. Milton Willis. El libro, aunque delgado y un tanto manido, tenía peso y resultaba agradable al tacto, y el nombre del autor sonaba en cierto modo a autoridad. La doctrina de la reencarnación, leyó, sostiene que las almas pasan por formas animales cada vez más perfectas. «Así, por ejemplo, al igual que un adulto no puede volver a la niñez, tampoco puede un hombre renacer convertido en animal.» Releyó la frase. Pero ¿cómo sabría eso el autor? ¿Cómo podía estar tan seguro? Era ilógico. Nadie podía estar cierto sobre una cosa semejante. Su afirmación, al mismo tiempo, la desalentó en gran medida. «En torno a nuestro centro consciente, en todos nosotros existen, además del cuerpo denso exterior, otros cuatro cuerpos, invisibles para el ojo de la carne, pero perfectamente observables para aquellos en quienes las facultades de percepción de lo superfísico han experimentado el necesario desarrollo...»
Esto no lo entendió en absoluto, pero siguió leyendo, y así alcanzó, poco más adelante, un interesante pasaje donde se señalaba el tiempo que por lo regular un alma permanecía ausente de la tierra antes de regresar a otro cuerpo. Los plazos variaban según el tipo de individuo, y el señor Willis ofrecía el siguiente detalle sobre el particular: Borrachos e incapaces de empleo Obreros no especializados
40/50 años. 60/100 años.
Obreros especializados
100/200 años.
La burguesía
200/300 años.
Clase media alta Terratenientes de máxima categoría Introducidos en la Senda de la Iniciación
500 años. 600/1.000 años. 1.500/2.000 años.
Consultó de prisa uno de los dos libros restantes, para averiguar cuánto tiempo llevaba muerto Liszt. La biografía lo declaraba fallecido en Bayreuth, en 1886. Hacía de ello sesenta años. Así pues, y según el señor Willis, para volver tan pronto tenía que haber sido un obrero no especializado, cosa que no parecía hacer en absoluto al caso. Los métodos de clasificación del autor no le merecían, por otra parte, una opinión demasiado favorable Según él, los «terratenientes de máxima categoría» eran poco menos que los seres supremos de la tierra. Chaquetas rojas, brindis de monteros y sádico asesinato de zorros... No, resolvió, no me parece correcto. Y encontró placer en ese principio de duda al respecto del señor Willis. En un punto posterior, tropezó con una lista de las reencarnaciones más famosas. Epicteto, se le informó, había vuelto a la tierra en la persona de Ralph Waldo Emerson; Cicerón, en la de Gladstone; Alfredo el Grande, en la de la reina Victoria; y Guillermo el Conquistador, en la de Lord Kitchener. Ashoka Vardhana, rey de la India en 272 a. C., había regresado en la persona del coronel Henry Steel Olcott, prestigioso abogado americano. Pitágoras se reencarnó en el Maestro Koot Hoomi, fundador de la Sociedad Teosófica junto con Madame Blavatsky y el coronel H. S. Olcott (el prestigioso abogado americano, alias Ashoka Vardhana, rey de la India). No se mencionaba quién fue Madame Blavatsky. Se decía, en cambio, que «Teodora Roosevelt ha desempeñado, a través de numerosas reencarnaciones, el papel de conductor de hombres... De é! descendía la estirpe real de la antigua Caldea, de cuyo territorio fue nombrado gobernador, en los alrededores del año 30.000 a. C., por la Entidad que conocemos como César, y que en aquel entonces era rector de Persia. Roosevelt y César, repetidamente reunidos en el poder administrativo y militar, habían sido en un tiempo, muchos milenios atrás, marido y mujer... Louisa no necesitó leer más. El señor F. Milton Willis no era, bien a las claras, sino un conjeturador. Sus dogmáticas aseveraciones no la habían impresionado. Aunque el buen hombre andaba probablemente por buen camino, sus declaraciones eran extravagantes, sobre todo la que formulaba en el mismo principio del libro, relativa a los animales. Confiaba ella que en breve estaría en condiciones de poner en un aprieto a toda la Sociedad Teosófica, con su demostración de que un ser humano podía, en efecto, renacer en forma de animal inferior. Y también que, para reaparecer en un plazo inferior a los cien años, no era preciso haber sido obrero no especializado. Seguidamente pasó a una de las biografías, que hojeaba sin demasiada atención cuando volvió su marido, procedente del jardín.
—¿Qué haces? —quiso saber. —Oh... nada importante: unas pequeñas comprobaciones aquí y allá. Dime, cariño, ¿sabías que Theodore Roosevelt fue en un tiempo la mujer de César? —Mira, Louisa, ¿por qué no acabamos con estas majaderías? No me gusta verte hacer el ridículo de esta manera. Dame de una vez ese condenado gato y yo mismo lo llevaré a la comisaría. Louisa no pareció oírle. Boquiabierta, tenía la vista clavada en un retrato que de Liszt ofrecía el libro visible en su regazo. —¡Dios mío! —exclamó—. ¡Edward, mira! —¿Qué? —¡Esto! ¡Las verrugas que tiene en la cara! ¡Ya las había olvidada! Sus grandes verrugas, que llegaron a hacerse famosas. Sus mismos discípulos, ansiosos de parecerse a él, se dejaban en la cara, justo donde él las tenía, pequeños grupos de pelos. —Y eso ¿qué tiene que ver con el asunto? —¿Lo de los estudiantes? Nada. Pero lo de las verrugas, sí. —Oh, Dios. Oh, santo Dios todopoderoso. —¡También el gato las tiene! Fíjate, te lo voy a demostrar. Se acomodó al animal en la falda y se puso a examinarle la cara. —¡Aquí! ¡Aquí hay una! ¡Y aquí, otra! ¡Un momento! ¡Estoy segura de que las tiene en el mismo sitio! ¿Dónde está ese retrato? Tratábase de un famoso retrato que representaba al músico en su vejez, con su rostro de espléndidos y poderosos trazos enmarcado por una espesa cabellera gris que le cubría las orejas y la mitad de la nuca. Las grandes verrugas del rostro, cinco en total, habían sido reproducidas fielmente. —Veamos, el retrato muestra una encima de la ceja derecha. —Examinó la cabeza del animal en esa zona—. ¡Sí! ¡Aquí está! ¡Exactamente en el mismo sitio! Luego, otra, a la izquierda, en la parte alta de la nariz. ¡Pues también está aquí! Y otra, un poco más abajo, ya en la mejilla. Y, las dos últimas, bastante juntas, bajo el lado derecho del mentón. ¡Edward! ¡Edward! ¡Ven a ver esto! ¡Corresponden exactamente! —Eso no demuestra nada. Alzó la mirada y la fijó en su esposo, quien, plantado en pie en mitad de la sala, todavía con el suéter verde y los pantalones caqui, seguía sudando en abundancia. —Tienes miedo, ¿verdad, Edward? Miedo de perder tu preciosa dignidad y de que la gente, por una vez en la vida, piense que estás haciendo el ridículo. —Lo que ocurre, sencillamente, es que me niego a abandonarme a la histeria. Louisa volvió a su libro y leyó un poco más. —Esto es interesante —dijo—. Dice aquí que Liszt adoraba toda la obra de Chopin, con una excepción: el Scherzo en si bemol. Esa pieza, al parecer, la aborrecía. La llamaba
el Scherzo de la Institutriz, y aseguraba que debía reservarse a las mujeres que practicasen esa profesión, y sólo para ellas. —¿Y qué? —Escúchame, Edward. En vista de que insistes en esa horrenda actitud sobre todo esto, te diré lo que voy a hacer. Voy a interpretar ahora mismo ese scherzo, y tú te quedas aquí y observas lo que ocurra. —Tras lo cual te dignarás, a lo mejor, a preparar un poco de cena. Louisa se puso en pie y tomó del estante un gran volumen encuadernado en verde, que contenía todas las obras de Chopin. —Aquí está. Oh, sí, lo recuerdo. Desde luego, es bastante feo. Y ahora, escucha, o, mejor dicho, observa. Observa qué hace el gato. Colocó la partitura en el piano y tomó asiento. Su marido se quedó en pie. Tenía las manos en los bolsillos y un cigarrillo entre los labios y, bien que a pesar suyo, vigilaba al gato ahora adormecido en el sofá. El primer efecto, en cuanto Louisa inició su interpretación, fue tan espectacular como en las anteriores ocasiones. El animal se enderezó de un brinco, como aguijoneado, y por espacio de al menos un minuto se mantuvo inmóvil, con las orejas de punta y todo el cuerpo trémulo. Luego, inquieto, comenzó a recorrer el sofá arriba y abajo en toda su longitud. Por último saltó al suelo y, con la nariz y la cola en alto, abandonó lenta, majestuosamente la habitación. —¡Ahí tienes! —exclamó Louisa al tiempo que se levantaba de un salto y corría detrás del gato—. ¿Qué quieres más? ¡Esto lo demuestra! Volvió cargada con él y lo dejó en el sofá. La cara de la mujer irradiaba entusiasmo toda ella; los puños, de puro comprimidos, los tenía blancos; y el pequeño moño que le coronaba la nuca empezaba a aflojársele, cayéndole a un lado. —¿Qué me dices ahora, Edward? ¿Qué opinas? —indagó riendo nerviosa. —Debo reconocer que ha resultado muy divertido. —¡Divertido! Mi querido Edward, esto es lo más maravilloso que haya ocurrido jamás. ¡Oh, válgame Dios! ¿No es fantástico pensar que tenemos a Franz Liszt viviendo en casa? —Vamos, Louisa, no nos pongamos histéricos. —No puedo evitarlo, no puedo. ¡Y pensar que se va a quedar con nosotros para siempre...! —¿Cómo has dicho? —¡Oh, Edward! Oh, Edward, estoy tan emocionada, que apenas acierto a hablar. ¿Y sabes lo que voy a hacer? Como todos los músicos del mundo querrán conocerle, porque eso es seguro, y preguntarle acerca de la gente que conoció... Beethoven, Chopin, Schubert... —No sabe hablar —observó su marido. —-Bueno... de acuerdo. Pero eso no impedirá que quieran conocerle, siquiera por verlo, tocarlo, interpretar para él sus composiciones, cosas modernas que jamás había escuchado... —Tampoco fue tan eminente. Si hablásemos de Bach, o de Beethoven...
—Por favor, Edward, no me interrumpas. Total que lo que voy a hacer es notificarlo a todos los compositores importantes del mundo entero. Es mi deber. Les diré que Franz Liszt está aquí y les invitaré a visitarle. ¿Y qué ocurrirá? Que vendrán a verlo desde todos los rincones de la tierra, en avión. —¿A ver un gato gris? —Eso, vida mía, no importa. Se trata de él. Su aspecto nos tiene a todos sin cuidado. ¡Oh, Edward, será la cosa más emocionante que haya ocurrido jamás! —Pensarán que estás loca. —Ya lo veremos. Tenía al gato en brazos y le acariciaba con ternura, sin por ello perder de vista a su marido, que había avanzado hasta la puerta encristalada y desde allí contemplaba el jardín. Con el principio de la anochecida, el césped viraba lentamente del verde al negro, y allá lejos se elevaba en blanca columna el humo de su fogata. —No —dijo él sin volverse—, no me avengo a eso. No lo verá esta casa. Pasaríamos por dos perfectos imbéciles. —Edward, ¿qué quieres decir? —Ni más ni menos lo que he dicho. Me niego en redondo a que rodees de publicidad una tontada como ésta. ¿Que has ido a topar con un gato adiestrado? Perfecto, magnífico. Quédatelo, si eso te complace. No tengo nada en contra. Pero de ahí no quiero que pases. ¿Me has entendido, Louisa? —¿De dónde no debo pasar? —No quiero oír más -majaderías de éstas. Te comportas como una chiflada. Lentamente, Louisa dejó al gato en el sofá. Luego, con la misma lentitud, se puso en pie, tan alta como lo permitía su corta estatura, y avanzó un paso. —¡Que el diablo te lleve, Edward! —gritó al tiempo que descargaba una patada en el suelo—. ¡Por una vez que algo emocionante ocurre en nuestras vidas, te mueres de miedo de comprometerte, no sea que fueran a reírse de ti! Es eso, ¿no es cierto? No irás a negarlo, ¿verdad? —Louisa, ya basta. Vuelve en ti y acaba de una vez con esto. Cruzó la sala, tomó un cigarrillo de la caja que estaba sobre la mesa y lo encendió con el descomunal encendedor acharolado. A su esposa, que se había quedado mirándole, comenzó a manarle el llanto por los lagrimales en dos arroyuelos que surcaron sus empolvadas mejillas. —Estas escenas vienen repitiéndose demasiado a menudo en los últimos tiempos, Louisa —estaba diciendo el hombre—. No, no me interrumpas. Escúchame. Me hago perfectamente cargo de que ésta puede ser una difícil época de tu vida y de que... —¡Oh, Dios santo! ¡Si serás idiota! ¡Si serás fatuo e idiota! ¿Acaso no te das cuenta de que esto es distinto, de que esto es... de que esto es un milagro? En ese punto, atravesando la habitación, él la asió con firmeza por los hombros. Tenía en la boca el cigarrillo recién encendido, y allí donde la copiosa transpiración habíase secado en cercos resaltaba, en pálidas manchas, la textura de su cutis.
—Me vas a escuchar —replicó el hombre—. Tengo hambre, he renunciado al golf y me he pasado el día entero trabajando en el jardín: estoy extenuado y hambriento y necesito cenar un poco. Y tú también. De manera que andando a la cocina y a ver si me preparas algo apetitoso. Louisa retrocedió un paso y llevóse ambas manos a la boca. —¡Cielos! —exclamó—. Lo había olvidado por completo. Tiene que estar lo que se dice famélico. Aparte un poco de leche, no le he dado nada de comer desde que llegó. —¿A quién? —¿A quién va a ser? A él, claro está. Es preciso que me ponga a prepararle en seguida algo verdaderamente especial. Ojalá supiese cuáles eran sus platos favoritos. ¿Qué crees tú que podría gustarle, Edward? —¡Louisa... maldita sea...! —Vamos, Edward, por favor; siquiera por una vez, quiero hacer las cosas a mi manera. Y tú —añadió mientras se agachaba para acariciar al gato suavemente con los dedos—, quédate aquí; no tardaré. Entró en la cocina y se detuvo un instante a pensar qué cosa especial podría prepararle. ¿Y si le hiciera un soufflé, un buen soufflé de queso? Sí, eso resultaría bastante refinado. Claro que a Edward los soufflés no le cornplacían demasiado, pero, en fin, la cosa no tenía arreglo. Cocinera sólo mediana, no siempre estaba segura de acertar los soufflés; pero en esta ocasión se esmeró y tuvo cuidado en esperar a que el horno alcanzase la temperatura indicada. Mientras aguardaba a que se cociera el soufflé, y mientras revolvía en busca de algo con que acompañarlo, se le ocurrió que a buen seguro Liszt no había probado jamás ni los aguacates ni los pomelos y resolvió darle a conocer ambas cosas, mezcladas en ensalada. Sería interesante ver su reacción. Desde luego que sí. Cuando todo estuvo listo, lo puso en una bandeja y lo llevó a la sala de estar. En el preciso instante en que entraba en el cuarto vio a su marido, que, procedente del jardín, trasponía la puerta de cristales. —Aquí tiene su cena —anunció Louisa en tanto la depositaba en la mesa y se volvía hacia el sofá—. ¿Dónde está? Su marido cerró con llave la puerta de acceso al jardín y cruzó la estancia para procurarse un cigarrillo. —Edward, ¿dónde está? —¿Quién? —Ya lo sabes. —Ah, sí. Sí, sí, claro. Pues, verás... Atento a encender el pitillo, tenía adelantada la cabeza y las manos en torno al enorme encendedor acharolado. Al levantar la mirada vio que su mujer tenía la vista fija en él: en sus zapatos, en los bajos de sus pantalones caqui, húmedos de caminar por la hierba alta. —He salido un momento, a ver qué tal seguía la hoguera... —continuó.
La mirada de ella fue ascendiendo lenta, hasta detenerse en las manos. —Todavía sigue ardiendo —prosiguió—. Creo que durará toda la noche. Pero la forma en que ella le miraba le tenía violento. —¿Qué ocurre? —preguntó al apartar el encendedor. Y como bajara la vista, advirtió por primera vez el largo, delgado arañazo que le cruzaba la mano de nudillo a muñeca. —¡Edward! —Sí, ya lo sé —respondió—. Esas zarzas son terribles. Le destrozan a uno. Pero bueno, Louisa, espera... ¿Qué te ocurre? —¡Edward! —Oh, por amor de Dios, mujer, siéntate y no pierdas la calma. No hay motivo para ponerse así. ¡Louisa! ¡Louisa, siéntate!
GALLOPING FOXLEY Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
Cinco días a la semana, durante treinta y seis años, he viajado en el tren de las ocho doce en dirección a la City. Nunca va demasiado lleno y me lleva hasta la estación de Cannon Street, a sólo once minutos y medio de mi oficina en Austin Friars. Siempre me ha gustado este sistema de transporte; cada fase de mi pequeño viaje es un placer para mí. Hay una regularidad que es agradable y confortante para una persona de costumbres, y, además, sirve para escapar un poco de la rutina del trabajo diario. Mi estación es pequeña, sólo hay unas veinte personas reunidas allí para tomar el tren de las ocho doce. Somos un grupo que casi nunca cambia y cuando en alguna ocasión un nuevo rostro aparece en la plataforma, causa murmullos de desaprobación como un nuevo pájaro en la jaula de los canarios. Pero normalmente, cuando llego por la mañana con mis cuatro minutos de adelanto, ya están todos allí, constantes como yo, con sus sombreros, corbatas, paraguas y sus rostros peculiares, el periódico bajo el brazo, inmutables a través de los años, como los muebles de mi cuarto de estar. Me gusta. Me gusta también mi asiento al lado de la ventana y leer el Times con el ruido del movimiento del tren. Esta parte de mi viaje dura treinta y dos minutos y parece relajar mi cerebro y mis viejos miembros, como un buen masaje. Créanme, no hay nada como la rutina y la regularidad para conservar la paz del espíritu. Yo he hecho este viaje matutino casi diez mil veces y disfruto más y más cada día. Me he convertido en una especie de reloj: en cualquier momento puedo decir si llevamos dos, tres o cuatro minutos de retraso, y nunca tengo que levantar la vista para saber en qué estación paramos. El paseo desde Cannon Street hasta mi oficina no es corto ni largo, un simple paseo a lo largo de las calles llenas de gente que se dirige a sus lugares de trabajo con el mismo orden que yo. Me da una sensación de seguridad moverme entre esa gente digna y respetable que se aferra a sus empleos y no se dedica a vagabundear por el mundo. Su vida, como la mía, está regulada por un reloj perfecto, a menudo nuestros caminos se cruzan a la misma hora y lugar cada día. Por ejemplo, cuando llego a la esquina de St. Swithin's Lañe siempre me encuentro de frente con una señora de mediana edad, con gafas plateadas, que lleva una carpeta negra en la mano, una contable de primera clase, diría yo, o posiblemente una ejecutiva de la industria textil. Al cruzar Threadneedle Street, nueve de cada diez veces me cruzo en el paso de peatones con un caballero que lleva una flor diferente en el ojal cada día. Viste pantalones negros, botines grises, y resulta claramente una persona puntual y meticulosa, probablemente un banquero o quizá un abogado como yo. Varias veces en los últimos
veinticinco años, al cruzarnos en la calle, nuestros ojos se han encontrado en una mutua mirada de aprobación y respeto. Por lo menos la mitad de las caras que se cruzan en mi camino me resultan familiares. Son caras interesantes las de mi gente, sanas, diligentes, frescas, sin ese brillo en los ojos de los llamados inteligentes que quieren cambiar el mundo de arriba abajo con sus gobiernos laboristas, medicinas sociales y todas esas cosas. Con eso pueden comprobar que soy, en el verdadero sentido de la palabra, un hombre feliz. O ¿quizá sería mejor decir «era» un hombre feliz? Cuando escribí esta pequeña autobiografía que acaban de leer —con la intención de hacerla circular entre los empleados de mi oficina para exhortación y ejemplo— era completamente sincero conmigo mismo. Pero esto fue hace ya una semana y desde entonces algo muy peculiar ha ocurrido. La cosa empezó el martes pasado, la misma mañana que llevaba el borrador de mi ensayo en el bolsillo; esto me parecía tan casual e inesperado que sólo puedo creer que haya sido cosa de Dios. Dios había leído mi pequeño artículo sobre «El rutinario feliz» y se había dicho a sí mismo: ya es hora de que le dé una lección. Realmente yo creo que fue eso lo que pasó. Como decía fue el martes pasado, el primer martes después de Pascua, una templada mañana de primavera. Yo estaba subiendo la plataforma de nuestra pequeña estación con el Times bajo el brazo y el ensayo en mi bolsillo, cuando me di cuenta de que algo raro pasaba. Sentía aquella curiosa oleada de protesta iniciarse entre mis compañeros de tren. Me paré y miré a mi alrededor. El desconocido estaba en el centro de la plataforma, con los pies separados y los brazos cruzados, mirando en torno suyo como si el andén le perteneciera. Era un hombre grande y grueso y hasta de espaldas daba una poderosa sensación de arrogancia. Definitivamente, no era uno de los nuestros. Llevaba un bastón en vez de paraguas, los zapatos eran castaños en vez de negros, el sombrero gris, ladeado. Había en toda su persona un exceso de lustre. No quise observarle más. Pasé por su lado, mirando hacia otra parte, colaborando a hacer la atmósfera más fría de lo que en realidad ya estaba. Llegó el tren: imagínense mi horror cuando el intruso me siguió hasta mi propio compartimiento. Nadie lo había hecho desde hacía quince años. Mis colegas siempre han respetado la antigüedad. Uno de los placeres más singulares es estar solo en mi compartimiento, en una y hasta a veces dos y tres estaciones. Pero tenía a este extraño frente a mí, leyendo el Daily Mail y encendiendo una horrible pipa. Bajé mi Times y eché una mirada a su rostro. Supongo que tendría la misma edad que yo —de sesenta y dos a sesenta y tres años—, pero tenía esa apostura desagradable, elegante, bronceada, que se ve hoy en día en los anuncios de las camisas de hombres —el cazador de leones, el jugador de polo, el escalador del Everest, el explorador tropical y el competidor de carreras de yates, se concentraban en él—; cejas oscuras, ojos huidizos, y dientes extraordinariamente blancos que sostenían una pipa. Personalmente, desconfío de los hombres elegantes. Los placeres superficiales de esta vida les llegan demasiado fácilmente y parecen los únicos responsables de su propia belleza. No me importa que una mujer sea guapa, eso es diferente, pero un hombre: lo siento, pero me parece ofensivo. En fin, aquí estaba éste, sentado frente a mí en el compartimiento. Lo estaba mirando por encima de mi periódico, cuando nuestras miradas se encontraron. —¿Le importa que fume en pipa? —preguntó sosteniéndola con los dedos. Eso fue todo lo que dijo, pero el sonido de su voz hizo un extraordinario efecto en mí, pues incluso di un respingo. Después tuve un estremecimiento y me quedé mirándole antes de poderle contestar:
—En este vagón se puede fumar —dije yo—, así que puede hacer lo que le plazca. —Pensé que debía preguntar. Otra vez aquella voz tan familiar. Hablaba con dureza y cortaba las palabras como una ametralladora. ¿Dónde la había oído antes? ¿Y por qué cada palabra me traía algo de mis lejanos recuerdos? ¡Dios mío! Contrólate. ¿Qué tontería era ésa? El desconocido volvió a su periódico. Yo intenté hacer lo mismo, pero ya estaba desasosegado y no pude concentrarme. En lugar de esto le dirigía furtivas miradas por encima de mi periódico. Era en verdad una cara intolerable, vulgar, casi terriblemente bella, con una especie de resplandor en toda la piel. Pero ¿lo había visto o no lo había visto antes en mi vida? Empecé a pensar que sí lo conocía, porque ahora, cuando le miraba, sentía una especie de molestia que no pude explicar, algo que me recordaba el dolor y la violencia, quizá el miedo. No hablamos más durante el viaje, pero ya se pueden imaginar que mi rutina se destruyó por completo. Mi día se había arruinado y más que eso, alguno de mis escribientes tuvo que soportar mis duras críticas, especialmente después de comer, cuando también mi digestión se puso en contra mía. A la mañana siguiente, otra vez estaba allí, de pie frente a la plataforma, con su bastón y su pipa, su bufanda de seda y su cara desagradablemente bella. Pasé por delante de él y vi al señor Grummit, un corredor de Bolsa que había sido mi compañero durante veintiocho años. No puedo decir que haya tenido una conversación con él —somos un grupo bastante reservado en nuestra estación—, pero una crisis como ésta fue capaz de romper el hielo. —Grummit —susurré—. ¿Quién es ese intruso? —No sé —dijo Grummit. —Es muy desagradable. —Mucho. —Espero que no venga siempre. —¡Oh, Dios mío, no! —exclamó Grummit. Entonces llegó el tren. Esta vez, afortunadamente, el hombre entró en otro departamento. Pero a la mañana siguiente le tenía frente a mí de nuevo. —Bueno —dijo él, sentándose en el asiento de enfrente—, hace un día magnífico. De nuevo sentí otra amarga sensación en mi memoria, esta vez más fuerte que nunca, más cerca de mi recuerdo, pero todavía sin saber de qué le conocía. Luego llegó el viernes, el último día de la semana. Recuerdo que acababa de llover cuando me dirigí a la estación, pero era uno de esos aguaceros de abril que sólo duran cinco o seis minutos. Al llegar a la plataforma todos los paraguas estaban cerrados, el sol brillaba y había grandes nubes blancas en el cielo. Sin embargo, me sentía deprimido. El recorrido ya no tenía placer para mí. Sabía que el viajero estaría allí, y efectivamente allí estaba, como si el lugar le perteneciese, moviendo su bastón hacia adelante y hacia atrás en el aire. ¡El bastón, eso era! Me detuve como si hubieran disparado.
«¡Es Foxley! —me dije interiormente—. ¡Galloping Foxley, moviendo su bastón!» Me acerqué para mirarlo mejor. Nunca en mi vida he tenido una sorpresa más grande. Desde luego era Foxley. Bruce Foxley o Galloping Foxley, como solíamos llamarle. Lo había visto por última vez en el colegio, cuando no tenía más de doce o trece años. En aquel momento apareció el tren, y otra vez él entró en mi compartimiento. Puso el sombrero y el bastón en la red y se sentó, procediendo a encender su pipa. Me miró a través del humo con aquellos ojos pequeños y fríos, y dijo: —Un día caluroso, ¿verdad? Como de verano. Ya no había duda alguna con la voz. No había cambiado en absoluto, aunque las cosas que me había acostumbrado a oírle decir eran muy diferentes. «Muy bien, Perkins —solía decir—, muy bien, idiota. Te voy a pegar otra vez, niño.» ¿Cuánto tiempo hacía de eso? Casi cincuenta años. Sin embargo, era extraordinario lo poco que habían cambiado sus facciones. La misma barbilla arrogante, las aletas de la nariz, aquellos ojos que miraban fijamente, quitándole a uno la tranquilidad; la misma costumbre de enfrentarse con uno empujándolo a un rincón; hasta el pelo era el de entonces, grueso y ligeramente ondulado, con un poco de brillantina como una ensalada bien aderezada. Solía tener una botella de loción para el pelo en el pupitre del estudio. Esa botella tenía el escudo de armas en la etiqueta y el nombre de una tienda de Bond Street; debajo de ello, con letras pequeñas se leía: «Por nombramiento. Peluqueros de Su Majestad el rey Eduardo VII.» Recuerdo esto en particular porque me parecía gracioso que una tienda quisiera presumir de ser el peluquero de alguien prácticamente calvo, aunque ese alguien fuese un monarca. Ahora estaba recostado en su asiento leyendo el periódico. Era una sensación curiosa sentarse al lado de ese hombre que cincuenta años atrás me había hecho tan desgraciado, como para hacerme pensar en el suicidio. No me había reconocido: no había peligro de ello, por mis bigotes. Me sentía seguro y a salvo para poderlo observar como quisiera. Rememorando, no hay duda de que sufrí mucho en manos de Bruce Foxley en el primer año de colegio y, cosa extraña, el causante de todo fue mi padre. Yo tenía doce años y medio cuando fui por primera vez a ese estupendo colegio público. Esto sería, veamos, en 1907. Mi padre, con su abrigo habitual y su bufanda de seda, me acompañó a la estación y recuerdo que estábamos de pie en la plataforma entre montones de maletas y baúles y miles de muchachos hablando unos con otros en voz alta, cuando de repente alguien que quería pasar le dio a mi padre un gran empujón y casi le pisó. Mi padre, hombre cortés y digno, de baja estatura, se volvió con sorprendente velocidad y cogió al culpable por la muñeca. —¿No os enseñan mejores formas que éstas en la escuela, chico? —dijo. El muchacho, que le pasaba a mi padre la cabeza, le miró fríamente y con arrogancia, pero no dijo nada. —Me parece que una disculpa sería lo más adecuado —continuó mi padre. Pero el chico no hizo más que quedársele mirando con una sonrisa arrogante en los labios y su barbilla cada vez más prominente. —Me sorprende que seas un muchacho tan mal educado —dijo mi padre— y espero que seas la excepción del colegio; no me gustaría que mi hijo adquiriera esas costumbres.
Al oír esto, el muchacho inclinó la cabeza ligeramente en mi dirección y un par de pequeños y fríos ojos me miraron fijamente. Yo no estaba asustado en aquel momento. No tenía ni idea del poder que ejercían los chicos mayores sobre los pequeños en los colegios privados y recuerdo que le miré con descaro, defendiendo a mi padre, a quien adoraba y respetaba. Cuando mi padre quiso comenzar a hablar otra vez, el chico le volvió la espalda, cruzó la plataforma y desapareció. Bruce Foxley nunca olvidó este episodio; y lo realmente desafortunado fue que cuando llegamos al colegio me encontré en el mismo edificio que él. Peor que eso, estaba en su misma sala de estudios. El cursaba el último año, era el prefecto y por lo tanto tenía permitido oficialmente pegar a los que estaban a sus órdenes, por lo que yo me convertí en su esclavo personal y particular. Yo era su criado, le cocinaba y se lo hacía todo. Mi trabajo consistía en que él nunca tuviese que levantar un dedo a menos que fuera absolutamente necesario. En ninguna sociedad que yo conozca en el mundo, los criados son tratados como lo éramos nosotros por los prefectos del colegio. Cuando hacía frío, tenía que sentarme en el water (que estaba en un anexo sin calefacción) cada mañana después del desayuno, para calentarlo antes de que entrara Foxley. Recuerdo que solía vagar por la habitación con su manera elegante y despreocupada. Si encontraba una silla en su camino le daba una patada; luego tenía yo que correr detrás de él para recogerla inmediatamente. Vestía camisas de seda y también llevaba un pañuelo de seda en la manga. Sus zapatos estaban confeccionados por alguien llamado Lobb (también tenían etiqueta real). Eran puntiagudos y tenía que cepillarlos durante cinco minutos cada día, para que brillasen. Pero los peores recuerdos eran los del vestuario. Todavía me recuerdo a mí mismo, pálida sombra de un muchacho detrás de la puerta de aquel gran cuarto, con mi pijama, las zapatillas y un batín pardo de pelo de camello. Una sola bombilla eléctrica colgaba del techo y alrededor de las paredes las camisetas negras y amarillas de fútbol, con el olor a sudor llenando la habitación, y la voz tan temida que decía: —Bueno, ¿qué va a ser esta vez? ¿Seis con la bata puesta o cuatro sin ella? Nunca pude contestar a esa pregunta. Me quedaba mirando los sucios azulejos, muerto de miedo e incapaz de pensar en nada que no fuera ese muchacho más fuerte que iba a empezar a pegarme inmediatamente, con su largo y fino bastón: lenta, hábil y legalmente; recreándose hasta hacerme sangrar. Cinco horas antes había intentado, sin llegar a conseguirlo, encender el fuego del estudio. Me había gastado el dinero de la semana en una caja de fósforos especiales, había puesto un periódico tapando la boca de la chimenea para crear una corriente de aire, me había arrodillado junto al fuego y había soplado hasta hacerme cisco los pulmones: pero el carbón no quería arder. —Si te retrasas en contestar, tendré que decidir por ti —decía la voz. Yo quería contestar porque sabía cuál tenía que escoger, es lo primero que se aprende al llegar. Hay que tener siempre la bata puesta y aceptar los golpes extra, de lo contrario es casi seguro que te cortan. Hasta tres con la bata puesta, es mejor que uno sin ella. —Quítate la bata, ve a la esquina y tócate los dedos de los pies. Te voy a dar cuatro. Me la quitaba lentamente y la ponía en una percha, encima de los armarios de las botas. Luego iba frío y desnudo en mi pijama de algodón, temblando. A mi alrededor todo se volvía de repente brillante y lejano, como un cuadro mágico, grande, irreal, como flotando sobre las aguas.
—Vamos. ¡Toca los dedos de los pies! ¡Más cerca, más cerca! Luego iba hacia el otro extremo del vestuario y yo le observaba por entre mis piernas. Desaparecía por la puerta que daba a lo que nosotros llamábamos «el pasaje de las fuentes». Era un pasillo de piedra con fuentes para lavarse y al final estaba el cuarto de baño. Cuando Foxley desaparecía, yo sabía que iba a la otra parte del pasaje de la fuente; siempre lo hacía así. Bueno, en la distancia, pero haciendo eco en las fuentes y los grifos, oía el ruido de sus zapatos en el suelo de piedra cuando corría, y a través de mis piernas le veía atravesar el cuarto de estar y venir hacia mí, con el rostro inclinado hacia adelante y el bastón en el aire. En ese momento yo cerraba los ojos esperando el golpe y diciéndome a mí mismo que, pasara lo que pasara, no debía levantarme. Cualquiera a quien hayan pegado de verdad, asegurará que el verdadero dolor no llega hasta ocho o diez segundos después del golpe. El golpe en sí es un simple bastonazo en la espalda, que te entumece por completo. Me han dicho que una herida de bala produce la misma sensación. Pero después, ¡Dios mío! parece como si alguien pusiese un atizador ardiendo en las des nudas nalgas y es completamente imposible ponerse la mano en el sitio dolorido. Foxley lo sabía y retrocedía lentamente antes del siguiente golpe, para que yo pudiera sentir de lleno el golpe anterior. Al cuarto golpe, invariablemente, me levantaba sin poderlo remediar. Era la reacción automática de un cuerpo que ya no puede resistir más. —Te has levantado —decía Foxley—, éste no cuenta. Vamos. ¡Agáchate! La vez siguiente tenía que agarrarme a los tobillos. Después me observaba al ir, muy erguido y tocándome la retaguardia, a ponerme la bata. Trataba de mantenerme de espaldas a él para que no pudiera ver mi cara. Cuando yo iba a salir, decía: —¡Eh, tú, vuelve! Yo ya estaba en el pasillo, pero me paraba y me volvía hacia la puerta, esperando. —Ven aquí, vamos, vuelve. ¿No se te ha olvidado nada? De lo único que me acordaba era del horrible dolor que sentía. —Me sorprende que seas un chico tan mal educado —decía imitando la voz de mi padre—. ¿No te enseñan mejores modos en el colegio? —Gracias —murmuraba yo—, gra... cías por pegarme. Luego subía las escaleras que llevaban al dormitorio. Entonces todo iba mejor porque había pasado un rato y el dolor iba disminuyendo. Mis compañeros me trataban con simpatía, recordando las veces que les había pasado lo mismo. —A ver, Perkins, enséñame. —¿Cuántos te ha dado? —Cinco, ¿verdad? Lo hemos oído desde aquí. —Vamos, chico, enséñanos las señales. Me quitaban el pijama y dejaba que aquel grupo de expertos examinara mis heridas.
—Están bastante separadas, ¿verdad? No son del estilo de Foxley. —Esas dos están muy cerca, casi tocándose. Mira. ¡Estas son preciosas! —Esta de aquí abajo es horrible. —¿Se ha ido hasta el pasaje de la fuente para empezar a correr? —Te ha dado uno más por haberte levantado, ¿verdad? —¡Caramba! Ese Foxley la ha tomado contigo. —Sangra un poco, yo creo que deberías lavártela. Entonces se abría la puerta y allí estaba Foxley. Todos se dispersaban y pretendían estar lavándose los dientes o rezando sus oraciones, mientras yo quedaba en el centro de la habitación con los pantalones bajados. —¿Qué pasa aquí? —solía decir Foxley, dando una rápida mirada a toda la habitación—. ¡Tú, Perkins! Súbete los pantalones y métete en la cama. Y ése era el final de un día. Durante la semana nunca tenía un momento para mí. Si Foxley me veía coger una novela o abrir mi álbum de sellos en el estudio, me mandaba en seguida algo que hacer. Una de sus diversiones favoritas, especialmente cuando llovía, era: —¡Oh, Perkins! ¿Verdad que quedaría muy bonito un ramo de lirios blancos y salvajes encima de mi mesa? Los lirios salvajes crecían al lado de Orange Ponds. Orange Ponds estaba a tres kilómetros por la carretera y uno a campo traviesa. Me levantaba de mi silla, me ponía el impermeable y el sombrero de paja, cogía el paraguas y emprendía la marcha. El sombrero de paja se tenía que llevar puesto siempre que se saliera, pero se estropeaba por completo con la lluvia, por lo tanto el paraguas era necesario para proteger el sombrero. Por otra parte, no se puede sostener un paraguas con la cabeza, mientras se trepa de aquí para allá, buscando lirios. Para salvar mi sombrero tenía que ponerlo en tierra, bajo el paraguas, mientras buscaba las flores. De esta forma cogí muchos resfriados. Pero el día más temido era el domingo. El domingo era el día en que limpiaba el estudio. Recuerdo perfectamente el terror de aquellas mañanas, la limpieza a fondo y luego esperar a que Foxley viniera a inspeccionar. —¿Has acabado? —preguntaba. —Creo..., creo que sí. Entonces iba al cajón de su mesa y sacaba un guante blanco, ajustándose bien los dedos. Yo me quedaba quieto, observándole y temblando, mientras él iba por la habitación, pasando su dedo enguantado por los marcos de los cuadros, por las esquinas, los estantes, los marcos de las ventanas, las pantallas de las lámparas. Yo no separaba la vista de ese dedo, que para mí era un instrumento de muerte. Casi siempre se las arreglaba para encontrar una brizna de polvo que yo había pasado por alto o ni siquiera había visto, y cuando esto ocurría Foxley se volvía lentamente sonriendo con aquella sonrisa que no era tal, y, levantando el blanco dedo para que pudiera ver por mí mismo el polvo que había recogido, decía:
—Bien. Eres muy perezoso, ¿verdad? Yo no contestaba. —Creí que lo había limpiado todo. —Y ¿eres o no eres un chico perezoso? —Sss... Sí. —Pero a tu padre no le gustaría que crecieras así, ¿verdad? Tu padre es muy especial con respecto a la educación. No contestaba. —Te he preguntado que si tu padre es muy especial con respecto a la educación. —Quizá sí. —Por lo tanto te haré un favor si te castigo, ¿verdad? —No lo sé. —¿Verdad que sí? —Sss... Sí. —Nos encontraremos después de las oraciones en el vestuario. El resto del día era una continua agonía esperando a que llegara la noche. ¡Dios mío! Con qué claridad venía todo a mi memoria ahora. El domingo era también el día de escribir cartas: Queridos papá y mamá: Muchas gracias por vuestra caria. Espero que los dos estéis bien, yo me encuentro perfectamente, excepto que estoy resfriado porque me cogió la lluvia, pero pronto estaré bien. Ayer jugamos contra Shrewsbury y les ganamos por 4-2. Yo miraba y Foxley, que como ya sabéis es el director de nuestra casa, metió uno de los goles. Muchas gracias por el pastel. Cariñosamente, WILLIAM
Generalmente iba al lavabo o al cuarto de baño a escribir la carta; cualquier lugar fuera del camino de Foxley era bueno, pero tenía que cronometrar el tiempo. El té era a las cuatro y media y las tostadas de Foxley tenían que estar preparadas. Todos los días tenía que hacerle tostadas a Foxley y como en los días de entre semana no se permitía fuego en el estudio, todos los chicos tenían que tostar el pan para sus prefectos en el pequeño hornillo de la biblioteca, buscando un hueco por donde colarse. En estas condiciones tenía que procurar que las tostadas de Foxley estuvieran: 1.°, crujientes; 2.°, sin quemar, y 3.°, calientes y listas a tiempo. La falta de alguno de estos requisitos era castigada con golpes. —Oye, tú, ¿qué es eso? —Una tostada. —¿Es ésa la idea que tú tienes de las tostadas? —Pues...
—Eres demasiado perezoso para hacerlo bien, ¿verdad? —Intento hacerlo. —¿Sabes lo que se le hace a un caballo perezoso, Perkins? —No. —¿Eres un caballo? —No. —Bueno, de todas maneras eres un burro. ¡Ja, ja, ja...! Estás en la clasificación. Te veré luego. ¡Oh, qué angustia la de aquellos días! Quemar las tostadas de Foxley significaba una paliza, así como olvidar quitar el barro de sus botas de fútbol, no colgar su uniforme de deporte, enrollar su paraguas de diferente forma a como él lo hacía, cerrar la puerta del estudio de golpe cuando Foxley estaba trabajando, ponerle el agua del baño demasiado caliente, no limpiar bien los botones de su uniforme, no dejarle brillantes las suelas de los zapatos, dejar su estudio desordenado a cualquier hora. En realidad, desde el punto de vista de Foxley, yo era una permanente ofensa, digno de una paliza. Miré por la ventana. ¡Dios mío, estábamos llegando! Debí haber estado soñando mucho tiempo, ni siquiera había abierto el Times; Foxley todavía estaba recostado frente a mí leyendo el Daily Mail y por entre el humo que emanaba de su pipa, pude ver la mitad de su cara que sobresalía del periódico, sus ojos pequeños y brillantes, la frente arrugada y su pelo ondulado. Mirarle ahora después de tanto tiempo era una experiencia peculiar y sorprendente. Sabía que ya no era peligroso, pero los viejos recuerdos todavía subsistían y no me sentía muy a gusto en su presencia. Era algo así como estar en una jaula con un tigre manso. «¿Qué tontería es ésta? —me dije a mí mismo—. No seas tan estúpido. Cielos, si quisieras podrías decirle lo que pensabas de él y no tendría derecho a tocarte ni un dedo.» ¡Era una idea fantástica! Sólo que... bueno, después de todo no valía la pena. Yo me sentía demasiado viejo para esto y en realidad ya no le odiaba. Entonces, ¿qué iba a hacer? No iba a quedarme mirando como un idiota. En aquel momento se me ocurrió otra idea. Lo que me gustaría hacer, me dije a mí mismo, sería inclinarme hacia él, darle unos golpecillos en la rodilla y decirle quién era. Luego observaría su cara. Después empezaría a hablar de nuestros antiguos días de colegio, hablando lo suficientemente alto para que la gente del vagón lo oyera. Le recordaría, como en broma, algunas de las cosas que me hacía y hasta quizá describiera las palizas en el vestuario, para que se sintiera molesto. No le vendría mal un poco de angustia y bochorno. A mí, en cambio, me vendría muy bien. De repente, levantó la vista y nos miramos los dos. Era ya la segunda vez que sucedía y vi un relámpago de irritación en sus ojos. Bien, me dije a mí mismo, adelante, pero sé agradable, sociable y educado. De esta forma serás más efectivo, más embarazoso para él. Le sonreí y le hice una ligera inclinación de cabeza. Luego, levantando la voz, dije:
—Discúlpeme, me gustaría presentarme. Me incliné, mirándolo atentamente para no perderme su reacción. —Me llamo Perkins, William Perkins, estuve en Repton en 1907. Los que estaban en nuestro vagón se callaron y me di cuenta de que escuchaban y esperaban los próximos acontecimientos. —Encantado de conocerle —dijo, bajando el periódico hasta su regazo—. Yo me llamo Fortescue, Jocelyn Fortescue. Eton, 1916.
GASTRÓNOMOS Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
Éramos seis cenando aquella noche en la casa de Mike Schofield en Londres: Mike con su esposa e hija, mi esposa y yo, y un hombre llamado Richard Pratt. Richard Pratt era un famoso gourmet, presidente de una pequeña sociedad gastronómica conocida por «Los epicúreos», que mandaba cada mes a todos sus miembros un folleto sobre comida y vinos. Organizaba comidas en las cuales eran servidos platos opíparos y vinos raros. No fumaba por terror a dañar su paladar, y cuando discutía sobre un vino tenía la costumbre, curiosa y un tanto rara, de referirse a éste como si se tratara de un ser viviente. «Un vino prudente —decía—, un poco tímido y evasivo, pero prudente al fin.» O bien, «un vino alegre, generoso y chispeante. Ligeramente obsceno, quizá, pero, en cualquier caso, alegre». Yo había coincidido en casa de Mike dos veces con Richard Pratt anteriormente. En ambas ocasiones, Mike y su esposa se habían esmerado en preparar una comida especial para el famoso gourmet y, naturalmente, esta vez no iban a hacer una excepción. En cuanto entramos en el comedor me di cuenta de que la mesa estaba preparada para una fiesta. Los grandes candelabros, las rosas amarillas, la numerosa vajilla de plata, las tres copas de vino para cada persona, y, sobre todo, el suave olor a carne asada que venía de la cocina, hicieron que mi boca empezara a segregar saliva. Al sentarnos recordé que, en las dos anteriores visitas de Richard Pratt, Mike siempre había apostado con él acerca del vino clarete, presionándole para que dijera de qué año era la solera de aquel caldo. Pratt replicaba que eso no sería difícil para él. Entonces Mike apostaba con él sobre el vino en cuestión. Pratt había aceptado y ganado en ambas ocasiones. Esta noche estaba seguro de que volvería a jugar otra vez, porque Mike quería perder su apuesta y probar así que su vino era conocido como bueno, y Pratt, por su parte, parecía sentir un placer especial en exhibir sus conocimientos. La comida empezó con un plato de chanquetes dorados y fritos con mantequilla, rociados con vino de Mosela. Mike se levantó y lo sirvió él mismo, y cuando volvió a sentarse me di cuenta de que observaba atentamente a Richard Pratt. Había dejado la botella frente a mí para que pudiera leer la etiqueta. Esta decía: «Geirslay Ohligsberg, 1945.» Se inclinó hacia mí y me dijo que Geirslay era un pueblecito a orillas del Mosela, casi desconocido fuera de Alemania. Me dijo que ese vino era muy raro porque, siendo los viñedos tan escasos, para un extranjero resultaba prácticamente imposible conseguir una botella. El había ido personalmente a Geirslay el verano anterior para conseguir unas pocas docenas de botellas que consintieron en venderle.
—Dudo que lo tenga alguien más en esta comarca —dijo, mirando de nuevo a Richard Pratt—. Lo bueno del Mosela —continuó, levantando la voz— es que es el vino más adecuado para servir antes del clarete. Mucha gente sirve vino del Rin, pero los que tal hacen no entienden nada de vinos. Cualquier vino del Rin mata el delicado bouquet del clarete. ¿Lo sabían? Es una barbaridad servir un Rin antes de un clarete. Pero el Mosela... ¡Ah! ¡El Mosela es el más indicado! Mike Schofield era un hombre de mediana edad, muy agradable. Pero era corredor de Bolsa. Para ser exacto, era un agiotista de la Bolsa y, como muchos de su clase, parecía estar un poco perplejo, casi avergonzado, de haber hecho dinero con tan poco talento. En su fuero interno sabía que no era sino un book-maker, un corredor de apuestas, un untuoso, infinitamente respetable y secretamente inescrupuloso corredor de apuestas. Suponía que sus amigos lo sabían también. Por eso quería convertirse en un hombre de cultura, cultivar un gusto literario y artístico, coleccionando cuadros, música, libros y todo lo demás. Su explicación acerca de los vinos del Rin y del Mosela formaba parte de esta cultura que él buscaba. —Un vino estupendo, ¿verdad? —dijo, mirando insistentemente a Richard Pratt. Yo le veía echar una furtiva mirada a la mesa cada vez que agachaba la cabeza para tomar un bocado de chanquetes. Yo casi le sentía esperar el momento en que Pratt cataría el primer sorbo, contemplaría el vaso tras haber bebido con una sonrisa de placer, de asombro, quizá hasta de duda, y entonces se suscitaría una discusión en la cual Mike le hablaría del pueblo de Geirslay. Pero Richard Pratt no probó el vino. Estaba conversando animadamente con Louise, la hija de Mike, la cual no tenía aún dieciocho años. Estaba frente a ella, sonriente, contándole, al parecer, alguna historia de un camarero en un restaurante parisiense. Mientras hablaba, se inclinaba más y más hacia Louise, hasta casi tocarla, y la pobre chica retrocedía lo máximo que podía, asintiendo cortésmente, o más bien desesperadamente, y mirándole no a la cara sino al botón superior de su smoking. Terminamos el pescado y la doncella empezó a retirar los platos. Cuando llegó a Pratt y vio que no había tocado su comida siquiera, dudó unos instantes. Entonces Pratt advirtió su presencia, la apartó, interrumpió su conversación y empezó a comer rápidamente, metiéndose el pescado en la boca con hábiles y nerviosos movimientos del tenedor. Cuando terminó, cogió su vaso y en dos tragos se bebió el vino para continuar en seguida su interrumpida conversación con Louise Schofield. Mike lo vio todo. Estaba sentado, muy quieto, conteniéndose y mirando a su invitado. Su cara, redonda y jovial, pareció ceder a un impulso repentino, pero se contuvo y no pronunció palabra. Pronto llegó la doncella con el segundo plato. Este consistía en un gran rosbif. Lo colocó en la mesa delante de Mike, quien se levantó y empezó a trincharlo, cortando las lonchas muy delgadas y poniéndolas delicadamente en los platos para que la doncella las fuera distribuyendo. Cuando hubo servido a todos, incluyéndose a sí mismo, dejó el cuchillo y se inclinó apoyando las manos en el borde de la mesa. —Bueno —dijo, dirigiéndose a todos, pero sin dejar de mirar a Richard—, ahora el clarete. Perdónenme, pero tengo que ir a buscarlo. —¿Vas a buscarlo tú, Mike? —dije—. ¿Dónde está? —En mi estudio. Está destapado, para que respire. —¿Por qué en el estudio?
—Para que adquiera la temperatura ambiente, por supuesto. Lleva allí veinticuatro horas. —Pero ¿por qué en el estudio? —Es el mejor sitio de la casa. Richard me ayudó a escogerlo la última vez que estuvo aquí. Al oír su nombre Richard nos miró. —¿Verdad que sí? —dijo Mike. —Sí —dijo Pratt afirmando con la cabeza—, es verdad. —Encima del fichero de mi estudio —dijo Mike—. Ese fue el lugar que escogimos. Un buen sitio en una habitación con temperatura constante. Excúsenme, por favor. Voy a buscarlo. El pensamiento de un nuevo vino le devolvió el humor y dirigióse rápidamente a la puerta para regresar un minuto más tarde, despacio, solemnemente, llevando entre sus manos una cesta donde había una botella oscura. La etiqueta estaba invertida. —Bueno —gritó, viniendo hacia la mesa—. ¿Y éste, Richard? Este no lo adivinará nunca. Richard Pratt se volvió lentamente y miró a Mike; luego sus ojos descendieron hasta la botella metida en la cesta, levantó las cejas y echó hacia adelante el labio inferior con un gesto feo e imperioso. Mientras tanto las mujeres callaban, en una especie de mutismo embarazoso y tenso. —Nunca lo adivinará —repitió Mike—; ni en cien años. —¿Un clarete? —preguntó Richard, como afirmándolo. —Naturalmente. —Entonces me imagino que será de algún pequeño viñedo. —Puede que sí, Richard, y puede que no. —Pero ¿es de un buen año? ¿Una de las grandes cosechas? —Sí, eso se lo garantizo. —Entonces no puede ser difícil —dijo Richard Pratt, recalcando las palabras, ya un poco aburrido. Sólo que, en mi opinión, había algo extraño en su forma de pronunciar, y en su aburrimiento: en sus ojos se percibía una sombra algo diabólica, y en su actitud un ansia que me provocó una cierta inquietud. —Esta vez es realmente difícil —dijo Mike—. No le voy a coaccionar a que apueste por este vino. —¿Por qué no? Sus cejas se arquearon de nuevo y sus ojos adquirieron un extraño brillo. —Porque es difícil. —Esto no me deja en muy buen lugar.
—Mi querido amigo —dijo Mike—, apostaré con gusto si usted lo desea. —No creo que sea tan difícil descubrirlo. —¿Significa eso que va a apostar? —Efectivamente, quiero apostar —dijo Pratt. —Muy bien, lo haremos como siempre. —No cree que pueda adivinarlo, ¿verdad? —Con todo el respeto, no lo creo —dijo Mike. Hacía esfuerzos por mantenerse correcto. Pero Pratt no se molestó mucho en ocultar su desdén por todo el asunto. Sin embargo, su pregunta siguiente traicionó un cierto interés. —¿Quiere aumentar la apuesta? —No, Richard. —¿Apuesta cincuenta cajas? —Sería tonto. Mike se quedó quieto detrás de su silla en la cabecera de la mesa, cogiendo la botella embutida en su ridícula cesta. Su rostro estaba pálido y la línea de sus labios era muy fina. Pratt estaba recostado en el respaldo de su silla, mirándole, con las cejas levantadas, los ojos medio cerrados y una ligera sonrisa en los labios. Observé de nuevo, o creí ver, algo enigmático en la cara del hombre, una sombra de ansia en sus ojos, que ocultaban cierta malignidad un tanto pueril y maliciosa. —Entonces, ¿no quiere subir a apuesta? —Por mí no hay inconveniente, querido amigo —dijo Mike—; apostaré lo que quiera. Las tres mujeres y yo estábamos callados, mirando a los dos hombres. La esposa de Mike empezaba a sentirse incómoda; su boca se contraía en un mohín de disgusto y me pareció que en cualquier momento iba a interrumpirles. El rosbif estaba intacto en los platos, jugoso y humeante. —Entonces, ¿apostaremos lo que yo quiera? —Exactamente, le apuesto lo que quiera, si está dispuesto a mantener la apuesta. —¿Hasta diez mil libras? —Desde luego, si así lo desea. Mike iba ganando confianza por momentos. Sabía ciertamente que podía apostar cualquier suma que Pratt dijera. —Entonces, ¿apuesto yo primero? —preguntó Pratt otra vez. —Eso es lo que he dicho. Hubo una pausa en la cual Pratt me miró a mí y luego a las tres mujeres detenidamente. Parecía querer recordarnos que éramos testigos de la oferta.
—¡Mike! —dijo la señora Schofield rompiendo la tensión ambiental—, ¿por qué no dejas de hacer tonterías y empezamos a comer? La carne se está enfriando. —No es ninguna tontería —dijo Pratt tranquilamente—; estamos haciendo una apuesta. Distinguí a la doncella en segundo término con una fuente de verdura en las manos, dudando entre seguir adelante o no. —Muy bien —dijo Pratt—, le diré qué es lo que quiero que apueste. —Diga, pues —le respondió Mike descaradamente—, empiece. Pratt volvió la cabeza y nuevamente una diabólica sonrisa apareció en sus labios. Luego, lentamente, mirándonos a Mike y a mí, dijo: —Quiero que apueste para mí, la mano de su hija. Louise Schofield dio un salto de la silla. —¡Eh! —gritó—. ¡No, esto no tiene gracia! Oye, papá, no tiene ninguna gracia. —No te preocupes, querida —la tranquilizó su madre—; sólo están jugando. —No bromeo —dijo Richard Pratt. —¡Esto es ridículo! —exclamó Mike, perdiendo el control de sus nervios. —Usted ha dicho que apostara lo que quisiera. —¡Yo he querido decir dinero! —No ha dicho dinero. —Eso es lo que he querido decir. —Pues es una lástima que no lo haya dicho. De todas formas, si se arrepiente de su oferta, no tengo inconveniente. —No voy a retirar mi oferta, amigo mío. Lo que pasa es que usted no tiene una hija para substituir a la mía, en caso de que pierda, y aunque la tuviera, yo no me casaría con ella. —Me alegro de oírte decir eso, querido —intervino su esposa. —Me apuesto lo que usted quiera —anunció Pratt—. Mí casa, por ejemplo, ¿qué le parece mi casa? —¿Cuál de ellas? —preguntó Mike, bromeando. —La del campo. —¿Por qué no la otra, también? —De acuerdo, si así lo quiere usted. Las dos casas. En aquel momento, vi dudar a Mike. Dio un paso adelante y colocó la botella sobre la mesa. Puso el salero a un lado, luego hizo lo mismo con la pimienta. Seguidamente cogió un cuchillo y durante unos segundos examinó pensativamente la hoja, colocándolo luego en su sitio otra vez. Su hija también le vio vacilar.
—Bueno, papá —gritó—. ¡No seas absurdo! Esto es una soberana tontería. Me niego a que me apostéis, como si fuera un trofeo de caza. —Tienes mucha razón, nena —dijo su madre—. Ya está bien, Mike. Siéntate y come. Mike no le hizo ningún caso. Miró a su hija paternalmente. Sus ojos brillaban con un gesto de triunfo. —¿Sabes, Louise? —le dijo, sonriendo mientras hablaba—, debemos pensarlo. —Bueno. ¡Ya está bien, papá! ¡Me niego a escucharte! ¡En mi vida he oído una cosa tan ridícula! —Hablemos en serio, querida. Espera un momento y escucha lo que voy a decirte. —¡No quiero oírlo! —¡Louise, por favor! Se trata de lo siguiente: Richard ha hecho una apuesta seria, él es quien ha apostado, no yo. Si pierde, tendrá que desprenderse de sus valiosas propiedades. Espera un momento, querida, no interrumpas. La cosa es ésta: no puede ganar. —El cree que sí. —Ahora, escúchame, porque yo sé de qué se trata. El experto, al paladear un clarete, siempre que no sea algún vino famoso como Laffite o Latour, sólo puede dar un nombre aproximado de la viña. Naturalmente puede decir el distrito de Burdeos de donde viene el vino, sea St. Emilion, Pomerol, Graves o Médoc. Pero cada distrito tiene varias comarcas, pequeños condados, y cada condado tiene gran número de pequeños viñedos. Es imposible que un hombre pueda diferenciarlos por el gusto y el olor. No me importa decirte que éste que tengo aquí es vino de una pequeña viña rodeada de muchas otras y nunca podrá adivinarlo. Es imposible. —No puedes asegurar eso —dijo su hija. —Te digo que sí. Aunque no sea demasiado correcto por mi parte el decirlo, entiendo un poco de vinos. Y además, ¡por el amor del cielo!, soy tu padre y supongo que no pensarás que te voy a obligar a algo que no quieres, ¿verdad? Te estoy haciendo ganar dinero. —¡Mike! —le replicó su mujer duramente—. ¡No sigas, Mike, por favor! De nuevo pareció ignorarla. —Si consientes en esta apuesta, en diez minutos poseerás dos grandes casas. —Pero yo no quiero dos casas, papá. —Entonces las vendes. Véndeselas a él inmediatamente. Yo lo arreglaré todo. Piénsalo, querida. Serás rica, independiente para toda la vida. —¡Oh, papá, no me gusta! Me parece una cosa tonta. —A mí también —dijo la madre. Al hablar, movía la cabeza de arriba abajo como una gallina. —Deberías avergonzarte de ti mismo, Michael, por sugerir una cosa así. ¡Llegar a apostar a tu propia hija! Mike ni siquiera la miró.
—Acepta —dijo testarudamente, mirando a la chica—. ¡Acepta!, ¡rápido! Te garantizo que no perderás. —No me gusta eso, papá. —Vamos, nena, ¡acepta! Mike la forzaba más y más. Estaba inclinado hacia ella, mirándola fijamente, como si tratara de hipnotizarla. —¿Y si pierdo? —dijo con voz ahogada. —Te repito que no puedes perder, te lo garantizo. —¡Oh, papá! ¿Debo hacerlo? —Te voy a hacer ganar una fortuna, así que no lo pienses más. ¿Qué dices, Louise? ¿De acuerdo? Por última vez, ella dudó. Luego, se encogió de hombros desesperadamente y dijo: —Bien, acepto, siempre que me jures que no hay peligro de perder. —¡Estupendo! —exclamó Mike—. Entonces apostamos. Inmediatamente, Mike cogió el vino, se sirvió primero a sí mismo y luego fue llenando los vasos de los demás. Ahora todos miraban a Richard Pratt, observando su rostro mientras él cogía su vaso con la mano derecha y se lo llevaba a la nariz. Era un hombre de unos cincuenta años y su rostro no era muy agradable. Todo era boca —boca y labios—, esos labios gruesos y húmedos del sibarita profesional, con el labio inferior más saliente en el centro, un labio colgante y permanentemente abierto con el fin de recibir más fácilmente la comida y la bebida. Como un embudo, pensé yo al observarle: su boca es un embudo grande y húmedo. Lentamente, levantó el vaso hacia la nariz. La punta de la nariz se metió en el vaso, y se deslizó por la superficie del. vino, husmeando con delicadeza. Agitó el vino en su vaso, para poder percibir mejor el aroma. Parecía intensamente concentrado. Había cerrado los ojos y la mitad superior de su cuerpo, la cabeza, cuello y pecho parecían haberse convertido en una sensitiva máquina de oler, recibiendo, filtrando, analizando el mensaje que le transmitía la nariz, con sus aletas carnosas, eréctiles, nerviosas y sensitivas. Observé a Mike, sentado en su silla, aparentemente despreocupado, pero atento a todos los movimientos. La señora Schofield, su esposa, estaba sentada muy erguida en el lado opuesto de la mesa, mirando de frente, con gesto de desaprobación en el rostro. Louise, la hija, había separado un poco la silla y, como su padre, observaba atentamente los movimientos del sibarita. Durante un minuto el proceso olfativo continuó; luego, sin abrir los ojos ni mover la cabeza, Pratt acercó el vaso a su boca y bebió casi la mitad de su contenido. Después del primer sorbo, se paró para paladearlo, luego lo hizo pasar por su garganta y pude ver su nuez moverse al paso del líquido. Pero no se lo tragó todo, sino que se quedó casi todo el sorbo en la boca. Entonces, sin tragárselo, hizo entrar por sus labios un poco de aire que mezclándose con el aroma del vino en su boca pasó luego a sus pulmones. Contuvo la respiración, sacando luego el aire por la nariz; para poner finalmente el vino debajo de la lengua y engullirlo, masticándolo con los dientes, como si fuera pan.
Fue una representación solemne e impresionante, debo confesar que lo hizo muy bien. —¡Hum! —dijo, dejando el vaso y relamiéndose los labios con la lengua—, ¡hum!, sí..., un vinito muy interesante, cortés y gracioso, de gusto casi femenino. Tenía saliva en exceso en la boca y al hablar soltó algunos salpicones sobre la mesa. —Ahora empezaremos a eliminar —dijo—, me perdonarán si lo hago concienzudamente, pero es que me juego mucho. Normalmente, quizá me hubiera arriesgado y hubiera dicho directamente el nombre del viñedo de mi elección. Pero esta vez debo tener precaución, ¿verdad? Miró a Mike y le dedicó una espesa y húmeda sonrisa. Mike no le sonrió. —En primer lugar: ¿de qué distrito de Burdeos procede este vino? No es demasiado difícil de adivinar. Es excesivamente ligero para ser St. Emilion o Graves. Desde luego, es un Médoc, no cabe duda. »Veamos, ¿de qué comarca de Médoc procede? Esto, por eliminación, tampoco es difícil de saber. ¿Margaux? No. No puede ser Margaux, no tiene el aroma violento de un Margaux. ¿Pauillac? Tampoco puede ser Pauillac. Es demasiado tierno y gentil para ser un Pauillac. El vino de Pauillac tiene un carácter casi imperioso en su gusto. Además, para mí, Pauillac contiene un curioso y peculiar residuo que la uva toma del suelo de la viña. No, no. Este es un vino muy gentil, serio y tímido la primera vez que se prueba. Quizá sea un poco revoltoso a la segunda degustación, excitando la lengua con un poquito de ácido tánico. Después de haberlo saboreado, es delicioso, consolador y femenino, con la generosa calidad que se asocia a los vinos de la comarca de St. Julien. Indudablemente, éste es un St. Julien. Se respaldó en la silla, puso las manos a la altura del pecho con los dedos juntos. Estaba poniéndose ridículamente pomposo, pero creo que lo hacía deliberadamente para burlarse de su anfitrión. Esperé ansiosamente a que continuara. Louise encendió un cigarrillo. Pratt le oyó rascar el fósforo y se volvió hacia ella, mirándola con ira. —¡Por favor, no lo haga! Fumar en la mesa es una costumbre horrible. Ella le miró, con el fósforo en la mano, observándolo fijamente con sus grandes ojos, quedando así un momento, y echándose hacia atrás otra vez, lenta y ceremoniosamente. Luego inclinó la cabeza y apagó el fósforo, pero continuó con el cigarrillo sin encender entre los dedos. —Lo siento, querida —dijo Pratt—, pero no puedo consentir que se fume en la mesa. Ella no le volvió a mirar. —Bueno, veamos. ¿Dónde estábamos? —dijo él—. ¡Ah, sí! Este vino es de Burdeos, de la comarca de St. Julien, en el distrito de Médoc. Hasta ahora voy bien. Pero llegamos a lo más difícil: el nombre de la viña. Porque en St. Julien hay muchos viñedos y, como ya ha señalado nuestro anfitrión anteriormente, a menudo no hay mucha diferencia entre el vino de uno y de otro, pero ya veremos. Hizo una pausa otra vez, cerrando los ojos. —Estoy tratando de establecer la cosecha —dijo—, si consigo esto, tendré ganada la mitad de la batalla. Bueno, veamos. Evidentemente, este vino no es de la primera cosecha de una viña, ni de la segunda. No es un gran vino. La calidad, la..., el..., ¿cómo lo llaman?: el esplendor, el poder, eso falta. Pero la tercera cosecha, ésa sí podría ser. Sin embargo, lo
dudo. Sabemos que es de un buen año, nuestro anfitrión lo ha dicho. Esto lo desfigura un poco. Tengo que ser prudente, muy prudente, en este punto. Tomó el vaso y dio otro sorbo. —Sí —dijo, secándose los labios—, tenía razón. Es de la cuarta cosecha, ahora estoy seguro. La cuarta cosecha de un año muy bueno, bueno de verdad. Eso es lo que le dio el gusto de tercera y hasta segunda cosecha. ¡Bien! ¡Esto está mejor! ¡Nos vamos acercando! ¿Cuáles son las viñas de las cuartas cosechas de la comarca de St. Julien? Volvió a pararse, tomó el vaso y se lo puso en los labios. Luego le vi sacar la lengua, estrecha y rosada, con la punta metiéndose en el vino, escondiéndose otra vez; era un espectáculo repulsivo. Cuando dejó el vaso, mantuvo los ojos cerrados, el rostro concentrado, sólo los labios se movían, restregándose uno contra otro como dos piezas de húmeda y esponjosa goma. —¡Aquí está otra vez! —gritó—. Ácido tánico después de un sorbo y una sensación bajo la lengua. ¡Sí, sí, claro, ya lo tengo! El vino procede de una de esas pequeñas viñas de los alrededores de Beychevelle. Ahora recuerdo. El distrito de Beychevelle, el río, el pequeño puerto, anticuado y ridículo. Beychevelle... ¿Puede ser el mismo Beychevelle? No, no creo. No exactamente, pero debe de ser muy cerca de allí. ¿Château Talbot? ¿Puede ser Talbot? Sí, podría ser: esperen un momento. Volvió a probar el vino y al fijarme en Mike Schofield le vi inclinarse más y más sobre la mesa, con la boca un poco abierta y sus ojos fijos en Richard Pratt. —No. Estaba equivocado. Un Talbot viene más pronto a la memoria que ése; la fruta está más cerca de la superficie. Si es un «34», que creo que es, no puede ser Talbot. Bien, bien. Déjenme pensar. No es un Beychevelle y no es un Talbot, y sin embargo está tan cerca de ambos, tan cerca, que el viñedo debe de estar en medio. ¿Qué podrá ser? Dudó unos momentos. Nosotros esperamos, observando su rostro. Todos, hasta la esposa de Mike, le mirábamos. Oí a la doncella poner el plato de verduras en el aparador, detrás de mí, suavemente, para no turbar el silencio. —¡Ah! —gritó—, ¡ya lo tengo! ¡Sí, creo que lo tengo! Por última vez probó el vino. Luego, con el vaso todavía cerca de la boca, se volvió hacia Mike y le dedicó una lenta y suave sonrisa, diciéndole: —¿Sabe lo que es? Este es el pequeño Château Branaire-Duoru. Mike quedó inmóvil. —Y del año 1934. Todos miramos a Mike, esperando que volviese la botella y nos enseñara la etiqueta. —¿Es ésa su respuesta? —dijo Mike. —Sí, creo que sí. —Bueno. ¿Es o no es la respuesta final? —Sí, es mi respuesta definitiva. —¿Me quiere decir su nombre otra vez?
—Château Branaire-Duoru. Una pequeña viña. Un viejo castillo, lo conozco muy bien. No comprendo cómo no lo he reconocido desde el principio. —Vamos, papá —dijo la chica—, vuelve la botella y veamos qué pasa. Quiero mis dos casas. —Un momento —dijo Mike—, espera un momento. Parecía inquieto y sorprendido y su rostro iba palideciendo como si fuera perdiendo las fuerzas. —¡Michael!—exclamó su esposa desde la otra parte de la mesa—. ¿Qué pasa? —No te metas en esto, Margaret, por favor. Richard Pratt miraba a Mike con ojos brillantes. Mike no miraba a nadie. —¡Papá! —gritó la hija angustiada—. ¡No me digas que lo ha adivinado! —No te preocupes, querida. No hay por qué angustiarse. Supongo que fue por 'desembarazarse de la familia por lo que Mike se volvió hacia Richard Pratt y le dijo: —Oiga, Richard, creo que será mejor que vayamos a la otra habitación y hablemos. —No quiero hablar —dijo Pratt, fríamente—, lo que quiero es ver la etiqueta de la botella. Ahora sabía que había ganado, tenía la arrogancia y la apostura del ganador y me di cuenta de que se molestaría si encontraba algún impedimento. —¿Qué espera? —le dijo a Mike—. ¡Déle la vuelta! Entonces ocurrió: la doncella, la pequeña y fina figura de la doncella de uniforme blanco y negro, estaba de pie al lado de Richard Pratt con algo en la mano. —Creo que son suyas, señor —dijo. Pratt la miró y vio las gafas que ella le tendía. Dudó un momento. —¿Son mías? Sí, seguramente, no sé... —Sí, señor, son suyas. La doncella era una mujer mayor, más cerca de los setenta que de los sesenta y llevaba muchos años en la casa. Puso las gafas en la mesa, a su lado. Sin darle las gracias, Pratt las cogió y las deslizó en el bolsillo de la chaqueta, detrás del blanco pañuelo. Pero la doncella no se retiró. Se quedó de pie, detrás de Richard Pratt. Había algo raro en ella y en la manera de quedarse allí, derecha y sin moverse. La observé con repentino interés. Su viejo rostro tenía una mirada fría y determinada, los labios apretados y las manos juntas delante de ella. La cofia en la cabeza y la blanca pechera del uniforme la hacían parecerse a un pajarito. —Las ha dejado en el estudio —dijo. Su voz era deliberadamente correcta—, encima del fichero verde, cuando ha ido allí, solo, antes de la cena. Sus palabras tardaron unos minutos en tomar sentido y en el silencio que siguió a ellas advertí que Mike se sentaba con tranquilidad en su silla, volviéndole el color a las mejillas, los ojos muy abiertos, la extraña curva de su boca y la blancura de las aletas de la nariz.
— ¡Bueno, Michael! —dijo su esposa—. ¡Cálmate, Michael, querido, cálmate!
HOMBRE DEL SUR Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979; adaptado por Hitchcock para su serie televisiva; y reelaborado por Q. Tarantino con distinto final en “Four Rooms”)
Eran cerca de las seis. Fui al bar a pedir una cerveza y me tendí en una hamaca a tomar un poco el sol de la tarde. Cuando me trajeron la cerveza, me dirigí a la piscina pasando por el jardín. Era muy bonito, lleno de césped, flores y grandes palmeras repletas de cocos. El viento soplaba fuerte en la copa de las palmeras, y las palmas, al moverse, hacían un ruido parecido al fuego. Grandes racimos de cocos colgaban de las ramas. Había muchas hamacas alrededor de la piscina, así como me-sitas y toldos multicolores; hombres y mujeres bronceados por el sol estaban sentados aquí y allá en traje de baño. Dentro de la piscina multitud de chicos y chicas chapoteaban, gritando y jugando al water-polo, un poco en serio y un poco en broma. Me quedé mirándolos. Las chicas eran unas inglesas del hotel en que me hospedaba. A los chicos no los conocía, pero parecían americanos, seguramente cadetes navales llegados en un barco militar que había anclado en el puerto aquella mañana. Llegué hasta allí y me metí bajo un toldo amarillo donde había cuatro asientos vacíos, me serví la cerveza y me arrellané cómodamente con un cigarrillo entre los dedos. Los marinos americanos congeniaban bien con las inglesas. Buceaban juntos bajo el agua y las hacían subir a la superficie cogiéndolas por las piernas. En aquel momento distinguí a un hombrecillo de edad, que caminaba rápidamente por el mismo borde de la piscina. Llevaba un traje blanco, inmaculado, y caminaba muy aprisa, dando un saltito a cada paso. Llevaba en la cabeza un gran sombrero de paja e iba a lo largo de la piscina mirando a la gente y a las hamacas. Se paró frente a mí y me sonrió, enseñándome dos hileras de dientes pequeños y desiguales, ligeramente deslustrados. Yo también le sonreí. —Perdón. ¿Me puedo sentar aquí? —Claro —dije yo—, tome asiento. Dio la vuelta a la silla y la inspeccionó para su seguridad. Luego se sentó y cruzó las piernas. Llevaba sandalias de cuero, abiertas, para evitar el calor. —Una tarde magnífica —dijo—; las tardes son maravillosas aquí, en Jamaica.
No estaba yo seguro de si su acento era italiano o español, pero lo que sí sabía de cierto era que procedía de Sudamérica, y además se le veía viejo, sobre todo cuando se le miraba de cerca. Tendría unos sesenta y ocho o setenta años. —Sí —dije yo—, esto es estupendo. —¿Y quiénes son ésos?, pregunto yo. No son del hotel, ¿verdad? Señalaba a los bañistas de la piscina. —Creo que son marinos americanos —le expliqué—, mejor dicho, cadetes. —¡Claro que son americanos! ¿Quiénes si no iban a hacer tanto ruido? Usted no es americano, ¿verdad? —No —dije yo—, no lo soy. De repente uno de los cadetes americanos se detuvo frente a nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de salir de la piscina. Una de las inglesas le acompañaba. —¿Están ocupadas estas sillas? —preguntó. —No —contesté yo. —¿Les importa que nos sentemos? —No. —Gracias —dijo. Llevaba una toalla en la mano, y al sentarse sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor. Le ofreció a la chica, pero ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El hombrecillo, por su parte, dijo: —Gracias, pero creo que tengo un cigarro puro. Sacó una pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y cortó la punta del cigarro puro. —Yo le daré fuego —dijo el muchacho americano, tendiéndole el encendedor. —No se encenderá con este viento. —Claro que se encenderá. Siempre ha ido bien. El hombrecillo sacó el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado, mirando al muchacho con atención. —¿Siempre? —dijo casi deletreándolo. —¡Claro! Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado. El hombrecillo continuó mirando al muchacho. —Bien, bien, así que usted dice que este encendedor no falla nunca. ¿Me equivoco? —Eso es —dijo el muchacho. Tendría unos diecinueve o veinte años y su rostro, al igual que su nariz, era alargado. No estaba demasiado bronceado y su cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas. Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para hacerlo funcionar.
—Nunca falla —dijo sonriendo porque ahora exageraba su anterior jactancia intencionadamente—, le prometo que nunca falla. —Un momento, por favor. La mano que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera parando el tráfico. Tenía una voz suave y monótona; miraba al muchacho con insistencia. —¿Qué le parece si hacemos una pequeña apuesta? —le dijo sonriendo—. ¿Apostamos sobre si enciende o no su mechero? —Apuesto —dijo el chico—. ¿Por qué no? —¿Le gusta apostar? —Sí, siempre lo hago. El hombre hizo una pausa y examinó su puro y debo confesar que a mí no me gustaba su manera de comportarse. Parecía querer sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al mismo tiempo, me pareció que se guardaba algún secreto para sí mismo. Miró de nuevo al americano y dijo despacio: —A mí también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena apuesta sobre esto? Una buena apuesta —repitió recalcándolo. —Oiga, espere un momento —dijo el cadete—. Le apuesto veinticinco centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo; algunos chelines, supongo. El hombrecillo movió su mano de nuevo. —Óigame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar. —Le apuesto a que puedo —dijo el muchacho americano. —De acuerdo, entonces..., ¿hacemos la apuesta? —Bien, le apuesto cinco dólares. —No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac... —¡Oiga, oiga, espere un momento! —El chico se recostó en la hamaca y sonrió—. No puedo consentir que apueste eso, es una locura. —No es una locura. Usted enciende su mechero y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad? —Claro que me gustaría tener un Cadillac. —El cadete seguía sonriendo. —De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac. —¿Y qué apuesto yo? —preguntó el americano. El hombrecillo quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.
—Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende? —Entonces, ¿qué puedo apostar? —Se lo voy a poner fácil. ¿De acuerdo? —De acuerdo, póngamelo fácil. —Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien? —¿Por ejemplo? —Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda. —¿Mi qué? —dejó de reír el muchacho. —Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, me quedo con su dedo. —No le comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo? —Se lo corto. —¡Rayos y truenos! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar. El hombrecillo se reclinó en su asiento y se encogió de hombros. —Bien, bien, bien —dijo—. No lo entiendo. Usted dice que su mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo olvidamos? El muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo entre sus dedos. Lo acercó a sus labios, puso las manos alrededor del encendedor y lo encendió. Al momento, apareció una pequeña llama amarillenta. El americano ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera apagar la llama. —¿Me lo deja un momento? —le dije. —¡Oh, perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo sin encender. Alargué la mano para coger el encendedor, pero se incorporó y se acercó para encendérmelo él mismo. —Gracias —le dije. El volvió a su sitio. —¿Se divierte? ¿Lo pasa bien? —le pregunté. —Estupendo —me contestó—, esto es precioso. Hubo un silencio. Me di cuenta de que el hombrecillo había logrado perturbar al chico con su absurda proposición. Estaba sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo y nervioso. —Bueno, veamos en qué consiste esta apuesta —dijo al fin—, usted dice que vamos a su cuarto y si mi mechero se enciende diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda. ¿Es eso? —Exactamente, ésa es la apuesta.
—¿Qué hacemos si pierdo? ¿Deberé sostener mi dedo mientras usted lo corta? —¡Oh, no! Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera darme su dedo. Lo que haríamos es atar una de sus manos a la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con una navaja, dispuesto a cortar en el momento en que su encendedor fallase. —¿De qué año es el Cadillac? —preguntó el chico. —Perdón, no le entiendo. —¿De qué año..., cuánto tiempo hace que tiene usted ese Cadillac? —¡Oh! ¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente nuevo, pero veo que no es un jugador. Ningún americano lo es. Hubo una pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí. —Sí —dijo de pronto—. Apuesto. —¡Magnífico! —El hombrecillo juntó las manos por un momento—, ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor —se volvió hacia mí—, será tan amable de hacer de... ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿Arbitro? ¿Juez? Tenía los ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran pequeñas y negras. —Bueno —titubeé yo—, esto me parece una tontería. No me gusta nada. —A mí tampoco —dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba—. Considero esta apuesta estúpida y ridícula. —¿Le cortará de veras el dedo a este chico si pierde? —pregunté yo. —¡Claro que sí! Yo le daré el Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi habitación. Se levantó. —¿Quiere vestirse antes? —le preguntó. —No —contestó el chico—. Iré tal como voy. —Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y actuara como arbitro. Se volvió hacia mí. —Muy bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta. —Venga usted también —dijo a la chica—. Venga y mirará. El hombrecillo se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le veía animado y excitado y al andar daba más saltitos que nunca. —Vivo en el anexo —dijo—. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí. Nos llevó hasta el aparcamiento del hotel y nos señaló un elegante Cadillac verde claro, aparcado en el fondo. —Es aquel verde. ¿Le gusta? —Es un coche precioso —contestó el cadete. —Muy bien, vamos arriba y veamos si lo gana.
Le seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable. Había una bata de mujer a los pies de una de las camas. —Primero tomaremos un martini —dijo tranquilamente. Las bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser mezcladas. Había una coctelera, hielo y muchos vasos. Empezó a preparar el martini. Mientras tanto había hecho sonar la campanilla; se oyeron unos golpecitos en la puerta y apareció una doncella negra. —¡Ah! —exclamó é! dejando la botella de ginebra. Sacó del bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella. —Me va a hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño juego aquí. Quiero que me consiga dos..., no, tres cosas. Quiero algunos clavos; un martillo y un cuchillo de los que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina. ¿Podrá conseguirlo? —¡Un cuchillo de carnicero! —La doncella abrió mucho los ojos y dio una palmada con las manos—. ¿Quiere decir un cuchillo de carnicero de verdad? —Sí, exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme esas cosas. —Sí, señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo que pide. Después de estas palabras salió de la habitación. El hombrecillo fue repartiendo los martinis. Los bebimos con ansiedad, el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta, que vestía un bañador azul claro y no dejaba de mirar al muchacho por encima de su vaso; el hombrecillo de ojos claros, con su traje blanco, inmaculado, que miraba a la chica del traje de baño azul claro. Yo no sabía qué hacer. La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero, ¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo urgentemente al hospital en el Cadillac que no había podido ganar. Tendría gracia, ¿no es cierto? En mi opinión, no habría por qué llegar a ese extremo. —¿No les parece una apuesta muy tonta? —dije yo. —Yo creo que es una buena apuesta —contestó el chico. Ya se había tomado un martini doble. —Me parece una apuesta estúpida y ridícula —dijo la chica—. ¿Qué pasará si pierdes? —No importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está. —El chico se cogió el dedo—. Y todavía no ha hecho nada por mí. ¿Por qué no voy a apostármelo? Yo creo que es una apuesta estupenda. El hombrecillo sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar los vasos. —Antes de empezar —dijo— le entregaré al arbitro la llave del coche. Sacó la llave de su bolsillo y me la dio.
—Los papeles de propiedad y del seguro están en el coche —añadió. La doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo de los que usan los carniceros para cortar los huesos de la carne, y en la otra un martillo y una bolsita con clavos. —¡Magnífico! ¿Lo ha conseguido todo? ¡Gracias, gracias! Ahora puede marcharse. Esperó a que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los objetos en una de las camas y dijo: —Ahora nos prepararemos nosotros. Luego se dirigió al muchacho: —Ayúdeme, por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un poco. Era una mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente, rectangular, de metro veinte por noventa, con papel secante, plumas y papel. La pusieron en el centro de la habitación y retiraron las cosas de escribir. —Ahora —dijo— lo que necesitamos es un cordel, una silla y los clavos. Cogió la silla y la puso junto a la mesa. Estaba tan animado como la persona que organiza juegos en una fiesta infantil. —Ahora hay que colocar los clavos. Los clavó en la mesa con el martillo. Ni el muchacho ni la chica ni yo nos movimos de donde estábamos. Con nuestros martinis en las mano?, observábamos el trabajo del hombrecillo. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a quince centímetros de distancia. No los clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte. Luego comprobó su firmeza con los dedos. «Cualquiera diría que este hijo de puta ya lo ha hecho antes —pensé yo—. No duda un momento. La mesa, los clavos, el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo que necesita y cómo arreglarlo.» —Ahora el cordel —dijo alargando la mano para cogerlo—, Muy bien, ya estamos listos. Por favor, ¿quiere sentarse? —le dijo al chico. El muchacho dejó su vaso y se sentó. —Ahora ponga la mano izquierda entre esos dos clavos para que pueda atársela donde corresponda. Así, muy bien. Bueno, ahora le ataré la mano a la mesa. Puso el cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente a los clavos. Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado, al muchacho le era imposible despegar la mano de la mesa, pero podía mover los dedos. —Por favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que dejar ese dedo alargado sobre la mesa. ¡Excelente! ¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el encendedor con su mano derecha..., pero ¡espere un momento, por favor! Fue hacia la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso junto a la mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.
—¿Preparados? —dijo—. Señor arbitro, puede dar la orden de comenzar. La inglesa estaba de pie, justo detrás del muchacho, sin decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse, con el encendedor en la mano derecha mirando el cuchillo. El hombrecillo me miraba. —¿Está preparado? —le pregunté al muchacho. —Preparado. —¿Y usted? —al hombrecillo. —Preparado también. Levantó el cuchillo al aire y lo colocó a cierta distancia del dedo del chico, dispuesto a cortar. El muchacho le observaba sin mover un miembro de su cuerpo. Simplemente frunció las cejas y le miró ceñudamente. —Muy bien —dije yo—, empiecen. El muchacho me hizo una petición antes de comenzar: —¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor. —Sí, lo haré. Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta. —¡Uno! —dije yo. No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender. Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha. —¡Dos! El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor. —¡Tres! —¡Cuatro! —¡Cinco! —¡Seis! —¡Siete! Desde luego era un mechero de los que funcionan a la perfección. La piedra chisporroteó y la mecha se encendió. Observé el pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa. El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de pulgar, este dedo lo hacía todo. Respiré, dispuesto a decir ocho. El pulgar accionó la rueda, la piedra chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.
—¡Ocho! —dije yo al tiempo que se abría la puerta. Nos volvimos todos a la vez y vimos a una mujer en la puerta, una mujer pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que se precipitó gritando: —¡Carlos, Carlos! Le agarró la muñeca y le cogió el cuchillo, lo arrojó a la cama, aferró al hombrecillo por las solapas de su traje blanco y lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo aprisa y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan fuerte que no se le podía ver. Se convirtió en una línea difusa y móvil como el radio de una rueda. Cuando paró y volvimos a ver al pequeño hombrecillo, ella le dio un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara de un muñeco. El se sentó en el borde y cerró los ojos, moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el cuello. —Lo siento —dijo la mujer—, siento mucho que haya pasado esto. Hablaba un inglés bastante correcto. —Es horrible —continuó ella—. Supongo que todo ha ocurrido por mi culpa. Le he dejado solo durante diez minutos para lavarme el cabello y ha vuelto a hacer de las suyas. Se la veía disgustada y preocupada. El muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La inglesa y yo no decíamos ni una palabra. —Es una seria amenaza —dijo la mujer—. Donde nosotros vivimos ha cortado ya cuarenta y siete dedos a diferentes personas y ha perdido once coches. Últimamente le amenazaron con quitarle de en medio. Por eso lo traje aquí. —Sólo habíamos hecho una pequeña apuesta —murmuró el hombrecillo desde la cama. —Supongo que habrá apostado un coche —dijo la mujer. —Sí —contestó el cadete—, un Cadillac. —No tiene coche. Ese es el mío, y esto agrava las cosas —dijo ella—, porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo siento muchísimo. Parecía una mujer muy simpática. —Bueno —dije yo—, aquí tiene la llave de su coche. La puse sobre la mesa. —Sólo estábamos haciendo una pequeña apuesta —murmuró el hombrecillo. —No le queda nada que apostar —dijo la mujer—, no tiene nada en este mundo, nada. En realidad, yo se lo gané todo hace ya muchos años. Me llevó mucho, mucho tiempo, y fue un trabajo muy duro, pero al final se, lo gané todo. Miró al muchacho y sonrió tristemente. Luego alargo la mano para coger la llave que estaba encima de la mesa. Todavía ahora recuerdo aquella mano: sólo le quedaba un dedo y el pulgar.
JALEA REAL Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
—Me tiene deshecha de angustia, Albert, de veras —dijo la señora Taylor con la mirada puesta en la criatura totalmente inmóvil a la que acunaba con el brazo izquierdo—. Sé que algo va mal, lo sé. La tez de la niñita tenía algo de translúcido, de nacarado, y la piel se veía muy tersa sobre los huesos. —Pruébalo otra vez —dijo Albert Taylor. —No servirá de nada. —Tienes que insistir, Mabel —dijo el marido. Ella extrajo el biberón de la cacerola de agua caliente y, sacudiéndolo, se echó unas gotas en el envés de la muñeca, para comprobar la temperatura. —Vamos, vamos, mi niña"—susurró—, despierta y toma un poquito más. Una pequeña lámpara puesta encima de la mesa cercana irradiaba un tenue resplandor amarillo alrededor de la madre. —Por favor —exhortó ésta—, sólo un poquitín más. El señor Taylor la miraba por encima de la revista que estaba leyendo. Estaba medio muerta de agotamiento, advirtió, y su pálido rostro ovalado, de ordinario tan grave y sereno, había adquirido una expresión como tensa y desolada. Pero, aun así, la postura de la cabeza, inclinada para observar a la niña, resultaba de una curiosa belleza. —¿Lo ves? —musitó—. Es inútil. No lo quiere. Alzó la botella hacia la luz y con el ceño fruncido estudió la escala de medidas. —Otra vez treinta gramos. No ha tomado más. Ca, ni siquiera eso. Han sido sólo veinte gramos. Esto no basta para sacar adelante a una criatura) Albert, te lo digo yo. Me tiene deshecha de angustia. —Lo sé —repuso el marido. —Si por lo menos descubriesen qué es lo que ocurre. —No ocurre nada, Mabel. Es simple cuestión de tiempo. —Claro que ocurre algo.
—El doctor Robinson sostiene que no. —Mira —replicó ella al tiempo que se levantaba—, no irás a decirme que es normal que una niña de seis semanas pese el disparate de un kilo menos que cuando nació. ¡No tienes más que mirarle las piernas! ¡No son sino piel y hueso! La diminuta criatura seguía postrada e inmóvil en el brazo de la madre. —El doctor Robinson te pidió que dejaras de preocuparte, Mabel. Y lo mismo dijo aquel otro médico. —¡Ja! —exclamó ella—. ¿No es maravilloso? ¡Que dejé de preocuparme! —Por favor, Mabel... —¿Y qué quieres que haga? ¿Que me lo tome como si fuera una especie de chiste? —El no dijo eso. —¡Detesto a los médicos! ¡A todos ellos! —estalló la mujer. Y, vuelta la espalda al señor Taylor, salió presurosa de la habitación, camino de la escalera, llevándose a la niña. Albert Taylor permaneció donde estaba y la dejó marchar. Un instante más tarde la oía caminar de un lado para otro en la alcoba, justo encima de su cabeza, con pasos nerviosos y rápidos que hacían resonar el linóleo del suelo. Pronto se detendrían las pisadas y entonces él habría de levantarse y subir, y cuando entrase en el cuarto la encontraría sentada, como de costumbre, junto a la cuna con la mirada fija en la niña, llorando en silencio y sin consentir en moverse. —Se muere de inanición, Albert —le diría. —Pues claro que no. —Se va a morir de inanición. Lo sé. Y sé algo más. —¿Qué? —Creo que tú piensas lo mismo, sólo que no quieres reconocerlo, ¿no es así? Todas las noches la misma escena. La semana anterior habían vuelto con la niña al hospital, donde el médico, después de un esmerado examen, dijo que no le ocurría nada. —Nos ha costado nueve años tener esta hija, doctor —declaró Mabel—. Si algo le ocurriese, creo que me costaría la vida. Hacía seis días de aquello, y en ese intervalo la pequeña había perdido casi un cuarto de kilo más. Pero atribularse no beneficiaría a nadie, se dijo Albert Taylor. En cosas de aquella naturaleza no quedaba más solución que confiar en el médico. Y, recuperando la revista que tenía todavía en el regazo, se puso a examinar distraídamente el índice de materias, para ver qué ofrecía aquella semana. Entre las abejas en mayo Cocina a base de miel
El apicultor y la farmacopea apícola Experimentos en el control de nosema Esta semana en el apiario Lo último sobre la jalea real Los poderes curativos del propóleos Regurgitaciones Cena anual de los apicultores británicos Noticias de la Asociación Albert Taylor se había sentido fascinado toda su vida por cuanto se refiriese a las abejas. De chico solía atraparlas con las mismas manos, y luego corría a casa para enseñárselas a su madre, y a veces se las ponía él en la cara y dejaba que le corriesen por las mejillas y el cuello sin que, cosa sorprendente, le picaran jamás. Al contrario: las abejas parecían encantadas de estar con él; nunca intentaban volar y escaparse, y para librarse de ellas tenía que apartarlas con suaves movimientos de los dedos; y aun así a menudo volvían para posársele otra vez en un brazo, en la mano o en una rodilla, o en cualquier parte donde tuviera desnuda la piel. Su padre, albañil de profesión, afirmaba que debía de haber en el niño un hedor como de brujo, algo malsano que le escapaba por los poros, y que eso de hipnotizar insectos no podía traer nada bueno. Su madre, en cambio, sostenía que era un don del Señor, e incluso llegó a compararle con san Francisco y sus pájaros. Al crecer, su fascinación por las abejas tornóse obsesión, y antes de cumplir los doce años había construido su primera colmena. Al año siguiente tuvo lugar la captura de su primer enjambre y dos años después, al cumplir los catorce, contaba con nada menos que cinco abejares dispuestos en pulcra fila junto a la valla del pequeño traspatio de su padre, y acometía ya —aparte de la normal recolección de la miel— el delicado y complejo menester de criar sus propias reinas, implantar las larvas en celdillas artificiales y todo lo demás. Jamás tenía que recurrir al humo para manipular en el interior de las colmenas, ni había de ponerse guantes o protegerse con red la cabeza. Existía, a todas luces, una extraña simpatía entre el muchacho y las abejas, y abajo, en el pueblo, empezaban a hablar de él en tiendas y tabernas con cierto respeto, y su casa comenzó a ser visitada por gente deseosa de comprarle su miel. A la edad de dieciocho años había arrendado un acre de pastos bravíos que flanqueaban un cerezal sito en el valle, a cosa de kilómetro y medio del pueblo, y allí puso en marcha una explotación por cuenta propia. Ahora, once años más tarde, continuaba en el mismo paraje, pero en lugar de un acre de tierra tenía seis y, además de eso, doscientas cuarenta prósperas colmenas y una casita que se había construido esencialmente con sus propias manos. Habíase casado al cumplir los veinte, y ese paso, prescindiendo de que les hubiera costado más de nueve años tener descendencia, también había sido un éxito. Todo, en verdad, le había sonreído a Albert hasta que apareció aquella extraña niñita que con su negativa de nutrirse como era debido, y con sus diarias pérdidas de peso, les tenía consumidos de inquietud. Apartando los ojos de la revista se puso a pensar en la pequeña: aquella noche, por ejemplo, en que a la hora de su comida había abierto los ojos mostrándole algo que le aterró: una especie de mirada brumosa y vacua, cual si los ojos, lejos de estar unidos al cerebro, reposaran sueltos en sus cuencas, como un par de pequeñas canicas grises. ¿De veras sabían aquellos médicos lo que se decían? Se acercó un cenicero y, con ayuda de una cerilla, despacioso, se puso a limpiar de ceniza la cazoleta de la pipa.
Quedaba, desde luego, la posibilidad de llevarla a otro hospital, a uno de los de Oxford, tal vez. Podía proponérselo a Mabel, cuando subiera. Todavía le resultaba audible su ir y venir por la habitación, si bien debía de haberse puesto zapatillas, pues el ruido de las pisadas era ahora muy débil. Centró de nuevo su atención en la revista y continuó la lectura. Concluido el artículo de los «Experimentos en el control del nosema», volvió la página y acometió el siguiente: «Lo último sobre la jalea real.» Dudaba mucho que trajese algo que no conociera ya. ¿En qué consiste esa portentosa substancia llamada jalea real? Alcanzó el bote de tabaco que tenía a su lado, encima de la mesa, y sin abandonar la lectura comenzó a llenar la pipa. La jalea real es una secreción glandular que producen las abejas nodrizas para alimentar a las larvas en cuanto éstas han salido del huevo. Las glándulas faríngeas de las abejas generan esa substancia en forma muy similar a como las glándulas mamarias proveen leche en los vertebrados. Es un fenómeno de gran interés biológico, pues no se sabe de ningún otro insecto dotado de semejante función. Cosas, todas ellas, consabidas; pero, a falta de mejor ocupación, continuó leyendo. Todas las larvas de las abejas son nutridas a base de jalea real en forma concentrada durante los tres días posteriores a su salida del huevo, sí bien, rebasada esa fase, las destinadas a zánganos u obreras reciben el precioso alimento muy diluido en miel y polen. En cambio, las llamadas a convertirse en reinas son nutridas a lo largo de todo su período larval a base de una dieta concentrada de jalea real pura. De ahí el nombre de la substancia. Arriba, en la alcoba, el rumor de pasos se había interrumpido por completo. La casa estaba en silencio. Encendió un fósforo y lo aplicó a la pipa. La jalea real ha de ser una substancia de formidable poder nutritivo, pues sin más alimentación que ésa la larva de la abeja aumenta en mil quinientas veces su peso al cabo de cinco días. Probablemente fuese cierto eso, si bien, por alguna razón imprecisa, hasta ahora nunca se le había ocurrido considerar el crecimiento larval en términos de peso. Es tanto como decir que un recién nacido de tres kilos y medio llegase a pesar cinco toneladas en ese lapso. Albert Taylor se detuvo y releyó la frase. Es tanto como decir que un recién nacido de tres kilos y medio... —¡Mabel! —exclamó al tiempo que se ponía en pie de un salto—. ¡Mabel! ¡Baja! Salió al zaguán y, deteniéndose al pie de la escalera, repitió la llamada. No obtuvo respuesta. Subió corriendo la escalera y encendió la luz del pasillo. La puerta del dormitorio estaba cerrada. Cruzó el pasillo, la abrió y se quedó en el vano escudriñando la oscuridad del cuarto. —Mabel, baja un momento, ¿quieres? —repitió—. Se me acaba de ocurrir una pequeña idea. Es sobre la niña.
La luz procedente del corredor proyectaba sobre la cama un tenue resplandor que le permitió entrever a su esposa, la cual, tendida boca abajo, con el rostro hundido en la almohada y los brazos cruzados sobre la cabeza, estaba llorando una vez más. —Mabel —dijo en tanto se acercaba y le tocaba el hombro—, baja un instante, por favor. Puede ser importante. —Vete —respondió ella—. Déjame en paz. —¿No quieres que te cuente lo que se me ha ocurrido? —Oh, Albert, estoy cansada de verdad —sollozó—. Tanto, que ya ni sé lo que hago. Creo que no puedo más. Creo que no puedo aguantarlo. Siguió una pausa. Albert Taylor se apartó de su esposa y se acercó a paso lento a la cuna, donde reposaba la niña, y orientó hacia ella la mirada. La oscuridad no le permitía ver el rostro de la pequeña; pero, como se inclinara mucho sobre ella, alcanzó a percibir el ruido de su respiración, muy débil y rápida. —¿A qué hora le vuelve a tocar biberón? —A las dos, supongo. —¿Y el próximo? —A las seis de la mañana. —Los dos corren de mi cuenta. Tú te vas a dormir. Ella no respondió. —Te acuestas como es debido, Mabel, y te dedicas a dormir, ¿me has entendido? Y deja ya de preocuparte. Yo me quedo a cargo de todo durante las próximas doce horas. Si continúas así, vas a sufrir una crisis nerviosa. —Sí —dijo ella—, ya lo sé. —Ahora mismo me traslado a la otra habitación con la mocosa y el despertador, y tú te tumbas en la cama, dejas los músculos en reposo y te olvidas por completo de nosotros, ¿de acuerdo? A todo eso empujaba ya la cuna fuera del cuarto. —Oh, Albert —sollozó ella. —No te preocupes de nada. Déjalo en mis manos. —Albert... —¿Sí? —Te quiero, Albert. —Y yo a ti, Mabel. Y ahora, a dormir. Albert Taylor no volvió a ver a su esposa hasta la mañana siguiente, cerca de las once. —¡Cielo santo! —gritó ella en tanto se lanzaba escaleras abajo, todavía en bata y zapatillas—. ¡Albert! Pero ¿te has dado cuenta de lo tarde que es? ¡He dormido doce horas por lo menos! ¿Está todo en orden? ¿Cómo ha ido?
El estaba sentado apaciblemente en su sillón, la pipa entre los labios, leyendo el periódico de la mañana. La niña dormía en una especie de cuco puesto en el suelo, a sus pies. —Hola, cariño —la saludó él sonriente. La señora Taylor corrió hacia el canastillo y se quedó mirando. —¿Ha querido el biberón, Albert? ¿Cuántas veces se lo has dado? Le tocaba otro a las diez, ¿lo sabías? Albert Taylor dobló el diario en cuidadoso rectángulo y lo dejó sobre la mesita auxiliar. —Se lo di a las dos de la madrugada —dijo—, y no tomó más que quince gramos. Luego, a las seis, fue un poco mejor: sesenta gramos... —¡Sesenta gramos! ¡Oh, Albert, es fantástico! —Y el último lo hemos despachado hace diez minutos. Ahí lo tienes, en la repisa de la chimenea. Se ha tomado noventa gramos; sólo ha dejado treinta. ¿Qué me dices? Sonreía orgulloso, entusiasmado con su hazaña. Su esposa se arrodilló al momento, para observar a la niña. —¿Verdad que tiene mejor aspecto? —dijo afanoso—. ¿No se le ve más gordita la cara? —Parecerá una tontería —repuso ella—, pero yo así lo creo. ¡Oh, Albert, eres una maravilla! ¿Cómo lo has conseguido? —Está saliendo del bache —contestó él—; eso es todo. Tal como pronosticó el médico, está saliendo del bache. —Dios quiera que tengas razón, Albert. —Claro que la tengo. En adelante vas a ver cómo progresa. Su esposa miraba enternecida a la niña. —Tú también tienes mejor aspecto, Mabel. —Me siento de maravilla. Lamento lo de anoche. —Sigamos así de ahora en adelante: yo me cuido de los biberones nocturnos, y por el día se los das tú. Apartó ella los ojos de la cuna y le miró con ceño. —No —dijo—. Oh, no, no puedo permitirlo. —No quiero que acabes con una crisis, Mabel. —No hay peligro, ahora ya he descansado un poco. —Es preferible que lo compartamos. —No, Albert, esa tarea me corresponde a mí y quiero cumplirla. Lo de anoche no se repetirá. Se produjo una pausa. Albert Taylor se quitó la pipa de entre los labios y examinó el contenido de la cazoleta.
—Conforme —dijo—. En tal caso, te descargaré del trabajo pesado: la esterilización, la mezcla de los biberones y todos los preparativos. Está claro que será una ayuda para ti. Ella le observó con atención, preguntándose qué le habría dado de pronto. —Sabes, Mabel, lo he estado pensando y... —Sí, cielo... —He estado pensando que hasta anoche no te he ayudado lo que se dice nada con la pequeña. —No es verdad. —Sí que lo es. De manera que he decidido cargar en adelante con mi parte del trabajo. Los biberones los preparo y esterilizo yo, ¿de acuerdo? —Es muy amable por tu parte, cariño, pero verdaderamente no creo que sea necesario... —¡Vamos, mujer! —exclamó él—. ¿Es que quieres cambiar la suerte? Los tres últimos los he dispuesto yo y... ya ves el resultado. ¿A qué hora le toca el próximo? A las dos, ¿no? —Eso es. —Pues ya lo tienes preparado —repuso él—. Todo preparado y listo para que, cuando llegue la hora, no tengas más que cogerlo del estante, en la despensa, y calentárselo. ¿No representa eso un alivio? La señora Taylor se puso en pie, acercóse a su marido y le besó en la mejilla. —Qué bueno eres —le dijo—. Cuanto más te conozco, más te quiero. Más adelante, mediada la tarde, encontrándose Albert en el exterior, trabajando al sol entre las colmenas, la oyó vocear desde la casa: —¡Albert! ¡Albert, ven! Y la vio correr a su encuentro por entre los ranúnculos. Con lo cual emprendió carrera hacia ella preguntándose qué habría sucedido. —¡Oh, Albert! ¡Adivina lo que ha pasado! —¿Qué? —Acabo de darle el biberón de las dos y... ¡se lo ha tomado todo! —¡No! —¡Hasta la última gota! ¡Oh, Albert, estoy tan contenta! ¡La niña va a recuperarse! Como dijiste, está saliendo del bache. Llegada frente a él, le echó los brazos al cuello y le estrechó contra sí. Su marido le dio unas palmaditas en la espalda, rió y dijo que era una madre maravillosa. —Cuando le toque el próximo, ¿querrás entrar a verla, por si lo repite? Como él le asegurara que no se lo perdería por nada del mundo, ella le abrazó de nuevo, dio media vuelta y echó a correr hacia la casa saltando sobre la hierba y cantando mientras regresaba.
Como es natural, flotaba en el aire cierta expectación según se acercaba la hora del biberón de las seis: a las cinco y media los padres se hallaban ya sentados en la salita, a la espera del momento. La botella con el preparado lácteo estaba en una cacerola de agua caliente, en la repisa de la chimenea. La pequeña dormía en su canastilla, puesta en el sofá. A las seis menos veinte se despertó y se puso a chillar a grito pelado. —¡Ahí lo tienes! —exclamó la señora Taylor—. Reclama el biberón. Rápido, Albert, ve a por ella y pásamela. Dame antes la botella. Se la entregó y a continuación le acomodó a la niña en el regazo. Como ella le .rozara cautelosa los labios con la punta de la tetilla, la pequeña la atrapó entre las encías y se puso a succionar vorazmente, con rápidas y enérgicas chupadas. —Oh, Albert, ¿no es maravilloso? —exclamó riendo la madre. —Es formidable, Mabel. En cosa de siete u ocho minutos la niña había despachado todo el contenido de la botella. —Picarona —le dijo la señora Taylor—. Otra vez los ciento veinte gramos. Albert Taylor, que observaba a la niña desde su sillón, con el cuerpo inclinado y la mirada fija en la carita, dijo: —¿Sabes qué? Hasta parece que ya ha ganado un poco de peso. ¿Qué piensas tú? La madre miró a la criatura. —¿No la encuentras mayor y más gordita que ayer, Mabel? —Puede ser, Albert. No estoy segura. Aunque la verdad es que en tan poco tiempo no puede haberse producido ningún cambio verdadero. Lo importante es que se alimenta con normalidad. —Ya ha salido del bache —dijo él—. No creo que tengas que preocuparte más. —Como que no lo haré. —¿Quieres que suba y que vuelva a poner la cuna en la alcoba, Mabel? —Sí, por favor. Albert se dirigió al piso alto y trasladó la cuna. Su esposa le siguió con la niña y, después de haberle cambiado el pañal, la tendió amorosamente en su camita y la arropó con sábana y manta. —¿Verdad que está preciosa, Albert? —musitó—. ¿No es la niña más linda que hayas visto en tu vida? —Déjala tranquila ahora, Mabel —dijo él—, y baja a preparar un poco de cena, que los dos nos la hemos ganado. Concluida la comida, se instalaron cada uno en un sillón, en la salita, él con su revista y su pipa, la señora Taylor con su trabajo de punto. El cuadro, sin embargo, era bien distinto del de la víspera. De repente, todas las tensiones se habían disipado. El bello rostro ovalado de la señora Taylor irradiaba contento: sonrosadas las mejillas, los ojos fulgentes de brillo; su boca tenía una sonrisita soñadora, de pura dicha. Una vez y otra apartaba de la labor la
mirada y contemplaba con afecto a su marido. Y a ratos, interrumpiendo un instante el entrechocar de las agujas, se quedaba quieta, dirigía la vista hacia el techo y aguzaba el oído, al acecho de un llanto, de una queja en el piso alto. Pero todo estaba en silencio. —Albert —dijo pasado un rato. —¿Sí, cariño? —Anoche, cuando subiste a toda prisa al dormitorio, ¿qué querías decirme? Hablaste de una idea en relación con la niña. Albert Taylor, con la revista apoyada en el regazo, le dirigió una mirada larga y artera. —¿Eso dije? —Sí —respondió ella, a la espera de que continuase; pero él no lo hizo—. ¿Dónde está el chiste? —preguntó—. ¿Por qué esa sonrisa? —Es que verdaderamente es un chiste. —Cuenta, mi vida. —No estoy seguro de que deba hacerlo. Podrías tacharme de mentiroso. Pocas veces le había visto ella tan satisfecho de sí; y, para animarle a hablar, sonrió a su vez. —Pero la verdad, Mabel, es que me gustaría ver la cara que pones, cuando te enteres. —Albert, ¿qué pasa aquí? Contrario a que le apremiaran, hizo una pausa. —Tú consideras que la niña va mejor, ¿verdad? —dijo por fin. —Claro que sí. —Y convendrás conmigo en que, de la noche a la mañana, se siente de maravilla y su aspecto es enteramente otro... —Sí, Albert, sí. —Estupendo —añadió, la sonrisa todavía más amplia—. Pues, ¿sabes?, ha sido cosa mía. —¿El qué? —Que yo he curado a la niña. —Sí, cariño, estoy segura de ello —repuso la señora Taylor mientras reemprendía su labor. —No me crees, ¿verdad? —Naturalmente que sí, Albert. Y te concedo todo el mérito, lo que se dice todo. —Bien, ¿pues cómo lo logré?
—Bueno... —la señora Taylor hizo una breve pausa, para reflexionar—, supongo que se trata, simplemente, de que eres muy hábil preparando biberones. Desde que lo haces tú, la niña no ha dejado de mejorar. —¿Quieres decir que eso tiene una especie de arte? —Salta a la vista —repuso ella según continuaba con el punto y, sonriendo para sí, pensaba en lo cómicos que son los hombres. —Te revelaré un secreto: has acertado de pleno. Aunque, no vayas a creer, lo importante no es tanto la forma de preparar los biberones, como lo que se pone en ellos. Lo ves claro, ¿no, Mabel? La señora Taylor interrumpió su labor y dirigió a su esposo una mirada penetrante. —Albert, no me irás a decir que has estado poniéndole cosas en la leche a la niña... El continuaba con su sonrisa. —Bueno, ¿lo has hecho o no lo has hecho? —Es posible. —No te creo. Exhibía una extraña, feroz manera de sonreír, que le dejaba al descubierto los dientes. —Albert, basta ya de jugar conmigo. —Sí, cariño, lo que tú digas. —No es cierto que le hayas puesto nada en la leche, ¿verdad? Contéstame de una vez, Albert. Podría ser grave, tratándose de un bebé tan pequeño. —La respuesta es sí, Mabel. —¡Albert! ¿Cómo te has atrevido, Albert...? —Vamos, no te exaltes. Te lo contaré todo, si eso es lo que quieres, pero, por amor de Dios, no pierdas la calma. —¡A que ha sido cerveza! —exclamó ella—. ¡Estoy segura de que le has puesto cerveza! —Por favor, Mabel, no seas loca. —¿Pues qué le has echado, si no? Albert dejó con cuidado la pipa sobre la mesa cercana y se retrepó en el sillón. —Dime —indagó—, ¿por casualidad me has oído hablar alguna vez de una cosa llamada jalea real? —No. —Es milagrosa, auténticamente milagrosa —continuó él—. Y anoche, de pronto, se me ocurrió que si le ponía a la niña en la leche una pequeña cantidad... —¡Has tenido la audacia...!
—Pero, Mabel, si ni siquiera sabes todavía de qué se trata... —Ni me interesa —replicó ella—. No puedes andar poniéndole a una niña tan pequeñita sustancias extrañas en la leche. Tú tienes que estar loco... —Es del todo inofensivo, Mabel, o, de lo contrario, me hubiera guardado de hacerlo. Es algo que procede de las abejas. —Debí imaginarlo. —Y es tan caro que no hay prácticamente nadie que pueda permitirse su consumo, como no sea alguna gotita de vez en cuando. —¿Y cuánto le has dado a nuestra hija, si puede saberse? —Ah, ahí está el quid. Todo el asunto estriba en eso. Calculo que, sólo en sus últimos cuatro biberones, nuestra pequeña ha tomado como cincuenta veces toda la jalea real que persona alguna haya ingerido jamás. ¿Qué me dices de eso? —Albert, deja ya de tomarme el pelo. —Te lo juro —insistió él orgulloso. Ella se quedó mirándole de hito en hito, el ceño fruncido con la boca entreabierta. —Pero ¿tú sabes lo que cuesta eso, si uno quisiera comprarlo, Mabel? En este mismo momento, un establecimiento americano la ofrece publicitariamente a razón de quinientos dólares, más o menos, el tarro de medio kilo. ¡Quinientos dólares! ¿Te das cuenta? ¡Ni el oro resulta tan caro! Ella no sabía ni remotamente de qué le estaba hablando. —¡Te lo demostraré! —exclamó su marido. Y, poniéndose en pie de un salto, alcanzó la amplia librería donde guardaba todas sus publicaciones sobre las abejas. En su estante más alto, en pulcro rimero, se amontonaban, junto a los del British Bee Journal, Beecraft y otras revistas, los números atrasados del American Bee Journal. Tomó el último y lo abrió por su última página, que traía pequeños anuncios por palabras. —Aquí lo tienes —proclamó el señor Taylor—. Justo lo que te he dicho: «Vendemos jalea real. Al por mayor, 480 $ el tarro de cuatrocientos cincuenta gramos. Y, para que pudiera comprobarlo, le tendió la revista. —¿Me crees ahora? El anuncio es de una tienda de Nueva York, Mabel. Aquí lo dice. —Lo que no dice es que pueda uno mezclar eso en los biberones de una criatura casi recién nacida. No sé qué te ha dado a ti, Albert, de veras que no lo sé. —Pero la está curando, ¿no es así? —Ahora ya no estoy tan segura de ello. —No seas tan rematadamente tonta, Mabel. Te consta que así es. —Entonces ¿cómo es que la gente no se la da a sus hijos? —No hago más que repetírtelo: es demasiado cara. Prácticamente nadie en el mundo, como no sean unos cuantos multimillonarios, puede darse el lujo de comprar jalea real así,
para comer. La compran las grandes firman que fabrican cremas faciales y esas cosas para las mujeres; pero es pura filfa: ponen una minúscula pulgarada en un gran tarro de crema facial y la venden como el pan, a precios exorbitantes, so pretexto de que elimina las arrugas. —¿Y lo hace? —¿Cómo demonios quieres que yo lo sepa, Mabel? En cualquier caso —prosiguió en tanto regresaba a su butaca—, el asunto no es ése. El asunto está en que le ha hecho tanto bien a nuestra pequeña, y eso sólo en unas horas, que, en mi opinión, deberíamos continuar las dosis. Y no me interrumpas, Mabel. Déjame acabar. Tengo ahí fuera alrededor de doscientas cuarenta colmenas. Si destinase, pongamos, un centenar de ellas a la producción de jalea real, creo que podríamos proporcionarle a la niña tanto como pida. —Albert, por Dios —le interpeló ella, los ojos muy abiertos, la mirada fija en él—, ¿acaso te has vuelto loco? —¿Quieres dejarme terminar, por favor? —Te lo prohibo terminantemente —replicó ella—: a mi hija no le das tú ni una gota más de esa espantosa jalea, ¿lo entiendes? —Pero Mabel... —Y, prescindiendo por completo de eso, la cosecha de miel que tuvimos el año pasado ya fue fatal. Si encima te pones a enredar con esas colmenas, a saber en qué parará todo... —A mis colmenas no les pasa nada, Mabel. —Sabes de sobra que la recolección del año pasado sólo alcanzó la mitad de lo normal. —Hazme un favor, ¿quieres? —repuso él—. Déjame explicarte algunas de las maravillosas propiedades de esa sustancia. —Aún no me has dicho ni en qué consiste. —Descuida, Mabel, te lo contaré. ¿Quieres escucharme? ¿Quieres darme la oportunidad de explicártelo? La señora Taylor suspiró y tomó de nuevo su labor. —Sí, sin duda es preferible que vacíes el saco —dijo—. Adelante, Albert, cuéntame. Sin saber bien por dónde empezar, dejó él pasar un instante: no sería fácil explicar aquello a una persona que carecía por completo de conocimientos específicos sobre apicultura. —Supongo que sabrás —dijo por fin— que cada colonia no tiene más que una reina. —Sí. —Y que esa reina es la que pone todos los huevos. —Sí, cariño, eso lo sé. —Está bien. Sólo que, aunque esto lo ignores, la reina puede poner, en realidad, distintas clases de huevos. Es lo que llamamos uno de los milagros de la colmena. Puede
poner huevos que producirán zánganos, y otros que darán abejas obreras. Y si eso no es un milagro, Mabel, ya me dirás qué puede serlo. —Sí, Albert, de acuerdo. —De los zánganos, que son los machos, no nos ocuparemos. Las obreras son, todas, hembras. Como también la reina, claro está. Las obreras, sin embargo, son hembras asexuadas, no sé si me explico. Sus órganos están completamente atrofiados. La reina, en cambio, es portentosamente sexual: en rigor, puede poner en un solo día el equivalente de su peso en huevos. —Ahí se detuvo para poner en orden sus ideas—. La cosa funciona de la siguiente manera. La reina recorre el panal poniendo sus huevos en lo que llamamos las celdillas. ¿Te has fijado en esos centenares de agujerillos que tiene el panal? Pues bien, existen panales de cría, idénticos a los melíferos salvo por el hecho de que, en lugar de miel, las celdillas contienen huevos. En cada una de ellas la reina pone un huevo, y al cabo de tres días cada uno de esos huevos da un diminuto gusanillo, o lo que nosotros llamamos larva. Pues bien: tan pronto aparece la larva, las abejas nodrizas, que son obreras jóvenes, se congregan a su alrededor y se ponen a nutrirla como locas. ¿Y sabes a base de qué? —De jalea real —contestó Mabel paciente. —¡Exacto! —exclamó él—. Eso es, ni más ni menos, lo que le dan. Esa substancia la extraen de una glándula que tienen en la cabeza, y para nutrir a la larva se dedican a segregaría en las celdillas. ¿Qué ocurre entonces? Hizo una pausa teatral, fijó en ella, parpadeantes, sus ojos de un gris acuoso y volviéndose sin dejar el sillón, lentamente, alcanzó la revista que había estado leyendo la víspera. —¿Quieres saber qué ocurre entonces? —dijo en tanto se humedecía los labios. —Me muero de impaciencia. —«La jalea real —leyó él en voz alta— ha de ser una substancia de formidable poder nutritivo, pues sin más alimentación que ésa la larva de la abeja obrera aumenta en mil quinientas veces su peso al cabo de cinco días.» —¿En cuántas veces? —En mil quinientas, Mabel. ¿Sabes lo que significa eso a escala humana? Significa — bajó la voz y, adelantando el cuerpo, la asaeteó con aquellos ojos suyos, pequeños y descoloridos— que, en el transcurso de cinco días, un niño que pesara inicial-mente cinco kilos y medio acabaría pesando ¡cinco toneladas! La señora Taylor interrumpió por segunda vez su trabajo. —Bueno, tampoco has de tomarlo al pie de la letra, Mabel. —¿Quién lo dice? —Es, simplemente, un ejemplo científico, y nada más. —Está bien, Albert. Continúa. —Pero eso no es más que la mitad de la historia. No acaba ahí la cosa. Todavía no te he contado lo más asombroso de la jalea real. Ahora voy a demostrarte cómo puede convertir a una obrera vulgar y corriente, de aspecto neutro y prácticamente desprovista de órganos de reproducción, en una enorme, espléndida, bella y fértil reina.
—¿Intentas decir que nuestra pequeña es vulgar y de aspecto neutro? —indagó ella incisiva. —Vamos, Mabel, no me atribuyas cosas que no he dicho, por favor. Escucha esto. ¿Sabías que la abeja reina y la abeja obrera, aunque distintas por completo al crecer, proceden de huevos idénticos? —Eso no me lo creo. —Es tan cierto como que estoy sentado aquí, Mabel, de veras. Cuando las abejas quieren que de un determinado huevo salga una reina en lugar de una obrera, pueden conseguirlo. —¿Cómo? —Ah —dijo blandiendo su grueso dedo índice en dirección a ella—, a eso iba yo, precisamente. Ahí está todo el secreto. Veamos, ¿qué crees tú, Mabel, que puede operar ese milagro? —La jalea real —repuso ella—. Ya me lo has dicho. —¡Sí, señora, la jalea real! —exclamó él dando una palmada y saltando en el asiento. Su cara grande y redonda resplandecía ahora de entusiasmo y en lo alto de las mejillas le habían aparecido sendas rosetas de un escarlata vivo. —Ocurre de la siguiente manera. Te lo expondré con toda sencillez. Las abejas desean una nueva reina. ¿Qué hacen? Construyen una celda de tamaño extraordinario, un castillo, como le llamamos, y hacen que la vieja reina ponga un huevo en ella. Los otros mil novecientos noventa y nueve huevos los pone en celdillas corrientes, para obreras. Prosigamos. En cuanto esos huevos producen las larvas, las nodrizas se congregan a su alrededor y comienzan a suministrarles jalea real. Todas ellas, las obreras al igual que la reina, la reciben. Pero,, y aquí viene lo importante, Mabel, por lo cual te pido que escuches con atención, la diferencia está en que las larvas de las obreras se benefician de ese portentoso alimento especial sólo durante los tres primeros días de su vida larval. Pasado ese plazo, su dieta cambia de manera radical. En realidad es un destete, sólo que éste, por lo súbito, difiere de una ablactación ordinaria. Después del tercer día se les da de inmediato lo que es, más o menos, el alimento rutinario de las abejas, una mezcla de miel y polen, y cosa de dos semanas más tarde emergen de las celdillas, convertidas en obreras. »¡Pero no así la larva que ocupa el castillo! —continuó Albert Taylor—. Esa recibe la jalea real durante toda su vida larval. Las nodrizas la vierten en tal abundancia en la celda, que la pequeña larva flota, de hecho, en ella. ¡Y eso es lo que la convierte en reina! —No tienes pruebas de ello —intervino su esposa. —Mabel, por favor, no digas tonterías semejantes. Miles de personas, famosos científicos de todos los países del mundo, lo han demostrado infinidad de veces. Basta con sacar a una larva de su celdilla de obrera y ponerla en un castillo, lo que nosotros llamamos trasplante, y, a condición de que las nodrizas le suministren jalea real en abundancia, ¡listo!; pasa a convertirse en reina. Y lo que aún lo hace más maravilloso es la absoluta, enorme diferencia que existe entre reina y obreras después del crecimiento. El abdomen tiene otra forma. El aguijón es distinto. Y también las patas. Y... —¿En qué se diferencian las patas? —preguntó ella por ponerle a prueba. —¿Las patas? Bien, las obreras tienen cestillos en ellas, para transportar el polen, de los que están desprovistas las reinas. Y otra cosa: la reina posee órganos reproductores plenamente desarrollados. Las obreras, no. Y, lo más pasmoso de todo, Mabel: mientras
que la reina vive de cuatro a seis años, por término medio, las obreras apenas alcanzan otros tantos meses de vida. ¡Y todas esas diferencias por el simple hecho de que una recibió jalea real, y la otra no! —Cuesta creer que un alimento pueda hacer todo eso —comentó ella. —Desde luego que cuesta. Es otro de los milagros de la colmena. De hecho, el mayor, el más fenomenal de todos. Un milagro tan endemoniado por lo colosal, que durante siglos ha desconcertado a los científicos más eminentes. Aguarda un instante. Quédate ahí. No te muevas. De nuevo se puso en pie de un salto, alcanzó la biblioteca y empezó a revolver entre libros y revistas. —Quiero enseñarte unos cuantos informes. Eso es. Aquí tenemos uno. Escucha esto: «Cuando vivía en Toronto —empezó a leer en un número del American Bee Journal—, al frente del magnífico laboratorio científico que el pueblo de Canadá le había donado en reconocimiento del magno servicio prestado a la humanidad con su descubrimiento de la insulina, el doctor Frederick A. Banting se sintió intrigado por la jalea real. Habiendo pedido a sus ayudantes que realizasen un análisis fraccional básico...» Se detuvo. —En fin, no es necesario que te lo lea todo; pero el resultado es el siguiente. El doctor Banting y su equipo extrajeron y se pusieron a analizar jalea real de castillos habitados por larvas de dos días. ¿Y qué crees que descubrieron? Pues descubrieron —se contestó él mismo— que la jalea real contenía fenoles, esteroles, glicerinas, dextrosa y... aquí viene lo sensacional: ¡de ochenta a ochenta y cinco por ciento de ácidos no identificados. Plantado en pie junto a la librería, revista en mano, había compuesto una extraña sonrisita furtiva, de triunfo, y su esposa le miraba desconcertada. Albert Taylor no era alto; dueño de un cuerpo rollizo, de aspecto pulposo, puesto sobre abreviadas piernas un tanto combas que no lo elevaban mucho del suelo, su cabeza descomunal, rotunda, estaba cubierta de pelo muy corto e hirsuto, y, desde que había dejado definitivamente de afeitarse, la mayor parte de su cara quedaba oculta bajo una pelusa parda, de acaso tres centímetros de longitud. Comoquiera que se mirase, ofrecía el hombre una estampa bastante grotesca; era imposible negarlo. —De ochenta a ochenta y cinco por ciento de ácidos no identificados —repitió—. ¿No es prodigioso? —dijo conforme volvía a los estantes y rebuscaba entre otras publicaciones. —Eso de ácidos no identificados, ¿qué quiere decir? —¡Pues ahí está la cosa! ¡Nadie lo sabe! Ni siquiera Banting consiguió descubrirlo. ¿Has oído hablar de Banting? —No. —Pues debe de ser, con seguridad, el más famoso de cuantos médicos célebres viven todavía; no te diré más. Viéndole revolotear delante de la biblioteca, reparando en su cabeza hirsuta, su rostro velludo y su cuerpo regordete y mollar, pensó, sin poder evitarlo, que aquel hombre tenía, curiosamente, algo de abeja. Aunque había visto a más de una mujer adquirir el aspecto del caballo que montaban, y también advertido que los criadores de pájaros, bull terriers y perros pomeranios guardaban a menudo leves pero asombrosos parecidos con los animales
de su elección, nunca hasta entonces se le había ocurrido que su marido pudiera asemejarse a una abeja, y eso le produjo una pequeña sacudida. —Y esa jalea real, ¿llegó Banting a comerla? —quiso saber. —Por supuesto que no, Mabel. No disponía de ella en cantidad suficiente. Es demasiado cara. —¿Sabes una cosa? —dijo ella mirándole de hito en hito, pero, aun así, con una suave sonrisa—. No sé si lo habrás notado, pero empiezas a parecerte un poquitín a una abeja. El se volvió y fijó en ella los ojos. —Supongo que es por la barba, sobre todo —continuó la señora Taylor—. De veras me gustaría que te la quitaras. Hasta su color resulta un poco abejuno, ¿no te parece? —¿De qué demonios estás hablando, Mabel? —Albert —le increpó ella—, esa lengua... —¿Quieres o no quieres seguir enterándote de esto? —Sí, cariño, perdona. Era sólo una broma. Continúa. Volviendo a su posición de antes, sacó él de la librería una nueva revista que se puso a hojear. —Escucha esto, Mabel. «En 1939, tras un experimento realizado con ratas de veintiún días de edad a las que inyectó jalea real en proporciones oscilantes, Heyl observó un precoz desarrollo folicular de los ovarios en proporción directa a las dosis inyectadas.» —¡Ahí lo tienes! —exclamó la señora Taylor—. ¡Lo sabía! —¿Qué sabías? —Que algo horrible iba a suceder. —Bobadas. No hay nada de malo en eso. Y aquí tenemos otro, Mabel. «Still y Burdett descubrieron que, tras serle administrada una minúscula dosis diaria de jalea real, un ratón previamente incapaz de procrear fue padre multitud de veces.» —¡Albert, esa" cosa es demasiado fuerte para dársela a un niño de pecho! —protestó la mujer—. ¡No me gusta ni pizca! —Tonterías, Mabel. —¿Por qué, si no, la experimentan sólo en ratas? Anda, contéstame. ¿Cómo es que no la toman ellos mismos, esos famosos hombres de ciencia? Pues porque son demasiado inteligentes, ésa es la razón. ¿O piensas que el doctor Banting se arriesgaría a dejar inservibles unos valiosos ovarios? De ningún modo. —Pero si se la han administrado a seres humanos, Mabel. Aquí viene todo un artículo sobre ello. Presta atención. —Y, vuelta la página, reemprendió su lectura en voz alta—: «En México, en 1953, un grupo de ilustrados científicos comenzó a tratar con minúsculas dosis de jalea real afecciones tales como la neuritis cerebral, la artritis, la diabetes, la autointoxicación debida al tabaco, la impotencia masculina, el asma, el crup, la gota...» Sigue todo un montón de testimonios firmados... «Un famoso agente de cambio y bolsa de la Ciudad de México contrajo una soriasis particularmente rebelde que le hizo físicamente repulsivo. Sus clientes empezaron a dejarle y su negocio a resentirse. Desesperado, recurrió a la jalea real, una gota en cada comida, y, visto y no visto, pasada una quincena había
sanado. Un mozo del Café Jena, también de la Ciudad de México, dio fe de que, tras ingerir, en forma de cápsulas, minúsculas dosis de esa portentosa substancia, su padre engendró, a sus noventa años, un varoncito rebosante de salud. Un promotor taurino de Acapulco a quien habían endosado un toro de aspecto más bien letárgico, le inyectó, justo antes de que entrase en el ruedo, un gramo de jalea real (dosis excesiva), con lo cual el astado tornóse tan ágil y agresivo, que al poco había dado cuenta de dos picadores, tres caballos, un diestro y, por último...» —¡Escucha! —le interrumpió su esposa—. Creo que la niña está llorando. Albert apartó la mirada de la lectura. En efecto, -un vigoroso berreo sonaba arriba, en la alcoba. —Debe de tener hambre —apuntó. —¡Válgame Dios! —exclamó su esposa al consultar el reloj—. ¡Si hace rato que volvía a tocarle! Rápido, Albert, prepara tú el biberón mientras yo voy a buscarla. ¡Pero date prisa! No quiero hacerla esperar. Medio minuto más tarde, la señora Taylor reaparecía con la niña, que gritaba en sus brazos. Todavía no habituada al pavoroso e incesante alboroto que un bebé saludable organiza cuando reclama su alimento, venía toda aturdida. —¡De prisa, Albert, por favor! —voceaba en tanto que, instalándose en el sillón, se acomodaba a la niña en el regazo—. ¡De prisa! Albert volvió de la cocina con la botella de leche tibia, que le entregó. —Tiene la temperatura justa —dijo—, no hace falta que la pruebes. Tras alzar un poco más a la niña, de manera que la cabeza reposase en el ángulo del brazo, la señora Taylor insertó de golpe en la boquita gritona y anhelantemente abierta la tetilla de goma, que la pequeña asió y comenzó a succionar. Cesó la protesta y la señora Taylor aflojó los músculos. —Oh, Albert, ¿no está preciosa? —Está imponente, Mabel..., gracias a la jalea real. —Por favor, cariño, ni una palabra más sobre ese mejunje. Me aterra. —Cometes un tremendo error. —Ya lo veremos. La niña seguía chupando del biberón. —Creo que se lo va a terminar todo otra vez, Albert. —Estoy convencido de ello. Pasados unos pocos minutos, no quedaba ni gota de leche. —¡Oh, qué buenecita es la niña! —la jaleó la señora Taylor comenzando a retirarle con todo cuidado la tetilla. Percibiendo la intención, la niña succionó con más fuerza en su intento de aferrarse. La madre dio un tirón breve y rápido y la tetilla salió con un «¡plop!»
—¡Buah, buah, buah, buah! —chilló la pequeña. —Ha tragado aire, pobrecita —dijo la señora Taylor mientras, aupada la niña al hombro, le daba palmaditas en la espalda. La pequeña eructó dos veces en rápida sucesión. —Eso es, tesoro mío, ya se te ha pasado. Tras unos segundos de silencio, recomenzó el llanto. —Hazla eructar más —dijo Albert—. Se lo ha tomado demasiado de prisa. Su esposa se volvió a colocar a la niña sobre el hombro y se puso a frotarle la espalda. Probó sobre el hombro contrario. Se la tendió en la falda, boca abajo. Se la sentó en la rodilla. Pero no hubo más eructos. Los chillidos, en cambio, se iban haciendo más agudos e insistentes minuto a minuto. —Eso es bueno para los pulmones —dijo el marido, con una amplia sonrisa—. Así es como los ejercitan. ¿Lo sabías, Mabel? —Ya está, ya está, ya está bien —decía la señora Taylor en tanto cubría de besos la cara de la criatura—. Ya está, mi niña, ya está. Esperaron cinco minutos más, pero los chillidos no cesaron ni un instante. —Cámbiale el pañal —aconsejó Albert—. Lo tiene mojado, no es más que eso. Y fue a la cocina en busca de otro pañal, que la madre sustituyó por el viejo. La operación no produjo cambio alguno. —¡Buah, buah, buah, buah! —gritaba la niña. —No le habrás clavado el imperdible, ¿verdad, Mabel? —Claro que no —replicó ella, al tiempo que palpaba bajo el pañal, para cerciorarse. Sentados uno frente a otro en sus respectivas butacas, sonreían nerviosos, atentos a la pequeña, ahora en el regazo de la señora Taylor, a la espera de que, fatigada, interrumpiese sus protestas. —¿Sabes qué pienso? —dijo por fin Albert Taylor. —¿Qué? —Que todavía tiene hambre. Apuesto a que sólo quiere otro trago de ese biberón. ¿Y si le trajera una ración extra? —No me parece prudente, Albert. —Le hará bien —dijo él conforme se levantaba de la butaca—. Voy a calentarle otro poco. Y se dirigió a la cocina, de donde regresó, pasados varios minutos, con un biberón colmado hasta el borde. —Se lo he preparado doble —anunció—, por si acaso: doscientos gramos.
—¡Albert! ¿Te has vuelto loco? ¿Acaso ignoras que el exceso de nutrición es tan malo como el defecto? —No es preciso que se lo des todo, Mabel. Puedes quitárselo cuando te parezca oportuno. Anda —la animó inclinándose sobre ella—, dale un poco. En cuanto la señora Taylor rozó el labio superior de la niña con la punta de la tetilla, la diminuta boca se cerró sobre ella como un cepo y el silencio reinó en la estancia. La pequeña aflojó todo el cuerpo y una expresión de absoluta felicidad animó su rostro conforme iniciaba la succión. —¿Lo ves, Mabel? ¡Qué te decía! La mujer no respondió. —Está hambrienta, eso es lo que le ocurre. ¡Fíjate en su manera de chupar! La señora Taylor observaba el nivel de la leche del biberón. En rápido descenso, casi la mitad de los doscientos gramos habían desaparecido al poco tiempo. —Listo —dijo la mujer—. Ya basta. —No puedes quitárselo ahora, Mabel. —Sí, cariño. Es preciso. —Anda, mujer, dale lo que queda y deja ya de alborotar. —Pero Albert... —Si es que está muerta de hambre, ¿no lo ves? Vamos, preciosa mía, acábate ese biberón. —Esto no me gusta, Albert —dijo la esposa, aunque sin retirar el biberón. —Está recuperándose del atraso, Mabel, no es más que eso. Cinco minutos más tarde, la botella- estaba vacía. Esta vez, cuando le quitó poco a poco la tetilla, no hubo protesta alguna por parte de la niña: ni rechistó. Tendida plácidamente en el regazo de la madre, tenía los ojos lustrosos de contento, la boca entreabierta, los labios manchados de leche. —¡Trescientos gramos nada menos, Mabel! —ponderó Albert Taylor—. ¡El triple de lo normal! ¿No es pasmoso? La mujer tenía fija la mirada en la pequeña. Prieta la boca, su rostro comenzaba a recuperar de pronto la antigua e inquieta expresión de madre alarmada. —¿Qué te pasa? —quiso saber su esposo—. No irás a preocuparte por eso, ¿verdad? Esperar que se recuperase a base de cien miserables gramos sería ridículo. —Ven aquí, Albert. —¿Qué ocurre? —Que vengas, te digo. El marido fue a situarse junto a ella. —Mírala bien y dime si ves algo distinto. El señor Taylor examinó con atención a la niña.
—Parece más crecida, Mabel, si a eso te refieres. Y más gorda. —Tómala en brazos —ordenó ella—. Venga, levántala. Alargó él los brazos y alzó del regazo materno a la pequeña. —¡Santo cielo! —exclamó—. ¡Pesa una tonelada! —Justo. —¿Y no te parece maravilloso? —exclamó exultante—. ¡Apuesto a que ya vuelve a estar en su peso! —Me asusta, Albert. Es demasiado rápido. —Tonterías, mujer. —Es cosa de esa jalea repugnante. La aborrezco.—La jalea real nada tiene de repugnante —replicó él, indignado. —¡No seas necio, Albert! ¿Te parece a ti normal que una criatura empiece a ganar peso a esa velocidad? —¡Nunca estás contenta! —protestó él—. ¡Estabas muerta de miedo cuando te adelgazaba y ahora te aterra que engorde! ¿Quién te entiende a ti, Mabel? La señora Taylor se levantó del sillón con la niña en brazos, y se dirigió hacia la puerta. —Sólo te diré —respondió por fin— que tiene suerte la chiquilla de que esté yo aquí para vigilar que no le des más cosa de esa. No diré más. Y salió de la habitación. Albert, como la puerta quedase abierta, la siguió con la mirada conforme cruzaba ella el zaguán hacia el pie de la escalera e iniciaba el ascenso. Así vio que, llegada al tercer o cuarto peldaño, su esposa se paraba en seco y por espacio de unos segundos se quedaba inmóvil, como recordando algo. Por fin volvió sobre sus pasos, ahora un tanto apresurada, y entró de nuevo en la sala. —Albert —dijo. —¿Sí? —Doy por sentado que en los biberones que acabamos de darle no había jalea real... —No veo por qué habrías de dar eso por sentado, Mabel. —¡Albert! —¿Qué pasa? —respondió suave, inocente. —¡Cómo te has atrevido! —-le increpó ella. La gran cara barbuda de Albert Taylor cobró una expresión dolorida y desconcertada. —Considero que tendrías que estar muy contenta de que se haya metido otra buena dosis entre pecho y espalda. Lo digo en serio. Porque ésta, Mabel, era una señora dosis, puedes creerme. Plantada en pie en el mismo vano de la puerta, con la niña dormida y prietamente abrazada, ella miraba a su marido con ojos como platos. Muy tiesa, el rostro más pálido y .la boca más comprimida que nunca, estaba lo que se dice rígida de furor.
—Toma nota de lo que digo —continuó Albert—: pronto vas a tener una mocosilla que te ganará el primer premio en cualquier concurso de bebés de todo el país. Oye, ¿por qué no la pesas ya y ves cuánto da? ¿Quieres que te vaya a buscar la balanza, Mabel, y lo compruebas? La mujer marchó derecho hacia la gran mesa que ocupaba el centro de la habitación, depositó en ella a la niña y se puso a desnudarla a toda prisa. —¡Sí! —replicó incisiva—. ¡Trae la balanza! Retirados primero el minúsculo camisón, luego la camisetita, desprendió el pañal y, quitado éste, la pequeña quedó desnuda encima de la mesa. —¡Pero Mabel, si es un milagro! —exclamó Albert—. ¡Está gordita como un cachorrillo! En efecto, era asombrosa la cantidad de carne que la niña había adquirido en un solo día. El pechito hundido que antes mostraba todo el costillar aparecía ahora regordete y redondo como un tonel, y la barriguita formaba, también, una abultada prominencia. En cambio, y curiosamente, piernas y brazos no parecían haber crecido en igual proporción: todavía cortos, esmirriados, se hubieran dicho bastoncillos hincados en una bola de sebo. —¡Fíjate! —observó Albert—. ¡Hasta le está saliendo un poco de pelusilla en la tripita, para que la abrigue! Alargó la mano dispuesto a peinar con las yemas de los dedos el salpicado de pardos pelillos sedeños que habían aparecido súbitamente en el abdomen de la niña. —/No se te ocurra tocarla! —gritó la mujer con la cara vuelta hacia él, los ojos candentes, de pronto con el aspecto de un pajarillo belicoso, el cuello arqueado, como si se aprestara a caerle sobre la cara y saltarle los ojos. —Un momento... —dijo él en tanto retrocedía. —¡Tienes que estar loco! —chilló su esposa. —Espera un momento, ¿quieres hacerme el favor, Mabel? Porque si piensas que esa substancia es peligrosa... porque lo piensas, ¿verdad? Pues muy bien. Escúchame con atención. Me dispongo a demostrarte de una vez por todas, Mabel, que la jalea real es totalmente inofensiva para los humanos, aun en dosis enormes. Por de pronto, ¿por que crees tú que el año pasado tuvimos una cosecha de miel de tan sólo la mitad de lo normal? A ver, dime. En su retroceso, caminando de espaldas, se había alejado tres o cuatro metros de ella, hasta un punto donde parecía sentirse más a gusto. —La razón de que sólo recogiéramos la mitad de lo normal —agregó pausado, la voz más baja— es que cien de los panales los puse a producir jalea real. —¿Que tú... qué? —Ah —continuó, ahora en un susurro—, ya sabía que te iba a sorprender un poco. Y pensar que desde entonces he estado perseverando en eso en tus mismas narices... — Había vuelto hacia ella sus ojillos, que centelleaban, y una sonrisa tarda y taimada le rondaba las comisuras de la boca—. Tampoco imaginarías jamás el motivo. Y yo no me he atrevido a mencionártelo antes porque temía... en fin... cohibirte, en cierto modo. Hizo una breve pausa. Tenía enlazadas las manos ante sí a la altura del pecho, y, al restregar las palmas una contra otra, producían un rumor como de arañazos.
—¿Recuerdas lo que he leído antes? Esas líneas de la revista referentes al ratón... A ver, déjame recordar cómo lo decía... «Still y Burdet descubrieron que un ratón previamente incapaz de procrear...» —Vaciló él, se ensanchó su sonrisa, quedaron al descubierto los dientes—. ¿Coges la onda, Mabel? Ella permanecía enteramente inmóvil, enfrentada a él. —En cuanto leí esa frase, Mabel, di un brinco que me hizo saltar de la silla, y dije para mí, si da resultado con un miserable ratón no hay razón alguna en el mundo para que no lo dé con Albert Taylor. De nuevo hizo una pausa, y según adelantaba la cabeza, con una oreja ligeramente vuelta hacia su esposa, esperaba a que ésta dijese algo. Pero ella no lo hizo. —Y otra cosa —prosiguió—: me hizo sentirme tan maravillosamente bien, Mabel, tan distinto, en cierto modo, del que había sido hasta entonces, que seguí tomándola como antes aun después de que tú me anunciaras la feliz noticia. En los últimos doce meses debo de haber tomado cubos de jalea real. Los ojos de ella, grandes, graves, como alucinados, se dedicaban a recorrer ávidos el rostro y el cuello de su marido. No había a la vista la menor porción de piel en el cuello, ni siquiera en los lados o bajo las orejas. Hasta el mismo punto en que se perdía bajo el de la camisa, aparecía cubierto en toda su circunferencia por aquellos pelillos cortos, sedeños, de un negro amarillento. —Y ten por seguro —continuó mientras, volviéndole la espalda, miraba ahora amoroso a la niña— que en una criaturita surtirá mucho mayor efecto que en un hombre como yo, plenamente desarrollado. Basta mirarla para darse cuenta de que así es, ¿no piensas tú lo mismo? La mujer bajó lentamente la mirada hasta posarla en la criatura, la cual, desnuda encima de la mesa, gorda, blanca y abotargada, parecía una especie de gigantesca larva que, próxima a concluir su primera etapa vital, no tardaría en irrumpir en el mundo convenientemente provista de alas y masticadores. —¿Por qué no la cubres, Mabel? —dijo su marido—. No querrás que se nos resfríe nuestra pequeña reina...
LA PATRONA Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
Billy Weaver había salido de Londres en el cansino tren de la tarde, con cambio en Swindon, y a su llegada a Bath, a eso de las nueve de la noche, la luna comenzaba a emerger de un cielo claro y estrellado, por encima de las casas que daban frente a la estación. La atmósfera, sin embargo, era mortalmente fría, y el viento, como una plana cuchilla de hielo aplicada a las mejillas del viajero. —Perdone —dijo Billy—, ¿sabe de algún hotel barato y que no quede lejos? —Pruebe en La Campana y el Dragón —le respondió el mozo al tiempo que indicaba hacia el otro extremo de la calle—. Quizá allí. Está a unos cuatrocientos metros en esa dirección. Billy le dio las gracias, volvió a cargar la maleta y se dispuso a cubrir los cuatrocientos metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado en Bath ni conocía a nadie allí; pero el señor Greenslade, de la central de Londres, le había asegurado que era una ciudad espléndida. «Búsquese alojamiento —dijo—, y, en cuanto se haya instalado, preséntese al director de la sucursal.» Billy contaba diecisiete años. Llevaba un sobretodo nuevo, color azul marino, un sombrero flexible nuevo, color marrón, y un traje también marrón y nuevo, y se sentía la mar de bien. Caminaba a paso vivo calle abajo. En los últimos tiempos trataba de hacerlo todo con viveza. La viveza, había resuelto, era, por excelencia, característica común a cuantos hombres de negocios conocían el éxito. Los jefazos de la casa matriz se mostraban en todo momento dueños de una absoluta, fantástica viveza. Eran asombrosos. No había tiendas en la anchurosa calle por donde avanzaba, sólo una hilera de altas casas a ambos lados, idénticas todas ellas Dotadas de pórticos y columnas, y de escalinatas de cuatro o cinco peldaños que daban acceso a la puerta principal, era evidente que en otros tiempos habían sido residencias de mucho postín. Ahora sin embargo, observó Billy pese a la oscuridad, la pintura de puertas y ventanas se estaba descascarillando y las hermosas fachadas blancas tenían manchas y resquebrajaduras debidas a la incuria. De pronto, en una ventana de taños bajos brillantemente iluminados por una farola distante menos de seis metros, Billy percibió un rótulo impreso que, apoyado en el cristal de uno de los cuarterones altos, rezaba: ALOJAMIENTO Y DESAYUNO. Justo debajo del cartel había un hermoso y alto jarrón con amentos de sauce. Billy se detuvo. Se acercó un poco. Cortinas verdes (una especie de tejido como aterciopelado) pendían a ambos lados de la ventana. Junto a ellas, los amentos de sauce quedaban maravillosos. Aproximándose ahora hasta los mismos cristales, Billy echó una ojeada al interior. Lo primero que distinguió fue el alegre fuego que ardía en la chimenea. En la alfombra, delante del hogar, un bonito y pequeño basset dormía ovillado, el hocico prieto contra el vientre. La estancia, en cuanto le permitía apreciar la penumbra, estaba llena de
muebles de agradable aspecto: un piano de media cola, un amplio sofá y varios macizos butacones. En una esquina, en su jaula, advirtió un loro grande. En lugares como aquél, la presencia de animales era siempre un buen indicio, se dijo Billy; y le pareció que la casa, en conjunto, debía de resultar un alojamiento harto aceptable. Y a buen seguro más cómodo que La Campana y el Dragón. Una taberna, por otra parte, resultaría más simpática que una pensión: por la noche habría cerveza y juego de dardos y cantidad de gente con quien conversar; y además era probable que el hospedaje fuese allí mucho más barato. En otra ocasión había parado un par de noches en una taberna, y le gustó. En casas de huéspedes, en cambio, no se había alojado nunca, y. para ser del todo sincero, le asustaban una pizca. Su propio título le evocaba imágenes de aguanosos guisos de repollo, patronas rapaces y, en el cuarto de estar, un fuerte olor a arenques ahumados. Tras unos minutos de vacilación, expuesto al frío, Billy resolvió llegarse a La Campana y el Dragón y echarle un vistazo antes de decidirse. Se dispuso a marchar. Y, en ese instante, le ocurrió una cosa extraña: a punto ya de retroceder y volverle la espalda a la ventana, súbitamente y de forma en extremo singular vio atraída su atención por el rotulito que allí había. ALOJAMIENTO Y DESAYUNO, proclamaba. ALOJAMIENTO Y DESAYUNO, ALOJAMIENTO Y DESAYUNÓ, ALOJAMIENTO Y DESAYUNO. Las tres palabras eran como otros tantos grandes ojos negros que, mirándole de hito en hito tras el cristal, le sujetaran, le obligasen, le impusieran permanecer donde estaba, no alejarse de aquella casa; y, cuando quiso darse cuenta, ya se había apartado de la ventana y, subiendo los escalones que le daban acceso, se encaminaba hacia la puerta principal y alcanzaba el timbre. Pulsó el llamador, cuya campanilla oyó sonar lejana, en algún cuarto trasero; y enseguida —tuvo que ser enseguida, pues ni siquiera le había dado tiempo a retirar el dedo apoyado en el botón—, la puerta se abrió de golpe y en el vano apareció una mujer. En condiciones ordinarias, uno llama al timbre y dispone al menos de medio minuto antes de que la puerta se abra. Pero de aquella señora se hubiera dicho que era un muñeco de resorte comprimido en una caja de sorpresas: él apretaba el botón del timbre y... ¡hela allí! La brusca aparición hizo respingar a Billy. La mujer, de unos cuarenta y cinco años, le saludó apenas verle, con una afable sonrisa acogedora. —Entre, por favor —le dijo en tono agradable según se hacía a un lado y abría de par en par la puerta. Y, de forma automática, Billy se encontró trasponiendo el umbral. El impulso, o, para ser más precisos, el deseo de seguirla al interior de aquella casa, era poderosísimo. —He visto el anuncio que tiene en la ventana —dijo conteniéndose. —Sí, ya lo sé. —Andaba en busca de una habitación. —Lo tiene todo preparado, joven —dijo ella. Tenía la cara redonda y rosada, y los ojos, azules, eran de expresión muy amable. —Me dirigía a La Campana y el Dragón —explicó Billy—, pero, casualmente, me llamó la atención el cartel que tiene en la ventana. —Mi querido muchacho —repuso ella—, ¿por qué no entra y se quita de ese frío? —¿Cuánto cobra usted? —Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.
Era prodigiosamente barato: menos de la mitad de lo que estaba dispuesto a pagar. —Si lo encuentra caro —continuó ella—, quizá pudiera ajustárselo un poco. ¿Desea un huevo con el desayuno? Los huevos están caros en este momento. Sin huevo, le saldría seis peniques más barato. —Cinco chelines y seis peniques está muy bien —contestó Billy—. Me gustaría alojarme aquí. —Estaba segura de ello. Entre, entre usted. Parecía tremendamente amable: ni más ni menos como la madre de un condiscípulo, nuestro mejor amigo, al acogerle a uno en su casa cuando llega para pasar las vacaciones de Navidad. Billy se quitó el sombrero y traspuso el umbral. —Cuélguelo ahí —dijo ella—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo. No había otros sombreros ni abrigos en el recibidor; tampoco paraguas ni bastones: nada. —Tenemos toda la casa para nosotros dos —comentó ella con una sonrisa, la cabeza vuelta, mientras le precedía por las escaleras hacia el piso superior—. Muy rara vez tengo el placer de recibir huéspedes en mi pequeño nido, ¿sabe? Está un poco chalada, la pobre, se dijo Billy; pero, a cinco chelines y seis peniques por noche, ¿qué puede importarle eso a nadie? —Yo hubiera pensado que estaría usted lo que se dice asediada de demandas — apuntó cortés. —Oh, y lo estoy, querido, lo estoy; desde luego que lo estoy. Pero la verdad es que tiendo a ser un poquitín selectiva y exigente..., no sé si me explico. —Oh, sí. —De todas formas, siempre estoy a punto. En esta casa está todo a punto, noche y día, ante la remota posibilidad de que se me presente algún joven caballero aceptable. Y resulta un placer tan grande, realmente tan inmenso, cuando, de tarde en tarde, abro la puerta y me encuentro con la persona verdaderamente adecuada. Se encontraba a mitad de la escalera, y allí se detuvo, apoyando la mano en la barandilla, para volverse y ofrecerle la sonrisa de sus pálidos labios. —Como usted —concluyó al tiempo que sus ojos azules recorrían lentamente el cuerpo de Billy de la cabeza a los pies y, luego, en dirección inversa. Al alcanzar el primer descansillo, agregó: —Esta planta es la mía. Y tras subir otro piso: —Y ésta es enteramente suya —proclamó—. Su cuarto es éste. Espero que le guste. Y le condujo al interior de una reducida pero seductora habitación delantera cuya luz encendió al entrar. —El sol de la mañana da de pleno en la ventana, señor Perkins. Porque se llama usted Perkins, ¿no es así? —No, me llamo Weaver.
—Weaver. Un apellido muy bonito. He puesto una botella de agua caliente, para quitarle la humedad de las sábanas, señor Weaver. Encontrar una botella de agua caliente entre las limpias sábanas de una cama desconocida es tan placentero, ¿no le parece? Y, si siente frío, puede encender el gas de la chimenea cuando le apetezca. — Muchas gracias —respondió Billy—. Muchísimas gracias. Advirtió que la colcha había sido retirada y que el embozo aparecía pulcramente doblado a un lado: todo listo para acoger a quien ocupara e! lecho. —Celebro infinito que haya aparecido —dijo ella, mirándole con intensidad el rostro—. Comenzaba a preocuparme. —Descuide —respondió Billy, muy animado—. No tiene por qué preocuparse por mí. Y, colocada la maleta encima de la silla, empezó a abrirla. —¿Y la cena, querido joven? ¿Ha podido cenar algo por el camino? —No tengo nada de hambre, muchas gracias —contestó él—. Lo que voy a hacer, creo, es acostarme lo antes posible, pues mañana he de madrugar un poco; debo presentarme en la oficina. —Pues conforme. Le dejaré solo, para que pueda deshacer su equipaje. De todas formas, ¿tendría la bondad, antes de retirarse, de pasar un instante por el cuarto de estar, en la planta, y firmar el registro? Es una formalidad que rige para todos, pues así lo establecen las leyes del país, y no es cosa de que contravengamos ninguna ley en esta fase del trato, ¿no le parece? Y, tras agitar la mano a modo de breve saludo, salió presurosa cíe la habitación y cerró la puerta. Pues bien, el hecho de que su patrona diese la impresión de estar un poco chiflada no le preocupaba a Billy en lo más mínimo. Comoquiera que se mirase, no sólo era inofensiva —ese extremo estaba fuera de duda—, sino que se trataba, bien a las claras, de un alma generosa y amable. Era posible, conjeturó Billy, que hubiese perdido un hijo en la guerra, o algo parecido, y que no hubiera llegado a recuperarse del golpe. De manera que, pasados unos minutos, después de deshacer la maleta y lavarse las manos, trotó escaleras abajo y, llegado a la planta, entró en la sala de estar. No se encontraba allí la patrona, pero el fuego ardía en la chimenea y el pequeño basset continuaba durmiendo frente al hogar. La estancia estaba magníficamente caldeada y acogedora. Soy un tipo con suerte, se dijo frotándose las manos. Esto está requetebién. Como encontrara el registro encima del piano y abierto, sacó la pluma y anotó su nombre y dirección. La página sólo tenía dos inscripciones anteriores, y, como siempre hacemos en tales casos, se puso a leerlas. La primera era de un tal Christopher Mulholland, de Cardiff. La otra, de Gregory W. Temple, de Bristol. Qué curioso, pensó de pronto. Christopher Mulholland. Ese nombre me suena. Y bien, ¿dónde diablos habría oído aquel apellido un tanto insólito? ¿Correspondería a un condiscípulo? No. ¿Se llamaría así alguno de los muchos pretendientes de su hermana, o, tal vez, un amigo de su padre? No, no, ni lo uno ni lo otro. Echó una nueva ojeada al libro.
Christopher Mulholland Gregory W. Temple
231 Cathedral Road, Cardiff 27 Sycamore Drive, Bristol
A decir verdad, y ahora que se detenía a pensarlo, no estaba muy seguro de que el segundo nombre no le sonase casi tanto como el primero. —Gregory Temple —dijo en voz alta mientras exploraba en su memoria—. Christopher Mulholland... —Encantadores muchachos —apuntó una voz a su espalda. Al volverse vio a su patrona, que entraba en la sala como flotando, cargada con una gran bandeja de plata para el té. La sostenía muy en alto, como si fueran las riendas de un caballo retozón. —No sé de qué, pero esos nombres me suenan —dijo Billy. —¿De veras? Qué interesante. —Estoy casi convencido de haberlos oído ya en alguna parte. ¿No es extraño? Quizá los leyese en el periódico. No serían famosos por algo, ¿verdad? Quiero decir, famosos jugadores de cricket o de fútbol, o algo por el estilo... —¿Famosos? —repitió ella al dejar la bandeja en la mesita que daba frente al hogar— . Oh, no, no creo que fueran famosos. Pero, de eso sí puedo darle fe, ambos eran extraordinariamente guapos: altos, jóvenes, apuestos..., justo como usted, querido joven. Una vez más, Billy ojeó el registro. —Pero oiga —dijo al reparar en las fechas—, esta última anotación tiene más de dos años. —¿En serio? —Desde luego. Y Christopher Mulholland le precede en casi un año. Hace, pues, más de tres años de eso. —Santo cielo —exclamó ella meneando la cabeza y con un pequeño suspiro melifluo—. Nunca lo hubiera pensado. Cómo vuela el tiempo, ¿verdad, señor Wilkins? —Weaver —corrigió Billy—. Me llamo W-e-a-v-e-r. —¡Oh, por supuesto! —gritó al tiempo que se sentaba en el sofá—. Qué tonta soy. Mil perdones. Las cosas, señor Weaver, me entran por un oído y me salen por el otro. Así soy yo. —¿Sabe qué hay de verdaderamente extraordinario en todo esto? —replicó Billy. —No, mi querido joven, no lo sé. —Pues verá usted... estos dos apellidos, Mulholland y Temple, no sólo me da la impresión de recordarlos separadamente, por así decirlo, sino que, por el motivo que sea, y de forma muy singular, parecen, al mismo tiempo, como relacionados entre sí. Corno si ambos fuesen famosos por un misino motivo, no sé si me explico... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o Churchill y Roosevelt.
—Qué divertido —respondió ella—; pero acérquese, querido, siéntese aquí a mi lado en el sofá, y tome una buena taza de té y una galleta de jengibre antes de irse a la cama. —No debería molestarse, de veras —dijo Billy—. No había necesidad de preparar tantas cosas. Lo dijo plantado en pie junto al piano, observándola conforme manipulaba ella las tazas y los platillos. Reparó en sus manos, que eran pequeñas, blancas, ágiles, de uñas esmaltadas de rojo. —Estoy casi seguro de que ha sido en los periódicos donde he visto esos nombres — insistió el muchacho—. Lo recordaré en cualquier momento. Estoy seguro. No hay mayor tormento que esa sensación de un recuerdo que nos roza la memoria sin penetrar en ella. Billy no se avenía a desistir. —Un momento —dijo—, espere un momento... Mulholland... Christopher Mulholland... ¿No se llamaba así aquel colegial de Eton, que recorría a pie el oeste del país, cuando, de pron...? —¿Leche? —preguntó ella—. ¿Azúcar también? —Sí, gracias. Cuando, de pronto... —¿Un colegial de Eton? —repitió la patrona—. Oh, no, imposible, querido; no puede tratarse, en forma alguna, del mismo señor Mulholland: el mío, cuando vino a mí, no era ciertamente un colegial de Eton sino un universitario de Cambridge. Y ahora, venga aquí, siéntese a mi lado y entre en calor frente a este fuego espléndido. Vamos. Su té le está esperando. Y, con unas palmaditas en el asiento que quedaba libre a su lado, sonrió a Billy a la espera de que se acercase. El muchacho cruzó lentamente la estancia y se sentó en el borde del sofá. Ella le puso delante la taza de té, en la mesita. —Bueno, pues aquí estamos —dijo ella—. Qué agradable, qué acogedor resulta esto, ¿verdad? Billy dio un primer sorbo a su té. Ella hizo otro tanto. Por espacio, quizá, de medio minuto, ambos guardaron silencio. Billy, sin embargo, se daba cuenta de que ella le miraba. Parcialmente vuelta hacia él, sus ojos, así lo percibía, le observaban por encima de la taza, fijos en su rostro. De vez en cuando el muchacho sentía hálitos de un peculiar perfume que parecía emanar directamente de ella. De forma algo desagradable, le recordaba..., bueno, no hubiera sabido decir a qué le recordaba. ¿Las castañas confitadas? ¿El cuero por estrenar? ¿O sería, acaso, los pasillos de los hospitales? —El señor Mulholland —comentó ella por fin— era un extraordinario bebedor de té. En la vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el adorable, encantador señor Mulholland. —Imagino que marcharía hace no mucho —dijo Billy, que continuaba devanándose los sesos en relación con ambos apellidos. Ahora tenía ya la absoluta certeza de haberlos leído en la prensa, en los titulares. —¿Marchar, dice? —contestó ella arqueando las cejas—. Pero querido joven, el señor Mulholland jamás hizo tal cosa. Sigue aquí. Como el señor Temple. Están los dos en el tercer piso, juntos.
Billy depositó con cuidado la taza en la mesa y miró de hito en hito a su patrona. Ella le sonrió, avanzó una de sus blancas manos y le dio unas confortables palmaditas en la rodilla. —¿Qué edad tiene usted, mi querido muchacho? —quiso saber. —Diecisiete años. —¡Diecisiete años! —exclamó la patrona—. ¡Oh, la edad ideal! La misma que tenía el señor Mulholland. Aunque él, diría yo, era un poquitín más bajo; lo que es más, lo aseguraría; y no acababa de tener tan blancos los dientes. Sus dientes son una preciosidad, señor Weaver, ¿lo sabía usted? —No están tan sanos como parecen —respondió Billy—. Tienen montones de empastes detrás. —El señor Temple era, desde luego, algo mayor —continuó ella, pasando por alto la observación—. La verdad es que tenía veintiocho años. Pero, de no habérmelo dicho él, yo nunca lo hubiera imaginado. Jamás en la vida. No tenía una mácula en el cuerpo. —¿Una qué? —Que su piel era lo mismito que la de un bebé. Siguió un silencio. Billy recuperó la taza, sorbió de nuevo y volvió a depositarla cuidadosamente en el plato. Esperó a que su patrona interviniera de nuevo; pero ella daba la impresión de haberse sumido en otro de aquellos silencios suyos. Billy se quedó mirando con fijeza hacia el rincón opuesto, los dientes clavados en el labio inferior. —Ese loro —dijo finalmente—, ¿sabe que me engañó por completo, cuando lo vi desde la calle? Hubiera jurado que estaba vivo. —Ay, ya no. —La disección es habilísima —añadió él—. No se le ve nada muerto. ¿Quién la hizo? —La hice yo. —¿Usted? —Claro está. Y ya se habrá fijado, también, en mi pequeño Basil —dijo, señalando con la cabeza al basset tan plácidamente ovillado ante el hogar. Vueltos hacia él los ojos, Billy se percató, de repente, de que el perro había permanecido todo el rato tan inmóvil y silencioso como el loro. Extendió una mano y le palpó suavemente lo alto del lomo. Lo encontró duro y frío, y, al peinarle el pelo con los dedos, vio que la piel, de un negro ceniciento, estaba seca y perfectamente conservada. —Por todos los santos —exclamó—, esto es de todo punto fascinante. —Olvidando al perro, observó con profunda admiración a la mujer menudita que ocupaba el sofá a su lado y añadió—: Un trabajo como éste debe de resultarle dificilísimo. —En absoluto —replicó ella—. Diseco personalmente a todas mis mascotas cuando pasan a mejor vida. ¿Le apetece otra taza de té? —No, gracias —respondió Billy. Tenía la infusión un cierto sabor a almendras amargas y no le atraía demasiado.
—Ha firmado usted el registro, ¿verdad? —Sí, claro. —Buena cosa. Lo digo porque, si más adelante llego a olvidar cómo se llamaba usted, siempre me queda la solución de bajar y consultarlo. Lo sigo haciendo, casi a diario, en cuanto al señor Mulholland y el señor... el señor... —Temple —apuntó Billy—. Gregory Temple. Perdone la pregunta, pero ¿acaso no ha tenido, en estos últimos dos o tres años, más huéspedes que ellos? Con la taza de té en una mano y sostenida en alto, la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda, la patrona le miró de soslayo y, con otra de aquellas amables sonrisitas, dijo: —No, querido. Sólo usted.
LA SEÑORA BIXBY Y EL ABRIGO DEL CORONEL Roald Dahl cuento publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the Unexpected, 1979)
América es la tierra de la oportunidad para las mujeres, quienes, poseedoras ya de alrededor del ochenta y cinco por ciento de la riqueza del país, en breve se habrán hecho con su totalidad. El divorcio se ha convertido en una operación lucrativa, de sencillo arreglo y fácil olvido, que las hembras ambiciosas pueden repetir cuantas veces gusten negociando beneficios que alcanzan cifras astronómicas. La muerte del marido también aporta recompensas satisfactorias, y algunas señoras prefieren confiar en ese expediente: saben que la espera no será demasiado larga, pues el exceso de trabajo junto con la hipertensión no tardarán en llevarse al pobre diablo, llamado a expirar ante su escritorio con un frasco de benzedrinas en una mano y una caja de tranquilizantes en la otra. Sucesivas generaciones de juveniles americanos no se desaniman lo más mínimo ante ese espantoso panorama de divorcio y defunción. Cuanto más aumenta el índice de divorcios, mayor se hace su ahínco. Los jóvenes se casan como ratones, apenas entran en la pubertad, y una buena proporción de ellos tiene en nómina un mínimo de dos ex esposas antes de cumplir los treinta y seis. Mantener a esas señoras conforme al tren de vida a que están acostumbradas les exige trabajar como esclavos, que es ni más ni menos lo que son. Hasta que, por último, según van alcanzando precozmente la edad madura, un sentimiento de desencanto y de temor empieza a infiltrárseles despacioso en el corazón, y así les da por reunirse, a última hora del día, en pequeñas y prietas tertulias, en clubes y bares, para despachar sus whiskies y tragar sus píldoras, y tratar de animarse unos a otros a base de anécdotas. El tema fundamental de esas historias jamás varía. En ellas intervienen siempre tres personajes principales: el marido, la mujer y un canalla. El marido es un buen hombre, honrado y trabajador. La esposa es taimada, falsa y lasciva, e invariablemente tiene algún enredo con el canalla, cosa que el hombre es demasiado bueno para sospechar tan siquiera. Negras pintan las cosas para el marido. ¿Llegará el infeliz a enterarse alguna vez? ¿Está condenado a ser cornudo el resto de su vida? Sí: tal es su sino. Pero... ¡espera! De pronto, merced a una brillante maniobra, se desquita por entero de los agravios de su depravada esposa, que queda anonadada, estupefacta, humillada, hundida. El auditorio masculino congregado ante la barra sonríe mansamente para sus adentros y se consuela un poco con la fantasía. Aunque circulan muchas historias de este tipo —anhelosas invenciones de un mundo de sueños, obra de la desventura masculina—, la mayoría de ellas son demasiado fatuas para ser repetidas, y también demasiado picantes para confiarlas al papel. Existe una, sin embargo, que parece superior a las demás, en particular por el mérito de ser auténtica. De extraordinaria popularidad entre maridos defraudados dos o tres veces y en busca de solaz, es posible que, de contarse usted entre aquéllos y no haberla oído previamente, encuentre
gusto en su desenlace. La historia se llama «La señora Bixby y el abrigo del coronel» y su argumento es, más o menos, el siguiente: El señor y la señora Bixby vivían en un apartamento más bien pequeño, en un lugar cualquiera de la parte céntrica de Nueva York. El señor Bixby era dentista y tenía unos ingresos normales. La señora Bixby era una mujerona vigorosa y a la que le gustaba la bebida. Una vez por mes, y siempre en viernes y por la tarde, la señora Bixby tomaba en Pennsylvania Station el tren de Baltimore, para visitar a su anciana tía. Pasaba con ella la noche y al día siguiente regresaba a Nueva York a tiempo de prepararle la cena a su marido. El señor Bixby aceptaba con benevolencia ese arreglo. Sabiendo que la tía Maude vivía en Baltimore y que su esposa le tenía un gran cariño a la anciana, a buen seguro no hubiera sido razonable negarles a ambas el placer de un encuentro mensual. —Siempre y cuando —objetó en un principio— no esperes nunca que te acompañe. —Pues claro que no, cariño —contestó la señora Bixby—. Después de todo, es mi tía, no la tuya. Hasta ahí, todo bien. La verdad, sin embargo, es que la anciana tía era para la señora Bixby poco más que una coartada conveniente. El sucio perro, encarnado por un caballero conocido como el coronel, acechaba artero en último término, y nuestra heroína pasaba con ese granuja la mayor parte de sus estancias en Baltimore. El coronel, que era riquísimo, vivía en una casa preciosa, en las afueras de la ciudad, sin esposa ni familia que le estorbase, sólo con unos pocos sirvientes, leales y discretos, y en ausencia de la señora Bixby se consolaba cabalgando en sus caballos y practicando la caza del zorro. Ese placentero trato de la señora Bixby con el coronel se prolongaba año tras año y sin el menor tropiezo. Se veían con tan poca frecuencia —doce veces por año, si se detiene uno a pensarlo, no es gran cosa—, que corrían poco o ningún riesgo de cansarse uno del otro. Al contrario: la larga espera que separaba los encuentros no hacía sino acrecentar la devoción de sus corazones y trocar cada nueva cita en apasionante entrevista. —¡Tally-ho! * —exclamaba el coronel cuantas veces iba a buscarla a la estación en el cochazo—. ¡Cariño, ya casi había olvidado lo arrebatadora que resultas! Aterricemos. Pasaron ocho años. Con las Navidades ya en puertas, la señora Bixby esperaba en la estación de Baltimore el tren que había de devolverla a Nueva York. La visita que acababa de concluir había resultado más agradable de lo habitual y se encontraba de buen humor. Claro está que últimamente la compañía del coronel no dejaba de operar ese efecto en ella. Tenía aquél la virtud de hacer que se sintiera una mujer de todo punto notable: una persona de virtudes sutiles y exóticas, y fascinante sobremanera; y... ¡cuan diferente resultaba aquello del marido dentista que la esperaba en casa, incapaz en todo momento de crearle otra sensación que la de ser una especie de eterna paciente, un ser que moraba en la sala de espera, silencioso entre las revistas, y en los últimos tiempos apenas llamado, cuando lo era, a sufrir las melindrosas atenciones de aquellas manos limpias y rosadas. —El coronel me ha encargado que le entregase esto —dijo una voz a su lado. Volvióse la señora Bixby y vio a Wilkins, el palafrenero del coronel, un enano marchito y de piel gris, aplicado a echarle en los brazos una caja de cartón, no muy alta pero sí grande. *
Grito del cazador cuando avista la zorra. (N. del T.)
—¡Válgame Dios! —exclamó ella, toda agitación—. ¡Cielo santo, qué enormidad de caja! ¿Qué es esto, Wilkins? ¿No le dio ningún recado? ¿No le encargó decirme nada? —Nada —respondió el caballerizo antes de alejarse. Así que estuvo en el tren, la señora Bixby se llevó la caja a la intimidad del tocador de señoras y corrió el pestillo. Un regalo navideño del coronel. ¡Qué excitante...! Se puso a deshacer el lazo. —Seguro que es un vestido —dijo en voz alta—. O incluso dos. O un montón de preciosas prendas interiores. No miraré. Trataré de adivinar, al tacto, de qué se trata. Y también el color. Y qué aspecto tiene. Y cuánto ha costado. Después de cerrar prietamente los ojos y levantar poco a poco la tapa, deslizó la mano al interior de la caja. Encima había papel de seda; sintió su tacto y su crujido. También había un sobre, o una especie de tarjetón, que pasó por alto para profundizar bajo el papel de seda, los dedos en delicada exploración, como zarcillos. —Dios mío —exclamó de pronto—. ¡No puede ser verdad! Abrió del todo los ojos y se quedó mirando de hito en hito el abrigo. Luego, las manos como zarpas, lo sacó de la caja. La espesa piel rozó con una maravillosa sonoridad el papel de seda al desplegarse, y, cuando lo tuvo extendido ante sí en toda su longitud, su belleza la dejó sin resuello. Jamás había visto visón como aquél. Porque era visón, ¿no? Sí, claro que lo era. ¡Y qué soberbio color! Era de un negro casi puro. A primera vista le pareció negro; pero luego, al acercarlo más a la ventanilla, advirtió que también tenía un punto de azul, un azul intenso y vivo, como el del cobalto. Examinó rápida la etiqueta. Decía, tan sólo, VISÓN SALVAJE DE LABRADOR. Nada más: ninguna indicación sobre dónde había sido comprado, ni nada. Pero esto, se dijo para sus adentros, era sin duda obra del coronel. El muy zorro se cuidaba muy, pero que muy bien, de borrar toda pista. Mejor así. Pero ¿qué demonios podía haber costado aquello? Apenas se atrevía a pensarlo. ¿Cuatro, cinco, seis mil dólares? Posiblemente, más. No conseguía apartar los ojos del abrigo, y al mismo tiempo ardía en deseos de probárselo. Se quitó presurosa el que llevaba, rojo, corriente. Sin poder evitarlo, jadeaba un poco ahora, y tenía muy abiertos los ojos. Pero es que, bendito sea Dios, ¡el tacto de aquella piel...! ¡Y las mangas, anchas, enormes, con sus espesos puños vueltos! ¿Quién le había dicho que en los brazos empleaban siempre pieles de visones hembras, y, para el resto, no? ¿Quién se lo había dicho? Probablemente, Joan Rutfield; aunque no acertaba a imaginar cómo podía la pobre Joan saber de visones, nada menos. El maravilloso abrigo negro parecía adaptársele por sí mismo al cuerpo, como una segunda piel. ¡Chiquilla...! ¡Qué sensación indescriptible! Se miró en el espejo. Era fantástico. Toda su personalidad había cambiado de golpe y por completo. Se la veía deslumbrante, esplendorosa, rica, brillante, voluptuosa, todo ello a un tiempo. ¡Y la sensación de poder que le confería! Vestida con aquel abrigo podría entrar donde quisiera y la gente se le alborotaría alrededor, como conejos. ¡No tenía palabras, simplemente, para tanta maravilla! La señora Bixby tomó el sobre, que continuaba en la caja, lo abrió y extrajo la carta del coronel. Como una vez te oí decir que te gustaba el visan, te be comprado éste. Me aseguran que es de calidad. Te ruego que lo aceptes, junto con mis mejores y más sinceros votos, como regalo de despedida. Por razones personales, no podré volverte a ver. Adiós y buena suerte.
¡Vaya! ¿Te imaginas? Así, de sopetón y justo cuando se sentía tan dichosa. Se acabó el coronel. Qué terrible golpe. Lo echaría en falta de mala manera. La señora Bixby se puso a acariciar despacio la maravillosa piel del abrigo. Pero no hay mal que por bien no venga. Con una sonrisa dobló el papel, dispuesta a rasgarlo y arrojarlo por la ventanilla; pero ahí descubrió que había algo escrito en el reverso. P. D. Bastará con que digas que es un regalo de Navidad de esa tía tuya, tan amable y generosa. Los labios de la señora Bixby, en ese instante dilatados en amplia y suave sonrisa, se plegaron de golpe, como si fueran de goma. —¡Pero ése está loco! —exclamó—. La tía Maude no tiene dinero para esto. De ninguna forma podría hacerme un regalo así. Pero, si no era regalo de la tía Maude, ¿quién podía habérselo regalado? ¡Oh, Dios! Con toda la excitación de encontrarse el abrigo y probárselo, había pasado enteramente por alto ese detalle vital. Dentro de un par de horas estaría en Nueva York y, diez minutos más tarde, en casa, donde la estaría esperando su marido para saludarla, e incluso un hombre como Cyril, inmerso en un mundo flemoso y oscuro, de canales radiculares, bicúspides y caries, no podría menos de hacer ciertas preguntas si su esposa se le presentaba de pronto, de regreso de un viaje de fin de semana, vestida así, con un abrigo de visón de seis mil dólares. ¿Sabes qué pienso?, se dijo. Pienso que ese condenado coronel ha hecho esto a posta, para torturarme. El sabía perfectamente que la tía Maude no tiene bastante dinero para comprarme esto. Y que yo no podría conservarlo. Pero la idea de desprenderse ahora de la prenda era más de lo que la señora Bixby podía sufrir. —¡Necesito tener este abrigo! —exclamó en voz alta—. ¡Necesito tenerlo! ¡Lo necesito! Está bien, cariño. Tendrás el abrigo. Pero no pierdas la cabeza. Quédate quieta, conserva la calma y ponte a pensar. Tú